A veces las historias más valiosas no se cuentan a través de grandes hazañas, sino de una vida entera dedicada a un lugar. De esas personas que, sin buscar protagonismo, terminan siendo parte de la memoria colectiva de un pueblo. Así transcurrieron los últimos cincuenta años de Marina Azcona, una de las contadoras más reconocidas de El Bolsón, quien recientemente celebró medio siglo desde aquel 23 de junio de 1976 en que obtuvo su título profesional.
La fecha sirvió como excusa para detenerse un momento, mirar hacia atrás y recorrer una vida que comenzó mucho antes del diploma universitario. Porque hablar de Marina es hablar también de una familia pionera, de los primeros pobladores del valle, de la educación pública, de la construcción de instituciones y del crecimiento de una comunidad que pasó de ser un pequeño pueblo rodeado de chacras a convertirse en una ciudad que ya supera ampliamente aquella postal de su infancia.
Una historia que empezó mucho antes de nacer
Marina pertenece a una de las familias históricas de El Bolsón. Su padre, Babil Azcona, llegó al valle en 1916 cuando apenas tenía un mes de vida. Sus abuelos, Babil Azcona y Ambrosia, junto a un tío abuelo, habían arribado primero a Bariloche a fines del siglo XIX, traídos por un familiar de apellido Salaberry, propietario de extensas tierras donde desarrollaban actividades ganaderas.
Años después decidieron abandonar Bariloche para instalarse en El Bolsón, atraídos por las posibilidades productivas del valle. El viaje demandó un mes y medio en carreta, junto a sus hijos y todas sus pertenencias. Aquella decisión cambiaría para siempre la historia de la familia.
Los Azcona se dedicaron a la agricultura y la ganadería, pero también hicieron un enorme esfuerzo para que sus hijos pudieran estudiar. Compraron una casa en La Plata y trasladaron allí a gran parte de la familia. Seis de los nueve hermanos obtuvieron un título universitario, algo excepcional para la época y mucho más para una familia nacida en la Patagonia profunda.
Entre ellos había una contadora. Sin saberlo, aquella tía sembró la vocación que décadas más tarde seguiría Marina.
Una infancia cuando El Bolsón era apenas un puñado de casas
La casa donde nació sigue siendo hoy el lugar desde donde ejerce su profesión. Desde allí recuerda un pueblo completamente distinto.
"En el medio no había nada", resume al describir aquella zona céntrica donde apenas se levantaban unas pocas viviendas, el actual Casino de Oficiales de Gendarmería y la casa de sus abuelos.
Los inviernos eran extremadamente duros. La nieve llegaba hasta las rodillas y, aun así, los chicos caminaban varias cuadras para asistir a la escuela. Las alumnas llevaban los vestidos del pericón colgados en una percha para que no se mojaran antes del acto patrio del 25 de Mayo.
En aquellos años las clases terminaban precisamente en mayo. Durante el invierno no había actividad escolar debido a las intensas nevadas.
Pero también recuerda veranos muy diferentes a los actuales. Dormían con las ventanas abiertas por el calor y para el Día del Estudiante, en septiembre, ya se bañaban en el lago sin inconvenientes.
"No había mucho para hacer", recuerda entre sonrisas. No existían las redes sociales, ni la televisión, ni siquiera llegaban diariamente los diarios. Se aprendía a leer, escribir, coser, tejer y compartir el tiempo en familia.
El Club Refugio y un pueblo que funcionaba como una gran familia
En 1951, apenas semanas antes del nacimiento de Marina, su padre junto a otras familias fundó el Club El Refugio, un lugar que terminaría convirtiéndose en el centro de la vida social de El Bolsón.
Allí se jugaba al truco, a la canasta, al billar, se bailaba folklore y funcionaba la emblemática cancha de pelota-paleta que hoy lleva el nombre de Babil Azcona.
Era una época donde todos se conocían, donde las familias compartían la vida cotidiana y los chicos crecían prácticamente entre vecinos que se sentían parte de una misma familia.
Aquella comunidad pequeña dejó una huella imborrable en Marina y explica, en gran medida, el profundo sentido de pertenencia que aún conserva hacia su pueblo.
La vocación nació jugando
Mucho antes de ingresar a la universidad, Marina ya sabía cuál sería su profesión.
Mientras otros chicos jugaban con muñecas o autitos, ella se entretenía revisando los papeles que llevaba su padre a casa. Armaba carpetas, ordenaba facturas, simulaba balances y caminaba con un portafolio imaginando que algún día sería contadora.
Ese juego infantil terminó convirtiéndose en un proyecto de vida.
