Hay personas que conocen un lugar porque viven en él. Hay otras que lo conocen porque lo estudian. Y hay algunas, mucho menos frecuentes, que terminan conociéndolo de una manera casi íntima: caminándolo, observándolo durante años, aprendiendo sus cambios, reconociendo sus sonidos y descubriendo en cada rincón algo que todavía puede sorprenderlas.
Zulma Crespo es una de esas personas.
Nació en El Bolsón en 1969 y cuando habla de su origen lo hace con una expresión que parece resumir mucho más que una fecha y un lugar. Dice que es “bien NIC”, nacida y criada en esta tierra. Y aunque con los años recorrió otros lugares de la Patagonia, trabajó en Bariloche, vivió en otros parques nacionales y amplió su formación profesional, hay algo que nunca cambió: su corazón quedó en la Comarca Andina.
Hoy lleva 30 años como guía de turismo. Treinta años acompañando personas, explicando paisajes, respondiendo preguntas, descubriendo senderos y tratando de conseguir algo que para ella es fundamental: que quien visita este territorio no se vaya solamente con una fotografía, sino con una comprensión un poco más profunda del lugar que tuvo delante de sus ojos.
Y quizás allí esté la verdadera historia de Zulma. No solamente en los años de profesión, sino en esa capacidad de seguir mirando como si todavía estuviera descubriendo.
La niña que creció entre montañas
Su historia comenzó en las escuelas de El Bolsón. Hizo la primaria en la antigua Escuela 270, que antes había sido Escuela 30 y luego Escuela de Frontera 5. Después pasó por el Comercial “Guillermo Enrique Hudson” y terminó sus estudios secundarios en el Instituto “José Manuel Estrada”, donde egresó en 1986.
Aquella promoción quedó además marcada por un acontecimiento especial: fueron los primeros egresados del instituto que realizaron un viaje de fin de curso a Brasil.
Puede parecer una anécdota más dentro de una vida entera, pero para Zulma aquel viaje tuvo algo distinto.
Allí vio trabajar a los coordinadores que acompañaban al grupo. Los observó, los escuchó y descubrió que había algo de ese oficio que la atraía.
“Yo quiero ser guía o coordinadora”, pensó.
Tal vez en ese momento todavía no sabía exactamente todo lo que significaba esa decisión. Pero algo había comenzado a ponerse en movimiento.
Porque la montaña ya estaba presente.
Mucho antes de que existiera un título universitario colgado en una pared, Zulma ya caminaba los senderos de la región junto a sus compañeros. Los refugios que hoy reciben visitantes de distintos lugares del país y del mundo eran, para ellos, parte de una aventura juvenil.
Subían, caminaban, se quedaban dos o tres días y volvían.
Aquellos recorridos fueron construyendo un conocimiento que después se convertiría en profesión.
El título llegó después de caminar
Zulma estudió en la Universidad Nacional del Comahue, en San Martín de los Andes, donde funciona la Facultad de Turismo. Allí terminó de rendir los últimos exámenes de su práctica profesional y obtuvo la formación que necesitaba para ejercer como guía.
Pero nunca creyó que el título fuera suficiente.
Con los años buscó algo más. Desde joven había querido ser profesora de Geografía y, aunque en la época en que creció las universidades estaban lejos de la Comarca, nunca abandonó esa idea.
Finalmente lo consiguió.
Se recibió de profesora de Geografía, incorporando una segunda formación que terminó encajando perfectamente con su trabajo como guía.
Turismo y geografía comenzaron a encontrarse en cada excursión, en cada explicación y en cada paisaje.
Porque para Zulma conocer un lugar no significa solamente saber dónde está.
Significa entender qué hay debajo de los pies, qué especies crecen alrededor, qué animales habitan el ambiente, cómo se formó el paisaje, qué historia tiene y qué relación existe entre todos esos elementos.
Es decir, mirar mucho más allá de la postal.
Bariloche fue otra escuela
Después de estudiar en San Martín de los Andes, Zulma podría haber elegido quedarse en alguna de las ciudades turísticas más grandes de la región.
Y de hecho, durante años trabajó en Bariloche, dentro del turismo estudiantil del Rápido Argentino.
