Hay personas que trabajan para el turismo y hay otras que, además, sienten que cada recorrido es una oportunidad para contar quiénes somos. Matías Arias pertenece a ese segundo grupo. Nació en El Bolsón, creció entre montañas, chacras, historias familiares y paisajes que para muchos visitantes resultan extraordinarios, pero que para quienes viven aquí pueden convertirse, con el paso de los años, en parte de la rutina.
Sin embargo, Matías aprendió a mirar nuevamente aquello que siempre estuvo cerca. Desde su trabajo en la Oficina de Turismo de El Bolsón, desde las guiadas en el Cerro Perito Moreno, desde los recorridos históricos y también junto a niños y jóvenes de las escuelas de la Comarca, fue construyendo una manera particular de ejercer el turismo: con sensibilidad, memoria y una profunda convicción de que para cuidar un lugar primero hay que conocerlo.
En una nueva entrevista del ciclo de Info Cordillera, Matías repasó su historia personal, sus primeros pasos laborales, la decisión de estudiar Guía de Turismo Regional, el vínculo con las escuelas, la importancia de recuperar los saberes de los antiguos pobladores, los desafíos de hacer un turismo accesible y hasta aquel rincón de la Comarca que considera su lugar en el mundo.
Y la respuesta a esta última pregunta probablemente sea una de las que mejor resume toda su historia: su lugar favorito no es un cerro, un río ni un lago. Es su casa.
Una partida inesperada que terminó abriendo un camino
Matías nació en El Bolsón en 1987 y allí hizo la escuela primaria y secundaria. Su historia, sin embargo, comenzó a tomar otro rumbo cuando terminó el secundario, en 2006, con apenas 17 años. Como tantos jóvenes de la localidad, se encontró con una realidad concreta: para estudiar una carrera debía pensar en trasladarse a otras ciudades.
Bariloche, Córdoba o Buenos Aires aparecían como posibilidades, pero también implicaban un esfuerzo económico que su familia no estaba en condiciones de afrontar. Matías viene de una familia trabajadora y recuerda que, al igual que sus hermanos, tampoco tenía la posibilidad de irse a estudiar lejos.
Entonces apareció el viaje de egresados y, casi de casualidad, una oportunidad que terminaría marcando su vida. Viajó con sus compañeros a Las Grutas y allí, mientras disfrutaba de aquellos días junto a sus amigos, consiguió trabajo en un hotel.
La propuesta surgió de una conversación y de una prueba. Una mujer que trabajaba en el lugar observó cómo se desempeñaba Matías y quedó conforme con su trabajo. En ese momento estaba como barman en el Hotel Comarca, que con el tiempo cambió de nombre, y aquella experiencia podía convertirse en una puerta de entrada al mundo laboral.
Cuando Matías le contó que era de El Bolsón y que acababa de terminar la secundaria, la mujer prácticamente no podía creerlo. La temporada estaba a punto de comenzar y ella necesitaba gente para trabajar. Entonces le hizo una propuesta concreta: si regresaba en determinada fecha, el puesto sería suyo.
La noticia implicaba volver a El Bolsón para hablar con su familia y tomar una decisión. Y la reacción de su mamá fue la que probablemente habría tenido cualquier madre al escuchar que su hijo, con apenas 17 años, quería volver a irse lejos para trabajar.
Matías recuerda con humor que su mamá “me quería colgar en el Cerro Piltriquitrón”. Pero después de aquel primer impacto, llegó el apoyo familiar. Volvió a Las Grutas, trabajó y comenzó así un recorrido que, sin saberlo, lo llevaría a conocer distintos lugares y a descubrir algo que todavía no tenía del todo claro: quería estudiar.
El turismo apareció como una vocación
Durante un tiempo viajó, conoció Córdoba, Salta, regresó a Las Grutas y volvió a El Bolsón. También tuvo dudas sobre qué camino seguir. Siempre había sentido interés por lo físico, por la actividad, por las montañas y por todo aquello que tuviera relación con el movimiento y la naturaleza.
