Hay personas que llegan a un lugar buscando una nueva vida y, sin darse cuenta, terminan convirtiéndose en parte de la historia de ese lugar. Gabriela Nevares llegó a El Bolsón en 1990, junto a Ricardo Sánchez, su compañero de vida, con la idea de alejarse de Buenos Aires y comenzar una nueva etapa. No sabía entonces que aquella decisión terminaría construyendo una historia profundamente ligada a la educación, al deporte y, especialmente, al handball.
Hoy, cuando se pronuncia su nombre en El Bolsón, aparece inevitablemente una palabra: deporte. Y detrás de esa palabra hay cientos de chicos y chicas, viajes interminables, entrenamientos, escuelas, campamentos, torneos, meriendas, vestuarios, canchas y abrazos. Hay también una generación de jóvenes que creció bajo su mirada y que, décadas después, todavía se cruza con ella en las calles del pueblo.
Gabriela nació en 1965 en Buenos Aires, más precisamente en Lomas del Mirador, aunque su vida cotidiana estaba muy vinculada a Ramos Mejía. Allí estaba la escuela, allí transcurrían buena parte de sus actividades y allí comenzó también el camino que, muchos años después, la llevaría hasta la Patagonia.
Estudió Educación Física en el INEF, en Ciudad de Buenos Aires. Comenzó la carrera en 1984 y se recibió en 1988. Para llegar hasta el profesorado debía realizar largos viajes y utilizar varios colectivos. Pero había alguien que se ocupaba de que ese trayecto fuera un poco más sencillo: su papá, Luis Nevares, quien todos los días la llevaba hasta el instituto.
Ese gesto cotidiano, aparentemente pequeño, quedó guardado en la memoria de Gabriela como parte de una historia familiar que con los años adquirió otra dimensión. Porque, como ella misma reconoce, muchas de las cosas que uno recibe de sus padres terminan apareciendo después en la manera en que uno acompaña a los propios hijos y a quienes pasan por su vida.
El deseo de cambiar de vida
Cuando terminó sus estudios, Gabriela ya estaba de novia con Ricardo. La familia de él se había instalado en El Bolsón y la pareja había visitado varias veces la localidad durante sus vacaciones. Algo de aquel lugar los había atrapado.
No existía todavía una decisión definitiva sobre el destino. Lo que sí tenían claro era que querían irse de Buenos Aires. Había sido una ciudad que Gabriela había disfrutado y de la que guarda buenos recuerdos, pero algunos episodios de inseguridad terminaron empujando aquella necesidad de buscar otro horizonte.
“Nos queríamos ir de Buenos Aires, concretamente era eso. Podía haber sido cualquier lugar y, por suerte, fue Bolsón, porque lo seguiría eligiendo”, recuerda.
La frase resume una decisión que, vista desde el presente, parece destinada a ocurrir. Pero en aquel momento no había certezas. Solo estaba la necesidad de empezar de nuevo y la intuición de que aquel pequeño pueblo cordillerano podía ser el lugar indicado.
Llegaron en 1990. El Bolsón era muy diferente al actual. Mucho más pequeño, con menos habitantes, menos servicios y una dinámica comunitaria todavía más estrecha. Para Gabriela, sin embargo, fue el lugar donde rápidamente pudo comenzar a trabajar de aquello que había estudiado y elegido: la Educación Física.
Consiguió sus primeros cargos prácticamente de inmediato. Su primer destino fue el Jardín 21, al que recuerda con especial cariño. También trabajó en la Escuela 140 y, posteriormente, recorrió distintas escuelas primarias de la localidad.
Cada institución, cada grupo de alumnos y cada experiencia fueron dejando algo en su formación como docente.
“Cada escuela y las características de los chicos te van formando como profe”, explica.
Y allí aparece una de las claves de su manera de entender la profesión. Para Gabriela, ser profesora de Educación Física nunca significó solamente enseñar un deporte o conseguir un determinado rendimiento. Se trataba de algo mucho más profundo: enseñar desde el cuerpo, desde el juego, desde la recreación y desde el conocimiento de uno mismo.
“La Educación Física no es desde el rendimiento deportivo, sino desde disfrutar tu cuerpo, conocerte”, sostiene.
