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18 de Abril de 2026

Cuando el trabajo es familia: la historia íntima de Camilo Mazzini y Jauja

Desde su infancia entre helados y creatividad en Jauja, Camilo Mazzini construyó una vida marcada por la familia, la pasión y el trabajo, convirtiendo un sueño iniciado por sus padres en un emblema de El Bolsón y en parte de la memoria emocional de toda la comarca.

Sabado, 18 de abril de 2026 a las 10:10

Continuando con este ciclo de entrevistas de Info Cordillera, volvemos a un lugar que ya es casi una segunda casa para nosotros. Un rincón que huele a infancia, creatividad y tradición. Estamos en Jauja, corazón dulce y afectivo de El Bolsón, y frente a nosotros está Camilo Mazzini, heredero, impulsor y guardián de una historia que nació hace más de cuatro décadas y que hoy es parte de la identidad de toda la comarca.

Camilo sonríe apenas comienza la charla. Tiene ese gesto de quien vuelve mentalmente a un lugar conocido. “Yo nací en Buenos Aires, en 1974 —cuenta—. Pero a los seis años ya estábamos acá. Llegamos el 10 de abril de 1980, y desde el ‘82, cuando mis viejos fundaron Jauja, este lugar pasó a ser mi casa. Toda mi infancia transcurrió acá”.

Crecer adentro de una heladería—chocolatería que se transformaría en un emblema regional no es una anécdota menor. Es un universo. Cuando se le pregunta cómo fue ser niño en medio de ese mundo sensorial, Camilo no duda: “Para mí siempre fue una fiesta. Todo el mundo me preguntaba si no estaba harto, pero jamás me cansé de comer helado, ni chocolate, ni nada. Me encantaba todo. Era como vivir en un parque de diversiones”.

Pero antes de Jauja como la conocemos, sus padres ya llevaban dentro la semilla creativa. “Antes de hacer helado ya tenían locales que se llamaban Jauja pero eran jugueterías”, recuerda riendo. En esa mezcla de juego, arte y creatividad espontánea se gestó el espíritu que marcó a la empresa familiar.

Los recuerdos se vuelven especialmente vívidos cuando habla del momento en que su padre anunció el giro que cambiaría sus vidas. “Me acuerdo perfecto cuando me dijo: ‘Vamos a poner una heladería’. Me volví loco de alegría”, cuenta, como si aún fuera ese niño que se desbordaba de entusiasmo.

El universo Jauja también nació sostenido por el juego y el experimento. “Mi viejo era muy jodón —dice—, entonces surgían ideas de cualquier cosa. A veces con un sentido, como el helado de mate cocido con tres de azúcar, y otras veces por simples errores que terminaban siendo éxitos”. Y aparecen las anécdotas: la confusión que llevó a mezclar dulce de leche con banana, el nacimiento accidental de combinaciones que hoy son clásicas. “Errores que quedaban bárbaros”, resume.

Camilo creció, estudió, emprendió caminos propios. A los 17 años se fue a Buenos Aires. “Era lo habitual, no había opciones acá”, explica. Empezó estudiando Economía, pero no se sintió cómodo. Luego llegó la Biología, y ahí sí encontró algo que encajaba. “Me gustó, me recibí de biólogo, hice una beca doctoral unos años… pero nunca dejé del todo la empresa familiar”.

Y esa vuelta, inevitable y natural, fue un reencuentro con su propio origen. “La vocación me traía de nuevo. Siempre me divirtió mucho la actividad comercial, el trabajo en familia. Y además, el estudio me dio un método, una forma de pensar que me sirve muchísimo hoy”.

No todo es simple cuando familia y empresa conviven. Camilo lo reconoce sin dramatizar: “No siempre es fácil, pero para nosotros fue natural. Desde chicos acompañamos a mis viejos en el laburo, y eso después lo valorás muchísimo”.

En esa conexión con lo aprendido aparece también la pasión por las frutas nativas patagónicas, un sello que distingue a Jauja. “Fuimos pioneros en usar frutas nativas. Ahí me sirvió mucho la botánica. Hoy estamos con un proyecto de vivero de nativas, ornamentales y frutales. Todo está conectado”.

La conversación va y viene. Surge el tema de la comunidad, de la cantidad de gente que pasó por Jauja desde sus inicios. “Es lógico —dice—. Mis viejos empezaron hace 44, 45 años en un pueblo que era muchísimo más chico. Y al haber trabajo de temporada, mucha gente tuvo acá su primer empleo. Es parte de la historia del lugar”.

Y vuelve el tema de la creatividad, ese motor silencioso que atraviesa a la familia. “Hay cosas que uno planifica, y otras que sorprenden”, cuenta. Una de las favoritas es la historia del helado de mousse de chocolate amargo. “Yo era fanático del chocolate amargo, quería sí o sí ese helado. Lo hicimos… y no se vendía. Hasta que mi viejo dijo: ‘Cambiemos el nombre’. Le pusimos ‘Chocolate profundo’. Y explotó. Es mi gusto favorito”.

El nombre cambió el destino, y en eso también interviene Melchor, su hermano. “Melchor aportó mucho en los nombres. A veces describís un sabor y no suena atractivo, pero el nombre lo transforma. Profundo y Contradictorio, Mousse del Piltri… hasta poesía tiene”.

Y no es casualidad. Jauja nació como una escuela de arte antes de convertirse en heladería. “Acá funcionaba el coro de cámara de Héctor Biso, había teatro… el arte estuvo siempre metido. Ese espíritu creativo sigue siendo un pilar”.

¿Y el futuro? Camilo no duda: “Siempre tenemos helados nuevos en carpeta. Quiero seguir profundizando en sabores con frutas nativas. Y hace rato que estoy detrás del helado de higos con queso cuartirolo… creo que sale en breve”.

También está la montaña, ese otro eje identitario de la región. “Muchos senderos tienen murta, michay, calafate. Es hermoso que la gente pueda reconocer esos sabores cuando está allá arriba”. Jauja, entonces, es parte del paisaje, del aire, de la memoria colectiva. Parte de la comarca.

Cuando la charla se va acercando al final, aparece la pregunta inevitable: ¿qué se siente ver que aquello que empezó tu familia es hoy un pedazo del alma del Bolsón? Camilo respira, mira el local, observa a la gente que entra y sale. Y dice una frase que resume todo:

“Es emoción, responsabilidad y gratitud. Eso es Jauja para mí: un legado que nos abraza y que nos supera”.

En tiempos donde todo parece efímero, donde las cosas cambian rápido y las certezas duran poco, Jauja permanece. No como algo estático, sino como algo vivo. Que se transforma, que se adapta, pero que no pierde su esencia.

Como esos sabores que nacieron de un error y terminaron siendo inolvidables.

Como esa infancia que nunca se fue del todo.

Como ese sueño que, después de tantos años, sigue intacto.