Continuando con este ciclo de entrevistas de Info Cordillera, en la localidad de El Bolsón, si uno habla de comida con ese airecito venezolano que ya es parte del paisaje humano de la Comarca, hay un lugar que aparece sin dudarlo: Snack Venezolano. Allí, entre masas doradas, aromas que acarician la memoria y una calidez que parece venir del Caribe, nos espera Davianny Barazarte, la mujer que convirtió la nostalgia y la reinvención en una forma de alimento.
Lo que empezó como un sueño incierto en un país para ella desconocido, hoy es una de las historias más luminosas de esta cordillera multicultural. Porque detrás de cada tequeño que sale de su cocina, hay una vida reconstruida desde cero, una lucha silenciosa, un desarraigo hondo… y una resiliencia que se hizo marca registrada.
Del sol del Caribe al frío patagónico
“Yo soy de Puerto Cabello, Estado Carabobo”, dice Davianny con una sonrisa que mezcla orgullo y distancia. Su infancia está hecha de mar, de encuentros familiares, de fines de semana en Isla Larga, de ese Caribe que no solo es geografía sino forma de vivir.
Durante años, su vida transcurrió entre Puerto Cabello y Valencia, donde se formó como ingeniera mecánica. Un camino académico exigente, una carrera que proyectaba estabilidad y futuro. Pero la historia, como tantas otras de migrantes, tomó otro rumbo.
El 22 de junio de 2019 llegó a la Argentina. Buenos Aires fue su primera parada, breve, intensa, caótica. Nueve días alcanzaron para entender que ese no sería su lugar. Fue entonces cuando apareció la posibilidad del sur. Un primo, un llamado, una advertencia: frío, aislamiento, distancia.
Y sin embargo, fue.
Foyel la recibió con lo mínimo: trabajo, techo y una realidad completamente distinta. Pero también le dio algo más importante: un primer anclaje. Allí conoció a alguien de El Bolsón que le abriría la puerta a un nuevo comienzo.
“El Bolsón me recibió muy bien”, dice. Y en esa frase breve hay mucho más: hay hospitalidad, hay solidaridad, hay comunidad.
Empezar de cero… de verdad
Migrar no es solo cambiar de lugar. Es cambiar de identidad. Es dejar atrás lo que uno fue para convertirse en algo nuevo. Y eso implica aprender desde lo más básico.
Davianny no sabía de gastronomía. No había trabajado nunca en cocina. Pero tenía algo fundamental: disposición.
“Si no sabés, lo aprendés”.
Esa frase, repetida tantas veces por familiares, se volvió su guía. Y así comenzó. Vendiendo tortas fritas en las calles de El Bolsón. Caminando, ofreciendo, insistiendo. Ganándose el lugar desde abajo.
No fue inmediato. No fue fácil. Pero fue real.
Cada venta era una pequeña victoria. Cada cliente que volvía, una señal. Cada día, una prueba superada.
Cuando la identidad se cocina
El nacimiento de Snack Venezolano no fue un plan de negocios. Fue una necesidad. Una intuición. Un intento.
En medio de la pandemia, cuando todo parecía detenerse, ella eligió moverse. Junto a Mariam comenzó a experimentar con los tequeños. Aprender una receta que en su propio país no se hacía en casa. Adaptarla. Probar. Fallar. Volver a intentar.
Las primeras ferias fueron austeras. Pero la respuesta fue contundente.
El tequeño —ese bastón de queso envuelto en masa, frito, simple en apariencia— empezó a conquistar paladares. Primero con curiosidad. Después con entusiasmo. Finalmente, con fidelidad.
Pero el verdadero desafío no era cocinar. Era traducir.
Traducir un sabor extranjero a un público que no lo conocía. Traducir una cultura a través de un bocado. Traducir una historia en algo tangible.
Y lo logró.
El punto de quiebre
Hubo un momento clave. Un evento grande en El Bolsón. Un puesto que se quedó sin mercadería el primer día. Una producción que no alcanzaba. Una demanda que superaba toda expectativa.
“Fue un antes y un después”.