La pasión por los números se mezcló con el ejemplo familiar y con el enorme valor que en su casa siempre tuvo la educación.
Pero estudiar tampoco era sencillo.
En aquellos años El Bolsón ni siquiera tenía escuela secundaria. Su hermana Alicia debió irse a un internado en Buenos Aires para continuar los estudios.
Fue entonces cuando su madre, Jovita Menéndez de Azcona, junto a otros docentes históricos de la localidad, comenzó una larga lucha para lograr la creación de un colegio secundario en El Bolsón.
Presentaron notas, gestionaron ante autoridades provinciales y nacionales y consiguieron primero la creación de una escuela industrial, que funcionó apenas un año.
Luego nació la Escuela Comercial Enrique Hudson, donde Jovita sería directora y donde Marina cursaría toda su secundaria.
Aquella institución marcaría para siempre su destino profesional.
Del regreso obligado al compromiso de toda una vida
Cuando terminó la universidad, Marina tenía un plan claro: regresar a El Bolsón algún día, pero antes seguir formándose. Se había recibido de contadora en junio de 1976 y decidió instalarse en Buenos Aires para comenzar la carrera de Abogacía en la Universidad de Buenos Aires. Incluso ya trabajaba junto a una tía que también era contadora y todo parecía indicar que su futuro profesional estaría lejos de la cordillera.
Sin embargo, la vida tenía otros planes.
Apenas cuatro meses después de haberse recibido, su padre falleció de manera inesperada. Tenía solamente 60 años. La noticia cambió por completo el rumbo de su historia.
"Me vio recibida", recuerda con emoción. Ese fue uno de los últimos regalos que pudieron compartir antes de la despedida.
La muerte de Babil Azcona la obligó a regresar a El Bolsón para hacerse cargo de los distintos negocios familiares. Durante un tiempo administró la agencia Fiat y otros emprendimientos que había dejado su padre, hasta que sintió que había llegado el momento de iniciar su propio camino.
Entonces abrió su estudio contable, un espacio que cinco décadas después continúa siendo parte de su vida cotidiana.
Abrirse camino cuando todavía todo estaba por hacerse
Los comienzos no fueron sencillos.
En El Bolsón prácticamente no existían estudios contables y el trabajo era escaso. La única profesional instalada anteriormente era Lili Hecker, considerada la primera contadora recibida que ejerció en la localidad.
Pero Marina nunca se desanimó.
Mientras comenzaba a construir su cartera de clientes recibió otra convocatoria imposible de rechazar: dar clases en la Escuela Comercial Enrique Hudson, la misma institución que había nacido gracias al esfuerzo de su madre y otros docentes.
Aceptó casi como una forma de devolver todo lo que la escuela le había brindado.
Durante doce años enseñó contabilidad, matemática y distintas materias vinculadas a la formación comercial. Eran tiempos muy distintos, donde muchas asignaturas eran dictadas por profesionales idóneos porque todavía no existían suficientes profesores especializados.
Recuerda con enorme cariño a docentes que dejaron huella en varias generaciones de estudiantes, como Carl Zoronzisky, quien además de matemática enseñaba teatro, dirigía el coro y entrenaba equipos deportivos.
Aquellos años consolidaron otra de sus grandes vocaciones: enseñar.
Medio siglo viendo cambiar la profesión
Cuando Marina comenzó a ejercer, cada libro contable se escribía completamente a mano.
Los libros IVA se confeccionaban línea por línea, los recibos de sueldo se calculaban manualmente y cada balance implicaba horas interminables de escritura y cálculos.
Con el paso de los años llegaron las primeras computadoras.
Recuerda perfectamente cuando comenzó a trabajar con el sistema operativo DOS, mucho antes de Windows e Internet. Para muchos colegas ese cambio resultó imposible de afrontar.
Incluso rememora el caso de una colega que, después de intentar adaptarse durante un tiempo, decidió abandonar definitivamente la informática y volver al trabajo manual.
Ella eligió otro camino.
Aprendió cada transformación tecnológica que aparecía, se capacitó una y otra vez y hoy, cinco décadas después de haber iniciado su carrera, continúa ejerciendo desde su estudio utilizando plataformas digitales, trámites en línea y herramientas que en sus comienzos hubieran parecido ciencia ficción.
Para Marina, la tecnología modificó completamente la profesión, pero nunca reemplazó lo esencial: la responsabilidad, el compromiso y la confianza construida con cada cliente.
Un pueblo que dejó de conocerse de memoria
Si hay algo que le produce sentimientos encontrados es observar cuánto cambió El Bolsón.
Recuerda una época en la que todos conocían a todos. Hoy reconoce que muchas veces entra a un supermercado y ya no identifica a la mayoría de quienes están a su alrededor.
