Hay personas que pasan gran parte de su vida buscando aquello que les da sentido. Otras, en cambio, parecen saberlo desde muy pequeñas. Lo descubren en un juego, en una imagen que los impacta o en una emoción difícil de explicar. Después la vida sigue, aparecen los estudios, el trabajo, las responsabilidades y los años pasan. Pero algunas vocaciones permanecen intactas, esperando el momento indicado para salir a la superficie.
A Francisco Aranda le ocurrió algo así.
Tiene 26 años, trabaja en el mundo audiovisual realizando videoclips, películas y distintos proyectos vinculados a la imagen. Sin embargo, detrás de las cámaras siempre hubo otro sueño que lo acompañó desde niño. Un sueño que parecía dormido, pero que nunca desapareció: ser bombero.
En el marco del Día Nacional del Bombero Voluntario, Info Cordillera conversó con este joven integrante del Cuartel de Bomberos Voluntarios de El Bolsón, una de las caras nuevas de una institución que se sostiene gracias al compromiso de hombres y mujeres que eligen dedicar parte de su vida al servicio de los demás. Y aunque hoy habla con tranquilidad de emergencias, incendios y guardias, todo comenzó de una manera mucho más simple.
“Era algo que soñaba desde chico”, cuenta.
Lo dice con una sonrisa serena, como quien vuelve por un instante a aquellos años donde las sirenas despertaban admiración y los camiones rojos parecían gigantes invencibles. Muchos chicos dicen alguna vez que quieren ser bomberos. Lo mismo que astronautas, pilotos o exploradores. Pero el tiempo suele acomodar esos sueños en algún rincón de la memoria. Con Francisco ocurrió lo contrario. La idea siguió acompañándolo. Esperó. Maduró. Hasta que llegó el momento.
“Yo hacía mi trabajo, seguía con mis proyectos, pero sentía que me faltaba algo. Lo que estaba haciendo no terminaba de complementar lo que quería para mi vida en ese momento.”
No era una crisis ni una insatisfacción. Era una sensación más profunda. La necesidad de aportar algo más. De sentirse útil desde otro lugar.
“Necesitaba algo distinto. Algo que me permitiera ayudar.”
Entonces apareció una oportunidad. Las inscripciones para el curso de aspirantes estaban abiertas. Y tomó una decisión que cambiaría su vida.
“Vi la convocatoria y sentí que era el momento. Fue como un llamado.”
La decisión de dar el paso
Desde afuera, muchas veces se observa a los bomberos únicamente cuando las sirenas rompen el silencio y las unidades salen a toda velocidad hacia una emergencia. Pero la realidad cotidiana de un cuartel está construida sobre muchas otras cosas: horas de capacitación, entrenamientos, guardias, estudio, prácticas y una enorme responsabilidad.
Francisco lo aprendió rápidamente.
“Ser bombero no es sencillo. Es una responsabilidad muy grande.”
Y no tarda en agregar algo que se repite varias veces durante la charla.
“Este lugar termina siendo como una segunda casa.”
No es una frase hecha. Es una realidad que comparten muchos integrantes del cuartel. Porque convertirse en bombero voluntario implica reorganizar la propia vida. Encontrar equilibrio entre el trabajo, la familia, los amigos y las obligaciones que demanda la institución.
“Hay que aprender a equilibrar todo. La vida personal y la vida del cuartel.”
Ese proceso comienza durante el curso de aspirantes, una etapa exigente donde muchos llegan con entusiasmo, pero no todos logran completar el recorrido.
“Es un filtro importante porque tiene mucha preparación. Hay una parte teórica, otra práctica y también evaluaciones físicas bastante rigurosas.”
Cada examen aprobado es una prueba superada. Cada entrenamiento es una confirmación de que la vocación es más fuerte que el cansancio. Y después llega el día que todos esperan.
El día que juró como bombero
Hay escenas que quedan grabadas para siempre. El primer día de clases. El nacimiento de un hijo. El día de una graduación. Para un bombero voluntario, uno de esos momentos es el juramento.
Francisco todavía recuerda las emociones que atravesaron aquella jornada.
“Mucha emoción. Muchísima.”
Hace una pausa breve, como si volviera a sentir lo mismo.
“Porque es el momento donde todo lo que hiciste cobra sentido.”
Pero junto con la emoción aparece algo más. Los nervios. La conciencia de que, a partir de ese instante, ya no se trata solamente de aprender. Ahora llega el momento de actuar.
“Es cuando ya te habilitan para salir a las emergencias. Y también aparece la ansiedad de saber cuándo va a sonar ese primer llamado.”
Una mezcla difícil de describir. La alegría por haber llegado y la incertidumbre de no saber qué vendrá después.
La primera salida y el bautismo de fuego
Hay recuerdos que permanecen intactos. Y la primera emergencia es uno de ellos.
Francisco no necesita pensarlo demasiado.
“Sí, me acuerdo perfectamente.”
Como quien recuerda una escena congelada en el tiempo. Aquella salida comenzó con una quema aparentemente sencilla. Nada extraordinario. Nada que hiciera imaginar lo que vendría después.
“Arrancamos con algo muy simple y terminó siendo bastante particular.”
