Hay personas que no solo habitan un lugar: lo encarnan. Son testigos silenciosos de sus transformaciones, guardianes de sus recuerdos y narradores de una historia que no figura en los libros. Maruca Arauna es una de ellas. Nacida en 1951, hija y nieta de familias pioneras, criada entre las calles de tierra, las nevadas interminables y los valores de una comunidad pequeña donde todos se conocían, lleva en su memoria gran parte de la historia cotidiana de El Bolsón.
En una nueva entrega del ciclo de entrevistas de Info Cordillera, Maruca abre las puertas de su casa y también las de su corazón. Desde allí comparte recuerdos entrañables, reflexiones profundas y una mirada llena de amor y preocupación por el futuro de la comunidad que la vio nacer.
“Éramos pocos, nos conocíamos todos, nos queríamos todos y nos respetábamos todos”, resume con una sonrisa nostálgica que parece viajar varias décadas hacia atrás.
El trineo, la nieve y un pueblo que parecía eterno
Cuando habla de su infancia, los recuerdos aparecen con una nitidez conmovedora. La nieve ocupa un lugar central en esas imágenes.
Recuerda los inviernos de los años cincuenta, cuando las calles se cubrían completamente de blanco y un personaje muy querido recorría el pueblo con una misión especial. Era don Rubilar, que salía con su máquina fotográfica golpeando las puertas de las casas.
Las familias preparaban a sus hijos con gorros, medias gruesas y ropa de abrigo para subirlos a un trineo de madera construido especialmente para recorrer El Bolsón durante las largas temporadas de nieve.
Maruca todavía conserva aquellas fotografías.
“Era un trineo de madera que había hecho el papá de Irene Rubilar. Recorría prácticamente todo El Bolsón”, recuerda.
En aquellas épocas, dice, la vida tenía otro ritmo. Había menos habitantes, menos apuro y más comunidad. La gente se conocía por nombre y apellido, compartía alegrías y tristezas, y la solidaridad era parte natural de la vida cotidiana.
La escuela que nació en la casa de su abuelo
La educación marcó su destino desde muy pequeña.
La historia de la Escuela 140 está íntimamente ligada a la historia de su propia familia. Su abuelo, convencido de la necesidad de acercar la educación al barrio Obrero, encabezó junto a otros vecinos un pedido al Consejo Provincial de Educación para que se creara una escuela en la zona.
La respuesta llegó meses después: podían enviar docentes, pero era necesario contar con un edificio.
Su abuelo no dudó. “Ofrezco mi casa”, dijo.
Así nació la escuela, funcionando inicialmente en la vivienda familiar hasta que años más tarde se construyó el pequeño edificio de madera que muchos vecinos todavía recuerdan.
Maruca comenzó allí su recorrido educativo cuando apenas tenía cuatro años.
Su casa estaba frente al establecimiento y el entonces director, Fernando Chirone, amigo de la familia, la iba a buscar para que asistiera a clases.
“Venía en triciclo porque si no, no venía”, cuenta entre risas.
Aprendió a leer y escribir antes que la mayoría de los niños de su edad. Tanto que cuando una resolución provincial dispuso que los alumnos debían comenzar la escuela a los siete años, el director decidió modificar la fecha registrada para que pudiera continuar avanzando.
Décadas después, siendo ella misma integrante del equipo directivo de la institución, buscó aquel registro histórico y encontró la corrección realizada sobre su fecha de nacimiento.
La anécdota parece pequeña, pero refleja algo mucho más profundo: una niña enamorada del aprendizaje que jamás abandonó esa pasión.
Epuyén, la naturaleza y una infancia libre
Parte de su niñez transcurrió en Epuyén.
Su padre, constructor de oficio, había conseguido importantes trabajos vinculados a las instalaciones del aserradero Errasti en Epuyén y Puerto Patriada. La familia se trasladó allí y encontró una vida profundamente conectada con la naturaleza.
Aquellos años dejaron una huella imborrable. “Yo agradezco tanto haber estado en contacto total con la naturaleza”, afirma.
Mientras recuerda, aparecen imágenes de animales, huertas, árboles y una vida sencilla que hoy considera fundamental para el desarrollo de cualquier niño.
Sus padres habían construido una pequeña granja que llegó a abastecer camiones provenientes del Valle, donde se cargaban pollos y pavos criados por la familia.
A pesar de la comodidad que habían logrado, Maruca sentía una inquietud que la acompañaría toda la vida: quería estudiar.
Para asistir a clases caminaba seis kilómetros diarios. Tenía apenas siete años.
La distancia nunca fue un obstáculo. Al contrario, fue en aquella escuela donde conoció a quien terminaría definiendo su vocación.
El maestro que cambió su vida para siempre
Hay personas que aparecen en un momento determinado y transforman una existencia.
Para Maruca, esa persona fue Rolando Lexon, un joven maestro de Esquel que no tendría más de veinte años.
Su forma de enseñar era distinta. No imponía miedo, no recurría a los gritos ni a los castigos. Enseñaba desde el afecto.
“Fue el primer docente del que experimenté amor”, recuerda emocionada.
Aquella experiencia marcó un antes y un después.
Al regresar a su casa después del primer día de clases, anunció algo que mantendría durante toda su vida. “Yo quiero ser maestra cuando sea grande”.
