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26 de Septiembre de 2026

Ismael Acosta: el joven de El Bolsón que convirtió sus desafíos en oportunidades

A los 17 años, el joven de El Bolsón combina judo adaptado, programación y el desarrollo de videojuegos. Nació ciego y hoy sueña con estudiar Ingeniería en Sistemas, competir por la Selección Paralímpica y seguir construyendo su propio camino.

Por Redacción

Sabado, 26 de septiembre de 2026 a las 07:09

Hay historias que no necesitan grandes discursos para conmover. Alcanza con escuchar a una persona hablar de su vida, de sus sueños, de sus miedos y de todo aquello que alguna vez creyó que no podía hacer. La historia de Ismael Acosta, un joven nacido en El Bolsón, tiene justamente esa fuerza: la de alguien que durante un tiempo imaginó un futuro limitado por su condición y que, con apenas 17 años, está descubriendo que ese futuro puede ser mucho más grande de lo que alguna vez imaginó.

Ismael nació en 2009 y siempre vivió en El Bolsón. Es ciego de nacimiento y habla de esa condición con una naturalidad que atraviesa toda la entrevista. No hay dramatismo en sus palabras ni necesidad de convertir su ceguera en el centro de su identidad. Para él, simplemente es una parte de su vida, una característica con la que aprendió a desenvolverse desde que nació. Y quizás ahí esté una de las claves de esta historia: Ismael no pide que lo miren desde lo que no puede hacer, sino desde todo lo que sí hace.

Su recorrido escolar comenzó en la Escuela Ford, donde hizo toda la primaria. La cercanía con su casa le permitía incluso darse algunos lujos que muchos chicos hubieran querido: llegar tarde. “Me levantaba tarde. Incluso llegaba tarde”, cuenta entre risas, recordando aquellos años en los que la escuela estaba apenas a unos minutos de su casa.

Actualmente cursa cuarto año en la ESRN 30. Antes asistía a la ESRN 10, donde había comenzado con orientación en Turismo, pero su vínculo con la informática terminó marcando el rumbo. “Yo siempre soy una persona muy tecnológica”, explica. Y no es una frase dicha al pasar: Ismael ya es desarrollador de videojuegos, tiene su propio emprendimiento y trabaja junto a un socio de México en distintos proyectos vinculados con la tecnología y la accesibilidad.

 

Una computadora que abrió una puerta

Su relación con la informática comenzó cuando tenía apenas cinco años. Desde una escuela especial le entregaron una computadora y aquella herramienta, que quizás en ese momento parecía simplemente un recurso educativo, terminó convirtiéndose en una puerta hacia un mundo que años más tarde ocuparía un lugar central en su vida.

“Por ahí no fue la mejor decisión, porque viste que la tecnología te atrapa”, recuerda. En aquel momento no tenía internet y todavía no estaba profundamente involucrado con las computadoras. Pero de a poco comenzó a experimentar, aprender y descubrir todo lo que podía hacer con ellas.

Como tantos chicos que empiezan a descubrir una computadora, primero jugó. También la rompió, la bloqueó y tuvo que aprender a solucionar los problemas que él mismo generaba. Después llegaron los foros, la búsqueda de información y, especialmente, los espacios destinados a personas no videntes, donde comenzó a conocer experiencias y herramientas que le permitieron avanzar.

Había algo que siempre estaba presente: su deseo de crear. “Siempre fue mi sueño poder hacer algo, poder hacer un juego, algo que yo diga: ‘wow, esto es mío’”, cuenta. Le gustaban los videojuegos y quería entender cómo funcionaban. No quería solamente jugar: quería construir.

A los 13 o 14 años comenzó a tomarse ese sueño mucho más en serio. Empezó a leer, a estudiar y a aprender programación. Su primer lenguaje fue Python, una de las herramientas que le permitió comenzar a comprender el universo del desarrollo de software.

En ese camino apareció Emiliano, un joven de México que con el tiempo se convirtió en su compañero de trabajo y socio. Juntos fueron construyendo lo que hoy se conoce como Legendary Games, un emprendimiento dedicado al desarrollo de videojuegos y, especialmente, a generar experiencias accesibles para personas que muchas veces quedan afuera de determinadas propuestas tecnológicas.

 

Cuando jugar también significa abrir una puerta

Uno de los proyectos que más tiempo le demandó fue la adaptación accesible de Clash Royale, un juego originalmente diseñado con una fuerte dependencia de elementos visuales.

El problema era claro: para una persona ciega, gran parte de la información que necesita para jugar no podía ser interpretada por el lector de pantalla. No se trataba simplemente de instalar una herramienta y empezar a jugar. Había que encontrar otra manera de transmitir aquello que el jugador vidente recibía a través de la imagen.