No reniega del crecimiento. Al contrario. Considera que el progreso ha sido positivo y que la localidad logró desarrollarse.
Sin embargo, reconoce que junto con ese crecimiento también desaparecieron algunas costumbres y cierta tranquilidad que parecía natural décadas atrás.
Habla de una infancia en la que los chicos de 12 o 13 años caminaban solos por la montaña, recorrían el cerro Piltriquitrón, el río Azul y distintos senderos como quien iba a comprar al almacén de la esquina.
Su madre, apasionada por la cordillera, fue una de las primeras mujeres en recorrer sectores de alta montaña junto al doctor Venzano. De hecho, una de las lagunas cercanas al Cerro Lindo lleva el nombre de Jovita, en homenaje a aquella expedición.
Hoy, reconoce, sería impensado permitir que un adolescente salga solo de esa manera.
Los tiempos cambiaron y también cambiaron las formas de vivir la infancia.
El mayor orgullo lleva el nombre de familia
Cuando habla de balances o impuestos mantiene la serenidad de quien lleva medio siglo resolviendo problemas.
Pero cuando la conversación gira hacia sus hijos y sus nietos, la voz cambia por completo.
Allí aparece la madre y la abuela.
Dice sentirse profundamente orgullosa de sus tres hijos. No solamente por sus profesiones o emprendimientos, sino porque, según sus propias palabras, son "personas de bien".
Los tres estudiaron fuera de El Bolsón.
Los tres decidieron volver.
Uno incluso vivió durante cinco años en Estados Unidos y, aun teniendo la posibilidad de quedarse, eligió regresar para formar aquí su familia.
Ese gesto tiene para Marina un valor inmenso.
En tiempos donde muchos jóvenes emigran buscando mejores oportunidades, sus hijos apostaron nuevamente por el lugar donde crecieron.
También habla con orgullo de sus ocho nietos y de los sobrinos que continúan el legado familiar. Uno de ellos, Emilio, incluso trabaja junto a ella en el estudio contable como colega.
Ver a las nuevas generaciones continuar construyendo en El Bolsón representa, quizás, una de las mayores satisfacciones de su vida.
El legado de Jovita y Alicia
Durante toda la entrevista aparecen una y otra vez dos nombres que emocionan a Marina: su madre, Jovita Menéndez de Azcona, y su hermana Alicia.
Las recuerda como mujeres adelantadas a su tiempo.
Jovita recorrió durante cinco años, a caballo, el camino hasta la Escuela 139 para dar clases en una época donde enseñar implicaba mucho más que cumplir un horario. También impulsó la creación del gimnasio municipal y fue una de las principales impulsoras de la educación secundaria en El Bolsón.
Alicia siguió ese mismo camino de compromiso comunitario. Participó activamente en proyectos educativos, sociales y municipales, dejando una huella que hoy permanece incluso en el nombre de un pasaje de la localidad.
Para Marina, ambas representan el verdadero significado del servicio a la comunidad.
Mujeres que dedicaron su vida a construir oportunidades para los demás sin esperar reconocimiento alguno.
"No me arrepiento de nada"
Después de cincuenta años de profesión, cientos de balances, miles de clientes y varias generaciones acompañadas desde su estudio, Marina podría hablar de números.
Sin embargo, cuando le preguntan qué fue lo más importante que le dio la vida, la respuesta no tiene relación con su carrera.
"La familia", responde sin dudar.
También habla del enorme amor que siente por Carlos Sebrie, su compañero durante cuarenta años; del orgullo que le producen sus padres, sus abuelos, sus hijos y sus nietos; y del agradecimiento hacia ese pequeño pueblo que la vio crecer y al que decidió dedicar toda su vida.
Dice que vivir en El Bolsón fue, en parte, una casualidad. Una decisión tomada por sus abuelos hace más de un siglo terminó marcando el destino de varias generaciones.
Y siente que todo lo que hoy es nació precisamente aquí.
Por eso continúa trabajando. Por eso nunca quiso irse definitivamente. Por eso sus hijos eligieron volver.
Al finalizar la entrevista no habla de logros profesionales ni de reconocimientos.
Habla de gratitud.
Agradece la vida que tuvo y tiene. Agradece haber amado la profesión que eligió siendo apenas una niña que jugaba con papeles y facturas. Agradece a su familia por el camino recorrido. Y, sobre todo, agradece a El Bolsón.
Porque, después de cincuenta años ejerciendo la contaduría, Marina Azcona está convencida de que el mayor patrimonio que construyó nunca figuró en un balance.
Es una vida entera al servicio del pueblo que ama.