¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

4 de Julio de 2026

Lorena Moralejo: la mujer que hizo de la naturaleza una forma de vivir y enseñar a mirar

De rescatar aves empetroladas en su infancia a convertirse en guía de naturaleza y referente en observación de aves, su historia demuestra que la conservación comienza con la emoción de quien aprende a mirar el mundo con otros ojos.

Sabado, 04 de julio de 2026 a las 09:02

Hay personas que eligen una profesión. Y hay otras a las que la profesión parece haberlas elegido desde la infancia. En el caso de Lorena Moralejo, la naturaleza nunca fue un descubrimiento tardío ni una moda pasajera. Fue el escenario de sus primeros recuerdos, el lugar donde aprendió a emocionarse, donde encontró sus primeras preguntas y también las respuestas que terminarían marcando toda su vida.

Hoy es guía habilitada de parques nacionales, especialista en observación de aves, fotógrafa de naturaleza y una apasionada divulgadora ambiental. Sin embargo, mucho antes de todo eso, fue aquella niña que corría desesperada para intentar salvar un ave cubierta de petróleo en las costas de Comodoro Rivadavia.

En una nueva entrega del ciclo de entrevistas de Info Cordillera, Lorena abrió las puertas de su historia para contar cómo una infancia atravesada por el mar, los cerros y la fauna silvestre terminó convirtiéndose en una vida dedicada a proteger aquello que más ama: la naturaleza.

 

Una infancia frente al mar que cambió para siempre su manera de mirar el mundo

Cuando recuerda sus primeros años, Lorena vuelve inmediatamente a Comodoro Rivadavia. Allí nació, en una ciudad donde el viento forma parte del paisaje cotidiano y donde incluso una casa puede desaparecer por su fuerza. Su familia estaba construyendo su vivienda cuando ocurrió algo que todavía recuerda con asombro: el viento literalmente la desparramó por el suelo. Hubo que recuperar lo que se pudo, vender el terreno y empezar otra vez desde cero. Mientras eso sucedía, ella y sus hermanos eran muy pequeños, por lo que el trabajo de su padre les permitió instalarse provisoriamente en una antigua oficina que estaba en desuso, ubicada frente al mar. Aquella situación, que para cualquier familia significaba un enorme contratiempo, terminó regalándole algunos de los recuerdos más felices de su infancia.

En aquellos años las costas de Comodoro todavía recibían la visita frecuente de pingüinos, lobos marinos y una enorme variedad de aves. Era un paisaje completamente distinto al actual. "Después crecieron el puerto y la actividad petrolera y todo eso se fue perdiendo. Hoy, con suerte, baja una gaviota", recuerda con cierta nostalgia. Más adelante la familia se trasladó a Diadema, el histórico barrio nacido como campamento petrolero de la Shell. Allí la naturaleza volvió a convertirse en su patio de juegos. Los cerros, un pequeño arroyo y enormes espacios abiertos marcaron una infancia de absoluta libertad, donde pasar horas caminando entre la vegetación era parte de la rutina diaria.

Pero esa cercanía con el ambiente también le mostró una realidad dolorosa. Mientras otros chicos simplemente disfrutaban del paisaje, ella encontraba aves empetroladas. Aquellas imágenes la conmovían profundamente. "Me volvía loca con esa situación. Corría llorando hasta mi casa para buscar cualquier cosa que pudiera servir y volver a rescatar al ave para intentar salvarla." Sin saberlo, ya estaba naciendo la conservacionista que años después dedicaría su vida a la protección del ambiente.

 

Cuando la pasión encontró un nombre

Desde muy pequeña escuchaba en su familia una frase que con el tiempo cobraría mucho sentido. "Tenés perfil de naturalista", le decían. En ese momento no imaginaba que esas palabras terminarían describiendo exactamente quién sería de adulta. Lo único que sabía era que necesitaba estar en contacto con la naturaleza. Por eso estudió Gestión Ambiental en Comodoro Rivadavia, la carrera que tenía más al alcance de la mano. Sin embargo, sentía que buena parte de la formación estaba orientada a la actividad petrolera y ella buscaba otro camino. Quería trabajar con los recursos naturales, los bosques, las áreas protegidas y la conservación.