Entonces Ismael y su socio comenzaron a trabajar para transformar señales visuales en información sonora. El desafío era enorme porque no tenían acceso al código original del videojuego ni contaban con una aprobación de la empresa desarrolladora. Por eso tuvieron que estudiar las mecánicas, comprender el funcionamiento del juego y desarrollar una adaptación desde cero.

“Fue programar todo el juego desde cero, solo que esta vez usando funciones de accesibilidad”, explica.

El proyecto llevó aproximadamente un año y medio. Y mientras trabajaba en esa adaptación, Ismael también avanzaba en otro videojuego propio: Reino Elemental, uno de los proyectos de Legendary Games.

El juego puede encontrarse en la página de la empresa, www.legendarygames.net, y representa mucho más que un proyecto tecnológico. Es, en cierta manera, la materialización de aquel deseo que Ismael tenía cuando era chico: poder mirar una creación y decir que eso también llevaba su nombre.

“Tengo 17 años y estoy recibiendo ganancias”

Cuando habla de su trabajo, Ismael no oculta el orgullo. Tiene 17 años y ya genera ingresos con aquello que comenzó como una curiosidad frente a una computadora.

“A veces pocas, a veces muchas, en dólares”, cuenta. Pero rápidamente aclara que el dinero no es lo más importante. Para él, representa independencia, pero también algo que considera todavía más significativo: reconocimiento.

“Es esto de que yo, además de tener ganancias, tengo como el respeto. Esto de ‘wow, es el jefe de Legendary Games a su edad, es el desarrollador de este juego’”, explica.

Su satisfacción no está únicamente en cobrar por su trabajo. Está en comprobar que aquello que alguna vez parecía imposible comenzó a convertirse en una realidad concreta. En ser reconocido por algo que él mismo construyó.

Y mientras la informática fue creciendo, casi sin darse cuenta comenzó a aparecer otra dimensión completamente diferente en su vida: el deporte.

 

Del mundo de la tecnología al tatami

Durante buena parte de su infancia y adolescencia, Ismael estuvo profundamente concentrado en la tecnología. Él mismo reconoce que llegó a estar muy aislado de la actividad deportiva y de determinados espacios sociales.

El primer acercamiento al deporte llegó de una manera bastante casual. En un natatorio conoció a Alejandro Nicora, quien le habló a su padre sobre el judo y le explicó de qué se trataba. La propuesta quedó dando vueltas.

La primera vez no pudo continuar porque los horarios no coincidían, pero la idea permaneció. Antes de comenzar judo, Ismael también empezó a concurrir al gimnasio, donde entrenaba su papá. Allí comenzó a trabajar musculatura y a preparar su cuerpo.

Cuando finalmente se acomodaron los horarios, llegó el judo.

Y se quedó.

Actualmente su semana está atravesada por el deporte. Hace gimnasio, practica judo y busca permanentemente mejorar. La actividad física, que durante una etapa de su vida había estado prácticamente ausente, ahora forma parte de su rutina cotidiana.

Pero el judo no solo le aportó entrenamiento físico. También le abrió una puerta hacia la competencia y hacia un mundo que Ismael inicialmente miraba con cierto temor.

 

El miedo a perder también se entrena

Su primer torneo de judo fue en Viedma. Antes había tenido oportunidades para competir, pero durante un tiempo él mismo se frenó.

“Siempre tuve ese miedo de ‘ay no, voy a perder, no quiero’”, reconoce.

Es una confesión sencilla, pero probablemente una de las más humanas de toda la entrevista. Porque detrás del joven que hoy desarrolla videojuegos, trabaja, entrena y sueña con llegar a una selección, también hay un adolescente que tuvo miedo de fracasar.

Finalmente se animó.

Antes del judo había tenido otra experiencia deportiva adaptada: goalball, una disciplina especialmente pensada para personas con discapacidad visual. En ese deporte se utiliza una pelota con cascabeles y los jugadores deben defender su arco siguiendo el sonido.

Ismael fue convocado porque faltaba un integrante para completar un equipo. Así terminó viajando a Mar del Plata para los Juegos Evita, representando a Río Negro junto a compañeras de Bariloche.

La experiencia no fue sencilla. Había entrenado poco, prácticamente no conocía el deporte y el equipo terminó perdiendo sus partidos. Pero aquella primera competencia fue importante por otra razón: fue el momento en que Ismael comenzó a descubrir lo que significaba competir.

