Siguiendo con este ciclo de entrevistas de Info Cordillera, nos sentamos unos minutos a conversar con una de las voces y presencias más queridas de la Comarca Andina: Valentina Cooke, artista con raíces profundas en Mallín Ahogado, creadora sensible y heredera de una historia familiar atravesada por la música, la tierra y la vida comunitaria.
Su tono es suave, la sonrisa cálida, pero cada frase guarda un pedazo de historia. “Yo nací en el 82”, dice casi al pasar, aunque enseguida empiezan a brotar los paisajes que acompañaron esa fecha. “Mis viejos ya estaban radicados acá. Mi papá, Mike Cooke, vino de Londres en el 73. Conoce a mi mamá… y se instalan en Mallín Ahogado con toda su familia”.
La historia parece una película: Mike viaja, explora, crea música; Buenos Aires lo llama por un tiempo para meterse en el circuito musical de los setenta, y allí conoce a la que sería su compañera. Valentina nace en uno de esos viajes, pero la familia regresa “al toque”, porque el corazón, la vida, ya estaban en El Bolsón.
“Me crie en el Mallín, pero en realidad me crie en diferentes comunidades hippies que armaron estos viejos locos hermosos”, cuenta con un brillo en los ojos que no se fuerza: simplemente aparece. Marcos Pértile, Santiago Ugarte… nombres que para muchos son historia de la Comarca, pero para ella son parte del álbum familiar.
“Vivíamos todos juntos. Después estuvimos en la aldea con otras familias, en lo de Balín y Alejandra Sívori. Y así, hasta que mi viejo pudo construir nuestra casa definitiva en Mallín Ahogado”, rememora.
La infancia fue una escuela sin paredes:
— “Los pibes trepábamos árboles, comíamos bichitos, inventábamos mundos.
Teníamos mucha libertad. Y es algo que yo atesoro muchísimo, porque en mi corazón sé lo que es la libertad”.
La educación también era distinta. “Mi primera escolaridad fue una escuelita que habían armado todos los amigos. Estaba la escuela de teatro, de pintura… dormíamos los chicos en una casa y los grandes en otra. El arte estaba ahí desde que estabas gateando”.
Todo eso —la comunidad, el juego, la naturaleza— es una marca en su identidad. “Creo que me inspira mucho en todo lo que hago hoy. Me dejó valores que llevo conmigo. Estoy muy agradecida de ese riesgo que tomaron mis viejos”.
La música que apareció cuando alguien la nombró
Aunque el arte y la música estaban por todos lados, Valentina no creció pensando que sería artista. Había música en la sangre —padre músico, hermanos músicos—, pero no se veía en ese lugar. Hasta que el destino, y el amor, la empujaron.
“Me fui muy jovencita, a los 16 años, a Buenos Aires, porque me enamoré de Gaspar Venegas, mi actual pareja y papá de mis hijos. Él también era de acá. Sus viejos eran amigos de mis viejos. Todos venían de hacer comunidades. Era como una trama común”.
El cambio fue tan grande como la ciudad misma.
— “Fue chocante, fue brusco, porque yo venía de una libertad absoluta. La ciudad era abrumadora.
Pero también me fui a vivir con Gaspar y con María José, y ahí todo era música. Era mi ecosistema”.
Y fue entonces cuando algo se encendió.
María José Cantilo, quien la escuchaba cantar casi sin querer, fue quien la pinchó, la empujó, la miró distinto.
— “Siempre me insistía: ¿por qué no cantás? Vos sos afinada, me decía”.
Valentina empezó a tomar clases de canto con María José. Y una tarde, la música llegó por su propia mano.
“Cuando compuse mi primera canción supe que era mi camino”.
La canción se llama Aire.
— “La compuse cuando estaba en la ciudad, sofocada. Habla de eso, de querer volver un rato acá, respirar y volver. Es inédita, pero la voy a tocar ahora porque la resucito para estos días”.
La grabó el año pasado para un disco acústico que está pronto a salir. Esa canción, la primera, sigue siendo un puente entre los dos mundos que habita: Buenos Aires y El Bolsón.
Ciudades, giras y el retorno inevitable: la tierra llama
La vida la llevó por escenarios, viajes, músicas y caminos que uno podría trazar como un mapa lleno de líneas que van y vienen. Pero todas —todas— regresan al mismo punto: Mallín Ahogado.
“Es la tierra que me vio crecer”, dice. “Lo que llevo adentro para hacer cualquier cosa. Es una necesidad, no puedo cortar con este lugar”.
La Comarca es más que paisajes. “Los que crecimos acá sabemos lo que significa este lugar. Más allá de los bosques, las montañas… lo que se vivió aquí fue una búsqueda de otra relación con la vida. Algo más primitivo, empapado de cultura, de arte.
Eso no te abandona nunca”.
Hay una pausa cuando dice nunca. Una pausa que en la radio se sentiría. En persona también.
El futuro: raíces profundas, música siempre
La pregunta del futuro llega inevitable, como en toda entrevista. ¿Dónde se ve de acá a 5, 10, 20, 30 años?
Valentina baja la mirada. Respira.
— “Acá”, dice. “Acá, como mi viejo”.
La emoción se le trepa a la garganta. Y deja de hablar unos segundos.
“Es que acá están mis raíces. No solo mi papá… tanta gente querida. Familias enteras. Yo crecí teniendo hermanos por todos lados”.
La palabra raíces pesa. Duele un poco. Abraza también.
Tiene dos hijos, y aunque no completa la frase, la idea flota: que en algún momento ellos también tengan este lugar como refugio, como origen.
No hace falta que siga. La entrevista se vuelve un espacio humano, donde la historia importa tanto como los silencios.
“Me veo viviendo acá. Continuando con la música, pero más tranquila. Desde esta base, antes de que desaparezca”, dice al final, con una sinceridad que no necesita explicación.
Una artista que vuelve al origen para seguir avanzando
Valentina Cooke es, en muchos sentidos, el reflejo de una generación que creció entre montañas, arte y vida comunitaria. Pero también es una mujer que encontró su voz en la ciudad, que aprendió a nombrarse artista, que construyó una carrera desde la sensibilidad y la raíz.
Su música nace del bosque, pero también del asfalto. De la libertad de los árboles y del vértigo de Buenos Aires. De su historia familiar y de sus propias decisiones.
Y sin embargo, en cada canción, en cada regreso, hay algo que late igual que en su infancia: ese “aire” que todavía busca, que todavía la devuelve a casa.
En la Comarca Andina, pocas historias resuenan tanto con la identidad local como la suya. Porque Valentina es hija de la tierra, de la comunidad, de la música y de la libertad.
Porque se fue joven.
Porque volvió siempre.
Porque volver, en su vida, es sinónimo de respirar.