Entonces apareció una oportunidad que cambiaría definitivamente el rumbo de su vida. Una profesora le habló de El Bolsón y le recomendó continuar allí su formación. "Me despachó y me dijo: andate para allá con Bondel". Así fue como en 2009 llegó a la Comarca Andina buscando una alternativa mucho más vinculada con lo forestal, los recursos naturales y las áreas protegidas. Sin imaginarlo, estaba comenzando la etapa más importante de su recorrido profesional.

 

El curso que le explotó la cabeza

Poco tiempo después de instalarse ocurrió algo que terminó de definir para siempre su camino. Participó del primer curso de aves que dictaban Javier de la Meonarde y CIPA. Lo recuerda como uno de esos momentos que cambian una vida. "Me estalló la cabeza. Pensé: ¿cómo puede haber tanta variedad de aves? Qué asombroso, qué hermoso, qué interesante." Desde entonces nunca dejó de estudiar, observar y aprender.

Junto con esa pasión apareció otra que también la había acompañado desde chica: la fotografía. "Siempre me gustó sacar fotos, pero cuando llegué acá, con estos paisajes y después con las aves, fue diferente." Sin embargo, aclara que nunca le interesó coleccionar especies como quien completa un álbum de figuritas. Su búsqueda siempre fue mucho más profunda. "Me interesan los detalles. Poder observar, registrar una especie, después investigar sobre ella y compartir esa información con otros." Esa necesidad permanente de compartir el conocimiento explica también por qué la educación ambiental ocupa un lugar tan importante en su vida. Para Lorena, conocer siempre es el primer paso para aprender a cuidar.

 

"Mi bandera no es una institución. Mi bandera es la naturaleza"

A lo largo de su carrera pasó por distintos organismos y áreas protegidas. Fue guardaparque, trabajó como informante turística, se desempeñó durante cinco años en Península Valdés, pasó por Punta Tombo, también trabajó en el Área Natural Protegida Río Azul-Lago Escondido y recorrió diferentes espacios de conservación en todo el país. Esa experiencia le permitió conocer de cerca parques nacionales, reservas provinciales y reservas privadas. Sin embargo, cuando le preguntan con qué institución se identifica, la respuesta llega sin dudar.

"Nunca llevé como bandera a ninguna institución. Mi bandera es la naturaleza."

La frase resume su forma de entender la conservación. Explica que lo verdaderamente importante es el disfrute responsable del ambiente, conocerlo y protegerlo. "La conservación, el disfrute, conocer la naturaleza y cuidarla. Por ahí pasa todo." Reconoce que todas las instituciones tienen fortalezas y también dificultades. "Lo institucional siempre tiene cosas raras que muchas veces no nos cierran, pero es el campo de trabajo que existe y uno trabaja donde puede." Para ella, el foco nunca estuvo puesto en el organismo donde presta servicios sino en el territorio que tiene la oportunidad de cuidar.

 

Ser guía es mucho más que caminar un sendero

En agosto del año pasado finalmente obtuvo la habilitación oficial como guía de Parque Nacional, un reconocimiento que llegó después de muchos años de experiencia acumulada. Explica que coincidieron los requisitos que exigía la Administración de Parques Nacionales con toda la formación y la práctica que ya había desarrollado como guardaparque, informante turística, guía naturalista y guía ornitológica, estudios que profundizó especialmente entre 2020 y 2021. Sin embargo, aclara que el verdadero trabajo de acercar a las personas con la naturaleza comenzó mucho antes de recibir esa habilitación oficial.

"Hace años que hago de puente entre la comunidad y la naturaleza", resume.

Y enseguida aprovecha para reflexionar sobre algo que considera fundamental, especialmente en una época donde el turismo parece muchas veces resumirse a sacar una fotografía y seguir viaje. Para Lorena, recorrer un sendero acompañado por un guía significa vivir una experiencia completamente distinta. Un guía no solamente muestra el camino: ayuda a descubrir aquello que la mayoría pasa por alto. Enseña a escuchar los sonidos del bosque, a reconocer las especies, a comprender por qué un paisaje funciona como funciona y cuál es la importancia de conservarlo.