Incluso llegó a pensar en estudiar Profesorado de Educación Física. Pero el turismo comenzó lentamente a ganar terreno. No fue una decisión inmediata ni una vocación que apareciera de un día para el otro. Fue más bien un proceso, una serie de experiencias que terminaron encontrando un punto de encuentro.
Ese punto llegó en 2010, cuando en El Bolsón comenzó una carrera de Guía de Turismo Regional. Para Matías fue una posibilidad que hasta ese momento no había tenido: estudiar una profesión vinculada con su lugar, sin tener que alejarse nuevamente de su familia.
La carrera duró aproximadamente dos años y medio y en 2012 se recibió. Desde entonces, comenzó un camino profesional que todavía continúa y que lo llevó a trabajar en diferentes ámbitos relacionados con el turismo, la educación y la atención al visitante.
Pero también encontró una dificultad: hacer de la guiada una actividad que permita vivir exclusivamente de ella todavía no resulta sencillo en la Comarca.
Un oficio que todavía está germinando
Matías entiende que El Bolsón es una localidad joven si se la compara con otros destinos turísticos de la región. Bariloche, por ejemplo, tiene una trayectoria turística mucho más consolidada y una estructura donde la figura del guía se encuentra profundamente instalada.
En El Bolsón, en cambio, esa profesión todavía está creciendo. “Está germinando recién”, explica Matías, quien forma parte de la Asociación de Guías de la Comarca Andina del Paralelo 42, cuya presidenta es Zulma Crespo y donde también participan otros colegas y amigos de la región.
Ese crecimiento permitió que, con el paso de los años, comenzara a romperse parte de la histórica estacionalidad. Aun así, Matías reconoce que todavía no puede vivir exclusivamente de las guiadas.
Su actividad se distribuye entre distintos trabajos. Durante determinados momentos participa de recorridos vinculados a los tulipanes y también es contratado por algunos alojamientos que ya conocen su labor. Pero existe otra faceta que para él tiene un significado especial: el turismo educativo.
Trabaja con escuelas primarias, secundarias e incluso jardines de infantes. Y allí aparece uno de los aspectos más conmovedores de su historia profesional: a las escuelas locales de la Comarca no les cobra.
Lo hace de manera ad honorem, convencido de que el conocimiento del territorio no debería convertirse en una barrera para los chicos que viven justamente en ese territorio.
Enseñar a conocer para aprender a cuidar
Hace pocos días, Matías volvía a recorrer la zona acompañado por un grupo de niños. La escena puede parecer sencilla: un guía, un grupo de alumnos y un paisaje que los habitantes de la Comarca ven todos los días.
Pero para él hay mucho más detrás.
La idea es que los chicos puedan descubrir aquello que tienen alrededor, entender su valor y, fundamentalmente, desarrollar un vínculo con el lugar donde viven. Porque, según su propia mirada, nadie puede cuidar verdaderamente aquello que no conoce.
“Si una persona no conoce, no puede cuidar. No cuida lo desconocido”, resume.
Por eso comenzó de a poco, tratando de sembrar una semilla en las escuelas. Con el tiempo, diferentes establecimientos comenzaron a volver a llamarlo para continuar con las visitas y los recorridos.
El objetivo no es simplemente enseñar nombres de plantas, señalar una montaña o contar una historia. La intención es mucho más profunda: que los niños puedan reconocer que detrás de cada paisaje existe un recurso, una historia, una familia y muchas veces también una posibilidad de trabajo.
Cuando una manzana se transforma en una oportunidad
En esas recorridas aparece otro aspecto del turismo que Matías considera fundamental. El turismo no necesariamente tiene que significar grandes emprendimientos o inversiones millonarias. También puede comenzar en una chacra, en un árbol, en una receta familiar o en una producción que durante años permaneció puertas adentro.
Recuerda conversaciones con vecinos que tienen una chacra y, en determinados momentos, atraviesan dificultades laborales. Allí aparece una pregunta sencilla: ¿qué tienen?
Tal vez tengan manzanas. Y esas manzanas pueden transformarse en jugo, en dulce o en otro producto. Quizás tengan frambuesas, nueces u otros frutos que forman parte del paisaje productivo de la zona.
