Hay personas que forman parte de la historia de un lugar no porque hayan buscado reconocimiento, sino porque, casi sin darse cuenta, fueron dejando una marca en la vida de los demás. Carlos Schwartzman es una de ellas. Para muchos será siempre Carlitos, el profe; para otros, el hombre que les enseñó a entrenar, a moverse, a nadar o a descubrir el valor de la actividad física. Para generaciones enteras de El Bolsón, es también parte de los recuerdos de la escuela, del gimnasio y de una localidad que creció y cambió con el paso de los años.
En una charla con Info Cordillera, Schwartzman recorrió su historia desde aquellos primeros viajes a dedo hacia la Patagonia hasta las décadas dedicadas a la docencia y al gimnasio. Habló de los desafíos de llegar a una comunidad mucho más pequeña que la actual, de los alumnos que hoy son adultos y abuelos, de las clases de gimnasia aeróbica, de su familia y de una vocación que disfrutó hasta el punto de no sentir que los lunes fueran el comienzo de otra semana de trabajo.
Un viaje a la Patagonia que terminó convirtiéndose en destino
Carlos nació en la ciudad de Buenos Aires en 1956. Antes de instalarse definitivamente en la Comarca Andina, había conocido el norte argentino, especialmente la zona de Jujuy, que le había gustado mucho. Sin embargo, el viaje que terminaría marcando su futuro llegó entre 1978 y 1979, cuando se acercó a El Bolsón como mochilero.
Vino a dedo, como era habitual para muchos jóvenes de aquella época. Recorrió la zona, se encontró con un paisaje que lo maravilló y sintió que había encontrado el lugar donde quería vivir. No fue solamente una visita ni una experiencia más de juventud: aquella primera impresión quedó dando vueltas y terminó definiendo el rumbo de su vida.
“Me maravilló la zona y dije: este es mi lugar”, recordó. Después terminó sus estudios de profesorado, se casó con Helvecia y tomó la decisión de instalarse en el sur. Apenas una semana después de la boda, los dos emprendieron el camino hacia El Bolsón, con la expectativa de comenzar una nueva etapa lejos de Buenos Aires.
El viaje a dedo era entonces una práctica mucho más extendida. No existían los teléfonos celulares ni la posibilidad de avisar inmediatamente que uno había llegado a destino. Carlos recordó que les escribía cartas a sus padres para contarles que había llegado bien, y que esas noticias podían cruzarse con el viaje de regreso de la familia antes de que la carta alcanzara su destino.
Los tiempos eran otros y también lo eran las relaciones entre las personas. Había más confianza para subir a un vehículo desconocido o para detenerse a levantar a alguien que esperaba al costado de la ruta. Hoy, explicó, las condiciones cambiaron y hasta las cuestiones vinculadas con los seguros hacen que una práctica que antes parecía natural resulte mucho más complicada.
Pero aquel modo de viajar también habla de la época en que Carlos eligió llegar a la Patagonia: una etapa en la que el camino se hacía con paciencia, sin teléfonos para resolver cada imprevisto y con la expectativa de encontrar, del otro lado, una oportunidad para empezar de nuevo.
Llegar y empezar a trabajar casi de inmediato
La llegada a El Bolsón ocurrió en abril de 1981. La pareja se presentó en la Escuela 140, que funcionaba como escuela cabecera, y enseguida comenzaron a aparecer las oportunidades laborales: Carlos consiguió trabajo como profesor de Educación Física en la Escuela 139, mientras que Helve empezó a trabajar en la Escuela Ford.
El dato resulta significativo cuando se lo mira desde el presente. Una semana después de casarse, Carlos estaba instalado en la localidad y, prácticamente desde los primeros días, ya se encontraba frente a sus alumnos. La escuela se convirtió en su primera gran puerta de entrada a una comunidad que todavía tenía dimensiones muy distintas de las actuales.
En aquellos años, El Bolsón era un pueblo pequeño. Carlos recordó que el censo de 1980 registraba alrededor de 5.000 habitantes. No había radio ni televisión local como las que hoy forman parte de la vida cotidiana, y muchos chicos tenían una relación muy limitada con las referencias culturales y deportivas que en otros lugares ya eran habituales.
