Hay personas que llegan a un lugar buscando un nuevo comienzo y, casi sin darse cuenta, terminan convirtiéndose en parte de su identidad. Personas que no nacieron en estas tierras, pero que las adoptaron como propias, que hicieron amigos, construyeron una familia, se involucraron en la vida comunitaria y aprendieron a defender cada rincón como si siempre hubieran pertenecido a él. Mirta Mazzini, conocida por todos como “La Negra”, es una de esas personas. Su historia es también una parte de la historia de El Bolsón, de sus transformaciones, de sus encuentros y desencuentros, de aquel pueblo que fue creciendo hasta convertirse en la ciudad que conocemos hoy.
En una nueva edición de este ciclo de entrevistas de Info Cordillera, Mirta abrió las puertas de sus recuerdos y recorrió, con la espontaneidad y la personalidad que la caracterizan, buena parte de una vida intensa. Desde sus primeros años en Lomas de Zamora hasta su llegada a la Patagonia en 1978, pasando por el vóley, el trabajo municipal, la participación social, la militancia política y las discusiones sobre el crecimiento urbano de la localidad, fue reconstruyendo un camino que tiene un hilo conductor: el compromiso con el lugar que eligió para vivir.
La primera pregunta fue inevitable: ¿por qué le dicen Negra? La respuesta llegó con naturalidad y una sonrisa. En su casa ya la llamaban así, pero también había una explicación relacionada con el sol. “Yo estaba siempre abajo del sol, así que mi piel, que me lo permite, me tostaba mucho, entonces terminé siendo la Negra”, contó. Una explicación sencilla para un apodo que, con el paso de los años, terminó siendo parte de su identidad pública y con el que hoy la reconoce prácticamente todo El Bolsón.
Mirta nació en 1945 en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires. Allí transcurrió buena parte de su juventud, trabajó, construyó sus primeras experiencias laborales y comenzó a desarrollar una trayectoria que después pondría al servicio de la comunidad patagónica. Durante varios años se desempeñó en la Municipalidad de Lomas de Zamora, particularmente en el área de Planeamiento Urbano, un ámbito que le permitió adquirir conocimientos administrativos y familiarizarse con el funcionamiento de una estructura municipal.
Pero aquellos años también estuvieron atravesados por una realidad mucho más oscura. Su salida de Buenos Aires se produjo en 1978, en plena dictadura militar, cuando la violencia política, las desapariciones y el miedo formaban parte de la vida cotidiana. Mirta recuerda que trabajaba en una oficina que estaba directamente bajo la órbita de los militares y que, aunque existían situaciones de aparente normalidad, detrás de esa rutina se escondía una realidad que resultaba cada vez más difícil de soportar.
En la conversación recordó especialmente a compañeros de trabajo que desaparecieron. Personas que un día estaban allí y al siguiente simplemente ya no volvían. “Te traían el café y decían: no, no vino más”, relató. Después, en medio de aquella incertidumbre, aparecían sus nombres vinculados a las listas de personas caídas. No siempre se sabía qué había ocurrido, ni dónde estaban, ni cuál había sido su destino.
La sensación de inseguridad excedía largamente el ámbito laboral. También estaba presente en las casas, en las calles y en las relaciones cotidianas. “No sabías si salir o no salir de la casa”, recordó sobre aquellos tiempos, describiendo una tensión permanente que atravesaba la vida de quienes estaban cerca de esa realidad. Sin embargo, aclaró que su decisión de trasladarse a la Patagonia no respondió exclusivamente a ese contexto político, sino también a cuestiones personales y sociales que hicieron que sintiera que ya no encontraba su lugar en Buenos Aires.
La Patagonia ya había despertado algo en ella. No llegaba completamente a ciegas. Tiempo antes había conocido El Bolsón y la Comarca Andina junto a su entonces marido. Habían recorrido montañas y disfrutado del paisaje, y aquella experiencia le había dejado una sensación que permaneció guardada durante años. Cuando finalmente decidió cambiar de vida, ese recuerdo volvió a cobrar fuerza. Quería regresar a ese lugar que alguna vez la había hecho sentir que podía construir otra historia.