Ahora el sueño tiene nombre: la Selección Paralímpica

Con el judo apareció una posibilidad mucho más grande. Ismael tiene la oportunidad de participar de un campus donde será evaluado junto a otros deportistas con posibilidades de integrar la Selección Paralímpica.

La fecha ya está marcada: 14 de octubre.

Si durante esa instancia logra buenos resultados, podría abrirse la posibilidad de integrar el proceso de selección. No es algo que Ismael dé por hecho. Lo cuenta con cautela, pero también con ilusión.

“Me gustaría, la verdad”, responde cuando se le pregunta si sueña con llegar a la Selección.

Para él, el judo dejó de ser solamente un hobby. Se convirtió en una actividad que le sirve, que lo desafía y que lo ayuda a superarse.

Hay además una particularidad que convierte al judo en una disciplina especialmente accesible para personas ciegas. A diferencia de otros deportes donde la distancia respecto del rival puede representar una dificultad enorme, en judo los competidores mantienen el contacto físico durante el combate.

“Empezamos agarrados y terminamos agarrados”, explica.

La frase resume de manera sencilla por qué el judo puede convertirse en un espacio de igualdad deportiva. No hay que encontrar visualmente al oponente a varios metros de distancia. El contacto forma parte de la propia dinámica del combate.

 

Un viaje que también necesita del acompañamiento de la comunidad

Para llegar al campus del 14 de octubre, Ismael enfrenta ahora un desafío que nada tiene que ver con el tatami: reunir los fondos necesarios para viajar.

Junto a su familia organizaron una rifa y, en apenas dos días, habían logrado recaudar alrededor de 130 mil pesos. Es un comienzo importante, pero todavía no alcanza para cubrir el costo del viaje.

Por eso necesitan continuar reuniendo dinero y apelan también al acompañamiento de la comunidad. Durante la entrevista, Ismael y su entorno anunciaron que estarán difundiendo el alias para quienes quieran colaborar con su traslado.

En este punto, el viaje representa mucho más que la posibilidad de participar de una competencia. Es la oportunidad de ser evaluado, de medirse con otros deportistas y de acercarse a una posibilidad que hasta hace poco ni siquiera formaba parte de sus planes.

 

El judo llegó también a la escuela

La historia tuvo otro capítulo curioso apenas un día antes de la entrevista.

Durante una clase de Educación Física surgió la posibilidad de que sus compañeros y profesores probaran judo. Ismael es cinturón amarillo y, como él mismo explica, todavía está lejos de considerarse un experto.

La propuesta llegó hasta su sensei y, aprovechando que no había demasiados alumnos, el profesor de judo se acercó a la escuela para brindar una clase.

Ismael y otro compañero judoka estuvieron presentes y participaron de la experiencia. Sus compañeros pudieron conocer de cerca la disciplina, aprender algunas de sus características y, sobre todo, compartir una actividad que forma parte de la vida cotidiana de Ismael.

Fue apenas una clase, pero también fue una manera de acercar realidades. No desde el discurso sobre la inclusión, sino desde algo mucho más sencillo: compartir un espacio, probar, equivocarse, aprender y divertirse juntos.

 

El futuro está lejos, pero no asusta

Mientras avanza en el deporte y en la tecnología, Ismael también comienza a pensar en qué hará cuando termine la secundaria.

Tiene claro que quiere seguir estudiando. Su objetivo es formarse en Ingeniería en Sistemas y continuar por el camino del software, aunque para hacerlo probablemente tenga que dejar El Bolsón.

Es consciente de que ese paso implicará mucho más que comenzar una carrera universitaria. Significará viajar, conocer una nueva ciudad, aprender a desenvolverse en un lugar diferente y construir una vida con mayor independencia.

Entre las posibilidades aparece Bariloche, una ciudad cercana donde existen alternativas relacionadas con la informática y donde Ismael tiene familiares y amigos.

Su familia, reconoce, tiene una parte bastante sobreprotectora. Es lógico: para quienes lo acompañaron durante toda su vida, verlo partir hacia otra ciudad puede generar preocupaciones. Pero al mismo tiempo, dice que todos quieren que tenga las mejores oportunidades para su futuro.

Incluso le han planteado la posibilidad de estudiar de manera virtual. Ismael, sin embargo, tiene otra mirada.

“Parte de la experiencia es estar”, sostiene.

Quiere vivir la experiencia de otra ciudad, conocer gente, adaptarse, aprender a manejarse solo. No quiere limitar su formación a una pantalla y a un programa académico. Quiere atravesar también todo aquello que ocurre alrededor de una carrera universitaria.

Y hay algo más: siempre quiso tener mayor independencia.

