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13 de Junio de 2026

Horacio “Perro” Azcona: del niño que miraba aviones al piloto que cumplió su sueño

Creció entre calles de tierra y una pista de aterrizaje. Hoy, desde el cielo de la Comarca Andina, transforma la emoción de volar en recuerdos inolvidables para quienes cumplen el sueño de despegar por primera vez.

Sabado, 13 de junio de 2026 a las 08:46

Hay personas que parecen haber nacido para un oficio. No porque alguien se los haya enseñado o porque estuvieran destinadas desde antes, sino porque existe una pasión tan profunda que termina marcando cada paso de sus vidas. En el caso de Horacio “Perro” Azcona, esa pasión siempre estuvo arriba, en el cielo.

Su historia comienza en Cipolletti, donde nació en 1975, aunque apenas tenía tres años cuando su familia decidió trasladarse a El Bolsón. Desde entonces nunca más se fue. Creció, estudió, formó su vida y construyó sus sueños en esta tierra cordillerana que todavía hoy observa desde una perspectiva que pocos conocen: la de quien la contempla desde las alturas.

Cuando habla de su infancia, los recuerdos aparecen cargados de nostalgia. No es solamente la memoria de un niño, sino también la fotografía de un pueblo que ya no existe de la misma manera. Las calles eran de tierra, los vecinos se conocían entre sí y los chicos podían pasar horas jugando sin que nadie se preocupara. Siempre había algún vecino que los encontraba caminando lejos de casa y los acompañaba de regreso. Había confianza, había comunidad. Horacio creció en una esquina emblemática de El Bolsón, en San Martín y Dorrego. Frente a su casa estaban los antiguos palenques, un supermercado y los enormes pinos que todavía permanecen como silenciosos testigos del paso del tiempo. “Éramos como una gran familia”, resume, y en esa frase parece condensarse toda una época.

A veces las grandes pasiones nacen de casualidades aparentemente simples. Horacio comenzó el jardín de infantes en la Escuela 140 cuando todavía era una construcción de madera y, justo al lado, estaba la pista de aterrizaje. Mientras otros chicos observaban los juegos o los árboles, él levantaba la vista cada vez que escuchaba el ruido de un motor. La pista de El Bolsón era de tierra y los aviones que llegaban desde otros lugares representaban una verdadera novedad para los vecinos. Para aquel niño curioso, cada aterrizaje y cada despegue eran una invitación a imaginar. Sin saberlo, estaba descubriendo el camino que seguiría durante toda su vida.

“Desde muy chico me gustaron los aviones”, recuerda. Lo que comenzó como fascinación infantil se transformó con el tiempo en una decisión. Mientras otros soñaban con ser futbolistas o bomberos, él quería volar. Comenzó a formarse en El Bolsón y tuvo como primer instructor a Andrés Ferrero. Más tarde continuó capacitándose entre vuelos que lo llevaron a Bariloche y exámenes rendidos en Viedma, pero hay un momento que sigue intacto en su memoria: el primer vuelo solo.

Todo piloto recuerda ese instante como un antes y un después, y Horacio no es la excepción. Fue en 1985, a bordo de un monomotor de tela identificado con la matrícula India Mike Mike. Recuerda el nerviosismo, la emoción y también las palabras de su instructor. “Me dijo: bueno, andá a volar solo, acá te dejo el matafuego”. Entonces despegó. Solo. Sin nadie a su lado. Con toda la responsabilidad sobre sus hombros y el corazón acelerado. “Es una experiencia que nunca más te olvidás”, asegura. Y tiene razón. Algunos momentos quedan suspendidos en la memoria para siempre, igual que un avión suspendido en el cielo.

Como tantos jóvenes pilotos, soñó alguna vez con llegar a las grandes aeronaves y a los vuelos comerciales. Sin embargo, la vida suele escribir historias diferentes a las que imaginamos. Hubo etapas en las que dejó de volar por cuestiones personales y laborales, pero la pasión permaneció intacta. Y cuando pudo, volvió. Porque hay llamados imposibles de ignorar. El suyo siempre venía desde arriba. Hoy, lejos de lamentar los caminos que no tomó, disfruta plenamente del lugar que ocupa. Entendió que no todos los sueños se miden por el tamaño del avión que se pilota y que muchas veces la verdadera felicidad aparece en lugares inesperados.

Si hay algo que emociona a Horacio tanto como volar, es ver la reacción de quienes descubren el cielo por primera vez. Desde hace años realiza vuelos turísticos y bautismos aéreos, y en cada salida vuelve a repetirse la misma magia. Personas que despegan con nervios, que observan el paisaje con asombro y que aterrizan transformadas por la experiencia. “Más que para uno mismo, la satisfacción está en ver la alegría de la gente”, explica. Ha llevado a volar a niños, familias enteras, visitantes de distintos puntos del país y también a personas mayores que habían esperado toda una vida para cumplir ese deseo. Entre tantos recuerdos, menciona especialmente a una mujer de 84 años que nunca había subido a un avión. Cuando aterrizó, bajó fascinada y con una sonrisa imposible de borrar. Para Horacio, esos momentos valen más que cualquier otra cosa porque entiende que no está ofreciendo simplemente un vuelo, sino regalando recuerdos que acompañarán a las personas durante toda su vida.