La tarea del guía, entonces, también puede consistir en ayudar a mirar esos recursos de otra manera. “Pensamos que no tenemos nada y tenemos un montón”, dice Matías.
La frase resume buena parte de su filosofía. Porque muchas veces aquello que para una familia es simplemente un nogal heredado, una chacra o un árbol frutal puede convertirse, con creatividad y acompañamiento, en parte de una experiencia turística y productiva.
Y eso también es desarrollo local.
Historias que viven en las familias
Hay algo más que Matías lleva consigo cada vez que cuenta la historia de El Bolsón: la memoria de su propia familia.
En sus recorridos aparecen los nogales, por ejemplo, y detrás de ellos las historias de quienes los plantaron. Cuenta que algunos fueron plantados por inmigrantes italianos en la década del 60. Pero esa información histórica adquiere otra dimensión cuando un vecino escucha el relato y recuerda que su mamá o su abuela recolectaban nueces para consumo familiar.
Ahí, una guiada deja de ser solamente una explicación turística.
Puede convertirse en un recuerdo.
Puede despertar una idea.
Puede incluso terminar transformándose en un emprendimiento.
Matías ya se encontró con exalumnos que años después le dijeron que recordaban aquellas guiadas y que habían comenzado a elaborar dulces junto a sus abuelas para vender. Para él, esos pequeños resultados tienen un enorme valor.
“A mí me llena el alma”, reconoce.
Porque detrás de una fruta, de un árbol o de un antiguo oficio existe una historia que puede volver a cobrar vida.
El legado de los antiguos pobladores
Su forma de contar la Comarca también está atravesada por personas que dejaron huella en su vida. Docentes, historiadores, periodistas, familiares y vecinos que le transmitieron conocimientos que no siempre aparecen en los libros.
Habla de docentes que antiguamente recorrían la zona a caballo o en carreta junto a sus alumnos. Habla de oficios, de la cal, de quienes trabajaban la piedra y de personas que hicieron posible levantar construcciones en una época en la que todo requería esfuerzo físico y una enorme capacidad de trabajo.
Entre esas historias aparece la de su bisabuelo, que era calero.
Y aparece también su bisabuela, Corina Aguilera, una mujer que llegó a los 105 años y de quien Matías recibió innumerables relatos. Su nombre, además, permanece ligado a la historia de la ciudad: una calle lleva su nombre y también existe un espacio conocido como el Puente de los Aplausos.
Para Matías, esa memoria familiar no es una anécdota decorativa. Es parte de lo que intenta transmitir cuando habla de El Bolsón.
Una historia familiar que sorprendió a un historiador
Hay un episodio que Matías recuerda especialmente de su etapa como estudiante de guía de turismo.
Durante una clase, el profesor Domingo Matamala, a quien recuerda con enorme respeto, estaba contando una anécdota basada en sus investigaciones y sus libros. Matías conocía aquella historia, pero desde otro lugar.
La había escuchado en su familia.
Entonces decidió contarla, pero desde la mirada y los recuerdos de su abuela.
La reacción de Matamala fue inmediata. Se sorprendió por la precisión de los datos que Matías aportaba y le preguntó cómo conocía aquella información.
La respuesta fue sencilla: se la había contado su abuela.
Para Matías, ese momento tuvo un significado especial. Comprendió que dentro de su propia familia existía un enorme patrimonio de conocimientos que debía ser preservado y transmitido.
También recuerda a otros referentes que fueron importantes en su formación, como el periodista e historiador Hugo Alsina. Personas que, desde diferentes ámbitos, ayudaron a construir una mirada sobre la historia local.
Por eso, cuando Matías habla de turismo, no habla únicamente de atractivos. Habla de plantas, árboles, oficios, familias, docentes, trabajadores y memorias.
Habla de todo aquello que convierte a un lugar en algo mucho más profundo que una postal.
Turismo para todos: el desafío de la accesibilidad
Su trabajo también lo llevó a pensar en aquellos visitantes que muchas veces encuentran dificultades para disfrutar de los destinos turísticos.
Por eso, en uno de los recorridos históricos que realiza, cuenta con un mapa escrito en braille, pensado especialmente para personas con discapacidad visual.
