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Javier Iturriaga, el hombre que eligió echar raíces en la Patagonia para ayudar a sanar el bosque

Después de vivir de cerca dos incendios forestales y sentir en primera persona el dolor de una Comarca herida por el fuego, impulsó Reforestar Patagonia, una iniciativa que une actividad física, turismo sostenible y plantación de árboles nativos. “Lo posible ya lo estamos haciendo, y lo imposible va a llevar un poco más de tiempo, pero lo vamos a lograr”, afirma.

Sabado, 17 de octubre de 2026 a las 09:08

Hay experiencias que cambian el rumbo de una vida y otras que, además, dejan una marca imposible de borrar. Para Javier Iturriaga, el fuego que arrasó parte de la Comarca Andina no fue solamente una tragedia ambiental que se veía en las noticias o una preocupación compartida por los habitantes de la región. Fue una experiencia vivida desde adentro, en medio de la incertidumbre, con personas que necesitaban encontrar un lugar seguro, familias que no sabían qué estaba pasando y un paisaje que, al día siguiente, mostraba las huellas de una devastación difícil de poner en palabras.

De esa experiencia, del amor por la naturaleza que lo acompaña desde la infancia y de la convicción de que las pequeñas acciones pueden convertirse en grandes cambios nació Reforestar Patagonia, una propuesta que busca transformar la preocupación en compromiso concreto. La iniciativa propone que cada participante de sus eventos deje una huella diferente: no una marca sobre el suelo, sino un árbol nativo que contribuya a recuperar los ambientes afectados por los incendios.

La idea se resume en una frase que tiene tanto de invitación como de declaración de principios: “Tus pasos regeneran el bosque”. Detrás de esas palabras hay una historia familiar, una mudanza que cambió el horizonte de sus protagonistas, décadas de trabajo vinculadas con el deporte y la educación, una experiencia turística golpeada por los incendios y, sobre todo, la decisión de no quedarse de brazos cruzados frente a una realidad que duele.

En diálogo con Info Cordillera, en el marco de este ciclo de entrevistas, Javier compartió el recorrido personal que lo llevó hasta la Patagonia, recordó los momentos más difíciles que atravesó durante los incendios y explicó por qué considera que la recuperación del bosque también depende de la capacidad de una comunidad para encontrarse, organizarse y trabajar en conjunto.

 

Una infancia ligada a la naturaleza y una vida construida alrededor del deporte

Javier nació en Buenos Aires hace 53 años y pasó su infancia en el campo, en el conurbano bonaerense. Aquellos primeros años, rodeado de naturaleza, fueron construyendo un vínculo que con el tiempo se convertiría en una parte central de su identidad. También fue scout durante muchos años, una experiencia que, según reconoce, deja enseñanzas que acompañan toda la vida.

“Uno nunca deja de ser scout para siempre”, recuerda. No lo dice como una frase hecha, sino como una manera de explicar una relación con el entorno, con los demás y con el compromiso colectivo que siguió presente en las distintas etapas de su camino.

Otra de sus grandes escuelas fue el club. Desde los siete años estuvo ligado al Club Tamberos Unidos, en Tristán Suárez, una institución fundada por tamberos de la zona. Allí pasó buena parte de su infancia, adolescencia y juventud, en un ambiente donde el básquet ocupaba un lugar fundamental y donde comenzó a descubrir que el deporte podía ser mucho más que una actividad física.

El club fue también el lugar donde dio sus primeros pasos como asistente de entrenador. A los 18 años, el Mundial de Básquet disputado en la Argentina y una clínica de entrenadores de la NBA, en la que recuerda la presencia de Larry Brown, despertaron todavía más su interés por la formación deportiva. Conserva incluso la carpeta y la remera que recibió en aquella oportunidad, recuerdos materiales de una etapa que terminó marcando su futuro profesional.

También participó de las primeras instancias de formación vinculadas con el entrenamiento, incluido el primer Congreso Argentino que recuerda por una particularidad: su mascota era un ñandú. Esos encuentros le dieron herramientas que después trasladaría a las canchas y a los grupos con los que trabajó durante décadas.

Tras comenzar el profesorado de Educación Física, Javier desarrolló una extensa trayectoria como entrenador de básquet, especialmente en la rama femenina. Durante casi 30 años trabajó en distintos clubes de la zona sur del Gran Buenos Aires, entre Lanús y Cañuelas, pasando por cuatro o cinco instituciones en las que permanecía dos o tres años antes de continuar su recorrido.