La experiencia fue importante. Allí tuvo que hacer un poco de todo y trabajar con grandes contingentes, en una de las ciudades que concentra buena parte del movimiento turístico de la Patagonia.
Ese trabajo le permitió ampliar su mirada y, al mismo tiempo, profesionalizar una vocación que ya llevaba varios años creciendo.
Pero la vida tenía preparado otro capítulo.
Cuando terminó la carrera apareció la posibilidad de habilitarse como guía en el Parque Nacional Lago Puelo.
Y allí ocurrió algo que cambiaría su historia.
Zulma llegó para realizar la habilitación junto con otros profesionales de la Comarca.
Y se quedó.
En Lago Puelo conoció a Roberto, su actual pareja, que es guardaparque. Después nació su hija y más adelante la vida los llevó hacia otros parques nacionales de la Patagonia Sur.
Pero hay lugares de los que uno puede irse sin dejar de pertenecer.
La Comarca era uno de ellos.
Volver siempre al lugar del corazón
En 2008, cuando regresó, Zulma volvió a habilitarse en el ejido de Lago Puelo.
Y siguió construyendo su camino.
Hace menos de seis meses sumó además su habilitación en el Parque Nacional Los Alerces, ampliando así su campo profesional y ofreciendo su experiencia como guía local a agencias y empresas que necesitan personas que conozcan verdaderamente la región.
Porque una cosa es acompañar a alguien por un lugar.
Otra es poder contarle dónde está.
Y otra, mucho más difícil, es conseguir que comprenda por qué ese lugar es único.
Esa última tarea es la que parece apasionarla.
Después de tres décadas de profesión, podría tener una rutina mecánica. Podría repetir de memoria cada explicación.
Pero no lo hace.
Hay una frase que probablemente explique mejor que ninguna otra su relación con el oficio:
“Mientras me siga asombrando, voy a seguir siendo guía. El día que me deje de asombrar, ya dejo la profesión”.
Y todavía se asombra.
Cuando el paisaje deja de ser una fotografía
Los visitantes llegan a la Comarca buscando paisajes.
Eso es inevitable.
Vienen por las montañas, los bosques, los lagos, los ríos y las postales que vieron antes de viajar.
Pero Zulma cree que el trabajo del guía comienza precisamente cuando termina la primera impresión.
El paisaje está ahí. La belleza está ahí.
El desafío consiste en ayudar a mirar.
Por eso explica que el bosque andino-patagónico no es simplemente un escenario bonito. Es un ecosistema. Es un espacio que produce oxígeno y alberga flora, fauna y aves.
La tarea del guía consiste en introducir al visitante en ese mundo.
No solamente decir “mirá qué hermoso”, sino explicar qué está viendo.
Qué plantas hay.
Qué animales viven allí.
Qué aves pueden encontrarse.
Por qué ese ambiente es importante.
Qué características lo hacen diferente.
Porque después de una buena explicación, el mismo paisaje puede verse de otra manera.
El visitante vuelve a mirar el árbol que tenía delante y descubre que ya no es solamente un árbol.
Mira el lago y entiende que no es solamente agua rodeada de montañas.
Mira el bosque y empieza a reconocer que allí existe una historia natural que merece ser comprendida y cuidada.
“Todos los lagos son iguales”... hasta que alguien explica la diferencia
Zulma cuenta que existe una frase que escucha con frecuencia entre quienes recorren distintos lugares de la cordillera: “es todo lo mismo”.
Para ella, no.
Y allí aparece nuevamente la baqueanía.
La diferencia está en los detalles.
En la zona del límite con Chile, por ejemplo, la baja altura —unos 200 metros sobre el nivel del mar— genera una interacción particular entre la flora de la selva valdiviana y la flora andina.
Existe un corredor biológico que le permite explicar una enorme cantidad de cuestiones vinculadas con el ambiente.
También está la particularidad de la cuenca pacífica del lago, vinculada al río Puelo.
Todo eso convierte al lugar en algo más que otro lago de la cordillera.
Y Zulma se ocupa de marcar esas diferencias.
Porque para ella no alcanza con saber que existe un lago.
Hay que comprender por qué ese lago es ese lago.