La iniciativa forma parte de una búsqueda más amplia: que nadie quede afuera de la experiencia de conocer El Bolsón.
Matías tuvo la oportunidad de atender y guiar a personas con diferentes discapacidades, tanto visuales como motrices. Para él, cada situación representa un desafío, pero también una oportunidad para aprender.
Recuerda especialmente a un grupo de tres personas no videntes que guió en un recorrido.
En ese caso, tuvo que recurrir a otros sentidos. El tacto, los aromas y las texturas pasaron a ocupar un lugar central. Durante una actividad de reconocimiento de flora encontraron un arrayán.
Matías les explicó sus características y, entre otras cosas, apareció su aroma frutal.
La respuesta de los visitantes quedó grabada en su memoria: conocían el arrayán, pero nunca les habían explicado que tenía ese particular aroma.
Fue un pequeño descubrimiento, pero para Matías esos son precisamente los momentos que justifican el esfuerzo.
Capacitación: una necesidad para una Comarca que quiere crecer
El guía también considera fundamental profundizar la capacitación de quienes trabajan en el sector turístico. En momentos en que se debate la necesidad de formar profesionales en hotelería, gastronomía y guiado, entiende que la preparación permanente es indispensable.
Desde el área de turismo municipal, señala, existe una búsqueda constante de capacitación. Los trabajadores reciben formación y participan de encuentros que permiten incorporar herramientas nuevas.
Menciona capacitaciones relacionadas con la montaña y experiencias en las que participaron integrantes de organismos y equipos vinculados con la seguridad y la emergencia, entre ellos personal de la patrulla de montaña, Protección Civil y referentes de distintos ámbitos.
La idea es clara: un destino turístico no se construye solamente con paisajes.
También necesita personas preparadas para recibir, informar, acompañar y responder ante las diferentes situaciones que pueden presentarse.
Representar a El Bolsón: orgullo y responsabilidad
El trabajo de Matías también le permitió salir de la Comarca para representar a El Bolsón en ferias, encuentros y eventos, incluso en espacios de alcance nacional e internacional.
Cada vez que recibe esa responsabilidad, dice sentir primero orgullo y después un profundo agradecimiento por la confianza depositada en su trabajo.
Representar a El Bolsón, para alguien nacido y criado en la localidad, no es simplemente viajar y hablar de un destino.
Es hablar de su casa.
Es contar qué hay detrás de cada producto.
Es explicar de dónde sale una frutilla, una frambuesa o el lúpulo. Es recordar que ninguno de esos productos aparece mágicamente en una góndola.
“Sale de la tierra, sale de las plantas. Del trabajo de los vecinos”, explica.
Y allí vuelve a aparecer una de las ideas centrales de toda su mirada: mostrar aquello que muchas veces permanece invisible.
El trabajo que no aparece en la postal
Cuando se habla de turismo, es fácil quedarse con la imagen del verano, los frutos, los visitantes y los paisajes llenos de gente.
Pero Matías quiere contar también lo que ocurre antes.
Mientras los turistas disfrutan de una frambuesa o una fruta de estación, hubo personas trabajando durante meses para que esa producción exista.
Y hoy, en pleno invierno, mientras la nieve, el hielo y el frío forman parte del paisaje, hay productores que continúan trabajando, trasplantando plantas y preparando la próxima temporada.
Ese esfuerzo, explica Matías, muchas veces no se ve.
Por eso, cuando tiene la oportunidad de hablar en una feria, intenta contarlo.
Porque detrás de un producto turístico hay un trabajador, una familia, una chacra, una temporada entera y muchas horas de esfuerzo.
Para él, reconocer ese trabajo también es una forma de hacer turismo.
El rincón favorito no es un atractivo turístico
Hacia el final de la conversación aparece una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuál es su rincón favorito de la Comarca Andina?
La respuesta sorprende.
No elige el Cerro Piltriquitrón. No elige el río Azul. No elige Lago Puelo, El Hoyo, El Maitén ni ninguno de los tantos lugares que conoce y recorre.
Matías responde: su casa.
Y no lo dice como una manera de evitar la pregunta. Lo explica.