Incluso hoy, después de haberse jubilado, lo dice con absoluta convicción: si pudiera volver atrás, elegiría nuevamente el mismo camino.
El Galpón y aquella hermosa casualidad
La historia del handball en la vida de Gabriela comenzó casi por casualidad. Una casualidad que, con el tiempo, se transformó en una de las grandes historias deportivas de El Bolsón.
En 1991, apenas un año después de su llegada, junto a otros profesores comenzaron a buscar un espacio donde desarrollar actividades deportivas. Entre ellos estaban Marcelo Guerrero, Isabel Bilbao, Víctor Hugo Alonso, Gabriela Brozzoni y Ricardo Sánchez.
Encontraron un viejo galpón y decidieron transformarlo en un gimnasio. Era pequeño, incluso muy corto para determinadas actividades, pero tenía algo que en aquel momento era fundamental: podía convertirse en un lugar de encuentro.
Construyeron vestuarios, acondicionaron el espacio y comenzaron a darle vida. Así nació aquel lugar que durante aproximadamente diez años sería conocido simplemente como El Galpón.
Para muchos chicos y chicas de aquella época, no era solamente un gimnasio. Era el lugar donde terminaba la escuela y comenzaba otra parte del día. Era deporte, pero también amistad, merienda, juegos y compañía.
Gabriela recuerda especialmente aquellas tardes en las que preparaba meriendas para los chicos. Ella y Ricardo todavía no tenían hijos, pero el Galpón ya estaba lleno de niños que habían encontrado allí un segundo hogar.
El espacio era pequeño, familiar y comunitario. Había fútbol, básquet, vóley y otras propuestas. Pero Gabriela se inclinó por el handball, un deporte que en aquel momento todavía no tenía la presencia que alcanzaría con el paso de los años.
Lo que comenzó como una elección casi espontánea terminó convirtiéndose en una pasión. Y, paradójicamente, fueron aquellos primeros chicos y chicas quienes también terminaron formando a su profesora.
“Ahí empezó como al revés mi formación. Todos los cursos que hice, toda la capacitación fue de la mano de los que fueron los primeros alumnos y alumnas”, recuerda.
Cuando El Bolsón empezó a hacerse escuchar
En 1991, el equipo comenzó a participar en los Juegos Rionegrinos. Y las chicas sorprendieron.
Salieron campeonas y, por primera vez, El Bolsón apareció en ese circuito con un equipo de handball que llamó la atención de quienes venían siguiendo la actividad en otras localidades de la provincia.
En uno de aquellos encuentros, un árbitro se acercó y les hizo una pregunta que Gabriela todavía recuerda:
“¿Dónde tenías guardadas estas chicas?”
Las jugadoras tenían talento, habilidad y, sobre todo, una enorme pasión. Pero había algo más: un grupo de profesores que había decidido apostar por ellas en un lugar donde el handball todavía estaba dando sus primeros pasos.
El comentario del árbitro terminó siendo un punto de inflexión.
Les preguntaron por qué no federaban al equipo. El problema era que la federación exigía equipos masculinos y varias categorías para poder ingresar. Entonces Ricardo asumió otro desafío: tomó los grupos de varones mientras Gabriela continuó trabajando con las chicas.
Así comenzó una etapa de competencia cada vez más intensa, con viajes al Valle, Viedma, Cipolletti y distintas localidades de Río Negro.
Pero aquella historia iba a crecer mucho más de lo que cualquiera podía imaginar.
Las chicas que habían comenzado jugando en aquel pequeño Galpón terminaron convirtiéndose en campeonas nacionales en 1994, representando al colegio Pedernera.
Y ese logro no fue recibido en silencio.
El día que todo El Bolsón salió a la calle
En aquella época, para un pueblo como El Bolsón, que un grupo de chicas se consagrara campeón nacional era un acontecimiento enorme. No había redes sociales, transmisiones instantáneas ni celulares que permitieran seguir cada paso.
Había otra cosa: la gente.
Cuando las campeonas regresaron, una multitud las esperaba sobre la ruta. Las chicas fueron subidas a un camión de Bomberos y recorrieron el pueblo mientras las personas salían a las veredas para recibirlas.
Hubo aplausos, chicos en las puertas de las escuelas, pasacalles y una emoción que todavía permanece en la memoria de quienes lo vivieron.