El deporte, la enseñanza y el trabajo en equipo fueron así definiendo una manera de relacionarse con el mundo. Mucho antes de imaginar que terminaría organizando actividades para colaborar con la regeneración del bosque patagónico, ya había aprendido que los objetivos colectivos necesitan compromiso, constancia y personas dispuestas a poner el cuerpo.

 

La pandemia, el reencuentro con la naturaleza y el nacimiento de un proyecto turístico

El vínculo con los espacios naturales nunca desapareció. Durante la secundaria, un profesor había organizado un grupo de campamentos y, con el paso de los años, Javier continuó incorporando salidas al aire libre a sus actividades. En los grupos de entrenamiento que coordinaba, los viajes y las experiencias compartidas en la naturaleza también tenían un lugar importante.

La pandemia modificó muchas de las rutinas y obligó a buscar nuevas maneras de encontrarse. Junto con otro profesor comenzó a organizar entrenamientos a distancia y, cuando la situación permitió volver a las actividades presenciales, surgió una pregunta que terminaría abriendo una puerta inesperada: ¿cómo reunir a las personas en espacios abiertos y recuperar el contacto con el entorno?

La respuesta fue empezar a ordenar y sistematizar aquellas experiencias que ya venían realizando. Así nació Río Azul Turismo de Naturaleza, una pequeña empresa turística que organiza recorridos y excursiones por distintos puntos del país.

El emprendimiento llegó a participar en dos oportunidades del programa PreViaje y llevó grupos de visitantes a distintos destinos, entre ellos El Bolsón. Durante aquellos viajes, Javier y su familia comenzaron a conocer cada vez mejor la región, mientras el paisaje y la vida en la Comarca despertaban una atracción que crecía con cada visita.

No viajaban solamente por trabajo. También aprovechaban para disfrutar del lugar y pasar tiempo juntos. En ese proceso, sus hijas comenzaron a expresar una idea que se repetía una y otra vez: querían quedarse a vivir en la Patagonia.

Su esposa, Nancy, es su compañera desde la adolescencia. Llevan 36 años juntos, una historia compartida que atravesó cambios, proyectos y decisiones importantes. Javier la define con admiración y agradecimiento: “Es una genia”, dice, al destacar que estaba allí, acompañándolo y apoyando esta nueva etapa.

La familia está integrada también por sus dos hijas. Florencia, la mayor tiene 25 años, vive en Buenos Aires con su novio y trabaja mientras completa sus estudios de Relaciones Públicas en la Universidad de Lomas de Zamora. En el momento de la entrevista estaba por rendir uno de los últimos exámenes de su carrera. La menor, Isabela, que estaba próxima a cumplir 17 años, se instaló con sus padres en la Patagonia.

La decisión de mudarse no surgió de un día para otro, aunque hubo un momento en el que todo pareció acomodarse. Javier trabajaba como director de una escuela secundaria en Lomas de Zamora, una institución de primera categoría que tenía más de 600 estudiantes.

El compromiso con la comunidad educativa era intenso. Desde la escuela y junto con docentes, familias y el municipio, habían impulsado mejoras, pintado las instalaciones y sostenido talleres y distintas actividades. Sin embargo, la falta de recursos y las dificultades para gestionar las necesidades cotidianas desde los niveles superiores fueron generando un desgaste cada vez mayor.

En el equipo directivo, que debería contar con más integrantes para una institución de esas dimensiones, habían quedado solamente él y el secretario. La responsabilidad era enorme y las exigencias crecían, mientras los recursos necesarios no siempre llegaban.

Durante las vacaciones de invierno de 2024, después de terminar de pintar la escuela y atravesar diferencias con un inspector, Javier sintió que había llegado el momento de tomar una decisión. Ya habían visitado la zona y, durante un viaje anterior, su hija había manifestado con claridad sus ganas de instalarse allí.

Entonces se lo planteó a Nancy. La respuesta fue inmediata: si se iban, había que hacerlo. Javier se sentó frente a la computadora, compró los pasajes y, apenas tres días después, ambos emprendieron el viaje para recorrer la región y buscar un lugar donde instalarse.

Visitaron distintos sitios, entre ellos Puerto Patriada y Lago Puelo, hasta encontrar una cabaña que reunía las condiciones que necesitaban: amueblada, cerca del centro y de una escuela. La decisión ya no era solamente una posibilidad conversada durante las vacaciones. Tenía una dirección, una fecha y un proyecto familiar detrás.

Al mes siguiente, Javier pidió licencia y se mudó con su familia. La Patagonia dejó de ser ese lugar al que llegaban para trabajar, hacer excursiones y disfrutar de unos días de descanso. Se convirtió en su casa, en el paisaje cotidiano que habían elegido para construir una nueva etapa de sus vidas.

