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8 de Agosto de 2026

Senobia Gallardo: la mujer que con sus 104 años vio nacer a El Bolsón y aún sigue escribiendo historia

A sus 104 años, Senobia Gallardo es mucho más que una testigo del paso del tiempo: nació antes de la fundación de El Bolsón y su historia resume el esfuerzo, el sacrificio y la fortaleza de las familias pioneras que forjaron la identidad de la Patagonia.

Sabado, 08 de agosto de 2026 a las 10:17

Hay personas que no solo cumplen años: se convierten en parte de la historia de un pueblo. Ese es el caso de Senobia Gallardo, una vecina entrañable de la Comarca Andina que acaba de celebrar sus 104 años de vida, llevando consigo un legado que comenzó incluso antes de que El Bolsón fuera oficialmente una localidad. Su historia es también la historia de los primeros pobladores, de las familias que hicieron patria en la cordillera y de una generación que aprendió a salir adelante con esfuerzo, solidaridad y trabajo.

En una nueva entrevista de Info Cordillera, su hijo Tito Gastaldi abrió las puertas de su casa y de sus recuerdos para reconstruir la vida de su madre. Lo hizo con emoción, mezclando anécdotas familiares con momentos que reflejan cómo era vivir en la Patagonia hace más de un siglo, cuando los caminos eran senderos, las comunicaciones casi inexistentes y la vida transcurría al ritmo de la naturaleza.

"Mi mamá se llama Senobia Gallardo, tiene 104 años y nació el 29 de julio de 1922 en El Manso", cuenta Tito mientras sonríe. Sin embargo, enseguida aclara que el documento probablemente no refleje la fecha exacta. Como ocurrió con muchísimos pobladores de aquella época, las inscripciones en el Registro Civil se realizaban tiempo después del nacimiento porque la oficina más cercana estaba en Ñorquinco y llegar hasta allí implicaba largos viajes. Por eso, en la familia creen que, en realidad, podría tener incluso uno o dos años más de los que indican los papeles.

Su lugar de nacimiento tampoco fue un sitio cualquiera. Senobia llegó al mundo en una vivienda ubicada del otro lado de la pasarela del paraje conocido como Toni John, en pleno valle de El Manso. La antigua casa aún permanece en pie dentro del actual Parque Nacional Nahuel Huapi y cada tanto la familia vuelve a visitarla. No es solo una construcción de madera: es el lugar donde comenzó una historia que atravesó más de un siglo.

La familia Gallardo fue una de esas enormes familias típicas de la Patagonia rural. Senobia fue una de 16 hermanos y la mayor de las mujeres. Hoy todavía sobreviven cinco de ellos, algunos con más de 90 años, distribuidos entre Río Negro, Mendoza y Córdoba. Una longevidad que parece correr por las venas de una familia acostumbrada a superar los desafíos del tiempo.

Detrás de esos apellidos también hay historias de frontera. Su madre, Amalia Turra, era nacida en El Manso. Su padre, Carlos Gallardo, había llegado desde Chile siendo carabinero. Según relatan los mayores de la familia, perseguía a un preso que había cruzado la cordillera cuando conoció a quien sería su compañera de vida. Nunca regresó. Se quedó para formar una familia y echar raíces del lado argentino de la cordillera.

La infancia de Senobia transcurrió entre bosques, montañas y trabajos rurales. Más tarde, la familia se trasladó al Mallín Ahogado, donde construyeron una vivienda de madera muy similar a la del Manso. La primera se incendió y debieron empezar nuevamente desde cero, una experiencia que marcó a toda la familia y que, lejos de desanimarlos, reforzó la cultura del trabajo y la perseverancia que caracterizó a los antiguos pobladores.

Su abuelo elaboraba tejuelas de alerce, un oficio indispensable en aquellos años, cuando prácticamente todas las viviendas de la región estaban techadas con madera. Eran tiempos en los que cada casa se levantaba con el esfuerzo de quienes la habitaban y donde los recursos naturales eran parte de la vida cotidiana.

La niñez duró poco. Como les ocurrió a miles de jóvenes de su generación, Senobia debió comenzar a trabajar siendo apenas una adolescente. Con apenas 12 o 13 años viajaba a El Bolsón para cuidar a la hija de una familia de gendarmes. Había cursado solo algunos grados de la escuela primaria, sabía leer y escribir lo básico, pero había recibido una educación que Tito resume con una frase sencilla: "la educación de los viejos de antes".

