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1 de Febrero de 2026

Don Osvaldo Weretilneck: el hombre que vio crecer a un pueblo y lo lleva en su mirada

A sus 88 años, Don Osvaldo Weretilneck revive los primeros años de El Bolsón y celebra su Centenario con recuerdos cargados de memoria, esfuerzo y amor por la Comarca Andina.

Sabado, 31 de enero de 2026 a las 09:37

Al caminar por las calles de El Bolsón, uno puede cruzarse con la historia misma. Y muchas veces esa historia camina elegante, tranquila, con paso seguro y mirada serena. Ese es Don Osvaldo Weretilneck, un hombre que ha visto nacer y crecer este pueblo, que ha vivido cada rincón de su transformación y que hoy, a sus 88 años, se convierte en memoria viva de cien años de historia. Sus ojos no solo miran: guardan un siglo entero de historias, de esfuerzo, de sueños y de raíces.

El Bolsón que él recuerda no era una postal, ni un destino turístico, ni un centro cultural. Era un lugar donde la vida se construía con las manos, con la voluntad y con el corazón. Cada vecino tenía un papel que cumplir, cada gesto contaba, cada pequeño esfuerzo sostenía la ciudad en ciernes. Se levantaban temprano para encender la leña en las escuelas, para abrir los caminos, para atender a quien llegara necesitado. Cada acción, por simple que pareciera, era un acto de amor colectivo.

Los recuerdos de Don Osvaldo se despliegan como fotografías vivas: el olor a leña en la Escuela 270, donde hizo la primaria; el calor de las estufas encendidas antes de la llegada de la maestra Elvira; el crujir de la nieve bajo los pies mientras caminaba hacia el aula. Cada recuerdo refleja no solo una época, sino la forma en que una comunidad cuidaba a sus niños y su futuro. Todo tenía sentido, todo era parte de un entramado de solidaridad, trabajo y esperanza.

En su memoria también habitan los nombres que simbolizan la entrega absoluta. Entre ellos, el doctor José Alfredo Barbeito, un médico que no conocía descansos ni horarios, que atendía a todos con la misma dedicación y humanidad. Don Osvaldo recuerda cómo muchas veces debía ir a buscarlo a su casa porque llegaba un accidentado o una mujer estaba por dar a luz. Nunca dijo que no. Nunca. Esa entrega silenciosa, cotidiana, es la esencia misma de lo que fue y sigue siendo El Bolsón: un pueblo hecho de gente que se da sin esperar nada a cambio.

Pero Don Osvaldo no se queda en el pasado. Mira también el presente y el futuro de la ciudad que ama con pasión. Piensa en los incendios que arrasaron viviendas y recuerdos, en las familias que perdieron todo, y aun así mantiene la esperanza. Su amor por El Bolsón es tangible: se refleja en su voz, en su mirada y en cada gesto. “El Bolsón es hermoso”, dice, con la emoción vibrando en cada palabra. “Su vegetación, su cuidado, su manera de ser… ¿Cómo no vamos a amar este lugar?”

Su historia está entrelazada con la construcción institucional del pueblo. Fue cadete cuando El Bolsón era Comisión de Fomento y, más tarde, nombrado secretario de Gobierno por el intendente Mario Ernesto Marqués, cuando se creó la municipalidad. Su vida y su labor son parte del alma de esta ciudad, un hilo que une generaciones y que demuestra que la historia no se escribe solo con edificios o documentos, sino con personas que aman y trabajan por su comunidad.

En este Centenario, Don Osvaldo fue reconocido como vecino destacado y elegido primera escolta de la bandera nacional, un homenaje cargado de simbolismo. Es también padre del gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, otro hijo de esta tierra que lleva la historia familiar y la memoria del pueblo en la sangre. La ceremonia no solo reconoce su trayectoria: es un símbolo de continuidad, de raíces que se mantienen vivas y se transmiten de generación en generación.

Caminar junto a él es recorrer la historia de El Bolsón como si cada calle, cada árbol y cada río contaran su relato. Saluda a vecinos, intercambia palabras, sonríe. Cada gesto recuerda que un pueblo se construye con humanidad, memoria y amor por la tierra, y que cada acto cotidiano deja huella. Don Osvaldo es ese hilo invisible que une pasado y presente, que sostiene la identidad colectiva y que inspira a quienes seguirán cuidando la ciudad.

Su voz es tranquila y cálida, y cuando habla de los primeros años, uno puede ver los caminos de tierra, las casas dispersas, los pequeños comercios naciendo de la nada. Cada palabra es una lección de solidaridad, de compromiso y de amor por la tierra, un puente que conecta los recuerdos de los pioneros con la esperanza de quienes continuarán cuidando la ciudad.

En este Centenario, Don Osvaldo no es solo un vecino destacado. Es el corazón que palpita en la memoria de El Bolsón, un testimonio de los pioneros que trabajaron sin descanso y de los que siguen construyendo la ciudad con la misma pasión. Su vida es un homenaje silencioso, profundo, que abraza a todos los que aman este lugar y a quienes quieren conocer su historia.

Porque hay personas que no solo viven la historia: la sostienen, la guardan y la transmiten.

Don Osvaldo Weretilneck es, sin duda, una de esas personas. Una memoria viva que seguirá emocionando, que seguirá enseñando y que seguirá siendo el corazón que late con El Bolsón.