Su primera experiencia como docente fue en una escuela rural. Venía de formarse y crecer en Buenos Aires, pero se encontró con alumnos que nunca habían escuchado hablar del vóley. Él intentaba explicarles en qué consistía el deporte y descubría que primero debía presentarles algo que para él parecía conocido, pero que para esos chicos era completamente nuevo.
Fue un choque cultural, tal como lo describió, aunque no lo recuerda como una experiencia negativa. Por el contrario, lo define como un desafío maravilloso: tuvo que adaptarse, aprender a mirar la realidad desde otro lugar y comprender que enseñar no consistía solamente en llevar una actividad preparada, sino también en reconocer las experiencias y posibilidades de los alumnos.
Algo similar le sucedió en la Escuela Ford y en la Escuela 140. La distancia con Buenos Aires no era únicamente geográfica. También había diferencias profundas en el acceso a la información y en el conocimiento de otras realidades. Hoy, cuando los medios y la conectividad permiten conocer casi cualquier lugar, cuesta imaginar que algunos chicos de aquel entonces no tuvieran una idea concreta de cómo era la ciudad capital del país.
La calidez de una comunidad que los recibió
La llegada a la Comarca no estuvo marcada solamente por las dificultades de adaptación. Carlos recuerda, sobre todo, la calidez de quienes los recibieron. En una localidad donde los nuevos vecinos no pasaban inadvertidos, era habitual que alguien los detuviera por la calle para preguntarles de dónde venían.
Entre las anécdotas que guarda de aquellos primeros días aparece la de “Pichy” Dírazar, quien los invitó a su casa y hasta los llevó a recorrer en auto la plaza Pagano para mostrarles El Bolsón. Una escena sencilla que, con el paso del tiempo, quedó como símbolo de aquella bienvenida.
Para una pareja joven que acababa de dejar Buenos Aires y se instalaba en un lugar que todavía estaba descubriendo, esos gestos tuvieron un valor especial. No se trataba solamente de encontrar trabajo o una vivienda, sino de comenzar a construir vínculos y sentirse parte de una comunidad.
Los primeros días, incluso, se trasladaban haciendo dedo. Más adelante consiguieron armarse una camioneta, pero durante el comienzo dependieron de la solidaridad de quienes circulaban por los caminos de la zona. En aquella época, recordó Carlos, viajar de esa manera era mucho más sencillo que en la actualidad.
La Escuela 139, donde comenzó a trabajar, quedaba lejos de lo que entonces se consideraba el centro. El recorrido era por caminos de ripio y la distancia se sentía de otra manera, especialmente para alguien que recién llegaba de una gran ciudad. Sin embargo, el trabajo y la gente fueron transformando ese paisaje desconocido en parte de su vida cotidiana.
Los alumnos que crecieron junto con El Bolsón
De aquellos primeros años escolares, Carlos conserva recuerdos que van mucho más allá de las clases de Educación Física. Se acuerda de los maestros, de los porteros y de quienes trabajaban en las cocinas de las escuelas. Entre ellos menciona a Zeferino Yarso y Magdalena, personas que incluso acompañaron y cuidaron a sus hijos cuando eran pequeños.
El tiempo pasó y muchos de aquellos alumnos dejaron de ser los chicos que corrían por el patio o esperaban el comienzo de la clase. Hoy son adultos, algunos tienen hijos y otros ya son abuelos. Sin embargo, cuando se encuentran con el antiguo profesor, muchas veces el saludo sigue siendo el mismo: “Hola, profe”.
Carlos reconoce que, en ocasiones, no logra identificar inmediatamente a quienes se acercan. Es comprensible: conoció a algunos cuando tenían alrededor de diez años y vuelve a cruzárselos cuatro décadas después, convertidos en hombres y mujeres de cincuenta o más años. Los rostros cambian, las familias crecen y los años dejan su marca, pero la memoria afectiva conserva el vínculo con aquel docente.
En esos encuentros hay algo que lo emociona y que también le permite dimensionar el alcance de su trabajo. Para él, algunas clases fueron parte de una rutina laboral; para sus alumnos, en cambio, pueden haber sido experiencias que permanecieron guardadas durante toda la vida.