Así fue como en 1978 llegó a El Bolsón, con 32 años y una mochila cargada de experiencias, conocimientos y una personalidad que rápidamente iba a hacerse notar. Pero la integración a una comunidad pequeña, con costumbres propias y códigos diferentes a los de una gran ciudad, también tuvo sus momentos de adaptación. Y en el caso de Mirta, el primer contacto con la sociedad local estuvo relacionado con una de sus grandes pasiones: el vóley.
Venía de jugar en Buenos Aires, donde había integrado equipos importantes y tenía una trayectoria deportiva que la había llevado a competir en instituciones reconocidas. Había pasado por el Country Club de Banfield, donde el equipo consiguió ascender, y posteriormente llegó a River Plate por recomendación de un entrenador. Más tarde, cuando ese entrenador pasó a Ferro, ella también se incorporó a ese club, donde continuó desarrollando su carrera deportiva.
El vóley no era simplemente una actividad recreativa. Era una parte importante de su vida, una disciplina en la que había construido vínculos, aprendido a competir y desarrollado una manera de relacionarse con los demás. Por eso, cuando llegó a El Bolsón, lo primero que hizo fue acercarse al gimnasio y buscar un espacio para seguir jugando.
Sin embargo, aquel primer acercamiento dejó una anécdota que todavía recuerda entre risas. Acostumbrada a la vestimenta deportiva que utilizaban en Ferro, se presentó en el gimnasio con una indumentaria que en Buenos Aires era habitual, pero que en El Bolsón generó sorpresa entre quienes estaban presentes. “Todo el gimnasio se me quedó mirando”, recordó. Ella no entendía demasiado qué estaba pasando hasta que comprendió que las costumbres locales eran diferentes. La siguiente vez decidió adaptarse y utilizar la ropa que se acostumbraba en la localidad.
Detrás de aquella situación graciosa había algo más profundo: el encuentro entre dos realidades culturales distintas. Una mujer que llegaba con sus propias experiencias, sus hábitos y su manera de hacer las cosas, y una comunidad que tenía otros códigos. Mirta fue aprendiendo a moverse en ese nuevo escenario, aunque sin abandonar aquello que consideraba importante.
El vóley terminó siendo una de las grandes puertas de entrada a la comunidad. No solamente le permitió relacionarse con otras personas, sino que también la llevó a asumir un rol fundamental en la formación deportiva de chicos y chicas de la localidad. Comenzó a entrenar equipos y rápidamente los resultados empezaron a llamar la atención.
El conjunto que estaba bajo su responsabilidad comenzó a ganarle a otros equipos de la zona. Los chicos y las chicas respondían a los entrenamientos y mostraban un entusiasmo que fue creciendo con el tiempo. En determinado momento, desde otros espacios comenzaron a preguntarle por qué no entrenaba a todos los equipos.
Mirta recuerda especialmente a aquellos jóvenes que acompañó durante sus primeros años en El Bolsón. Muchos de ellos hoy son adultos y tienen sus propias familias, pero para ella siguen siendo parte de una etapa muy significativa. Destaca que eran chicos maravillosos y considera que, a través de ellos, también se fue construyendo una relación de confianza con el resto de la comunidad.
Incluso recuerda una competencia en Bariloche a la que el equipo debía viajar. Ella no podía acompañarlos y tuvo que hacerlo otra profesora, que no había presenciado directamente sus entrenamientos. Sin embargo, los propios jugadores conocían el trabajo que habían realizado y representaban una experiencia que había dejado huella.
