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18 de Julio de 2026

Adriana del Agua: una vida de amor, familia y pertenencia en El Bolsón

Descendiente de dos familias fundadoras, Adriana del Agua repasó su historia de vida en una entrevista cargada de emociones. Recordó a sus padres, el sacrificio de los primeros pobladores, un amor que cambió su destino y los casi 40 años dedicados a construir el turismo de El Bolsón.

Sabado, 18 de julio de 2026 a las 10:15

Hay personas cuya historia personal termina convirtiéndose en la historia de un pueblo. No porque hayan buscado protagonismo, sino porque cada uno de sus pasos quedó entrelazado con el crecimiento de la comunidad. Ese es el caso de Adriana del Agua, descendiente de dos familias pioneras de El Bolsón, trabajadora incansable del turismo durante casi cuatro décadas y una mujer que, cuando habla de su vida, habla inevitablemente del lugar donde nació.

La entrevista comenzó con un reconocimiento reciente. Durante los actos por Centenario de El Bolsón y del Día de la Independencia fueron homenajeadas familias pioneras de la localidad y, entre ellas, aparecieron dos apellidos que forman parte de su identidad: Del Agua y Tornero.

"Soy Del Agua Tornero", dice con orgullo apenas comienza la charla. Y detrás de esa sencilla presentación aparece una historia que atraviesa generaciones.

Su madre fue Rosario Beatriz Tornero y su padre, Ángel Horacio del Agua. Sus cuatro abuelos representaban también la historia de los primeros pobladores: dos españoles y dos chilenas que llegaron cuando esta región todavía era apenas un puñado de chacras, caminos de tierra y enormes distancias por recorrer.

 

Nacer en un pueblo que recién comenzaba

Adriana nació hace 68 años en El Bolsón, en la casa de sus abuelos maternos, ubicada donde hoy funciona una tienda de mascotas sobre avenida San Martín, muy cerca de la plazoleta de la Virgen.

Sonríe al recordar que el doctor Venzano asistió el parto y que su madre estuvo tres días de trabajo antes de que finalmente pudiera nacer.

Aquella casa de madera quedó grabada para siempre en su memoria.

Allí pasaban tardes enteras tomando el té que preparaba su abuela, mientras compartían juegos con sus primos y tíos. Eran tiempos donde las reuniones familiares marcaban el ritmo de la vida cotidiana y donde las puertas permanecían siempre abiertas.

Por la rama paterna también guarda una historia profundamente ligada al nacimiento del pueblo.

Su abuela, Cremilda Rogel, pertenecía a otra de las familias pioneras que llegaron desde Chile atravesando Llanada Grande hasta Lago Puelo. Su abuelo Ángel del Agua vivía en la chacra que hoy pertenece a la familia Micó, donde aún se conserva la vivienda que funcionó como la primera estafeta postal de El Bolsón, mucho antes de la creación de la Comisión de Fomento.

Cada vez que pasa por ese lugar imagina a su padre corriendo entre las ovejas, recorriendo el Cerrito Amigo cuando todo era campo, trigo y chacras.

"Ahí comenzó nuestra historia", resume.

 

El sacrificio de una generación

Los recuerdos de Adriana están atravesados por el esfuerzo.

Habla de una familia trabajadora, donde el sacrificio nunca fue una carga sino una forma de vivir.

Su padre comenzó trabajando en el Automóvil Club Argentino y con el tiempo logró comprar uno de los primeros taxis del pueblo, identificado con la patente 001.

Era una época en la que viajar hasta Bariloche implicaba varias horas de camino por una Ruta 40 completamente distinta a la actual. Curvas interminables, nieve, barro, hielo y vehículos muy diferentes a los de hoy.

Entre las anécdotas que más la conmueven aparece una que conserva intacta desde la infancia.

Cuando viajaban en familia, su padre les colocaba un diario sobre el abdomen para que el movimiento del camino no les provocara náuseas durante el trayecto hacia Bariloche.

"Eso nunca me lo voy a olvidar", recuerda entre risas.

Pero también recuerda los inviernos sin gas, la leña que había que proteger de la lluvia y las dificultades que hoy parecen impensadas.

Sin embargo, jamás habla desde la nostalgia amarga. "Era una vida sacrificada, pero muy feliz."

 

Una mujer adelantada a su tiempo

Si el trabajo marcó a su padre, el coraje definió a su madre.

Cuando la empresa familiar necesitó una mano, Rosario Tornero no dudó.

Mientras estudiaba para profesora de música, comenzó a conducir sola una combi hasta El Maitén tres veces por semana.

Transportaba pasajeros, llevaba y traía la correspondencia, realizaba trámites bancarios para familias de la localidad y recorría caminos difíciles en una época donde muy pocas mujeres manejaban vehículos de transporte.

Para Adriana, aquella imagen quedó grabada para siempre.

