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4 de Abril de 2026

Entre la fe, el frío y la bandera: la historia de Santiago Rodríguez en Malvinas

Con la voz quebrada y la bandera latiéndole en el pecho, Santiago Rodríguez vuelve a Malvinas cada vez que la memoria lo llama: el frío, la fe y los compañeros que quedaron allá siguen marcando su vida, 44 años después.

Por Redacción

Sabado, 04 de abril de 2026 a las 09:32

En el Anfiteatro Héroes de Malvinas de El Bolsón, durante la emotiva vigilia del 2 de abril, el veterano de guerra Santiago Rodríguez repasa su historia: desde el frío helado al bajar en Puerto Argentino hasta la posguerra, el regreso en el Canberra, el recibimiento en Puerto Madryn y el recuerdo eterno de sus compañeros caídos. Una conversación profunda sobre memoria, fe, dolor y orgullo.

Continuando con este ciclo de entrevistas de Info Cordillera, la noche cae lentamente sobre la Plaza Pagano de El Bolsón. Las luces del Anfiteatro Héroes de Malvinas iluminan rostros jóvenes y adultos que se reúnen, mate en mano, para acompañar una vigilia que ya forma parte del corazón emotivo de la Comarca. Entre banderas flameando y un silencio que por momentos abriga más que el propio abrigo, Santiago Rodríguez —uno de nuestros pibes de Malvinas— se sienta, respira hondo, y abre su historia como quien vuelve a caminar un territorio que nunca dejó del todo.

Con la Celeste y Blanca cruzándole el pecho, se presenta con esa solemnidad humilde que tienen los que hicieron demasiado temprano cosas para las que ningún joven debería estar preparado. “Hola, mi nombre es Santiago Rodríguez, pertenecí al Regimiento 3 de Infantería de La Tablada, y con él fui mandado a las Malvinas para cubrir la defensa de Puerto Argentino en primera línea de combate”. La frase cae pesada, pero serena. No necesita adornos.

 

El 2 de abril que lo encontró sin imaginar lo que venía

Santiago recuerda ese día como si lo hubiese vivido esta mañana. “Me encontraba privado de franco por una macana que me había mandado”, dice con una sonrisa que asoma tímida. Faltaba una semana para que se diera de baja del servicio militar. No lo sabía, pero la vida le cambiaría para siempre.

Era motorista, y en el parque automotor se enteraron de que la Argentina había recuperado las islas. “Abril fue todo euforia, esto es nuestro, lo recuperamos, joya. Nadie pensaba en lo que venía después. Nunca creímos que los ingleses iban a venir… pero vinieron”.

Entre el 2 y el 9 de abril, su vida fue llevar y traer municiones y soldados al Palomar, cargando, descargando, durmiendo poco, casi sin entender que ese frenesí era la antesala del infierno. Cuando finalmente los embarcan, primero en un 707 sin asientos, luego en un 737, imagina que quedarán en el continente, en Río Gallegos. Pero un pequeño avión aparece y cambia la historia: los lleva a las islas.

 

El frío que golpeó antes que la guerra

Santiago cuenta, con un gesto que todavía conserva la tensión del momento, que estuvieron media hora en la puerta del avión sin querer bajar. “Hacía un frío loco”, relata. Todos buscando desesperadamente los abrigos en el bolsón porta-equipo, y los superiores apurándolos.

Las primeras semanas fueron de movimiento constante: trasladar, acomodar, reforzar posiciones. Todavía no había guerra. No todavía.

 

Hasta que llegó el 1° de mayo.

El primer bombardeo lo encontró a 50 metros del mar, cuando su posición original estaba 500 metros más atrás. Avanzada de combate: frío, ruido, explosiones, y una carrera marcha atrás de 450 metros que todavía siente en las piernas. “Si me toca morir hoy, que sea de frente y no de espalda”, recuerda. Y uno entiende que esa frase no se piensa: nace del instinto, de la fe, de la herencia soldadesca que la patria puso sobre hombros adolescentes.