Con el tiempo, aquella mujer que había llegado hacía poco empezó a ser reconocida como alguien que defendía a El Bolsón y que se involucraba en lo que ocurría en la localidad. “Vos sos de acá”, le decían, aunque ella todavía recordaba perfectamente que había nacido a miles de kilómetros. La pertenencia, en su caso, no había llegado por nacimiento, sino por todo lo que había construido desde su llegada.
Del deporte al trabajo municipal: aportar experiencia para ordenar el crecimiento
Su inserción en El Bolsón también se produjo a través del trabajo. Mirta comenzó a desempeñarse en la Municipalidad como dibujante, aprovechando los conocimientos administrativos y técnicos que había adquirido durante sus años en Lomas de Zamora. Su experiencia en el área de Planeamiento Urbano resultó especialmente valiosa en una localidad que todavía estaba desarrollando herramientas para organizar su crecimiento.
Uno de los trabajos que recuerda de manera particular fue su participación en la elaboración de los primeros lineamientos del Código de Edificación de El Bolsón, en una época en la que la localidad todavía no contaba con ese instrumento. Su aporte consistió en trasladar experiencias y conocimientos adquiridos en Buenos Aires, tomando como referencia códigos existentes, entre ellos el de Bariloche, y organizando los artículos que después debían ser adaptados a la realidad local.
Mirta aclara que no realizó ese trabajo como profesional independiente ni fue la responsable exclusiva de su elaboración. Su participación estuvo vinculada a la experiencia administrativa y al conocimiento del funcionamiento de las oficinas de planeamiento. Los ingenieros y arquitectos que trabajaban en la Municipalidad fueron quienes adaptaron los contenidos y les dieron forma de acuerdo con las características y necesidades de El Bolsón.
Recuerda que durante las primeras reuniones trabajó junto a un arquitecto que posteriormente dejó de desempeñarse en el municipio. A partir de esos encuentros comenzó a tomar forma una herramienta que, con los años, recibió distintas modificaciones y adaptaciones, como sucede con los instrumentos que deben acompañar el crecimiento de una comunidad.
Su experiencia anterior le había enseñado que planificar no era una tarea que pudiera realizarse de manera aislada. En Lomas de Zamora, cuando se analizaba una modificación vinculada al planeamiento o al código de edificación, era necesario convocar a numerosos sectores. Bomberos, comerciantes, referentes de distintas áreas y personas vinculadas al funcionamiento de la ciudad participaban de reuniones que podían reunir a unas 30 personas.
Esa manera de trabajar, basada en la consulta y en la participación de distintos actores, fue parte del conocimiento que intentó trasladar a su nueva realidad. Sabía que una ciudad no se construye solamente desde un escritorio y que las decisiones sobre el espacio urbano terminan repercutiendo en la vida cotidiana de quienes viven allí.
También le tocó observar de cerca las transformaciones sociales de El Bolsón. Recordó la presencia de los llamados hippies, los marchinos y las personas que habían llegado desde distintos lugares buscando otra forma de vida. Aquella convivencia no siempre fue sencilla. Por un lado, una sociedad local que quería preservar sus costumbres y que no necesariamente entendía a quienes llegaban con otras formas de vivir; por otro, personas que tampoco encontraban fácilmente la manera de integrarse a una comunidad con características muy particulares.
Mirta describió ese proceso como una etapa de distancias, tensiones y posteriores acercamientos. Muchos de aquellos recién llegados tenían formación profesional, conocimientos y experiencias que habían dejado de lado al elegir una vida diferente. Con el paso del tiempo, algunos comenzaron a ejercer sus profesiones y a incorporarse de otra manera a la actividad local.
El proceso no estuvo libre de conflictos, pero terminó generando nuevas formas de integración. Para Mirta, el crecimiento era inevitable y la sociedad debía encontrar la manera de convivir con los cambios, sin desconocer aquello que había sido parte de la identidad original del pueblo.
