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29 de Agosto de 2026

Cuando las piedras hablan: la historia de Agustín Quesada y el Geomuseo

Desde el corazón de El Bolsón, Agustín Quesada convirtió su pasión por la geología y la divulgación científica en una manera de acercar a la comunidad al paisaje que habita. Su historia une agua, montañas, investigación y memoria.

Sabado, 29 de agosto de 2026 a las 09:29

Hay lugares que uno visita y lugares que, de alguna manera, terminan formando parte de la propia historia. Para Agustín Quesada, El Bolsón fue primero una imagen, después un destino familiar y finalmente el territorio donde encontró una manera de reunir muchas de las preguntas que lo acompañaron durante toda su vida.

Hoy es una de las caras visibles del Geomuseo del Bolsón, una de las propuestas que se fue convirtiendo en referencia para quienes quieren conocer la historia geológica de la Comarca Andina. Pero detrás de las piedras, los mapas, las explicaciones y las visitas escolares hay una historia personal que comenzó muy lejos de la Patagonia.

Quesada es doctor en Ciencias Geológicas por la Universidad de Buenos Aires. Nació en 1981 en el barrio porteño de Colegiales y, aunque su vínculo con la Patagonia se hizo definitivo muchos años después, existe una fotografía que lo conecta con este territorio desde que era apenas un niño: fue tomada en El Bolsón en 1983.

Después vendrían los viajes, la adolescencia, Buenos Aires y la formación de una familia. Su vínculo con la Comarca Andina se profundizó a partir de su relación con una persona oriunda de la zona y, desde 2014 o 2015, comenzó a pasar buena parte de su tiempo en Patagonia. En 2020, finalmente, la decisión fue definitiva: junto a su familia se instalaron en la región.

La llegada tuvo además una particularidad que todavía hoy recuerda con humor. Llegaron en enero y, apenas dos meses después, en marzo, comenzó el aislamiento provocado por la pandemia. “Viste que hinchaste, viste que al final te fuiste y se cayó el mundo. Mirá dónde te agarró”, le decían sus amigos desde Buenos Aires.

La anécdota, que podría haber sido una enorme preocupación, terminó convirtiéndose en parte de la historia de una familia que había decidido dejar atrás la ciudad. Durante un tiempo quedaron aislados en su lugar, mientras afuera el mundo cambiaba de manera inesperada.

 

Antes de las piedras, estuvo el agua

Para muchos chicos, la geología aparece asociada a los dinosaurios, a las piedras, a los volcanes o a la fascinación que despertaron películas como Jurassic Park. En el caso de Quesada, sin embargo, el camino fue diferente. Antes que las rocas, estuvo el agua.

Durante su adolescencia comenzó a recibir mensajes vinculados con la preocupación por el futuro del agua y la posibilidad de un mundo en el que ese recurso pudiera faltar. Esas preguntas quedaron dando vueltas y terminaron moldeando una vocación.

“Mis preguntas siempre fueron en torno al agua y el agua para consumo y el agua para cómo íbamos a ser en un mundo sin agua”, recordó durante la entrevista. Esa inquietud fue la puerta de entrada a la geología y, más específicamente, al estudio del agua subterránea.

Pero antes de convertirse en geólogo hubo otro camino. Quesada estudió durante dos años una tecnicatura en fotografía. La cámara fue su primera formación terciaria y, posteriormente, decidió ingresar a la Universidad de Buenos Aires para vivir también la experiencia de transitar por una universidad pública.

Pasó por el Ciclo Básico Común (CBC), que definió como una etapa “súper, súper difícil”, y poco a poco comenzó a engancharse con la carrera. Lo que inicialmente podía parecer un recorrido con diferentes intereses terminó construyendo, con el tiempo, una mirada particular: la de alguien que combina ciencia, comunicación y observación.

Al comenzar la carrera imaginaba su futuro dentro del mundo académico. Se veía reflejado en algunos de sus profesores y sentía una fuerte atracción por la investigación, por la posibilidad de descubrir cosas nuevas y por el lugar que ocupaba la figura del científico.

Pero mientras estudiaba geología apareció otra dimensión que terminaría siendo decisiva: la divulgación científica.

 

El científico que también quiso contar la ciencia

Durante sus años como estudiante se creó en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires un programa de extensión denominado Programa Divulgadores. Allí comenzó a participar de una experiencia que en ese momento todavía era poco habitual en Argentina.

La idea era acercar el conocimiento científico a la sociedad y encontrar nuevas maneras de explicarlo. Quesada comenzó así una trayectoria paralela a la formación académica, aprendiendo que investigar y comunicar podían ser dos partes de una misma tarea.