 

La fe en una cruz de madera entre el fuego enemigo

La conversación se vuelve íntima cuando recuerda la trinchera. Allí, junto a un suboficial y a su compañero, el “Negro Guaymá”, armaron una cruz de madera. La colocaron frente al parapeto y se aferraron a ella en cada bombardeo naval. “Sabíamos que íbamos a estar protegidos”, cuenta.

La artillería naval caía todo el día. Nunca les pegó ni siquiera una bomba cerca. Santiago no lo atribuye a la casualidad.

También vio aviones argentinos atacar. “Los mejores pilotos los tenemos nosotros”, dice con admiración. Y también vio un Harrier de frente: venía desde atrás y él —con una pistola 9 milímetros— le sacó dos tiros. No importa si el avión lo sintió o no: lo que importa es lo que significó para él.

La información del hundimiento del ARA General Belgrano llegó a las islas. Un golpe al alma. “Te rebajonea, te mata… pero había que seguir”.

 

La rendición, la tristeza y el regreso en un buque enemigo

Cuando llega la rendición, lo describe sin rodeos: “Fue triste”. Izar la bandera argentina en la entrega de la isla fue un momento de orgullo que ardía en el pecho, pero ver cómo la bajaban fue devastador. Santiago ya estaba casi prisionero en Puerto Argentino.

Volver no fue fácil. Viajó en el Canberra, un buque inglés. “Vos te imaginás… el océano tiene 5.000 metros para abajo. Muchas cosas te pasan por la cabeza”.

Pero el regreso a Puerto Madryn sí lo marcó para siempre. “Pensé que nos iban a recibir a tomatazos”, dice. Y pasó lo contrario. La gente salió a la calle, repartió pan, acompañó, abrazó. “Ese día Madryn se quedó sin pan”, recuerda entre risas tiernas. El pueblo los había esperado. Los había reconocido. Los había abrazado.

 

La posguerra: lo más difícil

“Después vino lo peor: la posguerra”, admite. Una frase que pesa más que cualquier explosión. Una lucha solitaria, silenciosa, permanente. Pero también una lucha que lo trajo hasta esta noche, hasta este fuego que no solo abriga, sino que sostiene.

 

El 2 de abril en El Bolsón: su lugar en el mundo

Por cuestiones de salud, actualmente va y viene a Buenos Aires. Pero su lugar es este rincón de la cordillera. Y su 2 de abril, su lugar en el mundo, es esta vigilia. “Gracias a Bruno Pogliano y su equipo, esto se puede hacer, y cada vez mejor”, valora.

“¿Qué sentís cuando ves esto?”, le preguntamos. Nos mira, mira la gente, mira el fuego. “No se siente el frío”, dice. Y se le junta la voz con la memoria: “En Malvinas hacía más frío”.

 

Volver sin volver: el viaje pendiente

Cuando le preguntamos si sueña con regresar a las islas, baja la mirada. La respuesta sale sin titubear: “Todos los días vuelvo un ratito”. No necesita pasaporte para eso. Aunque sí aclara que jamás viajaría a Malvinas con pasaporte extranjero. “Si algún día puedo viajar sin pasaporte, voy a ir a cerrar el círculo”.

 

Los que quedaron allá: su verdadero dolor

La emoción finalmente le quiebra la voz. “¿A quién recordás que se haya quedado en las islas?”, preguntamos.

“Parte de mi juventud, compañeros… todo lo que dejamos en Malvinas”. La lágrima asoma, inevitable. No la escondemos: la acompañamos.

“Muchos dicen que fue una guerra que perdimos. Pero hay que vivirla. Y más cuando uno siente la Celeste y Blanca., porque, primero la queríamos; a partir del 2 de abril, en Malvinas, aprendimos a amarla. El 1° de mayo, después del primer bombardeo, entendimos que íbamos a ir con nuestra bandera hasta la muerte”.

Porque escuchar a Santiago es entender que Malvinas no terminó. Que sigue viva en cada mirada, en cada relato quebrado, en cada bandera que flamea en noches como esta.

Y que hay historias que, aunque duelan, necesitamos seguir contando.