Uno de los recuerdos más significativos tiene que ver con la natación. Durante sus primeros años en la región, Carlos trabajó en escuelas rurales con jornadas que se extendían entre septiembre y mayo. Cuando llegaba el calor, observaba que muchos chicos no sabían nadar y decidió proponer una alternativa a los directores de las Escuelas 118 y 113, esta última vinculada a la zona de Mallín Ahogado.
La propuesta fue aceptada. En lugar de limitarse a las clases habituales de Educación Física, los alumnos se ponían la malla y se trasladaban hasta los arroyos para tener sus primeras experiencias en el agua. Para los chicos era una oportunidad de aprender algo nuevo; para Carlos, recién llegado desde Buenos Aires, significaba también enfrentarse a una experiencia que nunca había imaginado de esa manera.
Con humor recordó el frío que pasaba al meterse en el agua para enseñarles a nadar. Era una realidad muy distinta de la que conocía, pero el objetivo estaba claro: acercarles a los estudiantes una herramienta que podía acompañarlos durante toda la vida.
Décadas después, una de esas antiguas alumnas se acercó a saludarlo mientras él estaba en el gimnasio, ya sin desempeñarse como profesor. La mujer le contó que había sido alumna suya cuando tenía quince años y que su padre siempre recordaba que Carlos le había enseñado a nadar en 1981.
Ese reconocimiento lo sorprendió. La mujer había conservado la historia a través de su familia durante más de cuarenta años. Para Carlos, fue una prueba de que aquellas experiencias que parecían pequeñas en el momento podían permanecer vivas durante muchísimo tiempo.
No hace falta una ceremonia ni un homenaje para comprobar que una tarea dejó huella. A veces alcanza con que alguien se acerque, recuerde una clase o cuente que todavía conserva una anécdota de la infancia. En esos encuentros, el profesor vuelve a encontrarse con el sentido profundo de su profesión.
El nacimiento de un gimnasio que atravesó generaciones
La historia del gimnasio comenzó antes de que el establecimiento que muchos recuerdan se convirtiera en una referencia local. Carlos primero alquiló un espacio más pequeño, ubicado a una cuadra del lugar donde después funcionaría durante años su gimnasio, en la zona de San Martín y Perito Moreno. El emprendimiento se llamaba Fartlec y funcionó allí durante aproximadamente un año y algunos meses.
Más adelante apareció la posibilidad de construir un espacio propio. En septiembre de 1990, probablemente el día 21, coincidiendo con el Día de la Primavera, inauguró el gimnasio que terminaría formando parte de la vida de muchas personas de El Bolsón.
El comienzo no fue sencillo. La población era mucho menor y todavía no existía la cultura de la actividad física que hoy parece natural. Ir al gimnasio no era una costumbre instalada en todos los sectores de la sociedad, y convencer a la gente de que incorporara una rutina de ejercicios exigía tiempo, trabajo y constancia.
Carlos explicó que en aquellos años no se pensaba la actividad física del mismo modo que en la actualidad. Hoy, señaló, las recomendaciones para moverse y entrenar alcanzan a personas de distintas edades: chicos, adultos y mayores. En los gimnasios conviven personas de setenta y ochenta años con otras mucho más jóvenes, mientras que la práctica del ejercicio se reconoce cada vez más como parte de una vida activa.
En los comienzos, en cambio, había quienes consideraban que caminar o realizar algunas tareas cotidianas ya era suficiente. La idea de asistir a un gimnasio para entrenar de manera regular todavía debía abrirse camino.
Para atraer al público, Carlos hizo publicidad en las radios que existían en la localidad. Pero, con el paso del tiempo, el boca a boca se convirtió en una herramienta fundamental. La gente que asistía, encontraba una propuesta que le gustaba y volvía, también ayudaba a que otras personas se animaran a probar.
Durante una etapa, su gimnasio fue uno de los principales espacios de este tipo en El Bolsón. Más adelante se sumó el emprendimiento de Lili Montes, con quien compartió una competencia que recuerda como real, pero sana. Cada uno buscaba hacer bien su trabajo y ofrecer lo mejor a quienes elegían sus clases.
Con el tiempo, el gimnasio dejó de ser solamente un lugar para hacer ejercicios. Para muchos se transformó en un espacio de encuentro, de amistad y de continuidad. Hubo personas que pasaron años entrenando allí, otras que fueron durante distintas etapas de sus vidas y algunas que todavía hoy relacionan ese lugar con recuerdos personales y familiares.
