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27 de Enero de 2026

Entre cenizas y esperanza: la historia de Emanuel Pelletieri, combatiente de incendios forestales

El integrante de la Brigada Nacional Sur repasa su historia, sus heridas y las decisiones que lo llevaron a arriesgar la vida por la de los demás. Un retrato íntimo que plasma al entrega y compromiso de los combatientes de incendios en la Comarca Andina.

Sabado, 24 de enero de 2026 a las 09:28

Hablar con un brigadista con un día franco es casi una rareza. Es como encontrar un respiro en medio de un incendio: breve, improbable, necesario. Los días de verano en la Comarca Andina suelen tener ese olor a humo que todos conocemos, una mezcla de alerta y memoria. Y justamente en uno de esos días, casi por casualidad, aparece él: Emanuel Pelletieri, integrante de la Brigada Nacional Sur, uno de esos trabajadores del fuego que casi nunca hablan de sí mismos porque están demasiado ocupados cuidando a los demás.

Emanuel nació en Comodoro Rivadavia un 1° de diciembre de 1994. Tiene 31 años. Lleva ya ocho viviendo en la comarca, un territorio que —como él mismo dice— lo adoptó. Pero su llegada hasta aquí no fue mágica ni suave: fue una historia marcada por un derrumbe literal. Ese 2017 de la gran catástrofe en Comodoro, cuando el agua arrasó con barrios enteros y la ciudad quedó desfigurada, él también perdió su casa. “Se nos inundó la casa familiar… yo sentía que mi ciclo ahí estaba cumplido”, recuerda. Tenía trabajo estable, sí, pero no tenía paz. Había algo roto adentro que le pedía movimiento, cambio.

Y entonces hizo lo que hacen los que sienten que están viviendo una vida que ya no les pertenece: arregló lo que quedaba de la casa, vendió lo que pudo, juntó los ahorros de años y se compró una moto. De Comodoro a la Comarca Andina, una travesía de kilómetros y de sentido. Llegó, vendió la moto para tener algo de plata y se instaló con sus padres. El reinicio no fue fácil: cuatro años buscando laburo, cuatro años haciendo malabares con changas, cuatro años dudando de si el destino era realmente este pedazo de cordillera.

La policía del Chubut le abrió una puerta. Emanuel se metió en la carrera de oficiales. Internado en Rawson, con disciplina y futuro asegurado. Pero algo no encajaba. En marzo de 2021, pospandemia, en esos días donde el fuego se llevó casas enteras en el Pedregoso, él vio su lugar quemarse. Volvía al cuartel como voluntario, con la pala en la mano, con la sensación de estar donde debía. ¿Cómo volver a sentarse en un aula, a 700 kilómetros, mientras su comunidad ardía? No volvió. Pidió la baja. “Mis viejos me dijeron: ¿estás seguro? Pero yo lo sentí como una victoria, no como una pérdida”.

Así empezó a dibujarse esa extraña línea que muchos llaman destino. Emanuel se acercó a Bomberos Voluntarios de El Hoyo, luego a Bomberos de Lago Puelo, donde siempre —dice él— lo recibieron con humildad y cariño. Empezó a aprender el oficio desde abajo, literalmente: pala, manguera, brecha, transpiración. Y mientras tanto, año tras año, dejaba currículums en todas las brigadas imaginables: Parque Nacionales, Servicio Provincial del Manejo del Fuego de Chubut, SPLIF, Brigada Nacional. Cuatro años insistiendo. Cuatro años escuchando lo de siempre: “si se abre algo, te llamamos”.

Y un día lo llamaron.

Era 2021. Sonó el teléfono de su mamá. Emanuel, que venía en viaje, pensó que era una estafa. “¿A quién de la comarca lo llaman del Ministerio de Ambiente de Nación?”, se ríe. Pero era real. Era la Brigada Nacional Sur. Era su oportunidad.

Lo que vino después fue un universo nuevo, incluso para alguien que venía del ejército, de la policía, del voluntariado. Creía que conocía el esfuerzo físico. Creía. Pero el mundo brigadista es otra cosa. Es técnica, es táctica, es resistencia mental, es cuerpo al límite, es trabajar a 33 grados antes de que empiece el fuego, es cargar mochilas de 15 a 20 kilos, o de 40 cuando toca llevar agua. Es trepar montaña sin senderos, abriendo camino con el filo de una herramienta y el pulso de la respiración.