Ha tenido la oportunidad de volar por muchos lugares, pero no duda cuando le preguntan cuál es el más hermoso. “La Comarca Andina”, responde inmediatamente. Lo dice convencido. Desde el aire, asegura, la región adquiere una dimensión completamente diferente. El Lago Esperanza aparece con un color turquesa que parece pintado a mano, el río Turbio dibuja una huella clara antes de desembocar en el Lago Puelo, los cerros cambian de forma según la luz y los lagos escondidos revelan secretos que desde tierra pasan desapercibidos. “En media hora o cuarenta minutos conocés todo y entendés lo hermoso que es este lugar”, cuenta. Y mientras habla queda claro que no está describiendo solamente paisajes. Está hablando de la tierra donde creció, de la tierra que eligió para quedarse.

La aviación tiene belleza, pero también exige respeto. En toda su trayectoria recuerda apenas una situación que realmente lo puso en alerta. Fue hace muchos años, cuando una formación de hielo comenzó a afectar el carburador de la aeronave. Nada dramático ni con consecuencias posteriores, pero sí un recordatorio de que el cielo requiere preparación constante. El problema pudo resolverse sin inconvenientes y el vuelo continuó normalmente. “Fue solamente un susto”, resume.

Además de los vuelos turísticos, Horacio y sus compañeros cumplen un rol silencioso pero importante para la comunidad. Desde el aire muchas veces detectan columnas de humo antes que nadie y por eso se mantienen atentos a cualquier situación. Durante los incendios forestales que periódicamente golpean la región, su mirada se transforma en una herramienta valiosa. “Cualquier situación o panorama que vemos, lo informamos enseguida”, explica. Lo hacen sin buscar reconocimiento ni beneficios económicos, simplemente porque sienten que es una manera de cuidar el lugar que aman.

Cuando habla de otros pilotos, ya sean de helicópteros o de aviones hidrantes, aparece nuevamente el sentido de comunidad. “Somos todos amigos”, afirma. Muchos de los pilotos que hoy combaten incendios comenzaron en aeroclubes similares, compartieron instructores, pistas, horas de vuelo y aprendizajes. Todavía hoy mantienen esos vínculos porque, más allá de las aeronaves que pilotean, todos comparten la misma pasión.

Pocas personas conocen el origen de su apodo, aunque prácticamente todos lo llaman “Perro”. La explicación es tan sencilla como simpática. Durante años comenzó a llamar “perro” a todo el mundo. “Perro para acá, perro para allá”, recuerda entre risas. Hasta que un día el sobrenombre terminó quedándose con él. Hoy hay personas que incluso desconocen que su nombre es Horacio.

Antes de terminar la charla aparece una pregunta inevitable: ¿qué le diría a ese chico o chica que mira los aviones desde abajo y sueña con convertirse en piloto? Su respuesta está lejos de los discursos grandilocuentes. “Volar no es ninguna ciencia ni nada del otro mundo”, asegura. Reconoce que en la región existen dificultades porque las escuelas habilitadas son pocas y muchos exámenes deben rendirse lejos, pero insiste en algo fundamental: se puede. Quizás requiera más esfuerzo y más sacrificio que en otros lugares, pero el sueño es posible. Él mismo es la prueba de ello.

Hoy sigue vinculado al Aeroclub de El Maitén, una institución histórica que lucha por sostener viva la cultura aeronáutica de la región. Con esfuerzo y pasión lograron mantener operativo un Cessna 172, considerado uno de los aviones más confiables y vendidos del mundo. Gracias a esa aeronave continúan realizando vuelos turísticos que permiten sostener el funcionamiento del club y acercar el mundo de la aviación a nuevas generaciones.

Detrás de cada despegue hay mucho más que una actividad recreativa. Hay una forma de entender la vida, un compromiso con la comunidad y un amor inmenso por esta tierra. Y también está ese niño que alguna vez observó fascinado los aviones desde una vieja escuela de madera junto a una pista de tierra. Quizás por eso, cuando Horacio “Perro” Azcona habla de volar, no parece referirse únicamente a una actividad. Habla de libertad. Habla de sueños. Habla de la posibilidad de ver el mundo desde otra perspectiva. Y mientras el motor de su avión vuelve a encenderse sobre la cordillera, queda claro que algunas pasiones no envejecen jamás. Simplemente siguen encontrando caminos para mantenerse en el aire.