Hay personas cuya historia se confunde con la historia de un pueblo. No porque hayan buscado protagonismo, sino porque estuvieron presentes en algunos de los momentos más importantes de la vida de miles de familias. La doctora Laura Pavese es una de ellas. Durante 49 años de profesión y más de cuatro décadas ejerciendo en El Bolsón, acompañó el nacimiento de generaciones enteras, atravesó guardias interminables, inviernos que hoy parecen imposibles y construyó una vida en la que la medicina, la montaña y la fe caminaron siempre juntas.
Su historia comenzó lejos de la Cordillera. Nació el 11 de agosto de 1954 en Morón, provincia de Buenos Aires. En aquellos años nunca imaginó que terminaría convirtiéndose en una de las médicas más reconocidas y queridas de la Comarca Andina. Su vocación tampoco apareció desde la infancia. En un principio soñaba con estudiar Bioquímica, pero la cantidad de matemáticas y física la hizo cambiar de rumbo. Fue durante los últimos años de la secundaria cuando descubrió que la medicina era el camino que realmente quería recorrer.
Se recibió en 1977, con apenas 23 años, después de completar la carrera en cuatro años y medio. Luego realizó la residencia en el Hospital de Morón, donde también trabajó durante una década entre el sistema público y la actividad privada. Todo parecía indicar que su futuro continuaría en Buenos Aires, hasta que una casualidad cambió para siempre el rumbo de su vida.
Una amiga de toda la vida, radicada en Bariloche, le pidió que viajara especialmente para atender el nacimiento de su cuarto hijo. Laura ya era ginecóloga y aceptó el desafío. Ese viaje no sólo significó un parto. También fue el momento en que conoció a Roberto Chiguay, quien años después sería su esposo. Él trabajaba en un taller de esquí y estaba profundamente ligado a la montaña. Aquella coincidencia terminó marcando el inicio de una nueva vida.
Después de reencontrarse al año siguiente, ambos tomaron una decisión que definiría su historia: instalarse definitivamente en la Patagonia. En 1987 llegaron a El Bolsón. Para Laura comenzaba una nueva etapa profesional. Para ambos, también nacía un proyecto de vida atravesado por la naturaleza y el compromiso con la comunidad.
Desde el primer día, la montaña pasó a formar parte de su cotidianeidad. Roberto era escalador, montañista y refugiero. Había integrado importantes expediciones organizadas por el Club Andino Bariloche y conocía como pocos los senderos de la región. Laura, aunque no participaba de todas las expediciones, acompañaba cada proyecto desde la logística y compartía una pasión que terminaría siendo parte de la identidad familiar.
El 21 de septiembre de 1987 ingresó al Hospital de Área El Bolsón. Ese día comenzó una etapa histórica para la salud pública local. Fue la primera mujer con título de especialista en Ginecología que ejerció en la ciudad. Junto al doctor Orlando Kunusch integró un equipo reducido que debía resolver prácticamente todas las situaciones que llegaban al hospital.
Con el paso de los años perdió la cuenta de cuántos niños ayudó a nacer. Sin embargo, hay una imagen que resume la magnitud de su recorrido: en los últimos años de trabajo comenzó a atender los partos de las mujeres que habían nacido con ella como médica. Dos generaciones completas pasaron por sus manos. Para cualquier profesional ese momento representa una emoción difícil de describir. Para Laura fue la confirmación silenciosa del tiempo vivido al servicio de los demás.
Aquellos primeros años en el hospital estuvieron marcados por enormes desafíos. Los recursos eran escasos y los inviernos resultaban mucho más duros que en la actualidad. La nieve cubría el pueblo durante semanas y las dificultades para mantener funcionando el hospital obligaban a improvisar soluciones impensadas para los tiempos actuales. Más de una vez debieron realizar partos e incluso cirugías iluminados únicamente por un farol debido a los cortes de energía eléctrica.
Lejos de resignarse, el equipo aprendió a resolver casi todo en El Bolsón. Las derivaciones hacia Bariloche eran excepcionales porque antes de la pavimentación de la Ruta Nacional 40 el viaje podía demandar alrededor de cuatro horas. Cada decisión implicaba una enorme responsabilidad. Por eso, los médicos desarrollaron una capacidad de resolución que hoy recuerda con orgullo.
En ese camino compartió innumerables guardias con colegas que dejaron una profunda huella, entre ellos el doctor Mereb, con quien enfrentó partos complejos, emergencias y también momentos de enorme felicidad. Eran tiempos en los que el hospital funcionaba casi como una gran familia, donde todos conocían el esfuerzo del otro y cada logro era compartido.
