¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

10 de Enero de 2026

“La música me salvó y por eso la comparto”: la vida de Robert Rosenthal, el corazón de La Zapadita

El creador de La Zapadita repasa su historia: de su infancia musical en Buenos Aires al flechazo con la Patagonia y la misión de sembrar arte y comunidad en la Comarca Andina.

Sabado, 10 de enero de 2026 a las 09:06

En la Comarca Andina hay leyendas silenciosas, pequeñas mitologías que corren de boca en boca, que se transmiten en fogones, bares, fiestas populares y en esa red invisible donde se cruzan músicos, vecinos y viajeros. Entre esos relatos, uno aparece siempre, como un latido común: La Zapadita. Un ritual, un semillero, un espacio de encuentro que marcó generaciones. Y detrás de esa mística está él, Robert Rosenthal, nacido en Buenos Aires en 1962, hijo de la efervescencia de los Beatles, del rock nacional que se estaba inventando y de un tiempo espiritual donde muchos buscaban nuevas formas de vivir.

“Fueron años divinos”, recuerda. “Una revolución espiritual. Ya se empezaba a dejar lo material para creer en otra cosa”. Pero eso lo entendió más tarde. Porque cuando esa revolución pasaba, él todavía era apenas un bebé. Su infancia transcurrió en Capital Federal, rodeado de música, amigos y una ciudad vibrante que todavía permitía jugar en la vereda sin sobresaltos.

 

La guitarra como pasaporte

A los 12 o 13 años ya estaba componiendo sus primeros temas y subiéndose a sus primeros escenarios improvisados. Siempre con una guitarra en la mano. “El sueño de todo pibe es tener su banda”, dice. Y la suya se llamó Folky Blues: un grupo de amigos que mezclaba folk y blues y que se animaba tanto a crear temas propios como a versionar clásicos. “Siempre pegaban más los covers. La gente es sentimental, los recuerdos los mueven”. Hasta hoy, en cualquier escenario, tiene su as bajo la manga: Love Me Do. “No falla nunca”, afirma.

Pero no sería en Buenos Aires donde esa música encontraría su verdadera casa.

 

El camino que termina en la Cordillera

A mediados de los 70, el nombre El Bolsón empezaba a aparecer como un rumor de libertad. “Era algo medio legendario”, cuenta. Miguel Cantilo hablaba del lugar, viajaban músicos, poetas, buscadores. Pero Robert y su pareja de entonces no querían venir “por moda”. Preferían que la vida los trajera.

Y la vida lo hizo.

Un viaje regalado a Bariloche —que no los convenció— derivó en una decisión espontánea: subir a un viejo camión de Ricardo Oyarzo con rumbo al sur profundo. “Ahí nos enamoramos”, dice. Al cruzar el cañadón de La Mosca y ver el bosque, la cordillera, ese verde que empieza a crecer distinto más allá de Bariloche. “Dijimos: este es el lugar. Para vivir, para criar hijos, para estar en paz”.

Era 1984. Se instalaron por Mallín Ahogado, en EL Hoyo cerca de la laguna de Los Jotes, en esos rincones que hoy arden bajo el humo triste del verano. Después llegó su lugar actual: Los Repollos —hoy Paraje Los Pinos—, en la costa del río. “Todos me decían: ‘¿cómo te vas a meter ahí?’. Pero era hermoso. Pozones, playitas. Ahí aprendieron a nadar mis hijos”.

La vida era simple. Y tan distinta a la de hoy que parece otro mundo: no había celulares, solo radios comunitarias. “Una vez mi mamá mandó un mensaje que decía: ‘madre desesperada busca hijo desaparecido’. Y me avisaron en Radio Alas para que me comunicara”, recuerda entre risas.

 

De la musicoterapia al abrazo colectivo

Aunque muchos lo conocen como músico, hay un costado menos visible que explica buena parte de su mirada: Robert fue musicoterapeuta. Y de allí, dice, nació La Zapadita. “Siempre me interesó la acción vibracional de la música, la sanación, lo que pasa cuando uno se entrega a un sonido y viaja para adentro”.

Uno de los ejercicios que recuerda es caminar con los ojos cerrados entre compañeros, guiándose solo por la vibración de la música, sin tocarse. Esa sensación de confianza absoluta, de conexión, fue la semilla.

“La Zapadita nace de esa mancomunión entre músicos, de ese viaje compartido. De dar alegría, de que la gente pueda estar bien. Eso es lo principal. Y hoy no es poca cosa”.

Treinta y cinco años después, ese espacio es un símbolo: declarado de interés cultural por la Legislatura de Río Negro y reconocido por las instituciones locales. Un semillero del que salieron decenas de músicos que hoy forman parte del sonido vivo de la Comarca.

 

Un sombrero lleno de historias

El personaje Robert es inseparable de su sombrero. O de sus sombreros. El de gala, negro, que usa en los shows, tiene un peso emocional inmenso: era de su padre, traído desde Bucarest, Rumania. “Me siento protegido cuando me lo pongo”, confiesa. El otro, el de palma, liviano y fresco, se lo canjeó a un amigo porteño. “Me trae suerte. Me convierto en Superhijitus”, bromea.

 

Vivir en un paraíso herido

Mientras hablamos, detrás del vidrio la cordillera se envuelve en humo. Un verano feroz. Un paisaje que duele.

“Estamos en tiempos muy complicados. Hasta peligrosos”, dice con preocupación. “Si no reaccionamos como comunidad, sin partidismos, nos va a ir peor. Somos seres humanos, no colores políticos. Nos metieron en peleas que no son nuestras”.

Asegura que la hermandad se perdió y que es urgente recuperarla. “Si hay un Dios, va a querer que nos pongamos de acuerdo para sobrevivir. Todo lo demás es ego”.

 

El mensaje final: volver a mirarnos entre argentinos

La conversación vuelve a la música, ese refugio eterno. Le pregunto qué tema tocaría si solo pudiera elegir uno más en su vida. Su respuesta es instantánea: La mamá de Jimmy, de León Gieco.

¿Por qué?

“Porque habla de una inglesa que no comprende nuestra tierra. Y dice que en el sur están sus ovejas. Yo tocaría ese tema para que nos demos cuenta de que tenemos que defender lo nuestro. No estar discutiendo si yanquis, israelitas, franceses o chinos. Somos argentinos. Tenemos 27 provincias y la solución no va a venir de afuera. La tenemos que crear desde adentro”.

En esa frase se resume su vida entera: un hombre que decidió cambiar la suya, que apostó por la música como puente, que construyó comunidad cuando la palabra comunidad todavía no era una urgencia. Y que, sombrero en mano, sigue sosteniendo esa armonía que tantos encontraron en La Zapadita: la certeza de que cuando la música se comparte, algo en nosotros vuelve a ponerse de pie.