"La considero una mujer empoderada cuando todavía ni siquiera se hablaba de eso."

Cree que gran parte de su personalidad proviene justamente de esa madre que nunca aceptó que existieran límites para una mujer con voluntad de trabajar.

Toda la familia estuvo ligada al transporte.

Su padre también tuvo servicios escolares, recorridos hacia Bariloche y concesiones vinculadas al correo, mientras que ella crecía aprendiendo que el esfuerzo cotidiano era la única manera de salir adelante.

 

El turismo apareció como un sueño

Cuando terminó la escuela decidió estudiar Turismo en Neuquén.

En aquellos años salir de El Bolsón implicaba casi romper un cordón umbilical.

No existían celulares. La comunicación llegaba mediante cartas, encomiendas o llamadas muy esporádicas.

Sus padres insistieron para que estudiara lejos porque entendían que conocer el mundo también era una forma de crecer.

Eligió Turismo porque siempre sintió fascinación por las relaciones públicas y el contacto con la gente.

Gracias a gestiones realizadas por su padre consiguió una pasantía en la oficina de informes turísticos de Cipolletti.

Todo parecía encaminado hacia una carrera profesional. Pero el destino tenía preparado otro camino.

 

El viaje que cambió toda su vida

Hay historias de amor que parecen escritas mucho antes de suceder.

La de Adriana del Agua y Juan Ángel "Pichi" Dirasar nació de una casualidad que terminaría transformándose en una familia.

Él había quedado viudo luego de la muerte de su esposa durante el nacimiento de su segundo hijo. La tragedia había golpeado profundamente a toda la familia.

Un día, el padre de Adriana publicó un aviso buscando a alguien que pudiera trasladar a su hija hasta Bariloche para que continuara viaje hacia Neuquén.

Ese pasajero era ella.

Quien aceptó llevarla fue Pichi Dirazar.

Durante el trayecto conversaron durante horas. Ella escuchó la historia de aquel hombre joven que intentaba salir adelante mientras criaba solo a dos pequeños hijos.

Sintió una profunda conmoción.

Al llegar, él la invitó a tomar el té en el Cerro Otto. El colectivo partió más tarde.

Y, sin saberlo, también comenzaba otra vida. Un amor que desafió todos los prejuicios

Después de aquel viaje, comenzaron a escribirse cartas.

Él firmaba simplemente "J. A. Dirazar". Ella, intrigada, esperaba cada sobre como quien aguarda una respuesta del destino. Tiempo después acordaron encontrarse en Piedra del Águila.

Cuando volvió a verlo, ya no tuvo dudas. "Me enamoré realmente", recuerda todavía emocionada. La vida, sin embargo, no sería sencilla.

Pichi era viudo y tenía dos hijos muy pequeños: José Nicolás y Juan Ignacio. La tragedia que había atravesado la familia todavía estaba demasiado presente. Ella apenas tenía 24 años.

Su padre, cuando supo de la relación, no ocultó su preocupación. "No quería saber nada", cuenta entre sonrisas.

No era fácil comprender que una joven decidiera comenzar una vida junto a un hombre que ya cargaba una historia tan dura sobre sus hombros. Pero Adriana nunca dudó. Había visto el dolor. Había conocido a esos niños. Y sintió que su lugar estaba allí.

 

El mensaje que jamás olvidó

Hay un recuerdo que todavía hoy la conmueve hasta las lágrimas.

Antes del accidente que terminó con la vida de Ani, ambas habían conversado como tantas otras veces.

Eran vecinas.

Se conocían desde siempre.

Durante aquella charla, Ani le dijo una frase que Adriana nunca pudo borrar de su memoria. "Vos vas a venir a El Bolsón."

Ella respondió casi riéndose. "No, ¿cómo voy a venir? El Bolsón no es para la gente sola."

Pero Ani insistió. "Vas a venir como vine yo."

Con el paso de los años, esa conversación adquirió otro significado. Hoy Adriana siente que aquella mujer, desde el amor más profundo, le dejó una misión.

"Yo creo que ella me eligió para ser la mamá de los chicos." No lo dice desde un lugar de reemplazo. Lo dice desde el enorme respeto por una historia que la vida le puso delante y que decidió abrazar con el corazón entero.

José Nicolás tenía apenas cuatro años y medio. Juan Ignacio era un bebé. Ella no llegó para ocupar un lugar. Llegó para construir una familia. Y eso hizo.

 

Una hija que terminó de unir la historia

Se casó a los 26 años. Tres años después nació Agustina. "Vino a completar la familia", dice.

No habla de hijos propios y ajenos. Habla simplemente de sus hijos. José Nicolás. Juan Ignacio. Agustina.

Los tres aparecen en cada recuerdo con el mismo amor.

Cuando menciona a su hija menor sonríe con orgullo. Hoy es psicóloga.