Con el paso del tiempo entendió que las emergencias tienen esa característica. Nunca son exactamente como uno las imagina. Siempre exigen algo más. Y en su caso, el verdadero bautismo de fuego llegaría apenas unos meses después.
Cuando Francisco juró como bombero todavía estaba dando sus primeros pasos dentro de la institución. Habían pasado apenas unos meses cuando el incendio de Confluencia puso a prueba a toda la región.
Para él, aquello representó un aprendizaje acelerado. Brutal. Intenso. Inolvidable.
“Nosotros habíamos tenido formación forestal, pero todavía nos faltaba complementar algunas prácticas.”
Se ríe mientras recuerda la situación.
“Bueno, la práctica llegó directamente en el incendio.”
No hubo simulaciones. No hubo ejercicios controlados. Hubo fuego real. Viento. Montaña. Decisiones urgentes. Y cientos de personas intentando contener una situación que parecía crecer minuto a minuto.
“Fue pasar de la teoría a los hechos.”
La comparación surge casi naturalmente. Como si alguien aprendiera a andar en bicicleta y, de repente, tuviera que competir en una carrera profesional. Sin escalas. Sin transición.
Nadie combate solo
Cuando se habla con bomberos suele aparecer una imagen asociada al coraje individual. Sin embargo, Francisco insiste en otra idea: la fuerza del equipo.
“Uno nunca está solo.”
Lo dice con convicción. Porque detrás de cada intervención hay compañeros atentos a cada movimiento, cada decisión y cada necesidad.
“Si tenés miedo, si te ponés nervioso o si algo te supera, está el equipo.”
Y quizás eso fue lo que más lo ayudó durante aquellas primeras experiencias. Saber que siempre había alguien acompañando. Alguien dispuesto a contener. Alguien dispuesto a enseñar.
“Entre no hacer nada y hacer algo, siempre prefiero hacer algo.”
La frase resume buena parte de su forma de entender el servicio. No desde la idea del héroe, sino desde la convicción de estar presente.
Las heridas invisibles de las emergencias
Detrás de cada emergencia también existen emociones que rara vez aparecen en las fotografías o en las noticias. Accidentes graves. Personas heridas. Situaciones traumáticas. Momentos que pueden quedar grabados en la memoria.
Por eso, dentro del cuartel existe un espacio destinado justamente a procesar esas experiencias.
“El defusing.”
Una instancia donde los integrantes comparten lo vivido después de intervenciones complejas.
“Se habla de todo. De lo que salió bien, de lo que costó, de cómo se sintió cada uno.”
El objetivo es simple. No llevarse todo eso a casa. No cargar en soledad con imágenes difíciles. No dejar que las emociones se transformen en una mochila silenciosa.
“La idea es soltarlo ahí.”
Y seguir adelante.
Una Navidad con la familia elegida
El servicio también implica renuncias. Momentos familiares que no siempre pueden compartirse. Fechas especiales que encuentran a los bomberos lejos de sus casas.
A Francisco ya le tocó vivirlo. Pasó una Navidad en el cuartel.
Y lejos de recordarla con tristeza, la describe con afecto.
“Es una fecha que me gusta cubrir.”
Sabe que durante las fiestas aumentan los riesgos y las emergencias. Por eso considera importante estar disponible.
Y además, asegura, tampoco se siente solo.
“Acá uno está acompañado.”
Porque después de tantas horas compartidas, los compañeros terminan convirtiéndose en una familia más. Una familia elegida. Una familia que responde cada vez que suena una sirena.
Una invitación a mirar al otro
Antes de terminar la charla, Francisco deja una reflexión que va mucho más allá del uniforme que lleva puesto. Habla de los jóvenes. De las nuevas generaciones. De una época atravesada por pantallas y vínculos virtuales.
“Vivimos en un tiempo muy digital.”
Y cree que muchas veces eso hace que se pierdan de vista pequeños gestos que tienen un enorme valor.
Pero no habla solamente de ser bombero. Habla de involucrarse. De comprometerse. De mirar al otro.
“Uno puede ayudar de muchas maneras.”
Con una donación. Con un abrazo. Con tiempo. Con presencia. Con empatía.
“No hace falta ser bombero para hacer el bien.”
La frase parece sencilla, pero encierra una enorme verdad. Porque el servicio empieza mucho antes de ponerse un uniforme. Empieza cuando alguien decide no ser indiferente.
El orgullo de servir
La última pregunta llega casi naturalmente. Si después de todo lo vivido sigue sintiendo orgullo por vestir ese uniforme.
La respuesta aparece inmediata.
“Claro que sí.”
Y no hace falta que diga mucho más. Porque en sus palabras se percibe al chico que soñaba con ser bombero. Al joven que se animó a dar el paso. Al aspirante que perseveró cuando el camino se puso difícil. Al integrante de un equipo que aprendió a convivir con el riesgo, las emociones y la responsabilidad.
Y también a alguien que todavía mira hacia adelante. Que quiere seguir creciendo. Aprendiendo. Sirviendo.
Porque para Francisco Aranda ser bombero voluntario no es una actividad que realiza en su tiempo libre. Es una forma de entender la vida. La decisión de estar. De ayudar. De responder cuando otros necesitan una mano.
Y en un mundo donde muchas veces sobra indiferencia, quizá esa siga siendo una de las formas más nobles y necesarias de construir comunidad.