Hay personas que no simplemente viven en la montaña: la llevan adentro. La sienten, la caminan, la esquían, la enseñan y, con el paso de los años, terminan convirtiéndola en una parte inseparable de su propia historia. Carlos Viaene es una de esas personas. Su vida parece estar atravesada por una misma línea invisible que une la infancia en San Martín de los Andes, los primeros pasos sobre unos esquíes demasiado largos, los años como patrullero en el Cerro Catedral, la formación como instructor, las experiencias junto al equipo argentino de esquí y, finalmente, la felicidad encontrada en la Comarca Andina.
Cuando se le pregunta si puede ser definido como un montañés de alma, Carlos no duda. “Indudablemente”, responde. Y enseguida aparece una cifra que explica mucho de esa identidad: veinticinco años en la Comisión de Auxilio, una vida vinculada a la posibilidad de estar en la montaña sin excusas, sin pretextos y sin la posibilidad de decir que no. Es una definición sencilla, pero detrás de esas palabras hay décadas de experiencias, aprendizaje, esfuerzo, amistades y también una profunda relación afectiva con los paisajes que marcaron su existencia.
Carlos nació en San Martín de los Andes, donde vivió hasta los siete años. Es patagónico de nacimiento, aunque su historia familiar lo llevó después por otros caminos. Tras la separación de sus padres, dejó de asistir a la escuela y terminó siendo enviado como pupilo. Así transcurrieron sus años hasta terminar el secundario. Quizás por eso, cuando mira hacia atrás, siente que una parte de su vida adulta también fue una manera de recuperar aquello que había quedado pendiente durante su juventud.
La adolescencia transcurrió entre colegios de curas y, posteriormente, un reconocido colegio alemán de Buenos Aires. Allí el deporte encontró rápidamente un lugar central. Carlos hacía destreza, handball y se destacaba especialmente en los 100 metros. No era precisamente un estudiante aplicado, pero tenía una habilidad que lo ayudaba a avanzar: ganaba competencias y, según recuerda con humor, eso hacía que lo pasaran de año de todos modos. La montaña todavía parecía estar esperando su momento, pero el deporte ya había comenzado a marcarle el camino.
Cuando terminó el secundario, sus padres tenían otros planes para él. Querían que fuera ingeniero o arquitecto. Carlos, en cambio, eligió Educación Física. La decisión no fue recibida con entusiasmo familiar. “Casi me matan”, recuerda entre risas. Pero finalmente estudió aquello que realmente le gustaba. Esa elección terminaría siendo mucho más que una profesión: sería la puerta de entrada a una vida atravesada por el deporte, la enseñanza y, fundamentalmente, la montaña.
Los primeros esquíes y una oportunidad inesperada
Su relación con el esquí comenzó después de regresar a la Patagonia. Había esquiado apenas quince días y tenía unos esquíes que hoy resultarían casi increíbles. Eran los famosos “lápices”, aquellos equipos largos y rectos que exigían una técnica completamente diferente de la actual. Pero Carlos tenía algo que no se podía comprar ni aprender de un día para el otro: entusiasmo.
Mientras trabajaba como remisero escuchó que necesitaban patrulleros para el Cerro Catedral. Tenía solamente esos quince días de experiencia sobre los esquíes, pero se presentó igual. Había además una circunstancia que terminó jugando a su favor: su hermana era campeona argentina. Cuando escucharon su apellido, le dijeron que se acercara. Supusieron que, si era hermano de Reny Viaene, seguramente sabía esquiar. La realidad fue bastante diferente.
Cuando finalmente lo vieron esquiar, la sorpresa fue grande. Carlos sabía perfectamente que todavía tenía muchísimo por aprender. Por eso pidió una oportunidad. “Dame 15 días”, recuerda que les dijo. Quienes estaban en la patrulla entendieron rápidamente que detrás de aquel joven había entusiasmo y voluntad. Se dedicaron a enseñarle y, durante esos días, Carlos absorbió todo lo que pudo. Vivían en el cerro, preparaban los equipos y aprovechaban una época en la que las temporadas de esquí tenían un ritmo muy marcado.
Así comenzó como patrullero de montaña. La primera temporada fue completa y luego continuó trabajando durante un mes cada año, durante otras dos temporadas. Mientras tanto estudiaba Educación Física en Buenos Aires. No faltaba a sus obligaciones y esperaba cada oportunidad para regresar al cerro y trabajar. La montaña ya no era solamente un lugar que visitaba: empezaba a convertirse en su verdadera escuela.