El recuerdo de un chico que no sabía qué iba a ser de su vida

Quizás el momento más profundo de la entrevista aparece cuando Ismael recuerda cómo se veía a sí mismo algunos años atrás.

No habla del futuro como una sucesión de éxitos asegurados. Habla de un miedo concreto. El miedo a no saber qué iba a hacer con su vida.

“En un momento he dicho: ‘che, soy ciego, no puedo hacer casi nada’”, recuerda.

Aquella idea lo hacía imaginarse a los 25 años viviendo con su mamá, sin trabajo, sin estudios y sin saber quién iba a ser.

Hoy ese adolescente que imaginaba un futuro tan pequeño tiene 17 años, desarrolla videojuegos, dirige un emprendimiento, recibe ingresos por su trabajo, estudia, entrena judo, hace gimnasio y tiene la posibilidad de ser evaluado para una selección deportiva.

No significa que todo esté resuelto. Tampoco que el camino sea sencillo. Pero significa que aquella imagen que tenía de sí mismo ya no coincide con la realidad.

Y quizás eso sea lo más importante de su historia.

 

“Quiero llegar a ser alguien en la vida”

Cuando se le pregunta por su mayor sueño, Ismael no responde con una lista de grandes metas ni con una frase preparada.

Dice que nunca tuvo un sueño demasiado grande. Su objetivo siempre fue, simplemente, llegar a algo en la vida.

“Quiero llegar a hacer algo. Si puedo ser reconocido, si puedo fundar una empresa, genial. O si puedo incluso llegar a algo en el deporte”, explica.

En sus palabras aparecen nuevamente la tecnología y el judo, pero por encima de ambas cosas aparece otra necesidad: construir una identidad propia, encontrar un lugar en el mundo y demostrarse a sí mismo que puede hacerlo.

No sabe todavía si será desarrollador, empresario, ingeniero, deportista o una combinación de todas esas cosas.

Y está bien que no lo sepa.

Tiene 17 años.

“Nunca deberían rendirse”

Antes de terminar la entrevista, aparece una pregunta inevitable. Si se considera un ejemplo para otros chicos y chicas que quizás sienten que no pueden hacer determinadas cosas.

Ismael responde con humildad. No se presenta como el mejor ejemplo ni como alguien excepcional. Incluso menciona a su compañero Emiliano, que tiene 18 años y que, según cuenta, se encuentra en algunos aspectos de la tecnología en una etapa más avanzada que él.

Pero sí tiene algo para decirles a aquellos jóvenes que creen que tienen tiempo de sobra para comenzar mañana.

“No es que no se disfrute”, aclara. A él también le gusta salir de vacaciones, viajar, gastar dinero, disfrutar de la vida y hacer cosas propias de cualquier chico de su edad.

Pero al mismo tiempo sostiene que ser joven no debería convertirse en una excusa para postergar permanentemente los proyectos.

“Tu mejor momento podría ser cuando sos joven”, plantea.

Su historia no habla de superación como una palabra abstracta. Habla de una computadora que recibió a los cinco años y que terminó convirtiéndose en una herramienta de trabajo. Habla de un videojuego que quiso crear y finalmente creó. Habla de un adolescente que tuvo miedo de competir y finalmente se subió a un tatami. Habla de un joven que nació ciego y que, sin embargo, aprendió a desenvolverse en mundos que muchas veces fueron diseñados sin pensar en él.

También habla de un chico que todavía se da permiso para ser simplemente eso: un chico. Que disfruta, que se estresa, que se cansa, que quiere viajar, que quiere conocer otra ciudad y que incluso reconoce que a veces le gusta “derrochar” algunos de los dólares que gana.

Porque la historia de Ismael no está en dejar de ser quien es para convertirse en un ejemplo. Está en haber descubierto que su vida no tenía por qué quedar definida por aquello que alguna vez creyó que no podía hacer.

Hoy tiene dos mundos que lo apasionan: la tecnología y el deporte. En uno crea universos para que otros puedan jugar. En el otro aprende a enfrentarse a un rival, pero también a sus propios miedos.

Y mientras prepara una rifa para poder viajar el 14 de octubre, entrena, estudia, programa y piensa en la universidad, Ismael empieza a construir algo mucho más grande que un videojuego o una carrera deportiva.

Está construyendo su propia independencia.

Quizás por eso, cuando se le pregunta qué quiere ser dentro de algunos años, la respuesta más potente no está en una profesión ni en un título.

Está en una frase sencilla, dicha por un joven de 17 años que alguna vez pensó que no podía hacer casi nada y que hoy tiene demasiadas cosas por delante como para detenerse:

“Quiero llegar a ser alguien en la vida”.