La decisión del intendente de Bariloche, Walter Cortés, de habilitar oficialmente el funcionamiento de Uber marcó un antes y un después en el debate sobre el transporte urbano en la Patagonia. La medida fue presentada como un paso hacia la modernización, la libertad de elección para los usuarios y la generación de nuevas oportunidades laborales.
La pregunta surge inevitablemente para Esquel: ¿por qué una ciudad turística, con problemas recurrentes de conectividad y una demanda creciente de servicios flexibles, sigue sin discutir seriamente la incorporación de plataformas digitales de transporte?
Mientras el mundo avanza hacia sistemas cada vez más dinámicos, en Esquel el esquema continúa prácticamente igual que hace décadas. Las licencias limitadas, las paradas de taxis, las agencias de remises y las regulaciones tradicionales siguen siendo la única alternativa legal para quienes necesitan trasladarse o buscan una fuente de ingresos vinculada al transporte de pasajeros.
Los defensores del modelo actual sostienen que las plataformas generan competencia desleal y afectan a quienes realizaron inversiones para obtener licencias, habilitaciones y cumplir con las exigencias municipales. Se trata de una preocupación legítima y que debe formar parte de cualquier discusión seria.
Sin embargo, también existe otra realidad. Cada vez son más los vecinos que utilizan aplicaciones en otras ciudades y que valoran la posibilidad de conocer el precio del viaje antes de solicitarlo, seguir el recorrido en tiempo real, calificar al conductor y acceder a un servicio mediante el teléfono celular en pocos segundos.
La discusión tampoco pasa únicamente por Uber. En muchas ciudades del mundo y del país se han incorporado modalidades como Uber Moto, que permiten realizar trayectos cortos a costos más bajos y generan nuevas oportunidades de trabajo para quienes cuentan con una motocicleta y desean complementar sus ingresos.
En una ciudad donde la situación económica golpea a numerosos hogares y donde muchos trabajadores buscan alternativas para generar ingresos adicionales, la posibilidad de habilitar plataformas digitales podría representar una herramienta más para el empleo. Estudiantes, trabajadores independientes, jubilados o personas con horarios flexibles podrían encontrar allí una opción de trabajo formalizada y regulada.
Por supuesto, la habilitación no debería significar ausencia de controles. La experiencia de otras ciudades demuestra que es posible exigir seguros, revisiones técnicas, licencias de conducir profesionales, antecedentes y registros municipales específicos para garantizar la seguridad de pasajeros y conductores. De hecho, Bariloche justificó su decisión en la necesidad de adaptarse a las nuevas modalidades de movilidad y avanzar hacia esquemas modernos de regulación.
La verdadera discusión de fondo parece ser otra: ¿debe el Estado impedir una nueva modalidad de transporte para proteger un sistema existente o debe generar reglas claras para que convivan distintas alternativas?
En una época donde se puede reservar alojamiento desde una aplicación, pedir comida por celular, realizar trámites digitales y trabajar de manera remota, el transporte aparece como uno de los sectores donde todavía persisten fuertes resistencias al cambio.
Quizás haya llegado el momento de que Esquel abra el debate sin prejuicios. No para eliminar taxis y remises, sino para analizar si la ciudad necesita más opciones de movilidad, más competencia y más oportunidades de trabajo.
Porque la pregunta ya no es si Uber llegará o no a la cordillera. La pregunta es cuánto tiempo más decidirá Esquel quedarse mirando cómo el resto de las ciudades avanza mientras aquí seguimos discutiendo modelos pensados para el siglo pasado.