Hace pocos días pudo concretar algo que para él era importante: instalar gas en su vivienda. Allí tiene sus frutillas, sus frambuesas, un nogal, almendros y una vista hacia la cordillera, el Cerro Lindo y el Piltriquitrón.
Pero sobre todo tiene a su hijo.
Y es allí donde vuelve a aparecer el vínculo entre naturaleza, familia y educación. Cuenta que su hijo ya reconoce el canto de algunas aves, como el pájaro carpintero, y que observa especies como el diucón.
En esa escena doméstica, quizás más que en cualquier feria turística, se encuentra la esencia de todo lo que Matías intenta transmitir.
“Mi casa es mi rincón en la Comarca”
El entrevistador le recuerda que muchas veces los habitantes de la Comarca no alcanzan a dimensionar el lugar extraordinario en el que viven.
Matías coincide.
Reconoce que es difícil elegir un solo paisaje entre tantos sitios hermosos que forman parte de la región. Está el Cerro Piltriquitrón, el río Azul, Lago Puelo, El Hoyo, El Maitén y tantos otros rincones que fue descubriendo incluso después de haber vivido toda su vida aquí.
Cuenta, por ejemplo, que recientemente conoció un hermoso pozón cercano al río Azul por el que había pasado cientos de veces sin saber que estaba allí.
La experiencia le confirmó algo que parece contradictorio pero que define a quienes habitan lugares turísticos: uno puede vivir toda la vida en un sitio y todavía tener cosas nuevas por descubrir.
La Comarca sigue revelando rincones.
La naturaleza sigue sorprendiendo.
Las historias familiares siguen apareciendo.
Y el trabajo de quienes conocen, recorren y cuentan ese territorio ayuda a que también los demás puedan verlo con otros ojos.
Por eso, cuando insiste en que su lugar favorito es su casa, no está hablando solamente de cuatro paredes.
Está hablando del árbol que plantó alguien antes, de la fruta que crece en el patio, de la montaña que aparece detrás, de las aves que escucha su hijo, de las historias que le contaron sus abuelos y de una identidad construida durante generaciones.
Una semilla para el futuro
La historia de Matías Arias es, en definitiva, la historia de un joven que alguna vez terminó la secundaria y se fue de viaje casi “a la suerte de Dios”, consiguió un trabajo inesperado en Las Grutas y comenzó un recorrido que lo llevó a estudiar, conocer otros destinos y regresar una y otra vez a su lugar de origen.
Pero también es la historia de alguien que comprendió que el turismo puede ser mucho más que mostrar un paisaje.
Puede ser educación.
Puede ser memoria.
Puede ser accesibilidad.
Puede ser trabajo.
Puede ser una oportunidad para que una familia descubra que las manzanas de su chacra pueden transformarse en un producto, que las nueces de un viejo árbol tienen una historia y que los conocimientos de una abuela pueden ser tan valiosos como los que aparecen en un libro.
Y, sobre todo, puede ser una herramienta para enseñar a cuidar.
Porque quizás allí esté la idea que atraviesa toda su historia: no alcanza con vivir en un lugar hermoso. Hay que conocerlo, comprenderlo y valorarlo.
Matías eligió hacer de esa convicción su profesión.
Y mientras continúa recibiendo turistas en la Oficina de Turismo, acompañando visitantes en el Cerro Perito Moreno, recorriendo senderos con estudiantes, contando historias de antiguos pobladores o representando a El Bolsón lejos de la Comarca, sigue haciendo lo mismo que comenzó a hacer casi sin darse cuenta: sembrar una semilla.
Una semilla de conocimiento.
Una semilla de identidad.
Una semilla de amor por la tierra.
Porque tal vez, después de todo, el verdadero desafío del turismo no sea conseguir que alguien visite una vez un lugar, sino lograr que, después de conocerlo, quiera cuidarlo para siempre.
Y Matías lo tiene claro: en esta Comarca no falta nada.
Muchas veces, simplemente, nos falta detenernos a mirar.
Porque pensamos que no tenemos nada y, cuando aprendemos a mirar con otros ojos, descubrimos que tenemos un montón.