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25 de Abril de 2026

La huella invisible: Agustín Guasco y el legado que lo sostiene cada día

Un recorrido por la vida de Agustín Guasco, nacido y criado en El Bolsón, cuya historia está marcada por la montaña, su terruño y la vocación de servicio.

Sabado, 25 de abril de 2026 a las 09:10

En esta nueva entrega del ciclo de entrevistas de Info Cordillera, llegamos al Consejo Deliberante de El Bolsón una mañana agitada, de esas en las que los pasillos están llenos de voces, carpetas y compromisos que no dan respiro. Sin embargo, en medio de ese torbellino cotidiano, Agustín Guasco se hace un espacio. Unos minutos nada más, apenas un respiro antes de continuar con la jornada. Y aun así, alcanza con saludarlo para que algo en su voz ya empiece a quebrarse. Porque esta no es una charla cualquiera: es una conversación que lo devuelve a su infancia, a su origen, a lo que lo formó. Es, en cierta manera, volver a casa.

Agustín nació en El Bolsón, un 19 de agosto de 1978. “Un NyC”, dice con esos ojos que solo tienen los nacidos y criados en este valle rodeado de montañas. Fue un tiempo distinto, un pueblo más pequeño, más artesanal, más atravesado por el contacto con la naturaleza y por el compañerismo que surge cuando aún no existen grandes estructuras, pero sí grandes afectos. Creció entre salamandras que templaban las aulas, entre maestras que eran casi segundas madres y entre inviernos que obligaban a caminar con la vianda al hombro para llegar a la montaña, cuando todavía ir a esquiar implicaba una verdadera aventura.

Su escuela primaria fue la 270, y el recuerdo lo emociona de inmediato. Habla de Lile, su maestra de primer a tercer grado, como si la estuviera viendo entrar al aula en ese preciso instante. Recuerda el día que tuvo que dejarla, y admite sin pudor que lloró como pocas veces en la vida. Recuerda a Graciela Burman en séptimo grado, y a esas otras maestras de las que hoy no logra retener el nombre, pero sí la sensación, la ternura, la forma en que marcaron su camino.

Porque la escuela de aquel El Bolsón era mucho más que un lugar donde aprender. Era un hogar. Se comía allí, se jugaba allí, se crecía allí. Y cuando Agustín habla de esa época, es imposible no imaginar ese edificio con calefacción a leña, los abrigos colgados, los cuadernos apoyados sobre mesas que crujían, y un grupo de chicos que pasaba buena parte de su vida formándose no solo en lo académico, sino también en lo humano.

En la secundaria fue parte de la primera camada del colegio privado Pascasio Moreno, un acontecimiento que en aquel momento significó toda una revolución. Luego, por cuestiones laborales, terminó en el CEM 94, donde completó su último año. Allí también dejó amigos, recuerdos intensos y la certeza de que cada etapa, incluso las que llegan por obligación, pueden transformarse en cimientos decisivos.

Pero si hay un capítulo que aparece una y otra vez en la conversación, ese capítulo es la montaña. La montaña como maestra, como destino, como lugar de trabajo, de crecimiento y de heridas profundas. La montaña como brújula de toda una vida.

Su vínculo con el Cerro Perito Moreno empezó temprano. Competía para el Club Andino Piltriquitrón, entrenaba, pasaba horas y horas subiendo caminando hasta donde hoy llega la aerosilla, cuando todavía no había pisanieves y todo se hacía con el esfuerzo del propio cuerpo. “Pisábamos con los esquíes”, recuerda. No había otra forma. Si querían entrenar, había que primero preparar la pista a fuerza de piernas. Si no funcionaba el T - Bar, caminaban. Si era tarde y no había luz, igual seguían subiendo. Era pasión pura, sin condiciones.

En un momento, el club se quedó sin entrenador. Y fue Agustín quien tomó esa responsabilidad, casi sin darse cuenta de que estaba comenzando una etapa que lo marcaría para siempre. Entrenó a chicos que hoy son profesionales, referentes del esquí patagónico y figuras en el desarrollo del Cerro Perito Moreno. Habla de ellos con un cariño que no puede disimular: Julián Rudolf —a quien recuerda llevándolo a competencias de pequeño—, Álvaro del Agua, Juancito Trota, Marcelo Solari y Catalina Forestier, campeona infantil en ese entonces, entre tantos otros..