“Es hermoso —dice—, pero si no lo amás, te vas”. Y lo dice sin dramatismo, casi con naturalidad. “Esto te tiene que nacer, porque si no te expulsa. El desgaste es altísimo”.

Cuando Emanuel entró, allá por 2022, el sueldo era digno. “Yo estaba acostumbrado a vivir con muy poquitito. Para mí era increíble cobrar así”. Pero el tiempo pasó, la inflación también, y hoy —en 2026— la realidad es otra: “Perdimos casi el 50% del ingreso. Y quedamos muy por debajo de Chubut y SPLIF”. Lo dice sin enojo, pero con esa tristeza de quien trabaja de salvar vidas y, aun así, apenas llega a fin de mes.

Entonces aparece la pregunta inevitable: si no es por la plata, ¿por qué se hace?

Emanuel no duda: “Por amor. Es el amor más puro que hay: poner tu vida para salvar la de otro”. Y hay algo en su tono que no es romanticismo vacío: es certeza. Es verdad vivida en el cuerpo. Todos ellos —dice— tienen algo o alguien esperándolos en casa: pareja, hijos, mascotas, familia. Y aun así suben. Suben igual.

Cuando vemos una columna de humo nos quedamos mirando. Sacamos fotos, grabamos videos. Lo vivimos como espectáculo natural. Ellos no. Ellos ven otra cosa: dolor. “Ver pirocúmulos es doloroso. La gente ve algo increíble; nosotros vemos árboles de cien años caer, animales corriendo hacia el fuego porque están asustados, montes que no van a recuperarse en nuestra vida”. Cada vez que bajan de una jornada, vuelven distintos. Aunque vuelvan callados.

El miedo —ese gran tema— aparece recién cuando uno insiste. Emanuel primero dice que no. “Estamos locos”, sonríe. Pero después recuerda Salta. El calor de más de 40 grados. Los 7 u 8 litros de agua por cabeza que al mediodía estaban hirviendo. Quedar encerrados dos veces. Tener que armar helipuntos de emergencia para que el helicóptero pudiera descender. “Ahí sí… ahí por dentro pensé: si de acá no salgo, lo di todo”. No es un relato épico. No es valentía performática. Es esa sinceridad brutal de quien sabe que el fuego no perdona.

Cuando la charla se vuelve íntima, casi silenciosa, aparece la fe. No en un sentido religioso, sino como un ancla. “La fe es lo que está vivo. Lo que todavía se puede salvar. Es ver la energía que emana la montaña y querer defender eso. La belleza. La vida”. Los brigadistas, cuando terminan la jornada, a veces suben solos a un mirador y miran lo que queda. Lo que resistió. Lo que aún respira. Y en ese gesto, mínimo y enorme, encuentran sentido.

El último tramo de la conversación toca esa fibra que la gente pocas veces piensa: la familia. ¿Qué se siente salir de madrugada, besar a la persona que amás y dejarla ahí, sabiendo que vas a un incendio? Emanuel toma aire antes de responder. “En mi caso es besar la frente de mi esposa, decirle que la amo y esperar volver a verla”. No lo dice desde el miedo, sino desde la responsabilidad más profunda. “Ella sabe que siempre vamos a querer volver. Nadie va buscando no regresar”. Pero también sabe que cada brigadista deja mucho más que una casa: deja un corazón esperando.

Antes de despedirse, Emanuel pide algo que sorprende por lo simple: agradecer. Agradecer a las familias. A la gente que abre paso cuando ven un móvil con sirena. A quienes acercan agua, una torta frita, un aplauso sincero. A los bomberos que cuidan las casas y esperan abajo con hidratación cuando ellos bajan agotados. A los brigadistas de todas las camisas: nacionales, provinciales, parques, SPLIF, Chubut. “Somos todos iguales”, dice. “En la línea somos uno solo”.

Cuando termina la entrevista, uno se queda con esa sensación difícil de explicar: como si hubiera hablado con alguien que carga una vocación antigua, casi primitiva, una forma de amor que se parece más a un juramento que a un trabajo. Un hombre que sube a la montaña no por gloria, no por salario, sino porque ahí arriba hay algo que vale la vida entera.

Y Emanuel, con 31 años y una historia marcada por el agua, el fuego y las decisiones valientes, sigue subiendo cada vez que la Comarca lo necesita. Con cansancio, con fe, con miedo a veces, con amor siempre.

Con el corazón adelante.