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14 de Marzo de 2026

Un sueño que echó raíces en El Bolsón: la historia de Emilio Riádigos

En una chacra al pie del cerro Piltriquitrón, Emilio Riádigos transformó su vida en un viaje de raíces, familia y sueños que siguen creciendo.

Por Redacción

Sabado, 14 de marzo de 2026 a las 06:45

En una mañana tibia ya con aires de otoño, entre mates y hojas que empiezan a dorarse, en el Camino de Los Nogales volvemos a encontrarnos con esas historias que hacen a la identidad profunda de la Comarca. Hoy, en Info Cordillera, conversamos con Emilio Riádigos, agrónomo, productor, viverista, anfitrión, y parte de una familia que eligió sembrar su destino en este rincón patagónico.

La escena es simple y hermosa: un patio amplio, aire fresco que baja del Cerro Piltriquitrón, perros que observan de lejos, el sonido de los pájaros mezclándose con la charla. Un entorno donde todo parece fluir sin apuro. Desde ahí, Emilio empieza a contar una vida que se transformó a fuerza de decisiones, intuiciones, búsquedas y, sobre todo, de trabajo con la tierra.

Su apellido, Riádigos, viene de Galicia, de la provincia de Lugo. “Bien gallego”, dice entre risas. Pero la historia arranca lejos de acá, en Mar del Plata, donde nacieron él y su compañera de vida, Fernanda. Allá estaban, jóvenes, formados, con un título bajo el brazo, pero con una certeza que los empujaba hacia otro lugar: querían construir un camino propio, distinto al que ofrecía la llanura bonaerense.

“Yo me recibí de agrónomo en La Plata y sabía que no quería quedarme en Mar del Plata —cuenta Emilio—. Me gusta el campo, me encanta, pero quería hacer otras cosas, actividades distintas a las tradicionales: trigo, papas, girasol. Todo eso es hermoso, pero a mí me tiraba trabajar con cultivos menos comunes, con cosas más experimentales. Lo que se hacía acá”.

Ese “acá” todavía era un destino borroso, hasta que un amigo de su padre, Guillermo Studer, farmacéutico marplatense que se había radicado en El Bolsón, empezó a insistir para que visitaran la zona. La invitación sembró la duda, la duda abrió la puerta y, cuando finalmente viajaron… nada volvió a ser igual. “A los pocos meses ya estábamos viviendo en El Bolsón. Fue amor a primera vista con la comarca”.

Había antecedentes: Emilio y Fernanda ya habían pasado casi tres años en Ushuaia, un lugar que él recuerda con enorme cariño. Pero ahí no podían hacer lo que soñaban. Además, en los 80 ya era imposible comprar tierra en la ciudad fueguina. En cambio, en 1989, El Bolsón ofrecía oportunidades reales, precios accesibles y, sobre todo, ese encanto intacto del Camino de Los Nogales, que desde entonces los marcaría para siempre.

“Cuando conocí este lugar dije: me gustaría que fuera acá. Y fue acá”.

 

La chacra que extendió la cosecha y cambió el juego

Con los años, el impulso inicial se transformó en trabajo, y el trabajo en una chacra viva, productiva, diversa. Todo comenzó en 1990, cuando Emilio ingresó a trabajar en la INTA El Bolsón, donde descubrió que en la zona faltaba innovación en variedades de frambuesas. La frambuesa Johneman era la reina absoluta, pero limitaba la cosecha a 40 días. Eso no alcanzaba.

La necesidad lo llevó al vivero. El vivero lo llevó a Chile. Y Chile lo condujo a nuevas variedades, nuevas técnicas y una idea que cambió la matriz productiva de la comarca.

“Pasamos de tener una cosecha en enero a tener cosecha de diciembre a abril. A veces hasta mayo. No fue de un día para el otro, ni lo hice solo, pero fue una revolución para la frambuesa local”.

Las variedades se acumularon, las pruebas se multiplicaron y el vivero se convirtió en un pequeño laboratorio a cielo abierto que, con los años, terminó marcando un antes y un después en la región. La chacra se volvió un espacio de experimentación, un lugar donde se testeaban especies, se ajustaban manejos y se abrían horizontes.

Porque Emilio no se quedó quieto: quiso ir más allá. La familia también. Y con el tiempo, la frambuesa no estuvo sola. Se sumaron cultivos poco comunes, algunos casi invisibles en los campos patagónicos.

Entre ellos, el maqui, la murta, arrayán, y otras bayas nativas que hoy llaman la atención por sus propiedades nutracéuticas. “Elegimos plantas madres, seleccionamos calidad, tamaño de fruta, productividad. Es un trabajo largo, pero ya estamos viendo resultados”, cuenta con entusiasmo.

 

Un vivero de escala chica, pero de impacto grande

El vivero nació formalmente en 1993. Para 2007 ya contaban con un laboratorio propio para generar material madre. Esa autonomía técnica les dio impulso nacional. Aunque Emilio aclara: “Somos una pyme chica”. Pero la escala no parece un límite.