Cada logro de esos chicos fue también un crecimiento para él. Cada viaje, cada campeonato, cada día que se levantaban antes del amanecer para llegar a tiempo al cerro, fortaleció la confianza en la enseñanza, en el esfuerzo compartido y en la vocación.

Pero su vida no fue lineal. Terminada la secundaria, se fue a Córdoba a estudiar mecánica dental. Estuvo tres años, hasta que entendió que su lugar estaba en otro lado. Regresó al Bolsón, volvió al club, retomó el esquí con más fuerza y después, casi como un destino inevitable, la montaña volvió a abrirle una puerta inesperada.

Viajó a Francia, estuvo en Saint-Gervais, pasó por Italia, por Trento. Vivió experiencias formativas en lo deportivo y en lo humano. Fue guía de pesca, guía de caza. Todo siempre en relación con la naturaleza, con el aire libre, con ese vínculo primario entre el hombre y su entorno.

Luego decidió estudiar Profesorado de Educación Física con orientación en montaña en la Universidad del Comahue. Y allí ocurrió uno de los episodios más dolorosos de su vida: la avalancha en el Cerro Ventana, en Bariloche, que se llevó a nueve de sus compañeros. Ese momento, confiesa, lo quebró. Estaba en segundo año. Todo cambió. Y tomó la decisión de no continuar. Tenía que buscar otro camino, una forma distinta de estar en la montaña, sin dejar que el miedo lo venciera, pero sin ignorar lo que había vivido.

Fue entonces cuando se profesionalizó en socorrismo de montaña: rescate en avalanchas, evacuación en medios de elevación, seguridad en pistas. Trabajó muchos años en Esquel, donde conoció a su pareja, con quien hoy comparte la vida y cuatro hijos que lo miran con ese orgullo silencioso que tienen los chicos cuando descubren que su papá hizo cosas que no sabían.

La vida lo llevó también al trabajo público. Primero en la Secretaría de Bosques. Luego como Secretario de Gobierno. Con responsabilidades, tiempos absorbidos y un ritmo que ya no le permite disfrutar de la montaña como antes. Hace nueve años que no sube al cerro a esquiar como solía hacerlo. “Los años no vienen solos”, sonríe, aunque detrás de esa sonrisa hay nostalgia. Extraña esas jornadas de vianda en la mochila, de bajar al atardecer con los músculos cansados y el corazón lleno.

Y mientras habla, se le humedecen los ojos. La montaña tiene eso: te devuelve siempre al origen. Y el origen, muchas veces, duele y sana al mismo tiempo.

Hoy, Agustín mira todo con perspectiva. Ve cómo el cerro dejó de ser una ilusión incierta para convertirse en un centro de esquí moderno, con infraestructura, gastronomía, hotelería y un impacto real en la economía local. Ve cómo la cultura del esquí se instaló en El Bolsón, cómo los jóvenes ya no suben caminando varios kilómetros para llegar a la nieve, pero sí encuentran en la montaña una fuente laboral, un espacio de formación, un futuro posible.

Y aunque no esquíe como antes, sigue siendo un hijo de la montaña. Un hombre que se hizo entre maestros de la escuela 270, compañeros de la nocturna, chicos que entrenó y hoy son profesionales, un club que fue hogar, y un pueblo que lo vio nacer y lo sigue reconociendo.

Hacia el final, cuando la conversación parece cerrar, aparece otra dimensión. La de la identidad más profunda. La de la pertenencia.

Para Agustín, “la Celeste y Blanca”, la bandera nacional, no es solo un símbolo. Es todo. Es identidad, es historia, es emoción, es orgullo. Es aquello que define quiénes somos.

Y en esa respuesta breve, casi susurrada, se condensa toda su historia.

La de un hombre que nació en un pueblo y decidió quedarse. Que eligió construir desde adentro. Que atravesó pérdidas, cambios, búsquedas. Que encontró en la montaña un camino, y en su comunidad, un destino.

La de alguien que entiende que la vida no se mide solo en logros, sino en huellas. Y que, aun sin darse cuenta, ya dejó la suya.