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21 de Febrero de 2026

De El Maitén a la cumbre del Lanín a los 71 años

Amalia Figueroa, vecina criada en la cordillera, alcanzó los 3.776 metros tras nueve horas de ascenso y cumplió su gran sueño.

Por Redacción

Sabado, 21 de febrero de 2026 a las 07:53

De Buenos Aires Chico, en la localidad chubutense de El Maitén, a la cima del imponente Volcán Lanín. La historia de Amalia Figueroa es de esas que parecen escritas por la montaña misma: silenciosas, persistentes y firmes. El domingo pasado, a los 71 años, alcanzó los 3.776 metros de altura y se abrazó a un sueño que venía persiguiendo desde hacía tiempo.

Criada entre montañas, con el viento patagónico como compañero de infancia, Amalia nunca dejó de mirar hacia arriba. Dos años atrás había intentado el ascenso, pero cuando faltaban unos 200 metros decidió regresar. La seguridad y los tiempos no eran los adecuados. Aquella vez la montaña la invitó a esperar. Esta vez, con otra preparación física y una ventana de clima favorable, la historia fue distinta.

La travesía comenzó a la 1.30 de la madrugada desde el refugio. Linternas encendidas, paso firme y constante. La estrategia era clara: avanzar de noche para evitar el calor y los vientos intensos que suelen levantarse más tarde. Caminar en la oscuridad, explicó luego, ayuda también a no marearse con la pendiente interminable. Nueve horas después, cerca de las 10 de la mañana, la cumbre estaba bajo sus pies.

No estuvo sola. La acompañaron dos amigas. Una, nadadora de aguas abiertas, que decidió entrenar especialmente cuando supo que ese era el gran sueño de Amalia. La otra, montañista experimentada, con decenas de ascensos previos al Lanín, fue clave para marcar el ritmo y sostener la estrategia en los tramos más exigentes. Porque el Lanín no regala nada.

En el tramo final, una pared de piedras obligó a avanzar “en cuatro patas”, con el cuerpo pegado a la roca. Cada metro ganado parecía exigir brazos y piernas por igual. La respiración se acorta, el aire pesa y el cansancio golpea. Pero Amalia siguió. Paso a paso. Hasta que el horizonte se abrió.

Arriba, el festejo fue breve. Fotos rápidas, algo de comida para recuperar energía y apenas media hora para contemplar la inmensidad. El viento podía intensificarse y la montaña siempre tiene la última palabra. La cumbre no es un lugar para quedarse demasiado tiempo; es un instante para agradecer y comenzar el regreso.

La historia de Amalia no empezó en el refugio, sino mucho antes, en un consultorio médico. Durante años convivió con dolores de rodilla y sobrepeso, hasta que una advertencia la sacudió: si no cambiaba hábitos, podía perder movilidad. Decidió moverse. Comenzó caminando por la barda antes de ir a trabajar. De a poco, esa rutina se transformó en un estilo de vida.

Trabaja limpiando casas y realizando tareas de cuidado. Sostuvo siempre su vida laboral y familiar mientras sumaba kilómetros. A los 47 años se animó a correr. Participó en pruebas de calle y de aventura, completó varias veces la K21 y también la K42 en distintas ediciones. En su casa fue armando un pequeño “museo” de medallas y trofeos que cuentan, en silencio, la historia de una mujer que no se resignó.

“No hay excusa para buscar los sueños. Así como yo salí de los problemas que tuve, se puede”, suele repetir. Y esa frase volvió a aparecer apenas iniciaron el descenso. Todavía con la emoción vibrando en el cuerpo y el cansancio acumulado en las piernas, lanzó una nueva meta que hizo reír a sus compañeras: ahora quiere el Domuyo, el volcán más alto de la Patagonia neuquina.

Amalia Figueroa demuestra que la edad no es un límite cuando hay convicción. Que los sueños no entienden de calendarios. Que la montaña no distingue oficios ni historias, pero sí reconoce la perseverancia. Desde Buenos Aires Chico hasta la cumbre del Lanín, su travesía es mucho más que una proeza deportiva: es una lección de vida escrita a 3.776 metros sobre el nivel del mar.