Hoy venden plantas en todo el país. Han trabajado con productores comerciales, emprendimientos familiares, pequeños jardines y proyectos que buscan empezar desde cero. Y en todos los casos el enfoque es el mismo: acompañar, asesorar, compartir el camino.

“El apoyo técnico es una parte clave. No vendemos plantas y listo. Hay una ida y vuelta constante con el productor. Saber qué hace, cómo le va, qué dificultades tiene. Porque estos son cultivos delicados. No se pueden dejar librados al azar”.

Lo que cuentan también habla de tiempo, de paciencia y de vocación. No todos los días un pequeño vivero de la cordillera llega a provincias enteras con su material genético, mucho menos con esa filosofía de cercanía humana.

 

La chacra que se volvió punto de encuentro

Y entonces llegó el turismo. O mejor dicho: el turismo los encontró.

A medida que El Bolsón crecía, más visitantes se acercaban al Camino de Los Nogales. Y había algo en esa chacra que capturaba miradas. “Nuestra chacra es pintoresca, tiene sus encantos, y está cerca del pueblo. Empecé a mirar con buenos ojos la idea de sumar la actividad turística”.

En pandemia, la propuesta tomó forma. Con la cuarentena ya más abierta, la Municipalidad —a través del área de Cultura— les propuso recibir a la Filarmónica de Río Negro, que llegó con un trío de cuerdas para tocar entre plantas, frutales y caminos de tierra. La experiencia fue tan hermosa, tan inesperada, que terminó acelerando un proyecto que venía asomando.

Así nació la Pastelería del Vivero, un espacio abierto, estival, pensado como “burbuja al aire libre”, con gazebos, techos y mesas rodeadas de verde. Fernanda —la pastelera de la familia— y una amiga dieron el puntapié inicial. Hoy, con la socia viviendo en Trevelin, Fernanda es la única pastelera. Y la respuesta es, según Emilio, “impresionante”.

“Lo que nos emocionó este año fue la respuesta de la gente local. Se apropió del lugar. Es un espacio de encuentro. Yo voy todos los días a tomar café al centro, me encanta, pero esto es distinto: acá estás entre plantas, al aire libre, en un ambiente que abraza”.

 

Los tours: mostrar el trabajo real, sin maquillaje

La otra pata del turismo es el agroturismo, una actividad más joven, todavía en proceso de organización. Hay visitas guiadas, experiencias estacionales, meriendas con pan casero, chocolateras que giran en octubre para recibir a los grupos que vienen desde la visita a los tulipanes de Trevelin, y hasta curantos preparados para agencias que buscan propuestas auténticas.

Emilio, con su calma característica, insiste en algo fundamental: “No somos un teatro. El turista ve lo que realmente se está haciendo ese día en la chacra. Ese es el espíritu: que la actividad turística no interfiera con la productiva, y que la productiva sea el escenario real de la visita”.

La búsqueda ahora es sostener las actividades todo el año. Por ahora, las experiencias son esporádicas pero exitosas. Incluso hoy —mientras conversamos y el mate sigue girando— se prepara para recibir a un grupo de alemanes. La chacra no se detiene.

 

Familia, trabajo y esa rueda que no deja de girar

Hacia el final de la charla, Emilio reconoce algo que emociona: la participación de su familia. “Yo ya casi estoy de suplente —dice entre risas—. Estoy para atender al periodista”. Lo dice en chiste, pero encierra una verdad profunda: el proyecto es familiar, intergeneracional, sostenido por años de dedicación, aprendizajes y vínculos.

También destaca al equipo de empleados, ese “grupito muy lindo”, como lo llama él, que acompaña y sostiene el movimiento cotidiano de la chacra. Porque nada de esto se logra solo. Todo es parte de una historia colectiva.

Cuando le preguntamos por su época favorita del año, la respuesta sorprende por su simpleza: “Todas. suena demagógico, pero es real. Cada estación tiene algo: la primavera explota con fuerza; el verano es un festival de fruta; el otoño es único en colores; el invierno activa el vivero. No hay tiempo de aburrirse”.

La rueda gira. A veces rápido, a veces más lento. Pero siempre gira. Y en esa rueda, Emilio encuentra su sentido.

 

Un cierre entre nogales, fruta y memoria

La mañana ya está avanzada cuando damos por terminada la charla. El aire es fresco, pero amable. Y en ese Camino de Los Nogales que tantas veces fue contado, hoy volvió a hablarnos a través de la voz de un hombre que eligió este lugar para vivir, trabajar y criar a sus hijos.

Emilio Riádigos es una de esas personas que no necesita grandes gestos para contar una historia enorme. Su vida es un ejemplo silencioso de cómo la tierra, cuando se la escucha y se la respeta, devuelve mucho más de lo que uno imagina.

Y su chacra —más que un emprendimiento productivo— es un puente entre mundos: entre la Patagonia que produce, la que investiga, la que recibe turistas, la que hornea tortas, la que experimenta con bayas nativas, la que acompaña a nuevos productores y la que sueña estaciones completas de cosecha.

Una historia en movimiento. Una vida sembrada acá.

Y una rueda que sigue girando.