Para Gabriela, aquel momento representa mucho más que una celebración deportiva. Fue la confirmación de que aquellas chicas habían conseguido algo que trascendía una medalla.
Habían llevado el nombre de El Bolsón mucho más allá de sus límites.
Y la historia todavía tenía otro capítulo.
Después del campeonato nacional llegó la posibilidad de disputar un Sudamericano. Las jugadoras fueron trasladadas en avión. Para muchas de ellas era la primera vez que vivían una experiencia semejante.
Aquellas chicas que habían empezado en un pequeño gimnasio del pueblo estaban viajando para representar a El Bolsón en una competencia internacional.
“Todo inolvidable para cada una de ellas”, resume Gabriela.
Los chicos que crecieron y volvieron
Con el paso del tiempo, aquellos niños que llegaban al Galpón y a las escuelas dejaron de ser niños. Se hicieron adultos, formaron familias y ocuparon distintos lugares dentro de la comunidad.
Pero hay algo que no cambió: el vínculo.
Gabriela cuenta que la magia de El Bolsón permite encontrarse permanentemente con quienes fueron sus alumnos. Algunos trabajan en comercios, otros se convirtieron en profesionales, otros atienden detrás de una caja de supermercado o en un consultorio.
Y a veces ella los reconoce. Otras veces no.
Pero cuando alguno se acerca y le recuerda que fue su alumno, siente algo que define como “una caricia al alma”.
Entre aquellos chicos estuvo también el actual intendente Bruno Pogliano, uno de los primeros jugadores vinculados al handball y recordado por Gabriela como aquel pequeño arquero que formó parte de los comienzos.
Pero evita hacer una lista porque sabe que inevitablemente algún nombre podría quedar afuera. Y, en realidad, la cantidad de historias es demasiado grande.
Hay otra escena que para ella resulta especialmente emocionante: algunas de aquellas primeras jugadoras regresaron años después.
Se fueron a estudiar, construyeron sus vidas, fueron madres y, cuando volvieron, llevaron a sus propios hijos al entrenamiento.
Hoy, en el mismo espacio deportivo, pueden encontrarse varias generaciones.
Las antiguas jugadoras entrenan junto a sus hijos, Ricardo continúa vinculado a la actividad y Gabriela observa esa escena con una mezcla de emoción y asombro.
“Es como increíble. La verdad que es un camino que recorrimos que no lo planeamos y fue mágico”, dice.
Una familia que también creció entre deportes
Gabriela y Ricardo llegaron a El Bolsón en 1990. Ocho años después, en 1998, nació su primer hijo. En 2004 llegó el segundo.
Hoy tienen 28 y 22 años y, para Gabriela, son “la luz de nuestra vida” y el motor de todo.
Los chicos prácticamente crecieron dentro del polideportivo. Cuando eran pequeños, los horarios familiares se organizaban alrededor de los entrenamientos. Gabriela tenía handball martes y jueves; Ricardo, lunes y miércoles.
Se turnaban para cuidar a sus hijos.
No siempre era sencillo. A veces pensaban que quizás deberían llevarlos a casa o contratar a alguien que pudiera cuidarlos. Pero los chicos querían quedarse.
Incluso lloraban cuando tenían que abandonar el polideportivo.
Con los años, ellos mismos practicaron handball, básquet, fútbol y esquí. Finalmente, el deporte terminó siendo también parte de su vida laboral: ambos son instructores de esquí.
Y hay un detalle que llena especialmente de orgullo a Gabriela: aman el Cerro Perito Moreno y aman El Bolsón.
El mayor actualmente trabaja en otros lugares, pero vuelve. Siempre vuelve.
Para una madre, quizás no haya una señal más poderosa de que el lugar donde sus hijos crecieron dejó una huella profunda.
El esquí llegó por los hijos
La relación de Gabriela con la montaña también comenzó por sus hijos.
Ellos empezaron en las escuelitas de esquí y, como sucede tantas veces con los padres, Gabriela y Ricardo comenzaron acompañándolos.
No tenían una gran experiencia previa en la actividad. Habían tenido algún acercamiento, pero fue el deseo de acompañar a sus hijos lo que los llevó a las pistas.
