En el marco del ciclo de entrevistas de Info Cordillera, esta vez el encuentro se da en un espacio cotidiano, pero profundamente significativo para la comunidad: el vacunatorio del hospital de El Bolsón. Allí, donde a diario confluyen historias de cuidado, prevención y atención sanitaria, Romina Sheffield desarrolla gran parte de su labor y también su vida profesional.
Con una trayectoria que la convirtió en una de las caras más reconocidas del equipo de salud, Romina no busca protagonismo, pero su presencia se volvió indispensable dentro del sistema sanitario local. Es el nexo, la referencia, la voz serena que acompaña procesos complejos como la vacunación masiva o la atención comunitaria en distintos centros de salud.
“Hola, buen día, ¿cómo estás?”, responde con naturalidad al inicio del diálogo, como si no se tratara de una entrevista sino de una charla cotidiana en medio de su jornada laboral.
Raíces profundas en el barrio Luján
Romina Sheffield nació en El Bolsón en 1980 y lleva 46 años de vida en la localidad. Creció en el barrio Luján, un espacio que todavía hoy reconoce como el núcleo de su identidad.
“Viví toda la vida en el barrio Luján. Éramos nueve hermanos, dos fallecieron, pero nos criamos ahí todos juntos”, recuerda. En esa casa grande familiar se construyó una infancia marcada por la convivencia, la cercanía y la vida compartida.
La Escuela 140 fue el punto de encuentro educativo de toda su familia. “Toda mi familia fue a esa escuela, mis hijos también, y ahora mis nietos siguen yendo”, señala, destacando la continuidad generacional en la institución.
El barrio, cuenta, era una extensión de la familia. “Nos criamos jugando en los patios, cruzando los cercos. Éramos como la vecindad del Chavo”, dice con una sonrisa que mezcla nostalgia y pertenencia.
Los recuerdos de aquellos años están atravesados por la vida comunitaria: árboles, autos viejos que se transformaban en juegos, casas abiertas y vecinos que eran casi familia. “Aunque no éramos familia de sangre, lo éramos de corazón”, resume.
Infancia, juventud y memorias compartidas
Durante su adolescencia, Romina se movía entre el barrio y el centro, manteniendo vínculos con amistades de la escuela y de la vida cotidiana.
Uno de los recuerdos más vivos de su infancia está ligado al traslado a la escuela. Antes de la existencia del transporte escolar formal, un vecino del barrio, Kaleuche García, los llevaba en su auto.
“Nos iba levantando a cinco o seis chicos. Después pasó a una traffic y éramos más. Esas cosas se extrañan”, recuerda.
Ese mismo Kaleuche, con el paso del tiempo, llegaría a ser intendente de El Bolsón, aunque en la memoria de Romina sigue siendo, ante todo, el vecino que ayudaba a los chicos a llegar a la escuela.
También recuerda con especial afecto las cenas familiares en la casa de sus padres. “Nos juntábamos todos en cumpleaños, navidades… pero con el tiempo cada uno hizo su vida y se fue perdiendo un poco eso”, expresa con nostalgia.
El camino hacia la salud: una decisión marcada por la vida
El ingreso de Romina al sistema de salud no fue un camino planificado desde la juventud. En un primer momento pensaba en estudiar administración de empresas, pero la enfermedad de su madre cambió el rumbo de su vida.
“Mi mamá se enfermó y no pude irme a estudiar. Después hice el curso de agente sanitario”, relata.
Tras dos años de espera logró ingresar al sistema de salud como agente sanitaria en el barrio donde creció, el mismo Luján que la vio nacer.
Sin embargo, su vínculo con el vacunatorio comenzó casi de manera natural. Cada verano quedaba a cargo del servicio cuando el personal titular tomaba licencias. “Ahí me empezó a gustar mucho la vacunación”, cuenta.
Ese interés la llevó a formarse como enfermera, una decisión que implicó esfuerzo y sacrificio, ya que lo hizo mientras trabajaba y criaba a sus hijos. “No era lo que más me gustaba al principio, pero lo hice porque era necesario para seguir en el servicio”, explica.