Una vida de participación: acompañar lo que la comunidad quería hacer
La participación de Mirta en la vida social de El Bolsón no se limitó al vóley ni al trabajo municipal. A lo largo de los años estuvo presente en diferentes actividades, colaborando con iniciativas que surgían de los propios vecinos. Recordó, por ejemplo, las carreras de bicicletas que se organizaban antes del nacimiento de su hija y en las que ella se ocupaba de preparar los premios y acompañar la organización.
Su manera de involucrarse tenía una característica particular: no se trataba de imponer proyectos ni de decidir desde afuera qué debía hacer la comunidad. La idea era acompañar aquello que los propios vecinos querían desarrollar. “Ellos querían correr, hay que ayudar. Ellos querían jugar vóley, vamos a jugar vóley”, resumió.
Esa frase permite entender buena parte de su recorrido. Mirta llegaba con conocimientos y experiencias adquiridos en otros lugares, pero fue aprendiendo que no siempre era posible trasladar directamente una idea sin escuchar primero a quienes formaban parte de la comunidad. Había que encontrar los tiempos, los espacios y las maneras de construir acuerdos.
Reconoció que su carácter fuerte y su experiencia administrativa podían generar algunas dificultades. En ocasiones le costaba aceptar que cuestiones que para ella estaban claras necesitaran tantas conversaciones y explicaciones. Había llegado con una formación que, para aquel momento, era poco habitual en una localidad pequeña, y muchas veces sentía que podía resolver determinadas cuestiones con mayor rapidez.
Sin embargo, también aprendió a moderar sus reacciones. Por haber trabajado durante años en espacios de atención pública, sabía que debía bajar el tono, escuchar y buscar una manera de explicar sus ideas sin que parecieran imposiciones. “Tenía que bajar diez cambios mínimos, poner primera después y empezar a hablar”, recordó.
No lo interpretaba como una cuestión de condescendencia, sino como una necesidad para poder trabajar con otros. A veces, aun teniendo argumentos y experiencia para defender una posición, era necesario entender que las decisiones colectivas exigían diálogo y que no todos compartían los mismos conocimientos ni las mismas prioridades.
Esa forma de participación también estuvo acompañada por una intensa actividad política y militante. Mirta contó que comenzó a militar a los 16 años y que, desde entonces, atravesó distintas experiencias y discusiones vinculadas a la vida pública. Su compromiso, según explicó, nunca estuvo condicionado por una pertenencia partidaria inamovible.
En ese sentido, dejó una frase que sintetiza su manera de entender la política: “A mí mostrame algo mejor y yo traigo la ficha y la firmo”. Para ella, las ideas deben poder discutirse y las posiciones pueden modificarse cuando aparece una propuesta superadora. No se considera fundamentalista y sostiene que siempre estuvo dispuesta a escuchar una alternativa mejor.
Es una postura que mantiene después de décadas de participación, con la experiencia de haber atravesado distintas etapas y de haber visto cómo los sistemas y las organizaciones también necesitan revisarse. Su mirada parte de una convicción: no se trata de defender una posición por orgullo, sino de encontrar aquello que realmente pueda mejorar las cosas.
El Bolsón que eligió y el que quiere para las próximas generaciones
Casi medio siglo después de su llegada, Mirta ya no se siente una visitante ni una vecina que vino de paso. Cuando le preguntaron si se quedaba con el pueblo de antes o con la ciudad actual, respondió que el crecimiento siempre es positivo, aunque consideró que debe estar acompañado por una planificación adecuada.
A lo largo de los años vio cómo cambiaron las calles, los barrios, las actividades comerciales y la cantidad de personas que eligieron instalarse en la Comarca. Para ella, el desafío no consiste en detener ese proceso, sino en encontrar una manera de ordenarlo para que el desarrollo no termine generando problemas que después resulten difíciles de resolver.