Después descubrieron que también les gustaba.
Y siguieron.
Hoy incluso continúan esquiando sin sus hijos. El cerro se convirtió en otro de los espacios que forman parte de una vida construida en El Bolsón.
Jubilarse juntos y aprender a vivir el tiempo
En 2019 llegó otro momento importante: la jubilación.
Y también allí la historia de Gabriela y Ricardo tuvo una particularidad. Se jubilaron exactamente el mismo día.
Primero llegó la notificación para Gabriela. Desde la delegación la llamaron para felicitarla. Más tarde llegó la comunicación para Ricardo.
Una especie de coincidencia difícil de repetir.
Pero la jubilación no significó inmediatamente tener tiempo libre.
Octubre de 2019 fue el comienzo de una etapa que apenas unos meses después quedaría atravesada por la pandemia.
En 2020 el mundo se detuvo.
Y Gabriela y Ricardo, como tantos otros, tuvieron que encontrar nuevas formas de mantenerse cerca de quienes habían formado parte de sus vidas.
Organizaban encuentros con las chicas a través de WhatsApp, inventaban ejercicios y daban clases a distancia.
Había depresión, aislamiento, incertidumbre. Y, en medio de todo eso, el deporte volvió a funcionar como una herramienta para acompañar.
La jubilación recién pudo sentirse como tal mucho tiempo después.
Una nueva etapa al servicio de la comunidad
Gabriela se jubiló de las escuelas y, durante un tiempo, continuó vinculada al Humboldt. Después sintió que aquella etapa había llegado a su fin.
Pero quedarse quieta nunca pareció ser una opción.
Comenzó entonces a trabajar en el área social de la Municipalidad. Coordinó escuelas barriales, esquí escolar, esquí municipal, actividades para adultos mayores y colonias de vacaciones.
Descubrió allí otra faceta que siempre había estado presente: la importancia de lo social.
Le apasionaba la logística, la organización y la coordinación. Pero, sobre todo, le importaba que cada actividad estuviera pensada desde quienes participaban.
No importaba si se trataba de un proyecto privado como aquel viejo Galpón o de una actividad municipal. Para ella había una regla fundamental: el protagonista siempre era el chico.
“Porque sea municipal no significa que fuera algo relajado”, plantea.
Y explica que cada propuesta implicaba una enorme responsabilidad y dedicación.
Porque detrás de cada niño había una familia que confiaba en ellos.
“Tenés la joyita de su casa”
Quizás una de las frases que mejor resume la filosofía de Gabriela como docente sea aquella que utiliza para hablar de los chicos.
“Tenés lo más importante de cada casa. Tenés a un pibe, sea en una hora de clase o en un campamento, y tenés la joyita de su casa”, expresa.
Por eso sostiene que uno puede equivocarse, pero siempre tiene que intentar hacer las cosas lo mejor posible.
Esa idea estuvo presente incluso antes de que existieran las grandes estructuras deportivas. Durante los años del Galpón organizaban colonias de vacaciones y campamentos.
Juntaban una o dos combis, convocaban a estudiantes de Educación Física o a alumnos que ayudaban y se iban con los chicos al Desemboque o al Río Azul.
Eran experiencias mucho más informales que las actuales, pero quedaron grabadas en la memoria de quienes participaron.
Décadas después, esas personas recuerdan aquellos campamentos con afecto.
Y quizás allí esté uno de los mayores logros de Gabriela: no solamente haber formado deportistas, sino haber construido recuerdos.
Viajar cuando no existían los celulares
Hoy parece imposible imaginar un viaje deportivo sin teléfonos celulares, mensajes instantáneos y grupos de WhatsApp.
Pero durante los primeros años del Humboldt era completamente diferente.
Gabriela era la referente de los viajes. Ella, Ricardo o los profesores que acompañaban al grupo eran las únicas personas adultas responsables.
Cuando llegaban a una localidad, había que encontrar un teléfono público.
Y muchas veces llevaban cospeles para poder llamar.
Una de las primeras tareas era comunicarse con Radio Nacional y avisar que habían llegado bien.
Entonces, la radio cumplía una función que hoy realizan los teléfonos y las redes sociales: llevaba tranquilidad a las familias.