Cinco años después de instalarse en El Bolsón llegó otro de los grandes acontecimientos de su vida: el nacimiento de su hija Quem. Criada entre senderos de montaña, refugios y pasillos del hospital, su infancia estuvo marcada por un modo muy particular de crecer. Con apenas un año y medio ya había subido por primera vez al refugio, iniciando una relación con la naturaleza que continúa hasta el presente.
El origen de su nombre también refleja una historia profundamente personal. Laura y Roberto habían acordado que él elegiría el nombre del bebé, fuera niño o niña, mientras que ella se ocuparía de transmitirle la fe católica con la que ambos deseaban educarla. Así nació Quemquem, inspirado en una amiga de la infancia de Roberto y con un significado mapuche que resume belleza y sencillez: "murmullo de agua". En aquellos años incluso debieron justificar oficialmente la elección para que pudiera ser aceptada en el registro civil.
La maternidad tampoco significó abandonar la profesión. Al contrario. Su hija prácticamente se crió dentro del hospital y durante los veranos también en la montaña. Eran épocas sin teléfonos celulares ni internet. Las comunicaciones con los refugios dependían de radios portátiles y muchas veces los mensajes llegaban escritos en pequeños papeles que alguien descendía caminando hasta el pueblo. Así transcurría una vida donde el trabajo y la familia convivían permanentemente.
Hubo momentos especialmente difíciles. Recuerda una oportunidad en la que, estando en un refugio, recibió la noticia de un grave accidente de tránsito que había afectado a una familia conocida. Sin dudarlo, descendió para acompañarlos. Dos días después supo que estaba embarazada de Quem. Son recuerdos que hoy permanecen grabados con la misma intensidad que entonces.
Cuando habla de la fe, Laura no necesita buscar demasiadas palabras. Dice que es el sentido de su vida. La entiende como una guía permanente y como el motor que le permitió atravesar algunos de los dolores más profundos, entre ellos la pérdida de dos hermanos. Asegura que sin esa convicción le habría resultado imposible afrontar semejantes momentos.
Después de casi medio siglo acompañando nacimientos, todavía se emociona al describir lo que siente dentro de una sala de partos. Para ella no existe un milagro más grande que ver llegar una nueva vida. Afirma que ningún otro acontecimiento iguala esa experiencia y que cada nacimiento continúa despertando la misma emoción que sintió el primero. Esa mirada explica, quizá mejor que cualquier currículum, por qué tantos vecinos la recuerdan con afecto.
Sin embargo, reconoce que nunca fue sencillo dejar el trabajo al salir del hospital. Durante muchos años los ginecólogos fueron apenas dos o tres para atender no sólo a El Bolsón, sino también a Lago Puelo, El Hoyo, Cholila y Epuyén. Las guardias de quince días consecutivos eran habituales y no importaba si oficialmente no estaba de turno: cuando surgía una urgencia, el teléfono sonaba igual y ella volvía al quirófano.
Hace cinco años llegó la jubilación, aunque sólo en los papeles. Laura continúa trabajando porque siente que la medicina forma parte de su identidad. También dedica tiempo a Cáritas y al programa DALE, una iniciativa destinada a fortalecer la lectoescritura de niños, brindándoles además afecto, contención y alimento. Para ella, seguir ayudando continúa siendo la mejor manera de mantenerse viva.
Fuera del consultorio disfruta de leer historia, tejer y bordar. Vive desde hace casi cuatro décadas en Villa Turismo, un lugar que considera su hogar definitivo. Allí construyó una familia, desarrolló su profesión y acompañó la transformación de El Bolsón a lo largo de distintos gobiernos y generaciones. Nunca pensó en irse. Encontró en ese rincón de la Patagonia el lugar donde quiso quedarse para siempre.
Cuando se le pregunta por su mayor anhelo, la respuesta es sencilla: envejecer dignamente. Y cuando habla de su mayor orgullo no menciona su extensa trayectoria médica ni los miles de nacimientos que acompañó. Habla de su hija. Dice que es mejor que ellos dos y que la mayor satisfacción de su vida fue haber podido educarla para conservar la sensibilidad de sentirse igual frente a un plato de lata o frente al más lujoso. Esa frase resume, quizá como ninguna otra, la esencia de una mujer que dedicó su existencia a cuidar la vida de los demás sin dejar de cultivar la humildad.
La historia de Laura Pavese no se mide únicamente por los años de ejercicio profesional ni por la cantidad de pacientes que atendió. Se mide en abrazos, en familias que todavía la recuerdan con gratitud, en noches interminables dentro del hospital, en caminos nevados recorridos por una urgencia y en cada niño que llegó al mundo bajo sus manos. Son historias que no suelen aparecer en los libros, pero que quedan para siempre en la memoria de una comunidad. Porque hay médicos que ejercen una profesión y otros que, sencillamente, terminan convirtiéndose en parte de la historia de un pueblo.