Así como no es lo mismo el norte neuquino, donde aparece la araucaria, que San Martín de los Andes, con sus robles pellines y raulíes, o la zona de la Comarca, donde aparecen el ciprés y el coihue.
Y mucho menos es igual a Tierra del Fuego, donde la lenga transforma nuevamente el paisaje.
La Patagonia cambia.
Y quien aprende a mirarla empieza a descubrir esas diferencias.
Una guía con alma de baqueana
Zulma utiliza una palabra que parece definirla con precisión: baqueana.
No reniega de su formación académica. Al contrario. Lee, estudia, participa en capacitaciones y busca permanentemente incorporar nuevos conocimientos.
Pero también sabe que existe otro tipo de aprendizaje.
El que solamente aparece después de haber caminado.
Ella misma recuerda que la universidad le dio un marco teórico, una formación profesional y un título.
Pero después vino la cancha.
Y en la cancha se aprende de otra manera.
Se aprende caminando.
Se aprende observando.
Se aprende equivocándose.
Se aprende preguntando.
Y se aprende escuchando a quienes también conocen profundamente el territorio.
Por eso continúa participando de capacitaciones y aprovechando cada oportunidad para escuchar a especialistas.
Pero después vuelve al sendero.
Porque la experiencia no se acumula únicamente en los libros.
También se acumula en los pies.
El lugar que nunca se termina de conocer
Si tuviera que elegir un lugar especial, Zulma reconoce que no sería sencillo.
Tiene varios.
Pero la zona del límite con Chile ocupa un lugar especial en su corazón.
Allí siente que puede hablar de todo: flora, fauna, geología, ambiente e historia.
Es un lugar que le permite poner en juego todas sus herramientas.
Y, además, lleva muchos años trabajando con los chicos de Náutica. Son alrededor de 18 años compartiendo esa experiencia.
Podría parecer repetitivo.
La misma excursión.
El mismo paisaje.
El mismo recorrido.
Pero ella insiste en que nunca es exactamente lo mismo.
Porque las personas hacen diferente al lugar.
Cada grupo trae sus preguntas, sus conocimientos, sus expectativas y sus formas de mirar.
Y esa interacción modifica la experiencia.
Por eso Zulma no se cansó.
Porque el paisaje puede permanecer, pero nunca permanece igual la persona que lo observa.
Una fanática de la Comarca
Hace poco estuvo en Puerto Bonito, en la localidad de Epuyén, otro de esos rincones que guarda entre sus favoritos.
Habla de lugares que para muchos pueden parecer simplemente puntos en un mapa, pero que para ella tienen nombres, historias y recuerdos.
Le cuesta elegir uno solo.
Porque es, según sus propias palabras, una “fanática de la Comarca Andina”.
Y quizás esa sea una de las mejores maneras de entender por qué pudo sostener durante tres décadas una profesión que, para ella, nunca fue solamente un trabajo.
Hay entusiasmo.
Hay curiosidad.
Hay orgullo.
Pero sobre todo hay pertenencia.
La Comarca frente al mundo
Hace pocos días esa pasión tuvo un escenario diferente.
Zulma llegó a la Feria Internacional de Turismo (FIT), pero esta vez no como visitante.
Fue convocada por la Cámara de Turismo de Lago Puelo para presentar a la Comarca Andina.
Ya había participado de una presentación durante el lanzamiento de temporada en el Parque Nacional y esa experiencia hizo que su nombre apareciera como una de las personas indicadas para contar la región.
La propuesta fue aceptada.
Y entonces llegó la FIT.
La feria, en su edición número 30, reunió a representantes de distintos países y de todas las provincias argentinas. Zulma participó durante los días destinados a los profesionales del sector, donde se encuentran agencias, operadores y otros actores vinculados con el turismo.
El escenario elegido fue el stand Patagonia.
Allí, durante unos 15 o 20 minutos, habló de la Comarca Andina.
No necesitó leer un discurso.
Había preparado una hoja para ordenar las ideas, pero las imágenes comenzaron a pasar y las palabras aparecieron naturalmente.
Del otro lado había gente escuchando.
Hubo preguntas.
Hubo interés.
Y hubo también consultas sobre otros destinos patagónicos, que Zulma derivó a los espacios correspondientes.
Para ella, eso también fue parte de la experiencia.
