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21 de Febrero de 2026

Don Oscar Inalef, el cantor del Piltriquitrón: 76 años llevando la cordillera en la voz

Nacido detrás del cerro Piltriquitrón, don Oscar Inalef llevó nuevamente el aire puro de la cordillera al corazón de la Fiesta Nacional del Lúpulo.

Sabado, 21 de febrero de 2026 a las 09:40

El atardecer caía manso sobre el predio de la Fiesta Nacional del Lúpulo cuando su figura apareció en el escenario. No hubo estridencias. No hizo falta. Bastó verlo caminar con su guitarra para que el público supiera que estaba frente a una parte viva de la historia de El Bolsón. Don Oscar Inalef, “modelo 49”, como le gusta decir con una sonrisa serena, volvió a cantar en la fiesta que siente como propia. Y volvió a emocionar.

“Para mí ha sido un placer, un gusto poder estar una vez más en nuestra fiesta”, dice apenas baja del escenario, todavía con el eco de los aplausos vibrándole en el pecho. Tiene 76 años y una vida entera hecha de caminos de ripio, ovejas arriadas al atardecer, radios a galena y sueños que comenzaron con una guitarra de lata.

 

Nacido detrás del Piltriquitrón

Don Oscar nació en 1949, en la Cuesta del Ternero. “Siempre digo que nací y me crié detrás del Cerro Piltriquitrón. Si hacemos un túnel en el cerro, salimos derecho a mi rancho”, cuenta, y en esa imagen simple se dibuja una geografía afectiva que no figura en los mapas.

El Bolsón de su infancia no se parece en nada al de hoy. “No era como ahora. Ha crecido muchísimo”, recuerda. De chico, con apenas ocho o diez años, acompañaba a su padre en carro para entregar la lana a don Miguel Andén. Tardaban dos días en llegar. Las calles eran de ripio, el tránsito escaso y el pueblo pequeño.

Desde la cumbre del Piltriquitrón, donde subía a buscar las ovejas, podía ver los autos diminutos allá abajo y escuchar, con claridad asombrosa, la campana de la iglesia que sonaba todos los días a las doce del mediodía. “Se escuchaba clarito arriba”, dice. Y uno imagina ese silencio profundo de montaña, donde el sonido viaja limpio y la memoria se graba para siempre.

 

La guitarra de lata y un sueño

La música llegó antes que las palabras. “Yo tendría cuatro o cinco años y ya tenía una inclinación por la música”, recuerda. A los cinco le pidió a su padre que le comprara una guitarra. Nunca llegó esa guitarra soñada. Pero sí llegó algo más grande.

Un día, su padre le fabricó una guitarra con una lata de aceite y cuerdas de alambre. “Esa fue mi primera guitarra”, dice con orgullo intacto. De ese recuerdo nacería, décadas después, una huella que tituló Guitarra de Lata, donde relata esa infancia de ingenio y carencias dignas.

A los 18 años se fue a trabajar a Bariloche. Su primer sueldo no fue para ropa ni para lujos. Fue para una guitarra. “Yo quería una guitarra para compañera, para que me acompañe en el camino”, cuenta. Y así fue. Desde entonces, la guitarra no se separó de su vida.

 

El primer escenario: una piedra y el viento

Antes de los festivales y los micrófonos, su escenario fue una piedra.

Cuando bajaba las ovejas desde la cumbre del Piltriquitrón, medio faldeo abajo, antes de llegar a las chacras, había un arroyo que bajaba de la cordillera. Entre arbustos y matas pequeñas, una gran piedra se erguía con forma natural de escenario.

“Yo llegaba ahí, después de rodear las ovejas, y me ponía a cantar porque quería ser cantor”, confiesa. Escuchaba a los cantores en la radio y soñaba con cantar como ellos. “Les salía tan bonito… Pucha, a mí me gustaría cantar así”, pensaba el niño que todavía no sabía que el tiempo lo convertiría en una voz imprescindible de la comarca.

 

La música como vocación, no como sustento

Don Oscar nunca vivió de la música. “Yo no vivo de la música. Nunca viví de la música. Lo he hecho todo como aficionado y porque amo la música. La llevo incorporada desde niño”, afirma sin reproches.

Su vida estuvo ligada al trabajo, como la de tantos hombres de campo. Pero la música fue su raíz más profunda. Hace más de veinte años se integró a la Agrupación de Músicos Populares, cuando Hugo Oyarzo era presidente. Desde entonces, recorrió fiestas regionales en El Bolsón, Lago Puelo, Epuyén, Cholila y otros rincones de la cordillera.

Fue invitado tres o cuatro veces consecutivas a Patagonia Canta, en Bariloche. Y alrededor del año 2000 viajó a Viedma y Patagones para participar en la segunda edición del Festival de la Canción Inédita. Allí obtuvo una mención especial con el tema Abuela Quintupuray, cuya letra escribió Honorio Alegría y cuya música e interpretación estuvieron a su cargo.

Grabó dos materiales: un cassette titulado Con Aire Cordillerano, producido en Buenos Aires junto a la agrupación, y un CD grabado en El Bolsón, en la radio de Tornero, llamado Rompiendo el Silencio. Títulos que dicen mucho: aire, cordillera, silencio. Todo lo que habita en su canto.

 

Volver al escenario a los 76

Subirse al escenario mayor de la Fiesta Nacional del Lúpulo a los 76 años no es un dato menor. Es una declaración de amor a la vida.

“Es una cosa linda, muy satisfactoria, porque después de tantos años y ya con 76 años todavía puedo estar en un escenario y hacer lo que me gusta”, dice con humildad.

No habla de fama ni de reconocimiento. Habla de gratitud. De poder seguir cantando. De que la voz todavía le responda. De que la guitarra siga sonando.

 

El cantor no muere nunca

Cuando se le pregunta cómo imagina que lo recordarán cuando ya no esté transitando estas montañas, duda. No busca trascendencia. Pero luego reflexiona: “Seguramente me van a recordar por la música. La música sigue. El cantor no muere nunca, es inmortal. Se quedan las grabaciones”.

Y en esa frase hay una verdad profunda: los hombres pasan, pero las canciones quedan suspendidas en el aire, como la campana que se oía desde la cumbre del Piltriquitrón.

Para cerrar la nota, elige una canción que lo representa. Y entona unas estrofas con esa voz que parece traer viento del sur:

“Traigo el aire puro de mis cordilleras,

traigo las aguas frescas de algún manantial

que bajan cantando por esa ladera

trayendo las aves del verde…”

La emoción es inevitable. No es solo una canción. Es su biografía hecha verso. Es el niño de la guitarra de lata. Es el joven que gastó su primer sueldo en una compañera de seis cuerdas. Es el hombre que nunca dejó de cantar sobre una piedra, aunque el escenario haya cambiado.

Don Oscar Inalef no necesita túneles para unir montañas. Su voz ya lo hace. Y mientras haya alguien que escuche, el cantor seguirá siendo inmortal.