En aquella época, el camino para convertirse en instructor era casi natural. Primero se pasaba por la patrulla, donde se aprendía a esquiar correctamente, a conocer la montaña y a desenvolverse en ella. Después llegaba la formación como instructor. Carlos compara aquel recorrido con el de los pilotos que primero pasaban por la Fuerza Aérea antes de llegar a la aviación civil. Era una escuela exigente, práctica y profundamente ligada a la experiencia.
Terminó realizando el primer curso nacional para instructor de esquí, después de que durante años la formación hubiera sido fundamentalmente provincial. Aquella certificación representó mucho más que un título. Fue la confirmación de que aquel muchacho que había llegado al cerro con apenas quince días de esquí podía convertir su pasión en una forma de vida.
Una montaña muy distinta a la de hoy
Hablar con Carlos también es viajar hacia una época en la que el esquí en la región era mucho más pequeño, familiar y artesanal. En la Comarca Andina, el Piltriquitrón era el lugar donde comenzaba a desarrollarse esta actividad. Había un medio de arrastre muy precario y una comunidad que disfrutaba de la montaña de una manera diferente. Incluso desde Bariloche llegaban visitantes que quedaban sorprendidos por la forma en que eran recibidos y por el ambiente que encontraban en El Bolsón.
Los equipos también cuentan esa historia. Carlos recuerda aquellos esquíes largos, los “lápices”, que podían alcanzar los 2,10 metros. Como los esquíes no tenían las formas curvas de los modelos actuales, el agarre dependía en gran medida de su longitud. Cuanto más largo era el esquí, mayor era la superficie que permitía sostenerse sobre la nieve. Eran tiempos en los que aprender a esquiar exigía dominar herramientas que hoy parecen pertenecer a otra era.
La evolución tecnológica también cambió radicalmente la experiencia. Uno de los grandes avances, cuenta, llegó con las botas. Eran bajas y obligaban a trabajar muchísimo con los tobillos. Cuando aparecieron modelos más rígidos y altos, aquel esfuerzo desapareció en gran medida. Carlos lo resume con una frase que mezcla humor y nostalgia: el tobillo “se tomó vacaciones de por vida”.
En tantas décadas de montaña también hubo caídas. Sin embargo, Carlos asegura que no tuvo lesiones importantes ni accidentes graves. Hay una excepción que cuenta entre risas: los dientes. “Yo siempre puse la cara”, dice. Su particular manera de caer terminó dejando alguna consecuencia, pero nunca consiguió quitarle las ganas de seguir esquiando.
Enseñar para devolver lo aprendido
Convertirse en instructor significó para Carlos cumplir un sueño. Llegó a pensar que no podría dedicarse a otra cosa que no fuera enseñar a esquiar. Pero la educación física le permitió ampliar ese universo. También fue profesor de campamentos, una actividad que todavía hoy recuerda con enorme cariño. Hace poco, una experiencia relacionada con aquellos años volvió a ponerlo frente a un grupo de exalumnos.
Habían pasado alrededor de cuatro décadas desde aquellos campamentos. Carlos tenía entonces unos 25 años y sus alumnos eran adolescentes de aproximadamente 17. Muchos volvieron a encontrarse con él ya adultos, prácticamente de su misma edad. Fueron alrededor de cuarenta exalumnos que regresaron para compartir aquel recuerdo. Para Carlos, ese reencuentro tuvo algo especial: comprobar que las experiencias que uno entrega cuando es joven pueden permanecer en la memoria de otros durante toda una vida.
La montaña siguió abriendo puertas. Carlos llegó a ser preparador físico del equipo argentino de esquí, una oportunidad que considera una enorme suerte. En 1978 realizó una gira por Europa junto al equipo, durante cuatro meses, recorriendo unos 50 mil kilómetros en una combi. Después viajaron hacia el este y allí utilizaron aviones para trasladarse entre competencias.
Entre aquellos corredores estaban Carlos “Cali” Martínez, Juan Ángel “Peti” Olivieri y Luis “Gringo” Rosenkjer, quienes figuraban entre los cien mejores corredores y eran invitados a competir en distintos lugares. Para un equipo que no tenía grandes recursos económicos, estar permanentemente en competencia también era una necesidad. Participar significaba, en muchos casos, poder acceder a hospedajes y condiciones que de otra manera hubieran sido imposibles.
Y ahí aparece otra postal inolvidable de aquella época. Los integrantes del equipo podían terminar alojados en hoteles cinco estrellas durante las competencias. Carlos lo cuenta con la perspectiva de quien todavía puede sorprenderse de aquella situación: “Imagínense el paisano tener un hotel 5 estrellas en esa época”. La frase tiene humor, pero también refleja la magnitud de lo que significaba para alguien nacido y criado en la Patagonia recorrer Europa haciendo aquello que amaba.