 

El incendio de 2025: una salida de montaña que terminó en una evacuación desesperante

La relación de Javier con el fuego cambió para siempre durante el Incendio de Confluencia en el año 2025. No lo vivió desde un lugar distante ni como alguien que solamente observaba la emergencia. Estaba recorriendo la montaña con un grupo cuando comenzó a advertir que algo grave estaba ocurriendo.

Era el último día de una actividad por el Camino Troncal del ANPRALE, durante un recorrido por los refugios. El grupo descendía y estaba cerca del “Mirador de los Piches” cuando se cruzó con jóvenes que trabajaban con cabalgatas. Fueron ellos quienes les advirtieron que regresaran porque había fuego.

Eran aproximadamente las tres y media de la tarde y hacía mucho calor. Javier, que estaba acompañado por un guía, decidió avanzar unos metros para tratar de comprender qué sucedía, mientras les indicaba a los demás que comenzaran a regresar.

A unos 200 metros encontró a otro joven que estaba con su novia. Ambos intentaban apagar una fogata encendida directamente sobre el suelo, donde habían quedado maderas cruzadas que, según pudieron advertir, habían sido utilizadas como antorchas y arrojadas después hacia abajo, en dirección a la ladera de la montaña.

Se detuvieron a colaborar para apagar los restos del fuego. Pero la preocupación iba creciendo y Javier quiso avanzar un poco más para evaluar la situación. Corrió hasta el mirador y allí se encontró con una escena que no dejaba demasiado margen para la tranquilidad: el humo era intenso y el ruido del fuego se escuchaba con fuerza.

No sabía qué podía encontrar más adelante ni cómo estaba la situación en otros sectores. Volvió sobre sus pasos y continuó intentando apagar los restos de la fogata, hasta que advirtió que el fuego parecía estar rodeándolo.

En ese momento aparecieron dos o tres hombres que llevaban motosierras y llegó también un responsable del SPLIF en un cuatriciclo. Después de evaluar lo que ocurría, la indicación fue clara: debían retirarse de inmediato.

Javier subió al cuatriciclo, recuperó su mochila y descendió hasta el sector conocido por Los Pozones. Allí estaba Claudio, el responsable del lujar junto con su familia, desesperado porque el fuego avanzaba, mientras el grupo de Javier también comenzaba a llegar.

La situación exigía tomar decisiones rápidas. A través de la coordinación con personal del SPLIF, recibieron indicaciones para rodear el río Azul y comenzar a levantar a las personas que encontraran durante el camino. Como el grupo contaba con equipos de comunicación y estaba organizado, empezaron a reunir gente para dirigirse hacia La Playita.

Pero, cuando ya avanzaban con esa idea, apareció una persona en una motocicleta para advertirles que no debían doblar hacia ese sector porque el viento había cambiado de dirección. El plan tuvo que modificarse nuevamente.

Finalmente llegaron al refugio La Playita, donde se concentraron 368 personas. La cifra ayuda a dimensionar lo que significó aquella jornada: cientos de visitantes y caminantes reunidos en un mismo lugar, con información cambiante, preocupación por lo que podía suceder y la necesidad urgente de saber cómo continuar.

En medio de esa incertidumbre hubo un elemento que les permitió comunicarse con sus familias. Durante un período se habilitó el servicio de Starlink y algunos pudieron enviar mensajes en tiempo real para avisar que estaban allí y contar qué estaba pasando.

Para Javier, esa posibilidad fue importante porque después supieron que muchas familias habían recibido noticias de manera tardía o fragmentada. La falta de información clara multiplicaba la angustia de quienes esperaban saber si sus seres queridos estaban a salvo.

La emergencia dejó al descubierto, además, una preocupación que todavía considera pendiente: la falta de protocolos suficientemente claros para afrontar una evacuación de esa magnitud en los senderos y refugios de montaña.

Javier reconoce y valora la predisposición de los voluntarios, de las personas que estaban en los refugios y de quienes se organizaron espontáneamente para ayudar. Sin embargo, entiende que la voluntad individual, por más importante que sea, no puede reemplazar una planificación que permita actuar con rapidez, transmitir instrucciones precisas y evitar que cada persona tenga que interpretar por su cuenta qué hacer.

En un escenario tan delicado, los mensajes circulaban a través de los teléfonos de quienes recibían alguna novedad, especialmente de integrantes de la comunidad. Cada uno intentaba ayudar como podía, pero no siempre había una referencia única que permitiera ordenar las decisiones.