Porque la FIT era una enorme vidriera.
Y allí estaba la Comarca.
“¿Y eso dónde queda?”
Pero hubo un momento particular que quedó guardado como una pequeña perlita dentro de toda esa experiencia.
Mientras recorría el stand de Chubut, la coordinadora avisó que llegaba gente de Presidencia de la Nación.
Había cámaras y movimiento.
La delegación comenzó a recorrer los espacios de Patagonia.
Zulma saludó.
Entonces le preguntaron de dónde venía.
Su respuesta fue inmediata:
“Comarca Andina del Paralelo 42”.
La siguiente pregunta fue casi una invitación a explicar todo lo que había ido a contar:
“¿Y eso dónde queda?”
Zulma tomó el desafío.
Explicó que se trata de una comarca ubicada sobre el Paralelo 42, en la cordillera de los Andes, entre Río Negro y Chubut.
Y quizás no haya mejor síntesis de su historia que esa escena.
Una mujer nacida en El Bolsón, formada profesionalmente, viajada por la Patagonia, con treinta años de experiencia, parada en una de las mayores ferias turísticas del país y teniendo que explicar algo que para ella parece tan cercano, tan cotidiano y tan propio.
Dónde queda su casa.
La naturaleza como forma de vida
En tiempos de pantallas, mapas digitales, fotografías aéreas y redes sociales, Zulma sigue defendiendo el valor de estar ahí.
De caminar.
De mirar.
De escuchar.
De sentir el paisaje.
Para ella, la Comarca Andina es un destino de naturaleza, pero también de bienestar, de hospitalidad y de producción.
Turismo y producción forman parte de una misma economía regional.
No hay paisaje sin personas.
No hay destino turístico sin trabajadores.
No hay experiencia sin quienes todos los días sostienen esos lugares.
Y quizás por eso su mirada resulta tan cercana.
Porque no habla de la Comarca como un producto que debe venderse.
Habla de ella como un territorio que merece ser conocido.
Y, sobre todo, comprendido.
Treinta años después
Zulma tiene una formación universitaria, un profesorado de Geografía, habilitaciones en distintos parques nacionales y treinta años de experiencia.
Pero todavía conserva algo que parece mucho más importante.
La capacidad de asombro.
Esa misma capacidad que, según ella, determina cuánto tiempo seguirá siendo guía.
Porque mientras pueda mirar un paisaje y descubrir algo nuevo, mientras pueda escuchar a alguien preguntar y encontrar una manera diferente de explicar, mientras pueda caminar un sendero y sentir que todavía tiene algo para aprender, el oficio seguirá vivo.
Tal vez por eso no hay cansancio cuando habla de la Comarca.
Hay entusiasmo.
Hay memoria.
Hay conocimiento.
Y hay una emoción difícil de disimular cuando habla de esos rincones que conoce desde hace décadas.
Zulma no solamente acompaña personas a conocer un paisaje.
Les enseña a mirarlo.
Y en ese gesto sencillo hay una enorme diferencia.
Porque después de escucharla, quizás alguien vuelva a mirar el lago y ya no vea solamente un espejo de agua.
Quizás observe el bosque y descubra especies que antes pasaban inadvertidas.
Quizás comprenda que una montaña tiene historia, que un río conecta territorios, que una planta puede contar una historia climática y que un sendero guarda mucho más de lo que aparece en una fotografía.
Quizás, finalmente, entienda lo que Zulma viene haciendo desde hace treinta años.
Que conocer un lugar no significa solamente haber estado allí.
Significa dejar que ese lugar nos diga algo.
Y ella lleva toda una vida escuchando lo que la Comarca tiene para decir.
Nació aquí.
Se fue.
Aprendió.
Trabajó.
Recorrió otros lugares.
Volvió.
Y siguió caminando.
Por eso, cuando se la escucha hablar de la Comarca Andina, no parece estar describiendo un destino turístico.
Parece estar contando una historia de amor.
Una historia hecha de senderos, lagos, bosques, montañas, personas y memoria.
Una historia que todavía continúa.
Porque hay lugares que uno visita.
Hay lugares que uno conoce.
Y hay lugares que, como la Comarca para Zulma Crespo, uno lleva para siempre adentro.