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28 de Febrero de 2026

Kali, la mujer que rompió estereotipos entre máquinas y motos

Desde Lago Puelo, entre motores, cicatrices y sueños cumplidos, la historia de una mujer que convirtió el dolor en fuerza y la ruta en destino.

Sabado, 28 de febrero de 2026 a las 07:11

En este nuevo capítulo del ciclo de entrevistas de Info Cordillera, transitamos por la ruta que une a El Bolsón con Lago Puelo para encontrarnos con una historia que late fuerte. Kali es motera, madre, operadora de maquinaria pesada, vicepresidenta de la Agrupación Ronyn y, sobre todo, una mujer que decidió no postergar más su vida después de atravesar una de las batallas más difíciles: el cáncer.

“Yo me llamo Kalith Valenzuela, pero todo el mundo me conoce como Kali”, dice con una sonrisa amplia, de esas que no se ensayan. Nació en El Bolsón en 1985 —“la edad no se cuenta”, bromea— y desde hace casi veinte años eligió Lago Puelo como su lugar en el mundo. Allí echó raíces, formó su hogar y cría a sus dos hijos, que son, como repite más de una vez durante la charla, el principio y el final de todo.

 

El flechazo que marcó su destino

A Kali muchos la conocen por su rol dentro de la Agrupación Ronyn, por las caravanas solidarias, por las movidas para el Día del Niño o por las imágenes de motos recorriendo la comarca en Navidad. Pero su historia con las dos ruedas empezó mucho antes.

“Yo era chica, iba para la escuela y vi cruzar un grupo de motociclistas vestidos de negro, todos con esa facha de antes. Fue como un pantallazo. Dije: ‘wow, algún día’”. Amor a primera vista. Así lo define. En aquella época, el cuero, las camperas pesadas, el brillo del cromo y el ruido grave de los motores formaban parte de una estética casi cinematográfica. Y a ella se le quedó grabado en el alma.

Su primera experiencia llegó cerca de los 11 o 12 años, cuando un cuñado le prestó una moto. Pero la pasión ya estaba sembrada desde aquel día frente a la escuela. Desde entonces, siempre intentó tener una moto cerca, como quien mantiene encendida una llama.

 

El cáncer y el clic que lo cambió todo

Hace aproximadamente diez años, la vida le puso una prueba brutal: un cáncer. Una cirugía complicada, el miedo, la incertidumbre, el pensar en sus hijos.

“Cuando me iban a operar dije: si yo zafo de esta, a partir de ahora voy a empezar a hacer lo que yo quiero con mi vida”. No fue una frase hecha. Fue una promesa.

Hasta ese momento, su energía estaba concentrada en cumplir con todo: ser mamá, sostener el hogar, hacerse cargo de las obligaciones que —como tantas mujeres— se cargan en la espalda. Pero la enfermedad la obligó a mirar hacia adentro. Y el diagnóstico, paradójicamente, se convirtió en un despertar.

“Mi vida arranca y termina en mis hijos. Lo hice por ellos. No los quería dejar solos. Pero también entendí que tenía que cumplir mis sueños”.

Superó el cáncer. Y cuando salió del hospital, salió distinta. Más decidida. Más libre.

Se separó del papá de sus hijos y empezó una nueva etapa. Compró su moto, una Custom 250, y se lanzó a la ruta. No era solo un vehículo: era una declaración de principios.

 

Ronyn: hermandad, reglas propias y familia elegida

Con el tiempo, la pasión se convirtió en proyecto colectivo. Junto a Eduardo —su compañero y actual presidente de la agrupación— formaron Ronyn, hoy una referencia en Lago Puelo y la comarca.

El nombre no fue casual. Lo eligió su cuñado, tatuador y artista reconocido en El Bolsón, quien también diseñó el logo. “Ronyn son los samuráis que pierden a su amo y ya no siguen reglas impuestas. Se manejan con sus propias reglas”, explica Kali.

La metáfora encaja perfecto: independencia, honor, lealtad. Pero, sobre todo, hermandad.

“Somos familia. La familia elegida”, dice sin dudar.