Los padres podían enterarse por la radio de que sus hijos habían llegado a Cipolletti o a otra localidad.
Después venía otra tarea: conseguir un teléfono para que todas las chicas pudieran hablar con sus familias.
La consigna era clara: había que comunicarse.
Y cuando emprendían el regreso, volvían a llamar para avisar que estaban saliendo y, finalmente, que habían llegado.
Era otra época.
No había redes sociales, ni celulares, ni mensajes durante las comidas.
Estaban ellos, los chicos y los profesores.
Hablaban, compartían, viajaban y construían vínculos.
Quizás por eso algunos de esos lazos terminaron siendo tan fuertes.
La familia que llegó desde Buenos Aires
Detrás de Gabriela también existe otra historia de migración y afectos.
Cuando llegó a El Bolsón, extrañó profundamente a sus padres. Viajaba a Buenos Aires con frecuencia. Necesitaba verlos.
Hasta que un día entendió que no quería construir una vida tan lejos de ellos.
“Si mis viejos no se venían, yo me iba”, recuerda.
Sus padres habían visitado El Bolsón y finalmente decidieron probar una nueva vida en la Patagonia.
Llegaron en 1993, tres años después que Gabriela y Ricardo y varios años antes del nacimiento de sus nietos.
Su padre, Luis Nevares, trabajó en herrería y en lo que fue necesario para salir adelante.
Gabriela habla de él con una ternura que atraviesa toda la entrevista.
“Mi papá, si no hubiera sido mi papá, sería mi amigo igual”, dice.
Lo define como “un tipazo”.
Y aunque el tiempo pasó, ella no habla de sus padres únicamente en pasado.
Los siente presentes.
Los recuerda.
Los nombra.
Porque para Gabriela, mientras exista la memoria, también permanece el vínculo.
Luis y Mechi, dos nombres que siguen presentes
Su padre se llamaba Luis Nevares.
Su madre, Mechi Barsotti.
Gabriela insiste en nombrarlos, porque sabe que las personas también continúan viviendo a través de sus nombres, de sus historias y de todo aquello que dejaron en quienes los conocieron.
Mechi se hizo conocida en El Bolsón por su relación con la gastronomía.
No era profesional de la cocina, pero Gabriela asegura que “cocinaba como los dioses”.
También había estudiado durante mucho tiempo Psicología, una carrera que quedó como una asignatura pendiente.
En la comunidad, además, se convirtió en una figura reconocida por sus contenidos gastronómicos y por aquel programa en el que abordaba temas cotidianos.
Con una sonrisa, Gabriela la define como una de las primeras “influencers” gastronómicas que tuvo El Bolsón.
Así, la historia familiar también quedó entrelazada con la historia del pueblo.
Una vida que encontró su lugar
Después de más de tres décadas en El Bolsón, resulta difícil imaginar a Gabriela separada de este lugar.
Llegó desde Lomas del Mirador buscando una vida diferente.
Encontró escuelas.
Encontró chicos.
Encontró un pequeño galpón.
Encontró el handball.
Encontró una comunidad que acompañó a sus equipos.
Encontró una montaña que aprendió a disfrutar.
Encontró amigos, alumnos y familias.
Y, sobre todo, construyó su propia familia.
Quizás por eso, cuando se le pregunta qué fue lo más maravilloso que le dio la vida, la respuesta aparece casi inmediatamente.
“No quiero caer en el cliché, pero a mis hijos”, dice.
Después nombra a Ricardo, su compañero de tantos años, y vuelve a hablar de sus hijos.
Pero también aparece una reflexión profunda sobre la maternidad, sobre los cambios que produce tener hijos y sobre cómo cambia la escala de prioridades.
Gabriela cuenta que durante mucho tiempo escuchó aquella frase según la cual cuando uno es madre comprende determinadas cosas. Y reconoce que le molestaba porque parecía descalificar de alguna manera a quienes no eran padres.
Porque no todas las personas eligen serlo.
Porque algunas no pueden.
Porque otras simplemente deciden que ese no es su camino.
Pero en su caso, la maternidad le cambió la mirada.
Le dio otra dimensión a lo que significa preocuparse por alguien.
Cuando una medalla deja de ser lo más importante
Hay una enseñanza que aparece detrás de toda su historia deportiva.