Desde su experiencia en planeamiento urbano, puso especial atención en la distribución de los espacios comerciales. Explicó que los centros comerciales necesitan una organización que permita a las personas realizar distintas actividades en un mismo sector, con comercios cercanos y accesibles. La idea es que la gente pueda caminar, resolver diferentes necesidades y encontrar servicios sin tener que trasladarse constantemente de un extremo a otro.
Utilizó una imagen cotidiana para explicar ese concepto: una persona que sale a comprar una prenda y, mientras camina con su pareja, encuentra algo que necesita para el auto. Esa posibilidad de resolver varias cuestiones en un mismo recorrido es parte de la lógica de los centros comerciales y de una planificación que favorezca la circulación y la actividad económica.
Consideró que El Bolsón todavía tiene mucho camino por recorrer en esa materia. “Estamos muy en pañales, esto está empezando recién a tener una vista de ciudad”, expresó al analizar la evolución urbana de la localidad. Una mirada que no desconoce los avances, pero que advierte sobre la necesidad de pensar el desarrollo con mayor amplitud.
Otro de los temas que abordó fue la construcción de edificios en altura. Frente a la posibilidad de que El Bolsón incorpore cada vez más edificaciones de varios pisos, Mirta planteó la necesidad de analizar primero qué alternativas existen para ofrecer suelo y viviendas fuera del centro.
Recordó que, según le habían contado cuando llegó, el trazado urbano impulsado por Pagano contemplaba calles anchas con la intención de permitir que desde determinados sectores de la avenida se pudiera observar el Cerro Lindo hacia un lado y el Piltriquitrón hacia el otro. Aquella concepción del espacio urbano también formaba parte de una identidad paisajística que, a su entender, merece ser considerada cuando se toman decisiones sobre el futuro de la ciudad.
No rechazó de manera absoluta la posibilidad de construir edificios, pero sí planteó que antes de avanzar en esa dirección es necesario evaluar si existe tierra disponible para desarrollar barrios y ofrecer otras alternativas habitacionales. Consideró que un departamento en pleno centro no necesariamente tiene que ser la única opción para quienes buscan invertir o establecerse en El Bolsón.
En ese sentido, propuso pensar en barrios que cuenten con los servicios necesarios y que ofrezcan condiciones adecuadas para vivir tranquilamente. Recordó que ya existen experiencias de urbanizaciones con infraestructura y servicios, donde las personas pueden encontrar una alternativa de vivienda que, en términos económicos, puede resultar comparable con la compra de un departamento.
Su reflexión vuelve a conectar con aquella experiencia que comenzó a construir en las oficinas municipales de Lomas de Zamora y que luego puso en práctica en El Bolsón: pensar la ciudad no solamente desde lo que se puede construir, sino desde cómo van a vivir las personas que la habitan.
Una comunidad que la abrazó y una pertenencia que se construyó con los años
Cuando llegó el momento de hablar de lo más lindo que le había dado la Comarca Andina, Mirta no dudó demasiado. No habló primero de los paisajes, de las montañas ni de los lugares que recorrió. Eligió algo mucho más cercano: las personas.
“Me ha dado muchos amigos, mucha gente conocida, mucha gente que siempre te saluda, siempre te abraza, siempre está si lo necesitás”, expresó. Para ella, esa cercanía es uno de los valores más importantes de la vida comunitaria y algo que fue descubriendo a medida que pasaban los años.
Incluso recordó una anécdota que muestra esa forma particular de relacionarse que existe en los pueblos. Contó que, como muchas veces caminaba sin saludar porque no había visto a quien se encontraba en la calle, algunas personas se acercaban de repente y la sorprendían. Ella se asustaba, sin entender qué estaba pasando, hasta que descubría que simplemente la estaban saludando y que los demás se divertían con su reacción.
Son pequeñas escenas de la vida cotidiana que terminan convirtiéndose en recuerdos entrañables. Porque, detrás de cada saludo, cada abrazo y cada encuentro casual, hay una historia compartida, una relación que se construyó con el tiempo y una comunidad que reconoce a quienes estuvieron presentes en sus distintas etapas.