La necesidad económica llevó luego a varias de las hermanas Gallardo a dejar la Patagonia para emplearse como mucamas en distintos puntos del país. Senobia viajó hasta Bahía Blanca, mientras otras trabajaron en Villa La Angostura, en momentos en que todavía se construían caminos y comenzaba el desarrollo turístico de la región. Allí, lejos de su tierra natal, conocería al hombre con quien formaría su familia.

En Bahía Blanca trabajó en un reconocido hotel. Allí nació su primer hijo, Carlos. Más tarde, junto a su esposo, decidió regresar definitivamente a la cordillera. Primero volvieron al Mallín Ahogado y luego se instalaron en la casa familiar ubicada a pocos metros de Plaza España, en pleno corazón de El Bolsón, donde la familia continúa viviendo hasta el día de hoy.

Aquella vivienda fue mucho más que un hogar. En épocas donde casi no había construcciones alrededor, se convirtió en punto de encuentro obligado para todos los familiares que llegaban desde distintos rincones de la región. Siempre había lugar para un colchón, una comida caliente y una conversación alrededor de la cocina económica.

Mientras su esposo trabajaba en el histórico Hotel Piltriquitrón ocupándose de la calefacción a leña y de las calderas, Senobia hacía de todo: arreglaba habitaciones, preparaba camas, llevaba bandejas y colaboraba en la cocina del que fue el primer gran hotel de El Bolsón. Eran años en los que el turismo recién comenzaba a dar sus primeros pasos y cada trabajador cumplía múltiples tareas para sacar adelante el establecimiento.

La huerta ocupaba buena parte del patio. También había un gallinero, un conejero y un pozo del que la familia extraía el agua porque todavía no existía la red domiciliaria. La vida se organizaba alrededor de lo que la tierra podía dar. Las verduras, los animales y el trabajo cotidiano permitían sostener un hogar en una época donde el dinero escaseaba, pero nunca faltaban las ganas de salir adelante.

Los recuerdos de Tito tienen un aroma inconfundible: el del pan recién salido del horno y las tortas fritas que preparaba su madre. Eran recetas sencillas, nacidas de la necesidad, pero que hoy representan un patrimonio afectivo imposible de reemplazar. "Mi mamá sacaba el pan del horno y yo ya me comía medio pan caliente", recuerda entre risas, convencido de que esos sabores siguen siendo una de las imágenes más fuertes de su infancia.

Las comidas eran las típicas de aquellos tiempos: guisos abundantes, sopas, polenta, pan casero y dulces elaborados con la fruta de la temporada. Todo se hacía en casa. No existían los alimentos industrializados ni las comodidades de hoy. Había que criar gallinas, hacer conservas, cocinar con leña y aprovechar cada recurso disponible. Era una forma de vivir donde el trabajo nunca terminaba, pero donde tampoco faltaba la solidaridad entre vecinos.

Con el paso de los años, Senobia también trabajó en una despensa del barrio perteneciente a la familia Barrio Nuevo. Allí ayudaba en distintas tareas y volvía a su casa con alimentos que luego transformaba en el sustento diario para sus hijos. Limpiaba mondongo, preparaba guisos y hacía rendir cada ingrediente como solo sabían hacerlo las mujeres de aquella generación, acostumbradas a convertir poco en mucho.

Pero la vida también le presentó pruebas durísimas. Muy joven quedó viuda y tuvo que hacerse cargo prácticamente sola de la crianza de cuatro hijos. En tiempos donde el trabajo formal era escaso y las ayudas sociales prácticamente inexistentes, sacar adelante una familia requería una fortaleza extraordinaria. La huerta volvió a convertirse en un sostén indispensable y el esfuerzo cotidiano reemplazó cualquier posibilidad de descanso.

Tito reconoce que aún hoy se pregunta cómo hacía su madre para que nunca faltara un plato de comida sobre la mesa. No había grandes ingresos, tampoco certezas sobre el futuro. Sin embargo, cada día encontraba la manera de seguir adelante. Esa capacidad para enfrentar las dificultades es, quizás, el legado más importante que dejó a sus hijos y nietos.