Aquellos primeros pasos ocurrieron mucho antes de Instagram, TikTok y las redes sociales tal como hoy las conocemos. Una época en la que divulgar ciencia implicaba encontrarse cara a cara con las personas, participar de ferias y generar espacios de intercambio.

En las ferias realizadas en el Planetario de la Ciudad de Buenos Aires, en Palermo, participaba junto a otros jóvenes. En una de esas experiencias incluso instalaron la que describió como la primera computadora con wifi pública de Buenos Aires, dentro de un proyecto llamado Buenos Aires Libre.

Era 2006 y el acceso a internet todavía estaba muy lejos de ser cotidiano. No existía YouTube como hoy, la conexión podía depender de un módem y construir antenas para armar redes wifi era una experiencia casi artesanal. La gente se sorprendía porque podía sentarse frente a una computadora y revisar su correo electrónico sin que hubiera una línea telefónica conectada.

La referencia temporal ayuda a entender cuánto cambió el mundo desde entonces. Mientras hoy una publicación en redes puede llegar en segundos a miles de personas, por aquellos años el mensaje de texto y teléfonos como el recordado Nokia 1100 eran parte de la comunicación cotidiana.

Quesada ya estaba aprendiendo algo que después sería fundamental para su vida profesional: el conocimiento científico adquiere otra dimensión cuando puede ser compartido y comprendido por la comunidad.

 

La Patagonia como territorio para investigar y comprender

Cuando llegó definitivamente a la Comarca Andina, la geología seguía estando presente. Continuó vinculándose con la docencia y la investigación y comenzó a mirar el territorio con dos intereses particularmente fuertes: el agua subterránea y el potencial del geoturismo.

Había observado que la Reserva Natural Cerro Amigo tenía posibilidades importantes para desarrollar una propuesta vinculada con el turismo geológico. El concepto, explicó, forma parte de una particularidad del turismo científico y propone recorridos interpretativos para comprender cómo se formó el paisaje.

Así como una persona puede recorrer un lugar para observar aves, bosques u hongos, el geoturismo invita a hacer otra pregunta: ¿cómo se formó todo esto que estamos viendo?

La mirada se amplió entonces hacia la propia Comarca Andina, sus montañas, sus valles, sus cursos de agua y las rocas que guardan una historia de millones de años. Pero junto a esa curiosidad científica persistía aquella preocupación inicial por el agua subterránea, que Quesada ya identificaba como una cuestión relevante para la región.

La oportunidad para desarrollar ese trabajo llegó poco después de instalarse en la zona. Descubrió que en la Comarca funcionaba el Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural de la Universidad Nacional de Río Negro y el Conicet.

Allí conoció al doctor Mariano Moroso. Como Quesada ya había terminado su doctorado, ambos comenzaron a trabajar en la presentación de un proyecto de postdoctorado. El resultado fue una beca del Conicet que le permitió desarrollar durante tres años su trabajo científico en la Comarca.

Fue una etapa fundamental. No solamente por la investigación, sino también porque le permitió conocer profundamente el territorio, relacionarse con muchas personas y desarrollar su actividad de la mano de la Universidad Nacional de Río Negro y el Conicet.

 

Los árboles que guardan memoria de un terremoto

Una de las investigaciones que realizó en esos años buscó reconstruir los efectos que había tenido en la región el megaterremoto de Valdivia de 1960, uno de los grandes acontecimientos sísmicos registrados en la historia.

La herramienta para acercarse a ese pasado estaba escondida en algo tan cotidiano como los árboles. A través del estudio de sus anillos es posible reconstruir determinados eventos ocurridos en el pasado y encontrar señales que ayudan a interpretar transformaciones del territorio.

El trabajo llevó al equipo hasta el Arroyo Derrumbe, en las cercanías de la seccional El Turbio del Parque Nacional Lago Puelo. Para llegar hasta allí debían cruzar el lago en lancha y tomar muestras de árboles ubicados en la zona del camping.

En la cabecera sur del Lago Puelo existe un arroyo vinculado con el río Azul. De acuerdo con los relatos de pobladores, ese curso de agua había cambiado abruptamente como consecuencia del megaterremoto de Valdivia. La investigación buscó precisamente comprobar qué había ocurrido.

Pero la historia que encontraron fue todavía más compleja.

Los investigadores detectaron evidencias que indicaban que no solamente los arroyos habían sufrido modificaciones. También encontraron señales de incendios ocurridos en sectores altos durante las décadas de 1920 y 1940.