Para Gabriela, un resultado deportivo puede ser importante. Un campeonato puede ser inolvidable. Una medalla puede generar orgullo.
Pero todo eso pierde rápidamente su importancia cuando un hijo no está bien.
“Cuando tu hijo no está bien, te das cuenta que no importa si es un resultado deportivo, si entrenaron, si no, si hacía frío en el poli o no hacía”, reflexiona.
Una fiebre, una tristeza, un problema o simplemente ver sufrir a un hijo puede cambiar completamente las prioridades.
Y esa experiencia también terminó atravesando su manera de entender el trabajo con los chicos.
Porque ella no veía solamente jugadores.
Veía personas.
Veía hijos.
Veía a las personas más importantes de una familia.
Por eso el deporte fue mucho más que competencia.
Fue una herramienta para educar, para acompañar, para conocer a otros, para viajar, para aprender a perder, para celebrar, para hacer amigos y para construir comunidad.
El regalo de que los hijos adultos quieran volver
Hoy sus hijos ya son adultos.
Y quizás uno de los mayores regalos que Gabriela reconoce no tenga que ver con un campeonato, una carrera profesional o una medalla.
Tiene que ver con algo mucho más sencillo.
Que sus hijos elijan estar con ella.
Que quieran compartir unas vacaciones.
Que vuelvan a casa.
Que sigan disfrutando juntos.
“Mis hijos adultos que elijan irse de vacaciones con nosotros, estar en casa, eso es un regalo de la vida”, afirma.
La frase parece sencilla, pero contiene una historia entera.
Porque habla de los años compartidos, de aquellos días en el polideportivo, de las veces que se turnaban para cuidarlos mientras entrenaban, de las pistas de esquí, de los viajes y de todas las decisiones familiares que tomaron.
También habla de una vida que, aunque tuvo dificultades, encontró una forma de construirse alrededor de los afectos.
La huella que queda
Gabriela Nevares llegó a El Bolsón en 1990.
Llegó como una joven profesora de Educación Física que buscaba un lugar donde comenzar una nueva vida.
Más de treinta años después, su historia está escrita en generaciones de alumnos, en equipos de handball, en aquel pequeño Galpón, en las campeonas nacionales de 1994, en el viaje al Sudamericano, en los campamentos junto al río, en las meriendas compartidas y en las calles de un pueblo donde todavía se cruza con quienes alguna vez fueron sus chicos.
También está en Ricardo, su compañero de vida y de aventuras deportivas.
Está en sus hijos, que crecieron entre el polideportivo y la montaña.
Está en Luis y Mechi, sus padres, que un día también eligieron dejar Buenos Aires para acompañarla en la Patagonia.
Y está en cada persona que alguna vez se acercó para decirle: “¿Te acordás de mí? Yo fui tu alumno”.
Quizás esa sea la verdadera medida de una vida dedicada a la docencia y al deporte.
No la cantidad de trofeos.
No la cantidad de campeonatos.
No las estadísticas.
Sino la cantidad de personas que, muchos años después, todavía recuerdan cómo se sintieron cuando estaban con vos.
Gabriela no llegó a El Bolsón para hacer historia.
Llegó porque quería cambiar de vida.
Pero a veces las historias más grandes nacen justamente así: sin planes extraordinarios, sin saber qué va a suceder, simplemente apostando por un lugar y por las personas que aparecen en el camino.
Y el camino de Gabriela estuvo lleno de chicos.
De esos chicos que alguna vez llegaron al Galpón con una pelota en las manos.
De las chicas que después hicieron historia y fueron recibidas arriba de un camión de Bomberos mientras todo El Bolsón las aplaudía.
De los que crecieron, se fueron a estudiar y volvieron convertidos en padres.
De los que hoy atienden un comercio, trabajan en una profesión o simplemente se cruzan con ella en alguna esquina.
De los que todavía recuerdan.
Porque, al final, quizás la vida también sea eso: dejar algo de uno en los demás.
Y Gabriela Nevares dejó mucho.
Dejó deporte.
Dejó enseñanza.
Dejó recuerdos.
Dejó vínculos.
Dejó una familia.
Y, sobre todo, dejó una huella profundamente humana en la historia de El Bolsón.