El step de madera y las clases que quedaron en la memoria
Entre los recuerdos más particulares de aquellos años aparecen las clases de step, una actividad que marcó una época y que Carlos fue incorporando a su propuesta casi como una aventura. Todo empezó con una sorpresa que le prepararon algunas de sus alumnas para un cumpleaños.
Le regalaron un step de madera enorme, tanto que, cuando entró al salón y lo vio cubierto con camperas, no sabía qué estaba mirando. Al descubrirlo, pensó que podía tratarse de una especie de mesita para desayunar. No tenía una idea clara de cómo se utilizaba y mucho menos de cómo organizar una clase completa con ese elemento.
Las alumnas le explicaron que era un step y que podía servir para entrenar. La sorpresa no terminó allí: después de entregarle el primero, mandaron a fabricar otros diez o quince para que todos pudieran participar. El regalo terminó convirtiéndose en el comienzo de una nueva etapa dentro del gimnasio.
Carlos recuerda que aquellos elementos eran mucho más altos y rudimentarios que los que se utilizan actualmente. Aprender a trabajar con ellos exigía buscar referencias, probar movimientos y construir una metodología propia. No había tutoriales disponibles en YouTube ni acceso inmediato a videos para observar cómo se daban las clases.
Por eso recurrió a sus padres, a quienes les pedía que le grabaran en casetes videos de clases de step que después le enviaban desde Buenos Aires. A partir de esas grabaciones fue aprendiendo, incorporando ejercicios y adaptando las secuencias hasta encontrar una manera de trabajar que funcionara con sus alumnos.
La música también era una parte esencial de la actividad. No alcanzaba con elegir canciones que gustaran: los temas debían estar coordinados con los movimientos y con los tiempos de cada ejercicio. Carlos viajaba a Buenos Aires y buscaba música en lugares especializados, porque necesitaba que los ritmos pudieran encadenarse correctamente.
Explicó que las secuencias se organizaban sobre compases de ocho tiempos. Cuando terminaba un tema, el siguiente debía comenzar justo en el momento adecuado para que el movimiento no quedara interrumpido. Si la transición fallaba, se producía un bache en medio de la clase y se perdía la continuidad de la coreografía.
Intentó conseguir ayuda local para preparar la música, incluso recurriendo a personas que trabajaban en radio, pero no siempre lograba la sincronización que necesitaba. Por eso muchas veces volvía de Buenos Aires con sus casetes, armados especialmente para acompañar las clases.
Hoy, cuando la música se puede buscar y editar desde un teléfono o una computadora, esas historias parecen pertenecer a otra época. Sin embargo, detrás de cada clase había una cantidad de trabajo que los alumnos quizá no veían: conseguir los temas, preparar las secuencias, estudiar los movimientos y lograr que todo funcionara.
Una camiseta de Boca, una apuesta perdida y muchas risas
Las clases también tenían lugar para el humor. Carlos recordó que, en medio de la música, cada tanto aparecía la marcha de River Plate, equipo del que es hincha. La situación se prestaba para bromas y festejos, hasta que una apuesta futbolera terminó convirtiéndose en una de las anécdotas que todavía cuenta con una mezcla de resignación y gracia.
El desafío fue con Carlitos Sánchez, un alumno muy querido que ya falleció. Carlos le propuso que, si River ganaba un partido frente a Boca, él haría la clase con la camiseta de River. Pero el resultado fue el contrario y Carlitos tuvo que cumplir su parte de la apuesta vistiendo la camiseta de Boca mientras daba la clase.
“Fue la peor apuesta de mi vida”, recordó entre risas. Por suerte para él, en aquel momento todavía no existían los celulares con cámaras que hoy permiten registrar cualquier situación y compartirla en segundos. De todas maneras, alguien le sacó una fotografía con la camiseta del rival y el recuerdo quedó como una mancha imborrable en su historia futbolera.
La anécdota revela otra dimensión de aquel gimnasio. Allí no solo se entrenaba: también se compartían códigos, bromas y desafíos que ayudaban a construir una identidad entre quienes asistían. En un espacio donde muchos se encontraban varias veces por semana, los vínculos excedían el tiempo de la clase.