Ronyn nació con una idea clara: no ser solo un grupo que disfruta de la ruta, sino también devolverle algo al pueblo. Así surgió la caravana navideña. La primera vez reunieron más de 50 motos. Fue un boom. Recorrieron Lago Puelo, El Bolsón, El Hoyo y casi llegaron a Epuyén. El rugido de los motores se mezcló con risas de chicos y bolsas llenas de golosinas.

Después vino el primer festival solidario en Lago Puelo. Lo recaudado se destinó a madres solas, abuelos y jefes de hogar. “El motero es muy solidario”, remarca Kali. “En nuestro grupo hay docentes, policías, enfermeras, gente del hospital. Somos gente común”.

Frente a los prejuicios que a veces pesan sobre el mundo motero —violencia, excesos, descontrol— ella es clara: “No hay que creer todo lo que muestran las películas. Como en todos lados, hay de todo. Pero nosotros nos cuidamos mucho”.

En las salidas no hay alcohol. Van con intercomunicadores, señales claras, formación en fila cuando se aproxima un vehículo. El presidente marca el ritmo y la seguridad es prioridad.

“Somos 20 motos y parece un caos, pero está todo organizado. Nos cuidamos entre nosotros”.

Entre máquinas gigantes y miradas desconfiadas

Pero Kali no solo desafió estereotipos arriba de una moto. También lo hizo en el mundo laboral.

Es chofer de maquinaria pesada. Sí, de esas máquinas enormes que uno suele imaginar manejadas por hombres curtidos de obra.

“Me gustaban las máquinas, los retos. Decía: ¿por qué no?”.

Entró al rubro de la mano de amigos y familiares que ya trabajaban como operarios. Y aunque hoy tiene años de experiencia, reconoce que no fue fácil.

“Al principio te miran como diciendo: ¿Qué hace esta acá? Sí, pasa todo el tiempo”.

Discriminación sutil. Dudas. Comentarios que pesan. Pero también compañeros que la apoyaron, que la capacitaron, que confiaron.

“He trabajado con grandes maquinistas de la comarca. Y he conocido gente muy buena”.

Otra vez, el mismo patrón: romper moldes, resistir, demostrar.

 

Sueños con horizonte austral

Cuando se le pregunta por un viaje soñado, no duda: Ushuaia primero. Después, Brasil.

La Ruta 40 aparece como una tentación latente, esa columna vertebral que atraviesa la Argentina de norte a sur. Pero en su mapa personal, el extremo austral tiene prioridad. Llegar al fin del mundo sobre dos ruedas.

¿Y el futuro? Se imagina con arrugas, tatuajes y todavía arriba de una moto. Bromea con que si necesita andador, le pondrá espejos y manubrio.

“Sí, me imagino mis últimos días arriba de una moto”.

También sueña con una máquina específica: la Jawa 350, estilo chopper. Esa sería la elegida si algún día el Quini 6 le guiña un ojo.

Pero más allá de la moto ideal o el destino pendiente, lo que realmente proyecta es seguir creando lazos. Apoyar a las chicas que recién empiezan. Antes casi no se veían mujeres manejando en la comarca; hoy son muchas más.

“Las cuidamos, las contenemos. Hace poco a una le robaron la moto y entre toda la agrupación y la policía trabajamos para recuperarla. Eso es familia”.

 

Vivir sin postergar

Kali no romantiza el dolor. No se victimiza. Habla del cáncer como de un punto de quiebre, no como de una etiqueta. La enfermedad fue el sacudón que la obligó a preguntarse qué estaba haciendo con su vida.

Y la respuesta fue clara: empezar a vivirla.

Hoy, cada salida en moto, cada caravana solidaria, cada jornada arriba de una pala cargadora es una forma de honrar aquella promesa hecha antes de entrar al quirófano.

En la comarca andina, donde el viento suele marcar el pulso y las montañas recuerdan lo pequeños que somos, Kali eligió no achicarse más. Eligió acelerar.

Porque entendió algo que no todos se animan a asumir: que los sueños no se postergan para después de las obligaciones. Se abrazan ahora.

Y así, entre motores, cicatrices y rutas abiertas, Kali sigue escribiendo su historia. Una historia que no habla solo de motos, sino de coraje. De maternidad. De segundas oportunidades.

Y de esa decisión íntima y poderosa de vivir —por fin— la propia vida.