El sueño de volver a la Patagonia
A pesar de todos esos viajes, competencias y experiencias, la Patagonia nunca dejó de estar presente. Carlos había nacido en San Martín de los Andes y durante sus primeros años había conocido la montaña acompañado por figuras históricas de aquel lugar, entre ellas Manolo Gómez. Esos recuerdos de infancia quedaron profundamente instalados en su memoria.
Con el paso del tiempo comenzó a aparecer un sueño: venir a vivir a El Bolsón. Pero la vida tenía sus propias condiciones. Con seis hijos, mudarse a la Comarca no era una decisión sencilla. El deseo permaneció durante años, como esas montañas que uno observa desde lejos sabiendo que algún día quizás pueda volver a ellas.
Finalmente, la vida encontró la manera. Carlos cuenta, con una sonrisa, que una mujer lo “raptó”. Y aquel rapto terminó llevándolo al lugar que soñaba. Hace alrededor de seis años que vive en la Comarca, con un año atravesado por la pandemia. Su nueva vida tiene una postal completamente diferente de aquellas giras internacionales: campo, gallinas, huerta y tranquilidad. Y para él, eso tiene un nombre sencillo y poderoso: felicidad total.
El amor también llegó a la montaña
La historia de Carlos no solamente tiene nieve, esquíes, competencias y caminos. También tiene una historia de amor. Ya de grande, cuando tenía 69 años, conoció a Abby, que tenía 62. Ambos llegaban con experiencias difíciles y golpes de la vida. Pero algo ocurrió desde el comienzo. “Nos pegó fuerte”, cuenta.
La anécdota del segundo día de aquella relación parece salida de una película. Fueron a comer al restaurante Pirque, de sus amigos Gabi y Gustavo. En un momento, Gustavo le preguntó cuánto tiempo llevaba con ella. Carlos respondió: “Desde ayer”. Habían pasado apenas unas horas, pero ya había algo que ambos parecían reconocer.
Y ese amor también terminó compartiendo la montaña. Carlos convenció a Abby, a los 64 años, de aprender a esquiar. Lo que ocurrió después todavía lo sorprende. La describe como la mejor alumna de su vida y cuenta con orgullo lo que llegó a hacer sobre la nieve. Una nueva etapa de aprendizaje, esta vez compartida con alguien que se había convertido en compañera de vida.
Una de las escenas que recuerda ocurrió en medio de un sector con unos quince centímetros de nieve honda. Carlos tomó un camino lateral y le indicó que siguiera, que no frenara a su lado. Pero terminaron avanzando más de lo previsto, metiéndose en unos callejones y cañadones. Lejos de convertirse en una experiencia negativa, aquel episodio quedó como una aventura compartida y divertida. Porque, para ellos, la montaña también es eso: aprender, equivocarse, perderse un poco y reírse juntos.
El Perito Moreno, un amor que eligió quedarse
Cuando Carlos habla del Cerro Perito Moreno, cambia el tono. Hay algo profundamente afectivo en sus palabras. Dice que es maravilloso, no solamente por la montaña, sino también por la gente que trabaja allí. Y asegura que no quiere volver a otro centro de esquí argentino.
Reconoce que existen otros centros muy bien desarrollados, como Cerro Castor, cuyo director incluso fue alumno suyo. Pero encuentra en el Perito Moreno algo que considera difícil de explicar: una onda familiar. El sillero, el mozo y los distintos trabajadores atienden a los visitantes de una manera que, según Carlos, parece surgir de una cultura compartida. “Parece que hubieran hecho un curso para trabajar arriba”, sostiene.
Su lugar preferido tampoco es necesariamente una pista tradicional. Carlos elige los bosques con nieve honda. Allí encuentra una sensación diferente, una conexión con la montaña que no depende de la velocidad ni de una competencia. Es el placer de deslizarse entre los árboles, sentir la nieve y dejar que el paisaje sea parte de la experiencia.
Para alguien que dedicó décadas al esquí, podría esperarse que su mirada estuviera puesta exclusivamente en la técnica. Pero sus palabras muestran otra cosa. Habla de la gente, de compartir la comida, de los amigos, de los alumnos, de su compañera y de esos pequeños momentos que terminan convirtiéndose en recuerdos para toda la vida.
Una cultura que no desaparece
Durante la entrevista aparece también una pregunta inevitable: si aquella cultura del montañés, tan fuerte en otras épocas, está desapareciendo. Carlos no coincide con esa mirada. Cree, por el contrario, que la cultura de montaña sigue creciendo. Ve grupos de esquí de travesía, escaladores y personas que se reúnen alrededor de una misma pasión.