Una familia construida entre el trabajo y la vida cotidiana
Mientras desarrollaba su carrera docente y levantaba el gimnasio, Carlos también fue construyendo su familia junto a Helve, con quien lleva más de 45 años de vida compartida. En la charla, habla de esa historia con gratitud y la reconoce como uno de los grandes logros de su vida.
El primero de sus hijos, Federico, nació en mayo de 1982, durante la guerra de Malvinas, cuando la familia todavía vivía vinculada a la Escuela 139. Después llegaron Mariana, en 1984; Juli, en 1989; y Juan, en 1994.
Tanto Carlos como Helve trabajaban muchísimo. Las jornadas eran largas y las responsabilidades se multiplicaban. Él recordó que llegaba a su casa alrededor de las diez y media u once de la noche, mientras los chicos lo esperaban para cenar juntos. Helve organizaba la vida cotidiana en medio de esos horarios exigentes y ambos fueron encontrando la manera de acompañar a sus hijos mientras sostenían sus actividades laborales.
No fue una vida organizada alrededor de la comodidad de los horarios, sino del esfuerzo compartido. El trabajo ocupaba muchas horas, pero Carlos destaca que pudieron construir una familia que hoy le da una enorme satisfacción.
Sus cuatro hijos se fueron a estudiar y después regresaron. Actualmente los tiene cerca, al igual que a sus nietos. Para él, esa cercanía es un privilegio que valora especialmente cuando observa que otros amigos tienen a sus hijos viviendo lejos, en algunos casos a grandes distancias.
En sus palabras aparece una felicidad sencilla y profunda: tener a la familia cerca, compartir la vida cotidiana y seguir formando parte de las historias de sus hijos y nietos. Después de tantas horas de trabajo, viajes, clases y responsabilidades, ese vínculo ocupa un lugar central en el balance que hace de su recorrido.
Disfrutar del trabajo hasta que llegó el momento de bajar el ritmo
Carlos no recuerda su actividad profesional como una obligación que debía soportar de lunes a viernes. Al contrario, contó que disfrutaba tanto del trabajo como de los días de descanso. El sábado y el domingo eran momentos para compartir con la familia, pero el lunes no aparecía como una carga ni como el final de la tranquilidad.
Recordó una frase que atribuye a un filósofo japonés: encontrar un trabajo que a uno le guste tanto que no sienta que está trabajando. Para él, esa idea resumía buena parte de su experiencia. La docencia y el gimnasio le dieron satisfacciones durante décadas y le permitieron desarrollar una actividad que sentía propia.
Sin embargo, también entendía que había etapas que llegaban a su fin. Una de las primeras decisiones importantes fue dejar las clases de gimnasia aeróbica, que en algún momento llegaron a durar dos horas. Carlos se mantenía en buena forma física gracias al entrenamiento, incluso cuando ya tenía más de cincuenta años, y las clases seguían convocando a mucha gente.
Pero con el tiempo comenzó a notar que la percepción de los demás podía cambiar. Así como alguien suele asociar la experiencia con un profesional de más edad, en una clase aeróbica la imagen del profesor también se relacionaba con la juventud y la energía física. Cuando llegaban nuevas alumnas y preguntaban quién estaba a cargo, su respuesta —que él mismo daba la clase— a veces generaba sorpresa.
Aunque sus clases continuaban llenas y recibía comentarios afectuosos de quienes participaban, empezó a pensar que era mejor retirarse antes de que la edad o el cansancio se convirtieran en una dificultad. No quería que una actividad que le había dado tantas alegrías terminara siendo algo que ya no pudiera sostener de la misma manera.
Fue una decisión importante, porque no estaba dejando un trabajo que le disgustara. Estaba eligiendo el momento de cerrar una etapa que había disfrutado intensamente y que todavía le ofrecía reconocimiento y afecto.
La pandemia marcó otro punto de inflexión. Antes de ese período, Carlos mantenía una actividad muy intensa. Después volvió a trabajar con entrenamiento personalizado y llegó a dedicarle alrededor de once horas diarias al gimnasio. Seleccionaba buena parte de las personas con las que trabajaba y seguía disfrutando del contacto directo con sus alumnos.
