Continuando con este ciclo de entrevistas de Info Cordillera, llegamos hasta la parte más antigua del barrio Usina, en El Bolsón, al otro lado del río Quemquemtreu, cruzando la pasarela de la familia Vargas. El sol de la mañana baja tibio entre los árboles que abrazan el sendero. En ese rincón que huele a historia, se escucha el murmullo del río y el de un hombre que lo conoce desde siempre. Hoy conversamos con Juan Vargas, vecino histórico y guardián natural de estas orillas.
Juan nos recibe con un apretón de manos y la serenidad de quien ha visto transformarse este lugar desde tiempos en que no había calles, ni pasarelas, ni huellas marcadas. “Hasta el puente tenía el nombre de mi familia”, recuerda mientras sonríe, con la mezcla justa de orgullo y nostalgia.
Le pregunto si exagero al decir que es parte de una familia fundadora de la zona. Su respuesta no deja lugar a dudas: “Exactamente. Mi papá… bueno, mi papá de corazón, fue Gaspar Barriento. A mí me trajeron muy chiquito para acá. Soy chubutense, nacido en Lago Puelo”. Su padre biológico, José Eduardo Vargas, era balsero y hombre de río. Murió joven, de un infarto. Juan nunca llegó a conocerlo, pero su historia está presente en cada frase.
“Me trajeron para acá en 1946. Esto era monte cerrado. No había ni camino. Teníamos apenas una casita vieja y un par de galpones”, cuenta mientras su mirada se pierde hacia el cauce.
En aquellos años, llegar al barrio era toda una travesía. Cada vecino tenía su propio ramalcito de camino —si es que podía llamarse así— y el acceso principal llegaba apenas hasta la zona de Matamala. Lo demás, era obra del tiempo, de las manos y del esfuerzo comunitario.
Educarse en la montaña y aprender del bosque
Juan recuerda sus días de escuela con una claridad que emociona: “Nosotros nos criamos en la escuela de los curas, lo que hoy es la Universidad del Sagrado Corazón. Tuvimos maestras viejas y sabias, como doña Clara de Granollier y Elvira de Guasco”.
De esos años también atesora aprendizajes que hoy parecen simples anécdotas, pero que marcaron su forma de ver el mundo. Como las visitas al Vivero San Martín, donde trabajaban el ingeniero Ricardo Irineo Jungwirth y el ingeniero Lasko Ranilovic, figuras que despertaron en él una pasión que lo acompañaría toda la vida: la forestación.
Juan cuenta que solo observando aprendió a reconocer las especies, a entender el crecimiento de los árboles y la importancia de combinar tamaños y variedades para crear bosques resistentes y armónicos. “Ellos me inspiraron. Después, cuando me tocó hacer mi parte, traje cipreses, tuyas, coníferas… y fui armando este espacio con paciencia y cariño. Mis hijos y mis nietos siguieron”.
El vivero del Mallín Ahogado también aportó su granito de arena, enviando plantas que ahora forman parte del paisaje que rodea la pasarela y las veredas del sector.
El trabajo que no se ve, pero sostiene el lugar
Si uno recorre la orilla del río en ese punto del barrio Usina, puede notar algo poco común: no hay basura. Juan sonríe cuando se lo remarco.
—“¿La gente cuida este espacio?”
—“Más o menos. Nosotros lo cuidamos. Cada mañana damos una vuelta: juntamos latas, vidrios, cartones… y lo llevamos al recolector. A veces cuesta, pero hay que hacerlo”.
Su filosofía es clara: la basura no es parte del bosque, es parte del humano, y como tal, debe quedarse con nosotros. “No existe la basura en la forestación. La basura es del hombre. Si separamos y limpiamos, el bosque responde”.
Esa tarea diaria se complementa con otra igual de importante: la poda. Especialmente de los sauces que crecen sobre la orilla y avanzan incluso sobre la pasarela. Juan lo explica con precisión de hombre de campo: “No se puede podar en cualquier momento. Las plantas tienen su ciclo. Desde fines de abril hasta septiembre, ese es el tiempo justo. Si lo hacés antes, las dañás”.
Cada año, él y sus hijos se encargan de mantener despejados los accesos y de cuidar que los árboles no afecten ni el paso de la gente ni el hábitat de los peces.
El camino construido a mano, como antes
La memoria de Juan es una caja abierta de historias comunitarias. La construcción del camino hacia la costa del río es una de ellas. “Ese camino lo hicimos casi todo a mano”, asegura. Reivindica nombres que fueron clave: Jerónimo Caliva, Flandes, Palma, Weber, y tantos vecinos que sumaron herramientas, fuerza o simplemente presencia.
Recuerda noches de rescates improvisados, como aquella vez en que un camión quedó colgado cerca del canal, con dos muchachas atrapadas. “Tuvimos que meternos al agua para sacarlas, porque el vehículo no tenía tracción y se balanceaba. Por suerte todo terminó bien”.
Su relato deja entrever no solo la dura labor cotidiana, sino también la solidaridad que sostuvo a este barrio desde sus orígenes.
El bosque protector y una vida dedicada a cuidarlo
“A veces me denunciaron. Pensaban que yo era el salvaje, pero yo soy protector”, afirma con firmeza. Explica que arriba del sector donde vive existe un bosque protector, fundamental para evitar erosión, desprendimientos y riesgos mayores. “El bosque viene a mí —dice— porque yo lo mimé. Si cuidás el bosque, el bosque vuelve. Las aves también. Acá vienen teros, bandurrias, gaviotas… porque hay paz y buen aroma”.
La conexión espiritual que Juan tiene con la naturaleza se siente en cada frase. Habla del bosque como quien habla de un pariente querido, de un refugio que lo ha acompañado toda la vida.
No obstante, sabe que no todo puede depender de él o de su familia. Por eso no deja de imaginar un futuro donde haya un placero municipal, algún empleado encargado de la limpieza y del mantenimiento básico, “para que nosotros también podamos disfrutar un poquito más, sin tanto trabajo encima”.
La Cascada Escondida, la Loma del Medio y la conciencia del fuego
A metros del lugar, comienza el sendero hacia la Loma del Medio. Juan reconoce que es un espacio hermoso, pero no apto para hacer fuego. Lo dice con una mezcla de preocupación y resignación: “Arriba tenemos un bosque protector. Hay que tener muchísimo cuidado. Un descuido puede arruinar décadas de trabajo”.
También menciona la importancia de mantener y ordenar los senderos que llevan a la Cascada Escondida, un punto emblemático de la zona. “Estaría bueno tirar un poquito de onda ahí también, arreglar los caminos peatonales, mantenerlos. No cuesta tanto si se hace entre todos”.
Un legado que respira entre ramas, agua y memoria
La charla se va apagando con el sonido del río como telón de fondo. Juan se despide como llegó: con humildad y con una claridad que conmueve.
En el fondo, Juan Vargas es eso: Un hombre que sin buscarlo se convirtió en custodio de un paisaje que respira gracias a él, a su familia y a una comunidad que aprendió de su ejemplo.
Un guardián del río.
Un sembrador de árboles.
Un vecino que todavía cree que el bosque vuelve cuando uno lo quiere bien.
Y que, en su orilla, sigue guardando la memoria viva de El Bolsón.