El recuerdo de Javier no se limita al momento de la evacuación. También incluye las horas posteriores, cuando el peligro seguía presente y nadie tenía certezas sobre cuánto tiempo deberían permanecer allí.

 

Una olla comunitaria, ropa prestada y la solidaridad frente al miedo

Cuando cayó la noche, la preocupación por el fuego convivió con necesidades mucho más inmediatas. Entre las personas que habían llegado a la playita había visitantes que habían salido a caminar por el día, sin imaginar que terminarían atravesando una emergencia de esas características.

Algunos estaban en ojotas, con musculosas y sin ropa de abrigo suficiente. Otros habían comenzado el descenso sin llevar alimentos porque estaban terminando una excursión. Lo que hasta unas horas antes había sido una salida recreativa se había transformado en una situación en la que compartir lo poco que cada uno tenía podía hacer una diferencia enorme.

Javier recuerda que ellos también estaban bajando y que apenas contaban con algunas galletitas. Pero las provisiones de cada grupo comenzaron a reunirse, mientras los trabajadores del refugio y otras personas aportaban lo que tenían disponible.

Con esos recursos improvisaron una olla comunitaria para que todos pudieran cenar. No se trataba solamente de resolver el hambre. En medio de la incertidumbre, preparar comida entre varias personas era también una manera de recuperar algo de calma, organizarse y sentirse acompañados.

La solidaridad se extendió a la ropa y al lugar donde pasar la noche. Hubo que repartir prendas de abrigo y bolsas de dormir. Javier prestó un pantalón y otras personas ofrecieron elementos que podían servirles a quienes habían quedado sin lo necesario para afrontar el frío.

La situación de los refugios también fue compleja. Al principio, algunos se habían instalado cerca del río, pero después se pidió desarmar las carpas ante la posibilidad de que el fuego avanzara. La información llegaba de manera irregular y las decisiones cambiaban según las novedades que recibían.

Más tarde, cuando ya era de noche, se autorizó nuevamente a armar las carpas. Para entonces, muchas personas habían quedado en el suelo porque no había espacio suficiente dentro del refugio. De a poco, entre todos, fueron buscando la manera de acomodarse.

Javier y su grupo ni siquiera tenían carpas propias para esa situación. Una persona les prestó una para que pudieran pasar la noche. Aquel gesto, pequeño en apariencia, se convirtió en parte de una cadena de ayudas que permitió que cientos de personas atravesaran esas horas difíciles.

La escena quedó grabada en su memoria por el contraste entre el miedo que habían vivido durante la evacuación y la capacidad de la gente para organizarse sin conocerse, compartir lo poco que tenía y prestar ayuda a quienes estaban en una situación todavía más vulnerable.

Al día siguiente llegó personal del SPLIF que, según recuerda, transmitió tranquilidad, explicó lo que estaba ocurriendo y brindó información para ordenar la salida. Primero descendieron las personas mayores y quienes tenían alguna dificultad, alrededor de 60 personas. Después comenzó a bajar el resto.

Sin embargo, el regreso no significó alivio inmediato. Para Javier, fue uno de los momentos emocionalmente más duros de toda la experiencia.

Mientras descendía, observaba el paisaje que conocía y que había recorrido tantas veces con grupos de visitantes. Pero el entorno había cambiado. Había cenizas, sectores completamente quemados y humo que todavía cubría partes del terreno. En algunos lugares, incluso, se alcanzaba a ver el fuego.

“Fue muy chocante”, recuerda. La imagen de la montaña devastada, después de haber pasado horas intentando encontrar una salida segura y de haber compartido la incertidumbre con tantas personas, lo afectó profundamente. La emoción todavía aparece al evocar aquel descenso, cuando las lágrimas se mezclaban con la impotencia de ver cuánto había perdido la naturaleza.

La experiencia no terminó cuando logró salir de la zona. Dejó preguntas sobre la prevención, la evacuación, la comunicación y la responsabilidad de quienes visitan ambientes naturales. También abrió una pregunta más personal: qué podía hacer él, desde su experiencia y con las herramientas que tenía, para ayudar a recuperar aquello que había visto destruirse.

 

El segundo incendio y una Comarca golpeada también en su economía

La temporada siguiente volvió a poner a Javier frente a las consecuencias del fuego. Esta vez estaba acompañando a otro grupo de visitantes que había llegado para conocer la Comarca Andina y disfrutar de actividades más tranquilas.

Había pensado llevarlos a Bahía de las Percas, pero el acceso estaba cerrado. En el lugar había un cartel que indicaba la restricción por granizo, una advertencia que incluso algunos turistas tenían dificultades para interpretar. Finalmente, decidió cambiar el recorrido y llevarlos a la hostería Miradas del Lago, junto con los chicos de Uriel, según relata.