"No solamente vemos con los ojos. También sentimos, escuchamos, descubrimos lo que tiene el paisaje y entendemos la importancia de aquello que estamos observando", explica. Muchas veces, dice, toda esa información ya está escrita en los carteles interpretativos, pero casi nadie se detiene a leerlos. "La mayoría dice: después lo leo cuando llegue a la cabaña. Y nunca lo hace." Por eso sostiene que un guía permite vivir una experiencia mucho más profunda, una experiencia que transforma una simple caminata en una verdadera oportunidad para conocer el lugar que se está visitando.

 

La seguridad también forma parte del paisaje

Pero el trabajo de un guía no termina en la interpretación del ambiente. También implica brindar seguridad. Lorena explica que muchas veces quienes visitan la montaña subestiman los riesgos por desconocimiento. "No es lo mismo caminar en una ciudad, en una playa o por un cerro que subir a la montaña", señala. Conocer los senderos habilitados, identificar aquellos que no lo están, interpretar las condiciones del terreno, recomendar el calzado adecuado o saber cómo moverse según el tipo de recorrido forman parte de la tarea cotidiana de un guía.

A eso se suma la formación en primeros auxilios, una exigencia presente en muchos espacios naturales. "Tenemos experiencia y de hecho nos solicitan tener los cursos de primeros auxilios. Entonces, si pasa algo, estamos atentos para poder acudir a esa situación." Para ella, la seguridad no es un aspecto secundario, sino parte de una experiencia responsable que permite disfrutar del entorno sin poner en riesgo la propia vida ni el ambiente.

 

Cada vez llegan visitantes desde más lejos

Su trabajo también le permitió observar cómo fue cambiando el perfil de quienes llegan a la Comarca Andina. Lorena se define como una persona muy conversadora y reconoce que suele detenerse a charlar con quienes encuentra en los senderos, incluso cuando no está trabajando como guía. Esas conversaciones espontáneas le permitieron advertir un fenómeno que se repite cada temporada: cada vez llegan visitantes desde lugares más lejanos del país e incluso del exterior.

"Me he encontrado con gente de Santa Fe, de Chaco, de Misiones, de San Juan... Este verano incluso conocí muchos turistas de Brasil en Lago Puelo, algo que me llamó mucho la atención porque años atrás no era tan frecuente." Para ella, ese crecimiento demuestra que la región se va consolidando como uno de los grandes destinos de naturaleza de Argentina, un lugar donde todavía es posible vivir experiencias auténticas en contacto con el bosque, los lagos y la fauna silvestre.

 

La Comarca Andina, un verdadero paraíso para la observación de aves

Hablar de aves es hablar de la pasión más grande de Lorena. Apenas comienza a describir la riqueza natural de la región, las palabras fluyen con entusiasmo. Explica que Lago Puelo posee una fortaleza enorme desde el punto de vista ornitológico porque reúne en un mismo espacio ambientes muy distintos. El lago aporta aves acuáticas, el bosque nativo suma especies propias de ese ecosistema y las zonas de transición permiten encontrar otras aves asociadas a bosques abiertos o mixtos.

"Lago Puelo ofrece una gran variedad. En un recorrido relativamente corto uno tiene la posibilidad de observar muchísimas especies diferentes."

Pero rápidamente aclara que la riqueza no termina allí. También destaca lugares emblemáticos de El Bolsón, como Cerro Amigo, el Área Natural Protegida Río Azul-Lago Escondido y distintos sectores donde ha podido registrar especies muy buscadas por observadores de aves. Menciona, por ejemplo, el tramo comprendido entre Cajón del Azul y El Retamal, además de la Confluencia y el camino hacia Los Hitos, donde el paisaje ofrece excelentes oportunidades para el avistaje.

Tampoco quiere dejar afuera otro sitio muy especial: la Laguna de Los Buenos Pastos, en El Hoyo. Allí aparecen especies diferentes a las habituales de Lago Puelo y El Bolsón, enriqueciendo aún más la diversidad de la Comarca. Y cuando el recorrido cruza hacia la estepa, rumbo a Maitén o Leleque, el escenario cambia por completo. Comienzan a aparecer flamencos, distintas especies de cisnes, águilas moras, aguiluchos y numerosas aves propias de los arbustales patagónicos. Cada ambiente ofrece una identidad distinta y cada paisaje esconde una biodiversidad que muchas veces pasa desapercibida para quien no sabe dónde mirar.