Aquellos incendios podían haber predispuesto la formación de embalsamientos o acumulaciones de agua que, posteriormente, se rompieron de manera violenta. Así, una investigación que inicialmente buscaba comprender los efectos de un terremoto terminó conectando geología, geomorfología, agua subterránea e incendios.

Era, en definitiva, otra forma de leer la historia de un territorio.

 

El museo que primero fue un sueño

Antes de dirigir el actual Geomuseo, Quesada ya había escuchado hablar del antiguo Museo de Piedras Patagónicas, ubicado en Mallín Ahogado.

Había querido conocerlo, había pasado por la puerta e incluso había enviado correos electrónicos intentando visitarlo. Pero en aquellos años Eduardo Lucio comenzaba a atravesar problemas de salud y el espacio permanecía cerrado.

La historia, sin embargo, no terminó allí.

Cuando Quesada retomó su vínculo con la divulgación científica después de una etapa en la que se había alejado de esa actividad, entendió que esa tarea era especialmente importante en la Comarca. Su mirada era clara: si las personas conocen cómo funciona el territorio que habitan, también pueden participar de manera más consciente en las decisiones sobre ese territorio.

En ese contexto surgió, junto al doctor Santiago Bondel, una propuesta de divulgación que también contó con Roberto Corral de Radio Patagónica y la Cooperativa de Patagonia Andina. Diseñaron un conversatorio gratuito en la Fundación Cooperar llamado “Sobrevolando la Comarca”.

La actividad convocó a muchas personas, entre ellas gestores ambientales y personal de Coopetel, y tuvo una amplia difusión. Con el tiempo, aquella experiencia terminó siendo una de las puertas que llevaron a Quesada hacia el Geomuseo.

La propuesta tomó forma y, finalmente, desde la dirección de Coopetel le ofrecieron hacerse cargo del proyecto.

 

Un año de trabajo para darle vida al Geomuseo

Lo que hoy puede verse como una de las joyas del centro de El Bolsón no apareció de un día para otro. Detrás del espacio hubo un año entero de trabajo intenso.

Quesada asumió el desafío junto a Juan Pablo Vescos, actual tesorero y una persona vinculada al mundo de la cultura de El Bolsón, que además tenía conocimientos relacionados con la construcción.

“Nos pusimos par y par, espalda con espalda y le dimos sin parar un año”, contó al recordar aquel proceso.

El objetivo era construir un espacio capaz de reunir conocimiento científico, patrimonio, identidad y una experiencia accesible para personas de diferentes edades. El resultado terminó convirtiéndose, según explicó, en una de las referencias de la museografía de Patagonia.

Desde su apertura, el Geomuseo fue creciendo y encontrando su lugar dentro de la comunidad.

Aproximadamente 15.000 personas pasaron por el espacio desde que abrió sus puertas. Entre ellas hubo grupos turísticos, vecinos, visitantes y, especialmente, estudiantes.

Más de 40 establecimientos educativos de todos los niveles —desde jardines y escuelas primarias hasta secundarias, terciarios y universidades— ya recorrieron el museo.

Pero hay un dato que para quienes trabajan allí tiene un valor especial: muchas personas que ingresan al Geomuseo lo hacen por primera vez a un museo.

Y no solamente pasan por sus salas.

Algunas disfrutan la experiencia, vuelven y, según contó Quesada, incluso comienzan a visitar otros museos. De esa manera, un espacio dedicado a explicar la historia geológica del territorio termina funcionando también como una puerta de entrada al conocimiento y a la cultura.

 

La herencia de Eduardo Lucio e Isabel Giraudo

El Geomuseo actual tiene además una historia previa que sus responsables no quieren olvidar.

Quesada reconoce que el proyecto es heredero directo del antiguo Museo de Piedras Patagónicas, y especialmente del trabajo que durante más de dos décadas realizaron Eduardo Lucio e Isabel Giraudo.

Ellos fueron quienes construyeron durante años un vínculo profundo con la comunidad y se ganaron el afecto de numerosas personas. Por eso, la existencia de un nuevo espacio en el centro de El Bolsón no significa borrar aquella historia, sino continuarla desde otro lugar.

“Si nosotros hoy también somos una referencia acá en nuestro nuevo hogar es gracias al trabajo que vinieron haciendo”, destacó Quesada al referirse a la tarea de divulgación científica desarrollada anteriormente por Lucio y Giraudo.

Esa continuidad es parte del valor del museo. Las piedras que se observan, las explicaciones sobre los procesos geológicos y los recorridos no están aislados de la historia local: forman parte de una construcción colectiva que lleva muchos años.

 

El agua sigue esperando respuestas

Aunque el Geomuseo ocupa hoy buena parte de su actividad cotidiana, aquella preocupación que lo llevó a estudiar geología no desapareció.