La intención era continuar con el programa y reorganizar las actividades para que el grupo pudiera disfrutar de la región sin exponerse a riesgos. Pero la tranquilidad duró poco. Cerca de las tres de la tarde apareció nuevamente el humo y, durante la noche, el cielo sobre el cerro Pirque se veía completamente rojo.

Otra vez surgió la incertidumbre. Otra vez fue necesario prestar atención a la evolución del fuego, buscar la manera de salir y moverse con cuidado. A la mañana siguiente pudieron abandonar el sector y dirigirse hacia Lago Puelo.

En esos días también les tocó atravesar una jornada en la que el humo descendió sobre Puelo, justo cuando tenían previsto realizar una actividad de trekking con el grupo de Náutica. Para Javier, el impacto fue especialmente fuerte porque no se trataba de una situación aislada: los incendios estaban condicionando los recorridos, las actividades y la experiencia de quienes habían elegido la región para pasar sus vacaciones.

Pero las consecuencias no se limitaban al paisaje ni al temor de quienes estaban allí. El fuego también golpeaba directamente a las familias y a los emprendimientos que dependen del turismo para sostener su economía.

Javier explica que durante el año llegaron a perder más de 100 reservas en la hostería. La incertidumbre sobre las condiciones de los lugares, los cierres y la preocupación por los incendios hicieron que muchos visitantes desistieran de viajar.

Para una región donde numerosas actividades económicas están vinculadas con el turismo, esa caída tiene efectos que se extienden mucho más allá de una excursión cancelada. Afecta a quienes ofrecen alojamiento, a los guías, a los prestadores de servicios y a las personas que encuentran en cada temporada una oportunidad para trabajar.

De esa manera, el fuego dejó en evidencia que la recuperación ambiental y la recuperación económica están profundamente relacionadas. Los bosques forman parte de la identidad de la Comarca, pero también sostienen buena parte del atractivo que convoca a quienes la visitan y permite que numerosas familias desarrollen sus proyectos de vida.

Fue en ese contexto cuando Javier comenzó a preguntarse cómo transformar la experiencia acumulada durante años de trabajo en el deporte y la organización de actividades en una herramienta concreta para colaborar con la región.

 

De los eventos deportivos a una iniciativa para regenerar el bosque

Antes de instalarse en la Patagonia, Javier había desarrollado durante casi 15 años un emprendimiento dedicado a programas de calidad de vida y eventos deportivos para empresas. Esa experiencia le había permitido trabajar con organizaciones sociales, fundaciones y ONG, utilizando el deporte como una herramienta para reunir personas y generar recursos destinados a distintas causas.

Entre los antecedentes que recuerda están la primera y la segunda carrera ambiental de la Argentina, realizadas en Costanera Sur. En esas actividades, en colaboración con una organización no gubernamental de Tigre, los participantes recibían un arbolito al llegar a la meta.

También participó en la organización de una correcaminata de Avon vinculada con la lucha contra el cáncer de mama, que reunió a unas 10.000 personas. El evento contó con la participación musical de Los Gitanos y formó parte de una serie de experiencias en las que el deporte, la participación comunitaria y la solidaridad se encontraban alrededor de un objetivo compartido.

En otro de esos proyectos se intentó establecer un récord mediante la formación de un lazo humano. Cada experiencia le fue dando herramientas para organizar convocatorias, trabajar con instituciones, reunir participantes y desarrollar acciones capaces de movilizar recursos y voluntades.

Sin embargo, cuando llegó a la Patagonia, Javier tenía otra idea. Después de tantos años como entrenador y organizador de eventos, quería cambiar de rumbo. No quería seguir haciendo eventos ni dar clases. Buscaba una etapa diferente, más conectada con la naturaleza y con la vida que había elegido junto a su familia.

Los incendios y la caída de las reservas lo llevaron a revisar aquella decisión. Frente a la necesidad de ayudar y a la preocupación por el futuro de la actividad turística, entendió que no tenía sentido dejar de lado todo lo que había aprendido durante tantos años.

La pregunta no era cómo repetir lo que había hecho en Buenos Aires, sino cómo adaptar esa experiencia a una necesidad urgente de la Comarca. Si sabía organizar actividades físicas, convocar gente y articular con organizaciones, podía poner esas herramientas al servicio de una causa ambiental.