Sus hijos comenzaron a sugerirle que bajara un poco el ritmo. La preocupación familiar se sumó a la necesidad de mirar el tiempo de otra manera. Después de tantos años de jornadas largas, quizás había llegado la hora de permitirse una pausa.
Finalmente, una cirugía importante en la rodilla terminó de poner un límite. Carlos contó que, incluso dos meses después de haber dejado de trabajar, todavía había personas que lo llamaban para pedirle que les preparara una rutina. Tuvo que explicarles que acababa de atravesar una operación y que no podía continuar con la misma actividad.
La intervención fue decisiva para cortar esos vínculos laborales cotidianos. No porque hubiera perdido el cariño por lo que hacía, sino porque su cuerpo también necesitaba otro ritmo y había llegado el momento de aceptar ese cambio.
La huella que permanece después de tantos años
Cuando mira hacia atrás, Carlos no expresa arrepentimiento. Dice que volvería a hacer todo lo que hizo, mil veces si fuera necesario. Su recorrido estuvo lleno de desafíos, de aprendizajes, de horas de trabajo y de momentos que todavía recuerda con alegría. También tuvo renuncias y decisiones difíciles, como la de dejar las clases que tanto disfrutaba.
Pero, por encima de los resultados concretos, aparece el valor de los vínculos que construyó. Los antiguos alumnos que se acercan a saludarlo, las personas que recuerdan sus clases y quienes le cuentan que aprendieron a nadar gracias a él forman parte de un reconocimiento que no siempre llega en forma de premios o distinciones.
A veces, Carlos se encuentra con alguien que fue alumno suyo en la primaria y necesita unos segundos para ubicarlo. Es natural: puede haber pasado más de cuatro décadas desde aquella clase. Pero cuando aparece una historia compartida, la distancia entre el profesor de entonces y la persona de hoy se acorta de inmediato.
Una mujer que lo reconoció en el gimnasio le recordó que su padre todavía hablaba de las clases de natación de 1981. La historia había pasado de una generación a otra y seguía viva en la memoria familiar. Ese tipo de encuentros lo conmueve porque le demuestra que el trabajo cotidiano puede dejar una marca mucho más duradera de lo que uno imagina.
En El Bolsón, donde el crecimiento de la población transformó los barrios, las escuelas, los caminos y las costumbres, la historia de Carlos Schwartzman también permite mirar una parte de ese cambio desde una perspectiva personal. Él llegó cuando la localidad tenía unos 5.000 habitantes, cuando hacer dedo era habitual, cuando los chicos de las escuelas rurales descubrían deportes nuevos y cuando organizar una clase de gimnasia exigía grabar casetes y viajar para conseguir música.
Desde entonces pasaron décadas. Los niños se hicieron adultos, los gimnasios cambiaron, la actividad física se incorporó a la vida de personas de todas las edades y las formas de comunicarse se transformaron por completo. Sin embargo, hay algo que permanece: el recuerdo de quienes enseñaron, acompañaron y compartieron una etapa de la vida.
Carlos dice sentirse agradecido a El Bolsón. Y en esa frase parece concentrarse buena parte de su historia. Llegó buscando un lugar donde quedarse y encontró una comunidad, una profesión que lo apasionó, una familia y una red de afectos que se fue construyendo con el tiempo.
Hoy, cuando camina por la calle y escucha un “hola, profe” o un “hola, Carlitos”, vuelve a encontrarse con las distintas etapas de su propia vida. En cada saludo hay un alumno que creció, una clase que alguien recuerda, una anécdota que sobrevivió al paso de los años.
Tal vez esa sea una de las formas más profundas de medir una trayectoria: descubrir que, mucho tiempo después de haber terminado una clase, todavía hay alguien que se acuerda de lo que aprendió con vos. Para Carlos Schwartzman, esa memoria compartida es parte de la satisfacción de una vida dedicada a enseñar, entrenar y acompañar a generaciones de vecinos.
Y aunque hoy el ritmo sea otro, el camino recorrido sigue presente. En las escuelas rurales, en los arroyos donde los chicos aprendían a nadar, en las clases de step, en las risas por una camiseta de futbol y en cada persona que todavía lo reconoce por la calle, permanece la historia de aquel profesor que llegó a El Bolsón en 1981 y terminó convirtiéndose en parte de la memoria afectiva de la comunidad.