Mirta también habló de las cosas feas que le tocó vivir y observar. No negó que existan situaciones dolorosas ni intentó presentar una imagen idealizada de la localidad. Sabe que, como en cualquier comunidad, hay experiencias que lastiman, conflictos y realidades que preferiría no volver a encontrar.
Sin embargo, explicó que a sus 81 años su manera de enfrentar esas situaciones es diferente a la de otras etapas de su vida. Reconoció que antes reaccionaba con mucha más intensidad, que podía enojarse y enfrentarse con aquello que consideraba injusto. Hoy, en cambio, siente que hay situaciones que no siempre pueden modificarse y que es necesario aprender a atravesarlas de otra manera.
“Ahora veo que la única forma es anular lo feo, tragar lo que te pasa, pasarlo por otro lado, y la indiferencia va a matar todo lo que vos no podés manejar”, reflexionó hacia el final de la entrevista. Una frase que deja ver el aprendizaje que llega después de décadas de experiencias, discusiones, alegrías y decepciones.
Cuarenta y ocho años después, El Bolsón también es su historia
Hay un dato que Mirta suele recordar cuando alguien le pregunta de dónde es. Ya tiene más años de vida en El Bolsón que en Lomas de Zamora. Llegó en 1978 y, desde entonces, construyó aquí una parte fundamental de su existencia. Formó una familia, tuvo dos hijos y también tiene dos nietos nacidos en estas tierras, como parte de una historia que ya está profundamente ligada a la Comarca.
Su rincón preferido es Villa Turísmo, aunque asegura que recorrió prácticamente todos los lugares de la región. Hoy reconoce que ya no se mueve tanto como antes y que los años imponen otros ritmos, pero conserva intacta la memoria de los caminos, las actividades y las personas con las que compartió tantas experiencias.
Cuando mira hacia atrás, aparecen una joven deportista que llegó desde Buenos Aires, una trabajadora municipal que aportó conocimientos al desarrollo urbano, una entrenadora que acompañó a generaciones de chicos y chicas, una vecina que organizó actividades comunitarias y una mujer que nunca dejó de involucrarse en las discusiones sobre el lugar donde eligió vivir.
También aparece aquella mujer que llegó en un momento difícil de la historia argentina, después de haber conocido de cerca el miedo y la incertidumbre de la dictadura, y que encontró en la Patagonia la posibilidad de construir otro camino. No fue una adaptación inmediata ni estuvo exenta de desencuentros, pero con el tiempo logró hacer de El Bolsón su casa.
Quizás por eso, cuando recuerda que algunas personas le decían que era de acá, aunque ella acababa de llegar, aparece una de las claves de su historia. La pertenencia no siempre se define por el lugar donde uno nace. También se construye con los años, con el trabajo, con los afectos, con las discusiones, con la participación y con la decisión de quedarse incluso cuando las cosas no son sencillas.
Mirta Mazzini, la Negra, tiene 81 años y 48 de historia en El Bolsón. Ya no recorre la Comarca con la misma intensidad de antes, pero sigue llevando consigo todo aquello que construyó y que la convirtió en una vecina querida y reconocida. Su relato no es solamente el recuerdo de una vida personal: es también el testimonio de una generación que llegó cuando el pueblo era distinto, que participó de sus transformaciones y que ayudó, desde diferentes lugares, a construir la comunidad que existe hoy.
Porque hay quienes llegan a un lugar y simplemente viven en él. Y hay quienes, como la Negra Mazzini, lo hacen propio, lo defienden, lo cuestionan, lo ayudan a crecer y terminan dejando una huella en su historia. Después de casi cinco décadas, cuando habla de El Bolsón, Mirta ya no habla de un destino al que llegó desde lejos: habla de su casa, de sus amigos, de su familia y de una vida entera que encontró en la Comarca Andina un lugar donde echar raíces.