Así comenzó a tomar forma Reforestar Patagonia: una iniciativa que combina actividad física en la naturaleza, promoción del turismo sostenible y cuidado del medio ambiente mediante una acción concreta. La propuesta establece que por cada participante se plante la especie de árbol nativo correspondiente, con el propósito de colaborar con la recuperación de los sectores afectados.

Javier explica que el proyecto comenzó después de los incendios, con la intención de aportar también a la economía circular y a la reconstrucción de una actividad turística golpeada por la emergencia. No se trataba de organizar un evento más, sino de generar una experiencia en la que cada persona pudiera participar de una actividad saludable y, al mismo tiempo, contribuir a una tarea de largo plazo.

Para hacerlo de manera responsable, el equipo comenzó articulando con organismos e instituciones, entre ellos el INTA y la Secretaría de Bosques, con el objetivo de llevar adelante las acciones de forma consciente y ordenada.

Ese punto es fundamental para Javier. La voluntad de plantar árboles puede ser el comienzo de una transformación, pero no alcanza por sí sola. La recuperación de un bosque requiere conocimiento, planificación, selección adecuada de especies y trabajo coordinado con quienes conocen las características del territorio.

Por eso, Reforestar Patagonia no pretende reemplazar a las instituciones ni a las personas que llevan años trabajando en la conservación y restauración ambiental. Busca sumar participantes, visibilizar la problemática y construir una oportunidad para que más integrantes de la comunidad se involucren.

El lema “Tus pasos regeneran el bosque” expresa esa búsqueda: pasar de la preocupación a la acción, del comentario a la participación y de la sensación de impotencia frente a los incendios a la posibilidad de colaborar, aunque sea con un aporte pequeño.

Javier reconoce que cada acción puede parecer insignificante frente a la dimensión de una catástrofe forestal. Sin embargo, considera que lo importante es poner en marcha una rueda que permita que otras personas se sumen, encuentren un espacio de participación y descubran que también pueden contribuir.

A veces, explica, hay gente que quiere ayudar, pero no sabe cómo hacerlo o no encuentra dónde canalizar esa intención. Cuando ve que otros empiezan a involucrarse, esa primera iniciativa puede convertirse en una cadena de acciones. El desafío es sostenerla en el tiempo, con objetivos claros y una tarea compartida.

 

Plantar un árbol hoy para que las próximas generaciones puedan disfrutarlo

La restauración del bosque tiene una particularidad que obliga a mirar mucho más allá del presente: sus resultados no son inmediatos. Javier señala que un árbol puede necesitar entre 30 y 40 años para recuperar un estado semejante al que hoy observamos en muchos de los ambientes naturales de la región.

La dimensión de ese tiempo lo lleva a pensar en su propia familia. Dentro de tres décadas, su hija menor tendrá alrededor de 45 años, una etapa de la vida en la que todavía podrá disfrutar del paisaje y de los ambientes que hoy la rodean, siempre que exista un compromiso sostenido para conservarlos y recuperarlos.

La reflexión no está puesta solamente en sus hijas. También alcanza a todos los chicos y chicas que hoy crecen en la Comarca y a quienes todavía no nacieron. Ellos serán los que vivan con las consecuencias de las decisiones que se tomen ahora, tanto de las acciones que destruyen como de aquellas que buscan reparar el daño.

“Somos parte de la naturaleza”, plantea Javier. La frase resume una mirada que cuestiona la idea de que el ambiente es algo externo, un escenario que se puede utilizar sin asumir responsabilidades por lo que ocurre en él.

Desde esa perspectiva, cuidar el bosque no es únicamente una tarea de quienes trabajan en el ámbito ambiental. También involucra a los habitantes, a los visitantes, a los prestadores turísticos, a las instituciones y a todas las personas que disfrutan de los paisajes de la región.

La magnitud de los incendios puede generar la sensación de que cualquier esfuerzo resulta insuficiente. Sin embargo, Javier insiste en que cada paso cuenta, siempre que se dé con responsabilidad y conocimiento. No se trata de plantar por plantar ni de realizar una acción aislada para mostrar que se hizo algo. El objetivo es que las intervenciones tengan sentido, respondan a las necesidades del lugar y se sostengan mediante el trabajo conjunto.

En ese camino, considera indispensable respetar las distintas miradas y perspectivas. La comunidad está integrada por personas con experiencias y conocimientos diferentes, y el desafío consiste en encontrar puntos de encuentro para avanzar hacia una meta compartida: que las generaciones futuras puedan disfrutar de un entorno saludable y sentirse orgullosas del lugar en el que viven.