 

El "Messi" de las aves patagónicas

Cuando llega el momento de elegir la especie más difícil de encontrar, Lorena no necesita pensar demasiado.

"El pato del torrente, sin ninguna duda."

Su respuesta llega con absoluta convicción. Explica que se trata de una de las aves más emblemáticas de la cordillera y también una de las más complejas de observar. Es extremadamente territorial, suele vivir sola o en pareja y únicamente permanece con sus crías durante la época reproductiva. Se calcula que existe aproximadamente una pareja cada siete kilómetros de río, por lo que los encuentros son escasos incluso para quienes conocen muy bien el territorio.

Además, tiene una alimentación muy específica y enfrenta amenazas importantes. Una de ellas es el visón americano, una especie exótica invasora que representa un serio problema para el equilibrio de los ecosistemas patagónicos. "El visón es una gran amenaza porque se alimenta de los pichones. Y no solamente del pato del torrente, sino de muchísimas otras aves y animales. No tiene filtro", explica. También menciona a las gaviotas, que aunque en la región no son numerosas, pueden depredar huevos y crías. Por eso, cada vez que alguien logra observar un pato del torrente en libertad, el momento adquiere un valor muy especial para cualquier amante de la naturaleza.

 

Viajar para seguir aprendiendo

Aunque gran parte de su vida transcurre entre los bosques y montañas de la Comarca Andina, Lorena reconoce que otra de sus grandes pasiones es viajar. Siempre que tiene la oportunidad recorre distintos rincones de Argentina para conocer nuevos ambientes, registrar otras especies y seguir aprendiendo. "Me encanta viajar. He pasado meses recorriendo el país y creo que me quedan muy poquitas provincias por conocer", cuenta.

Cada viaje significa ampliar la mirada, descubrir nuevos paisajes y encontrarse con colegas, guardaparques, guías y naturalistas que comparten la misma vocación. Porque, en definitiva, entiende que la conservación no reconoce fronteras administrativas. Cambian las instituciones, cambian los territorios, pero el compromiso con la naturaleza sigue siendo el mismo.

 

Una invitación a mirar diferente

Al finalizar la charla queda una sensación difícil de explicar. Escuchar a Lorena Moralejo es comprender que la naturaleza nunca dejó de estar ahí. Los bosques, los ríos, las montañas y las aves continúan ofreciendo un espectáculo extraordinario todos los días. Lo que muchas veces falta es alguien que nos enseñe a detenernos, observar con paciencia y descubrir aquello que normalmente pasa inadvertido.

Su historia emociona precisamente por eso. Porque demuestra que aquella niña que corría llorando para intentar rescatar aves empetroladas en las costas de Comodoro Rivadavia nunca dejó de ser la misma. Simplemente creció, estudió, viajó, se formó y encontró la manera de transformar esa sensibilidad en una profesión dedicada a tender puentes entre las personas y la naturaleza.

Hoy, cada caminata que guía, cada fotografía que comparte y cada conversación que mantiene con un visitante tienen un mismo objetivo: despertar curiosidad, generar respeto y sembrar conciencia. Porque está convencida de que nadie protege aquello que no conoce y que la conservación comienza mucho antes de cualquier política ambiental.

Comienza cuando alguien se detiene a escuchar el bosque.

Cuando aprende a reconocer el canto de un ave.

Cuando entiende por qué un río necesita permanecer sano o por qué un sendero merece ser recorrido con respeto.

Y, sobre todo, cuando descubre que la naturaleza no es un escenario para una selfie, sino un mundo vivo del que todos formamos parte.

Quizá esa sea la enseñanza más valiosa que deja Lorena Moralejo. Que conservar no empieza con grandes discursos ni con decisiones extraordinarias. Empieza con un gesto mucho más simple y profundo.

Empieza aprendiendo a mirar.