El agua subterránea continúa siendo uno de sus grandes intereses. Actualmente desarrolla, junto a su familia, un emprendimiento denominado Acuífero Sur, orientado a la búsqueda de agua subterránea y al objetivo de construir un mapa hidrogeológico de la Comarca.

La intención es, en sus palabras, “correr el velo de qué está pasando con el agua subterránea en la zona de la comarca”.

El geoturismo también continúa entre sus proyectos. Aunque reconoce que hoy dispone de menos tiempo para realizar recorridos, la idea sigue allí, esperando la posibilidad de expandirse.

Porque el museo demanda mucho. Ser una institución abierta a la comunidad implica una tarea permanente, una ocupación que excede ampliamente el horario de una actividad o una visita.

Por eso, actualmente, el Geomuseo se convirtió en su ocupación principal. Y lo cuenta con una satisfacción que atraviesa toda la conversación.

 

Un geólogo que nunca deja de mirar

Hay una pregunta que parece sencilla pero que permite comprender mucho de la personalidad de Quesada: si disfruta salir a la montaña y caminar mirando el suelo, buscando aquella piedra que pueda contar algo.

La respuesta es inmediata: sí.

Para un geólogo, explica, la profesión termina convirtiéndose en una manera de mirar el mundo. “Cuando es geólogo, es geólogo tiempo completo”, resume.

Las rocas dejan de ser simplemente piedras. Se convierten en páginas de una historia mucho más antigua que cualquier presencia humana.

Allá donde va, observa el paisaje, recuerda mapas, busca explicaciones y encuentra detalles que quizá antes habían pasado inadvertidos. Lo experimentó, por ejemplo, durante un viaje hacia la meseta, hasta Manuel Choique, y también en Piedra Parada, un lugar al que volvió y donde, pese a conocerlo previamente, volvió a descubrir nuevas cosas.

La maravilla, en ese sentido, no se agota.

Es una manera de estar frente al paisaje. De mirar una montaña y preguntarse qué ocurrió para que esté allí. De observar una roca e intentar reconstruir el proceso que la llevó hasta ese lugar.

Quesada lo compara con otras profesiones y pasiones: un pintor que no puede dejar de mirar aquello que pinta, un artista que observa permanentemente desde su propia sensibilidad.

En su caso, esa sensibilidad está puesta en la ciencia.

El científico también observa incluso cuando no está trabajando.

 

Conocer para cuidar

Quizás allí aparezca la idea que mejor resume toda la historia: conocer el territorio para poder cuidarlo.

El Geomuseo no se propone solamente mostrar piedras bonitas o contar curiosidades sobre la formación de la Patagonia. La intención es mucho más profunda: democratizar el conocimiento sobre cómo se formó el paisaje de la Comarca y de la Patagonia Norte.

Para Quesada, acercar esa información a la comunidad puede generar personas más autónomas y empoderadas.

Y ese conocimiento, sostiene, también puede traducirse en mayores exigencias. Una comunidad que entiende mejor el territorio que habita puede reclamar estándares económicos, sociales y ambientales más elevados.

La ciencia deja entonces de estar encerrada en un laboratorio o en una universidad. Sale a la calle, entra en un museo, llega a una escuela, se comparte con una familia, aparece en una conversación entre vecinos y ayuda a comprender aquello que está frente a los ojos todos los días.

En El Bolsón, esa tarea encontró una casa.

Entre piedras, mapas, historias, árboles que guardaron durante décadas las huellas de acontecimientos naturales y relatos que atraviesan generaciones, el Geomuseo propone detenerse y mirar.

 

Mirar el paisaje con otros ojos.

Porque detrás de una montaña hay una historia. Detrás de un arroyo hay procesos que pueden ser reconstruidos. Detrás del agua que consumimos existe un mundo subterráneo que todavía necesita ser comprendido.

Y detrás de todo eso hay también personas que eligieron dedicar su vida a hacer esas preguntas.

Agustín Quesada llegó desde Colegiales, pasó por la fotografía, la universidad, la investigación y la divulgación científica, y terminó encontrando en la Comarca Andina un lugar donde todas esas partes de su historia podían encontrarse.

Quizás por eso hoy, cuando camina por una montaña o se detiene frente a una roca, no está simplemente observando una piedra.

Está leyendo.

Está buscando las huellas de lo que ocurrió antes.

Y, sobre todo, está intentando que esa historia deje de ser patrimonio exclusivo de los científicos para convertirse en conocimiento de todos.

Porque cuando una comunidad aprende a leer el paisaje que la rodea, también empieza a comprender mejor el lugar que llama hogar.