La tarea exige tiempo, paciencia y continuidad. Los resultados no siempre serán visibles de inmediato, pero eso no significa que el esfuerzo no tenga valor. Cada plantín que encuentra condiciones para crecer, cada actividad que acerca a una persona al cuidado ambiental y cada iniciativa que permite coordinar esfuerzos forman parte de una construcción que necesita sostenerse durante años.

 

La emoción de volver a plantar donde el fuego dejó sus huellas

Uno de los momentos que más profundamente marcaron a Javier después de los incendios fue participar de una plantación en la Loma del Medio junto con integrantes de Circuito Verde.

Allí, después de haber atravesado dos incendios y de haber visto de cerca las consecuencias del fuego, tuvo la oportunidad de colocar un plantín en un sector rodeado de árboles quemados. La acción podía parecer sencilla: tocar la tierra, hacer el trabajo necesario y dejar una nueva planta en el suelo.

Pero para él significó mucho más. Era regresar a un lugar que había quedado asociado con la destrucción y participar de una acción que apuntaba a su recuperación. Allí donde antes había visto cenizas y troncos afectados por las llamas, ahora podía hacer algo concreto para contribuir a que la vida volviera a abrirse camino.

La experiencia le produjo una energía y una sensación difíciles de explicar. No porque un solo árbol pudiera borrar la devastación, sino porque representaba la posibilidad de empezar a reconstruir aquello que parecía perdido.

Esa vivencia reforzó su convicción de que la acción humana no está condenada a producir daño. Si las decisiones irresponsables pueden desencadenar consecuencias devastadoras, también existe la posibilidad de que las personas se organicen para prevenir, cuidar y restaurar.

“Está en nuestras manos”, sostiene cuando se le pregunta si el ser humano puede reparar parte de lo que ha destruido. La respuesta no supone desconocer la dimensión de los incendios ni minimizar el tiempo que necesita un bosque para recuperarse. Por el contrario, parte de reconocer que el desafío es enorme y que, precisamente por eso, no puede postergarse indefinidamente.

Javier cree que las acciones más importantes empiezan muchas veces con acuerdos sencillos: escuchar a quienes saben, organizarse, respetar las indicaciones y hacer las cosas bien. La experiencia de la montaña también le dejó una enseñanza sobre la necesidad de trabajar de manera coordinada, tanto frente a una emergencia como durante los procesos posteriores de recuperación.

En el caso de Reforestar Patagonia, esa convicción se traduce en buscar el acompañamiento de organismos y especialistas, sumar a quienes desean colaborar y proponer una actividad que vincule el movimiento, el disfrute de la naturaleza y el compromiso ambiental.

La iniciativa no promete resultados inmediatos ni pretende presentar la reforestación como una solución única para todos los problemas que dejan los incendios. Su apuesta es más concreta: aportar desde las herramientas que el equipo conoce, construir una convocatoria y ayudar a que cada vez más personas encuentren una forma de participar.

 

Una comunidad que necesita encontrarse para cuidar lo que ama

La historia de Javier también es la de alguien que llegó a la Comarca buscando una nueva forma de vida y que terminó involucrándose profundamente con uno de los problemas más dolorosos de la región. La Patagonia que conoció a través del turismo, de los viajes familiares y de los recorridos por la montaña es ahora el lugar donde vive, trabaja y proyecta el futuro.

Por eso, cuando habla de los incendios, no lo hace solamente desde el lugar de un emprendedor turístico que perdió reservas o de un coordinador que debió evacuar a un grupo. Habla como alguien que sintió miedo, que compartió una noche de incertidumbre con cientos de personas y que descendió de la montaña con lágrimas al encontrar un paisaje devastado.

También habla como padre, con la conciencia de que el tiempo que necesita un bosque para recuperarse atraviesa varias etapas de la vida humana. Lo que hoy se haga o se deje de hacer tendrá consecuencias mucho después de que quienes tomen las decisiones actuales hayan cambiado de trabajo, de casa o de lugar.

Esa mirada es la que impulsa su insistencia en el trabajo comunitario. Javier entiende que la recuperación no puede depender exclusivamente de una persona, de un emprendimiento o de una acción puntual. Requiere sumar voluntades, respetar los conocimientos existentes y construir acuerdos que permitan sostener el esfuerzo.

En la Comarca Andina hay personas e instituciones que trabajan en diferentes aspectos de la conservación, la prevención y la restauración. La propuesta de Reforestar Patagonia busca encontrarse con ese trabajo y aportar desde un lugar propio, utilizando la actividad física y el turismo de naturaleza como herramientas para acercar a más gente a la problemática.

También hay una dimensión económica que no puede quedar afuera. Un ambiente cuidado forma parte del patrimonio natural de la región y sostiene actividades de las que dependen numerosas familias. Recuperar el bosque y promover un turismo responsable son objetivos que, para Javier, pueden y deben pensarse de manera complementaria.