Reconoce que son ambientes que muchas veces permanecen relativamente cerrados y que quizás no todos llegan a conocerse entre sí. Pero para él la esencia continúa. La montaña sigue convocando. Y quizá haya cambiado la manera de acercarse a ella, pero no la necesidad de quienes encuentran allí algo que no pueden hallar en ningún otro lugar.
Durante la pandemia, esa necesidad se hizo todavía más evidente. Carlos recuerda que subía en bicicleta al Piltriquitrón y que allí llegó a encontrarse con un hombre que llevaba esquíes y estaba acampando en la nieve, en la parte alta del valle. Le preguntó qué hacía allí. La respuesta estaba implícita en la escena: simplemente estaba disfrutando de la montaña, feliz.
Al día siguiente Carlos regresó con sus esquíes para buscarlo, pero ya no lo encontró. Es una pequeña anécdota, casi mínima dentro de una vida llena de grandes historias, pero quizás resume perfectamente lo que significa para él la montaña: un lugar donde las personas pueden desaparecer durante un rato del ruido cotidiano y encontrarse con una felicidad sencilla.
Compartir también es parte de la montaña
Cuando llega la pregunta sobre qué es lo más rico que se puede comer arriba del cerro, Carlos vuelve a hablar desde la experiencia. Menciona a A Gusto y destaca lo increíblemente rico que resulta comer allí. Pero inmediatamente aparece otra idea: las parrillitas de afuera, el encuentro, la comida compartida.
Porque en la montaña, sostiene, todo lo que se come hay que compartirlo. Y tal vez esa frase sea mucho más profunda de lo que parece. La montaña, para Carlos, no es solamente un escenario natural. Es también una comunidad. Es sentarse con alguien que quizás uno no conocía, compartir un plato, conversar, reírse y sentirse parte de algo.
Por eso habla con admiración de quienes trabajan arriba del cerro. Le parece casi milagroso lo que esa gente consigue hacer en esas condiciones. Hay una valoración que va más allá del servicio: reconoce el esfuerzo de quienes hacen posible que otros puedan disfrutar de la montaña.
Un cerro con historia y futuro
Carlos conoció el Perito Moreno cuando todavía estaba comenzando a desarrollarse. Recuerda haber escuchado historias de Vicente Ojeda y menciona a Pedro Klempa junto con Tornero y Rudolph, vinculados al recorrido y diseño de un cerro que hoy reconoce como maravilloso.
Desde su mirada de instructor y hombre de montaña, hay algo que destaca especialmente: el diseño de las pistas. Considera que son únicas y que ofrecen condiciones muy buenas para competencias y disciplinas como el slalom. No habla solamente desde la nostalgia; también observa las posibilidades concretas que tiene el centro de esquí.
Y cuando mira hacia adelante, su visión es todavía más ambiciosa. Carlos cree que el cerro tiene un enorme potencial de crecimiento. Habla de sectores altos que hoy se recorren caminando y que, en el futuro, podrían contar con medios de elevación. Especialmente destaca el Plateau, que describe como maravilloso.
Después de tantas décadas, quizá esa sea una de las claves de su historia. Carlos no mira la montaña solamente hacia atrás. No se queda en los recuerdos de los primeros esquíes, las patrullas, las competencias europeas, los viejos equipos o los campamentos. Sigue mirando hacia arriba. Sigue viendo posibilidades.
Y tal vez por eso su historia resulta tan cercana para quienes alguna vez sintieron que la montaña podía convertirse en una forma de entender la vida. Porque detrás del instructor, del patrullero, del preparador físico y del hombre que conoce las pistas hay alguien que nunca dejó de ser aquel joven que se acercó al esquí con apenas quince días de experiencia y pidió una oportunidad para aprender.
La vida lo llevó por caminos inesperados. Lo sacó de San Martín de los Andes, lo llevó a Buenos Aires, lo hizo recorrer miles de kilómetros por Europa, lo puso frente a corredores de elite, lo convirtió en maestro de generaciones y, después de muchas décadas, lo devolvió a la Patagonia que siempre había llevado consigo.
Hoy vive en la Comarca, en el campo, entre una huerta y gallinas, junto a Abby. Esquía, enseña, recuerda y disfruta. Y cuando habla del Perito Moreno, no parece estar describiendo solamente un centro de esquí. Habla de una montaña que lo recibió, de una comunidad que lo hizo sentir en casa y de un lugar donde finalmente encontró aquello que quizás había buscado durante buena parte de su vida.
La montaña, para Carlos Viaene, no fue una etapa. Fue el camino.
Y después de tantas décadas, sigue caminándolo.