Más tarde continuó su formación hasta convertirse en licenciada en enfermería, y recientemente inició una nueva capacitación específica en vacunación.
“Siempre me interesa aprender más para dar lo mejor a la comunidad”, afirma.
La Pandemia: un punto de inflexión
Si hay un capítulo que marcó su carrera fue la pandemia de COVID-19. Allí, el vacunatorio se transformó en el epicentro de una tarea crítica.
“Fue muy duro. Estábamos prácticamente 24/7”, recuerda.
El trabajo implicaba una logística exigente: preparación de espacios, aplicación de vacunas bajo protocolos estrictos, observación posterior de los pacientes y un control minucioso de cada dosis aplicada.
“Empezamos un domingo a las 8 de la mañana y no paramos más. Era de lunes a lunes”, relata.
La presión no era solo sanitaria, sino también social y emocional. Las normativas cambiaban constantemente, la incertidumbre era generalizada y el desgaste físico y mental era permanente.
“Hubo angustias, llantos, momentos de frustración, pero también alegría cuando logramos vacunar a toda la población objetivo”, dice.
Recuerda además el clima de miedo en la sociedad, incluso dentro de los hogares de los trabajadores de salud. “Cuando llegábamos a casa, había distancia, miedo al contagio, mucha desinformación”, señala.
Las primeras vacunas y el desafío sanitario
Las primeras dosis aplicadas en El Bolsón fueron destinadas al personal de salud. Médicos y enfermeros de guardia fueron los primeros en recibirlas, en un contexto de enorme expectativa.
“Era todo un desafío, desde preparar el lugar hasta controlar a cada persona después de vacunarse”, recuerda.
Incluso existía un seguimiento estricto del proceso, con controles administrativos y supervisión permanente. “Había mucho control, no podía faltar nada”, afirma.
Vocación, respeto y mirada social
Sobre el llamado movimiento antivacunas, Romina expresa una postura respetuosa pero firme.
“Respeto la decisión de cada uno, pero me da pena cuando no se piensa en la protección de los demás”, dice.
Y agrega una idea central desde su experiencia: la vacunación no solo protege al individuo, sino también a la comunidad.
También destaca que muchas de las enfermedades que hoy vuelven a mencionarse fueron vistas en el pasado por generaciones anteriores del personal de salud, algo que marca diferencias de percepción.
La vida personal: sus hijos como centro
En el plano personal, Romina no duda: sus hijos son su sostén principal.
“Ellos son mi pilar”, afirma. Son también quienes le generan mayor alegría y preocupación.
Mirar hacia adelante
De cara al futuro, no plantea grandes cambios, pero sí objetivos claros: seguir en el sistema de salud, continuar capacitándose y mejorar su aporte a la comunidad.
“Quiero seguir acá, es el lugar donde me siento bien”, expresa.
Un mensaje para las nuevas generaciones
Antes de cerrar la entrevista, deja un mensaje dirigido a los jóvenes que están por elegir su camino profesional.
“Que no bajen los brazos. Que busquen su camino. Las oportunidades existen, aunque a veces no se vean”, aconseja.
Y resume su propia experiencia con una idea clave: muchas veces la vocación aparece en lugares inesperados.
Epílogo
La historia de Romina Sheffield es la historia de una mujer que creció en un barrio donde la comunidad era una forma de vida, que atravesó decisiones personales marcadas por el contexto familiar y que encontró en la salud pública un camino de entrega y sentido.
Desde el barrio Luján hasta el vacunatorio del hospital, su recorrido combina memoria, esfuerzo, formación y vocación. Una vida que no se explica solo por los títulos alcanzados, sino por la constancia silenciosa de estar siempre donde la comunidad la necesita.
En tiempos de incertidumbre sanitaria y social, su testimonio deja una certeza simple pero profunda: la salud pública también se construye con historias como la suya.