El desafío es lograr que la preocupación que aparece después de un incendio no se diluya cuando el humo desaparece y las noticias dejan de ocupar las primeras planas. La reconstrucción ambiental es una tarea de largo aliento, que necesita continuidad incluso cuando no hay una emergencia visible.

Por eso, el mensaje de Javier no está dirigido únicamente a quienes participan de sus actividades. Es una invitación más amplia a abandonar la idea de que nada se puede hacer frente a una catástrofe de semejante magnitud y empezar a buscar qué aporte puede realizar cada persona, desde su lugar y con responsabilidad.

A veces, ese aporte será participar de una plantación. Otras veces, informarse, respetar las indicaciones de prevención, acompañar a una organización o ayudar a que una iniciativa llegue a más personas. Lo importante, según su mirada, es que la voluntad de cuidar encuentre un camino concreto y se convierta en una práctica sostenida.

 

“Lo posible ya lo estamos haciendo; lo imposible llevará más tiempo”

Al final de la entrevista, la conversación vuelve a una pregunta que atraviesa toda la historia: si realmente es posible dejarles a los hijos un mundo un poco mejor, o al menos intentar hacerlo.

Javier no responde con una promesa fácil ni con la certeza de que todo podrá repararse. Sabe que el daño existe, que hay lugares profundamente afectados y que recuperar un bosque lleva décadas. También sabe que las buenas intenciones no alcanzan si no se transforman en decisiones concretas, sostenidas y realizadas con conocimiento.

Su respuesta, sin embargo, conserva una esperanza firme. “Lo posible ya lo estamos haciendo, y lo imposible va a llevar un poco más de tiempo, pero que lo vamos a lograr”, afirma.

En esas palabras conviven la experiencia de quien estuvo frente al fuego, el dolor de haber visto la montaña devastada y la convicción de que todavía hay algo por hacer. No se trata de negar lo ocurrido ni de pensar que un árbol puede reparar por sí solo una pérdida de semejante dimensión. Se trata de comprender que la reconstrucción necesita comenzar en algún momento y que esperar a que alguien más se haga cargo no es una opción.

Javier llegó a la Patagonia buscando un cambio de vida, después de décadas dedicadas al deporte, la educación y la organización de actividades. Junto con Nancy y sus hijas eligió un lugar donde encontró aquello que había acompañado su historia desde la infancia: la naturaleza, los espacios abiertos y la posibilidad de construir un proyecto familiar diferente.

Los incendios pusieron esa elección frente a una realidad dolorosa. Le mostraron la vulnerabilidad de los ambientes naturales, el impacto que una emergencia puede tener sobre las personas y la economía de toda una región, y la necesidad de contar con mejores herramientas para prevenir y actuar.

Pero también le mostraron la solidaridad. La gente que compartió comida, ropa, abrigo y espacio durante aquella noche; quienes ayudaron a organizar la evacuación; quienes pusieron sus conocimientos y su tiempo al servicio de los demás. En medio del miedo, Javier vio que una comunidad puede responder cuando las personas se reconocen como parte de un mismo problema y deciden acompañarse.

Ahora, con Reforestar Patagonia, busca trasladar esa misma capacidad de encuentro a una tarea que no se resuelve en una noche ni en una temporada. Cada actividad propone sumar personas, promover el turismo sostenible y colaborar con la regeneración del bosque mediante la plantación de árboles nativos.

El camino será largo y los resultados exigirán paciencia. Habrá que sostener el trabajo, aprender, corregir y construir acuerdos. Pero detrás de cada plantín hay una idea que excede al árbol: la posibilidad de que quienes hoy viven en la Comarca y quienes lleguen en el futuro encuentren un ambiente que todavía tenga mucho para ofrecerles.

En definitiva, Reforestar Patagonia es una manera de transformar el dolor en compromiso y la impotencia en acción. Una propuesta que parte de una experiencia concreta, pero que mira hacia un horizonte compartido: recuperar el bosque, fortalecer los lazos comunitarios y dejarles a las próximas generaciones la oportunidad de conocer, disfrutar y cuidar la misma naturaleza que hoy todavía nos conmueve.

Porque los árboles no crecen de un día para otro, la recuperación no se consigue con una sola acción y el futuro no se construye únicamente con palabras. Pero cada paso puede abrir un camino, cada persona puede sumar su esfuerzo y cada árbol plantado con responsabilidad puede convertirse en una señal de que, aun después del fuego, la esperanza también puede echar raíces.