La gente ya no preguntaba qué era un tequeño. Preguntaba por ella.
Ese reconocimiento no llegó de un día para el otro. Fue acumulativo. Fue paciente. Fue construido con cada feria, cada prueba, cada mejora.
Y también con decisiones clave: adaptar el queso, ajustar la receta, escuchar al cliente sin perder la esencia.
Más allá del negocio: la memoria
Pero si hay algo que atraviesa toda su historia, no es el crecimiento económico. Es la memoria.
Cada plato que incorpora tiene una raíz. Los platanitos, por ejemplo, nacen de un recuerdo de infancia: una casa en Puerto Cabello donde una señora los vendía recién hechos, en el patio.
Las hallacas —ese plato complejo, festivo, profundamente familiar— son mucho más que comida. Son ritual. Son encuentro. Son identidad.
Y hacerlas en El Bolsón no fue fácil. Conseguir las hojas de plátano fue una odisea. Contactos, mensajes, gestiones que cruzaron fronteras. Pero lo logró.
Porque sabía lo que significaba.
“Había una persona que hacía ocho años no comía una hallaca”. Y cuando finalmente pudo hacerlo, la emoción fue inmediata. No era solo comida. Era volver a casa, aunque sea por un rato.
La familia, otra vez cerca
Migrar también es fragmentar vínculos. Pero en su caso, la historia tuvo un giro distinto. Su mamá hoy está en El Bolsón. Su hermana también está en Argentina. Lo que parecía perdido, se reconstruyó. No todos los migrantes tienen esa posibilidad. Ella lo sabe. Y lo valora.
“Tenemos el privilegio de estar juntos”.Esa cercanía resignifica todo. El esfuerzo. El sacrificio. La distancia.
Raíces que se adaptan
Davianny lo dice con claridad: nada es permanente. La vida le enseñó eso. Ama El Bolsón. Ama Argentina. Pero no se aferra desde el miedo. Se queda desde el deseo.
“Me gusta estar acá”.Y en ese “me gusta” hay elección. Hay presente. Hay gratitud.
Pero también hay una puerta abierta. A volver. A viajar. A reencontrarse con ese mar que todavía la llama. Su abuela tiene 100 años y sigue en Venezuela. Ese es su gran pendiente. Su impulso más fuerte.
Un pedacito del Caribe en la Patagonia
Hoy, Snack Venezolano es mucho más que un puesto o un local. Es un espacio de encuentro. Un punto donde las culturas dialogan. Donde los sabores cuentan historias.
Donde alguien que nunca salió de la Patagonia puede probar un pedazo de Caribe. Y donde alguien que vino del Caribe puede volver, aunque sea por un instante.
“Mi comida es eso: un traslado al hogar”. Y quizás ahí está la clave de todo.No en la receta. No en la técnica.Sino en la intención.
El valor de lo simple
Davianny no romantiza su historia. Sabe que hubo momentos difíciles. Altas y bajas. Dudas. Cansancio.
Pero también sabe que todo lo que logró fue paso a paso.
Desde una conservadora con una foto, hasta un espacio consolidado en el corazón gastronómico de El Bolsón.
Desde vender tortas fritas en la calle, hasta ser referencia para toda una comunidad.
Desde no saber nada de cocina, hasta construir una identidad propia.
Cuando el sabor cuenta una historia
En tiempos donde todo parece inmediato, historias como la de Davianny invitan a frenar. A mirar. A valorar los procesos.
Porque lo que ella hizo no fue solo emprender. Fue reconstruirse.
Tomar lo que traía —sus raíces, su cultura, su historia— y transformarlo en algo nuevo. Algo que no pierde origen, pero que se adapta. Que dialoga. Que crece.
En la Comarca Andina, donde cada historia tiene su pulso, la de Davianny ya encontró su lugar.
Y cada vez que alguien muerde un tequeño caliente, con ese queso que se estira, con ese aroma que envuelve, pasa algo más que un simple acto gastronómico.
Pasa una historia. Una historia que cruzó el Caribe, atravesó incertidumbres, se reinventó en la Patagonia…y hoy, simplemente, se comparte.