No fue un deseo pasajero. Fue una decisión. Y la cumplió.
Los franciscanos y una fe que guía cada paso
Si la educación fue uno de los pilares de su vida, la fe fue el otro.
Criada en una familia profundamente religiosa, acompañó desde pequeña las celebraciones de la iglesia. Recuerda las misas de gallo a medianoche, las ceremonias en latín y la fuerte presencia espiritual que marcó a generaciones enteras.
Con el tiempo ingresó al Magisterio impulsado por los sacerdotes franciscanos, a quienes considera fundamentales en su formación humana.
“Les debo muchísimo”, asegura.
Su espiritualidad continúa siendo una parte central de su existencia. Habla de Dios con naturalidad, como quien conversa sobre alguien cercano.
Para ella, la fe no es una práctica ocasional sino una forma de vivir. Una guía permanente.
La docente que eligió acompañar adolescentes
Su carrera educativa la llevó a trabajar durante dieciocho años en la Escuela de Carpintería.
Allí compartió el día a día con adolescentes, especialmente varones, a quienes recuerda con enorme cariño.
“No hay que mentirles. Hay que decirles la verdad y tratarlos como parte de la familia”, sostiene.
Está convencida de que los jóvenes responden positivamente cuando se sienten escuchados y respetados.
Por eso observa con preocupación algunos cambios que percibe en la educación actual.
No habla desde la crítica fácil, sino desde la experiencia acumulada durante décadas.
Considera que la formación docente, la capacitación permanente y el compromiso pedagógico son fundamentales para construir una sociedad mejor.
“Las paredes pintadas no garantizan una buena educación”, reflexiona.
El dolor de ver cambiar el paisaje amado
Cuando la conversación gira hacia el presente de El Bolsón, la emoción cambia de tono. Aparece la nostalgia. También cierta tristeza.
Maruca escribe poesías y muchas de ellas nacieron precisamente de esa sensación de pérdida.
Habla de los árboles talados, de los rosales que desaparecieron de las calles, de los paisajes que ya no son los mismos.
“Te estás quedando desnudo, El Bolsón”, escribió alguna vez. Sin embargo, no rechaza el progreso. Entiende que las ciudades cambian. Comprende que el crecimiento trae desafíos.
Lo que le duele es que a veces ese crecimiento parezca olvidar aquello que hizo especial al lugar.
Los incendios que dejan heridas abiertas
Si hay algo que la conmueve profundamente son los incendios forestales que han golpeado a la región.
Su voz se quiebra cuando habla de los bosques arrasados por el fuego.
“Es una tristeza enorme”, dice.
Para alguien que creció rodeada de montañas, árboles y naturaleza, observar la destrucción del paisaje significa mucho más que perder vegetación.
Es perder memoria. Perder identidad. Perder parte de la herencia que debería llegar intacta a las futuras generaciones.
Sus hijos, el mayor orgullo de toda una vida
Cuando se le pregunta por el momento más feliz de su existencia, la respuesta llega sin titubeos. “Mis hijos”.
Mauro Darío Peña y Sebastián son el centro de su orgullo. Habla de ellos con una mezcla de ternura y admiración.
No destaca logros materiales ni éxitos profesionales. Lo que más valora es otra cosa. La compañía. La presencia. El amor cotidiano.
“Me acompañan, me atienden, están al servicio mío”, cuenta emocionada.
Y en esa frase se resume una parte importante de su historia: una mujer que dedicó su vida a educar, acompañar y cuidar, recibiendo hoy el mismo amor de quienes ayudó a formar.
La incertidumbre por el futuro y la esperanza intacta
A sus 75 años, Maruca sigue pensando en el futuro. No tanto en el propio. Piensa en los jóvenes. Piensa en los niños que nacen hoy. Piensa en el mundo que les estamos dejando.
“Cuando veo una embarazada pienso: ¿qué mundo le vamos a dejar a este niño?”, confiesa.
No habla desde el pesimismo sino desde la responsabilidad.
Cree que todavía hay tiempo para construir una sociedad más humana, más solidaria y más consciente.
Insiste en la importancia del ejemplo, de los valores y del compromiso de los adultos. Porque, según dice, las palabras por sí solas no alcanzan. “El testimonio de vida es lo más importante.”
Una mujer que sigue enseñando
La entrevista termina, pero las enseñanzas de Maruca permanecen.
En sus recuerdos habita esel El Bolsón de las nevadas eternas, de los trineos de madera y de los vecinos que compartían todo. En sus reflexiones aparecen las preocupaciones de una docente que dedicó décadas a formar generaciones. Y en su mirada se percibe el amor incondicional de quien jamás dejó de creer en las personas.
Maruca Araura es mucho más que una vecina nacida y criada en la comarca.
Es un puente entre el pasado y el presente.
Una memoria viva de la comunidad.
Una mujer que sigue enseñando incluso después de haber dejado el aula.
Y quizás por eso sus palabras resuenan con tanta fuerza cuando habla del mañana:
“Tenemos que dejarles un mundo mejor a los que vienen. Mucho más humano.”
Porque en tiempos de cambios acelerados, de incertidumbres y de urgencias, voces como la suya recuerdan algo esencial: que el verdadero progreso nunca debería alejarnos de aquello que nos hace humanos.