Con el correr de las décadas llegaron también las alegrías. Sus hijos crecieron, formaron sus propias familias y comenzaron a multiplicarse los nietos y bisnietos. Cuando Tito tuvo su primer automóvil, una de las primeras cosas que hizo fue llevar a su madre a recorrer distintos lugares del país. Incluso pudieron visitar a un hermano que vivía en Entre Ríos, un viaje que permanece entre los recuerdos más felices de ambos.

Las fotografías familiares cuentan esa historia mejor que cualquier documento. Están las imágenes de las navidades compartidas, de los cumpleaños, de los actos escolares, del día en que Tito recibió su título de profesor y, sobre todo, las de una madre siempre presente, acompañando cada etapa importante de la vida de sus hijos.

Uno de los momentos más emotivos de los últimos años llegó durante el centenario de El Bolsón. Mientras toda la comunidad celebraba los cien años de la localidad, Senobia estaba allí, soplando las velitas junto al intendente y al gobernador. La escena tuvo un simbolismo difícil de igualar: una mujer que había nacido antes de que existiera oficialmente el pueblo celebraba el cumpleaños de la ciudad que la vio crecer y de la que también ayudó a escribir su historia.

Pocos días atrás volvió a reunir a toda la familia para celebrar sus 104 años. La nieve amenazó con arruinar el encuentro y hasta pensaron en suspenderlo. Sin embargo, decidieron seguir adelante porque, como dice Tito, nunca se sabe cuándo será la última oportunidad para compartir un momento así. Contra todos los pronósticos, unas 25 personas llenaron la casa con abrazos, tortas, risas y recuerdos, demostrando que el cariño puede más que cualquier temporal.

Hoy Senobia lleva una vida tranquila. Ya no tiene dientes y la sopa ocupa un lugar central en su alimentación. Disfruta especialmente de un gran tazón con leche y pan, una costumbre heredada de otros tiempos que mantiene intacta. Sus horarios ya no responden al reloj: puede desayunar al mediodía o merendar de madrugada. En su casa lo entienden con naturalidad y simplemente acompañan el ritmo que le marca la vida.

Hay un dato que sorprende incluso a quienes la conocen desde hace décadas. A sus 104 años, Senobia prácticamente no toma medicación. Atravesó la pandemia de COVID-19 sin mayores complicaciones y, pese a su avanzada edad, conserva un estado de salud que asombra a médicos, familiares y amigos. Para Tito, no hay otra explicación que la fortaleza con la que enfrentó cada capítulo de su existencia.

Sin embargo, esa fortaleza también tuvo que sostenerse sobre profundas heridas. Senobia sobrevivió a tres de sus hijos. La última pérdida ocurrió hace apenas cuatro años, cuando falleció su única hija mujer. Son dolores que ninguna madre debería atravesar, pero que ella enfrentó con la misma entereza con la que había soportado las privaciones, la viudez y las dificultades económicas de toda una vida.

Para Tito, cuidar hoy de su madre representa cerrar un círculo. "Así como ella me cuidó a mí, ahora me toca cuidarla a ella", resume con la emoción de quien sabe que cada día compartido es un regalo. Es el único hijo con vida y asumió ese compromiso con la misma dedicación con la que ella alguna vez sostuvo a toda la familia. Entre ambos parece existir un pacto silencioso construido durante décadas de amor incondicional.

La historia de Senobia Gallardo no habla solamente de una mujer que alcanzó los 104 años. Habla de una generación que levantó pueblos cuando apenas había caminos, que hizo del trabajo una forma de vida y que encontró en la familia el refugio para atravesar cada adversidad. Su historia es también la de miles de pobladores anónimos que sembraron las bases de la Patagonia que hoy conocemos.

Mientras El Bolsón transita el año de su centenario, la figura de Senobia adquiere un valor aún más profundo. Ella nació antes que el propio pueblo, vio transformarse el paisaje, crecer las calles, llegar la electricidad, el agua, los vehículos, las escuelas y las nuevas generaciones. Es, literalmente, una memoria viva de la historia regional.

Y quizá por eso emociona tanto verla sonreír rodeada de hijos, nietos, sobrinos y bisnietos. Porque en un mundo donde todo parece acelerarse, su vida recuerda que las verdaderas raíces no se escriben en los libros, sino en las personas. En esas madres que hicieron del sacrificio un acto cotidiano de amor y que, más de un siglo después, siguen enseñando que la riqueza más grande nunca estuvo en lo material, sino en la familia, la dignidad y la capacidad de nunca dejar de luchar.