Muchas veces —cuenta— fue ella quien la ayudó a comprender las nuevas generaciones, la tecnología y las distintas formas de mirar el mundo.

Para Adriana, la familia nunca fue solamente un vínculo de sangre. Fue una construcción cotidiana. Una decisión. Un compromiso.

 

La obra más importante de toda su vida.

Construir el turismo cuando todavía era un sueño Mientras su vida personal encontraba un nuevo rumbo, también comenzaba otra historia: la del desarrollo turístico de El Bolsón.

Después de trabajar en Cipolletti, pidió el pase al Ministerio de Turismo de Río Negro.

Su primera oficina funcionaba en la pequeña casita donde hoy se encuentra la oficina de informes frente a Plaza Pagano.

Las condiciones estaban muy lejos de las actuales. No había calefacción. Para soportar el invierno utilizaban un viejo calentador a mecha. No existían computadoras. Mucho menos internet.

Los mapas se armaban casi artesanalmente.

La promoción turística consistía en cargar cajas repletas de folletos y recorrer ferias de todo el país. "Íbamos arrastrando las cajas", recuerda riéndose. Aquellos viajes eran una verdadera apuesta al futuro.

Todavía nadie imaginaba que El Bolsón terminaría convirtiéndose en uno de los destinos turísticos más importantes de la Patagonia.

Pero ella sí creía. Y trabajó para que ocurriera.

 

Una empleada que nunca sintió que trabajaba

Adriana asegura que jamás vivió el turismo como un empleo. Siempre fue una pasión.

Durante 37 años integró el Ministerio de Turismo de Río Negro ocupando distintas responsabilidades, capacitándose permanentemente y acompañando el crecimiento de la actividad.

Aunque nunca terminó formalmente la carrera universitaria, nunca dejó de aprender. Se formó en cada feria. En cada reunión. En cada conversación con prestadores turísticos. En cada visitante que llegaba preguntando cómo descubrir la región.

"Quería que El Bolsón creciera." Esa frase resume casi cuatro décadas de trabajo. No buscaba reconocimiento personal.

Su objetivo era que cada vez más personas conocieran el lugar donde había nacido. Ver crecer un sueño colectivo

Cuando le preguntan qué siente al observar el presente de El Bolsón, su respuesta llega sin necesidad de pensarla.

"Orgullo."

Orgullo por un pueblo que pasó de ser una pequeña comunidad rodeada de chacras a convertirse en un destino reconocido internacionalmente.

Orgullo por la llegada del centro de esquí.

Por el crecimiento del trekking.

Por el turismo de bienestar.

Por las miles de personas que cada año eligen descubrir la Comarca Andina.

También reconoce que todavía quedan desafíos. Que siempre habrá cosas por mejorar. Pero prefiere detenerse en todo lo que sí se logró. Porque ella vio nacer ese desarrollo. Lo vivió desde adentro. Fue parte de cada pequeño paso. Y sabe cuánto esfuerzo hubo detrás de cada avance.

"Somos mirados en el mundo." No lo dice con soberbia. Lo dice con la emoción de quien vio florecer una semilla que alguna vez parecía imposible.

 

Ver crecer un sueño colectivo

Cuando le preguntan qué siente al observar el presente de El Bolsón, la respuesta llega sin necesidad de pensar demasiado: orgullo. Orgullo por un pueblo que pasó de ser una pequeña comunidad rodeada de chacras a convertirse en un destino turístico reconocido en todo el país y también en el mundo. Orgullo por el crecimiento del centro de esquí, por el desarrollo del trekking, por el turismo de bienestar y por las miles de personas que cada año eligen descubrir la Comarca Andina.

También reconoce que todavía quedan desafíos y que siempre habrá cosas por mejorar. Pero prefiere detenerse en todo lo que sí se logró, porque ella fue testigo de ese crecimiento desde sus comienzos. Lo vivió desde adentro. Fue parte de cada pequeño paso y sabe cuánto esfuerzo hubo detrás de cada avance.

"Somos mirados en el mundo", afirma con emoción. No lo dice desde la soberbia, sino desde la satisfacción de quien vio florecer una semilla que hace cuarenta años parecía apenas un sueño.

 

Volver para seguir ayudando

Después de jubilarse jamás imaginó regresar a trabajar en turismo. Sin embargo, la vida volvió a llevarla hacia el mismo lugar donde había dedicado gran parte de su existencia.

Hoy asegura que no tiene intereses personales. No busca cargos ni reconocimientos. Solo quiere seguir colaborando para que El Bolsón continúe creciendo.

"Cuando me siento con los prestadores les digo que los voy a seguir ayudando", explica. Para ella, la experiencia solo tiene sentido cuando puede ponerse al servicio de otros. El turismo nunca fue solamente una actividad económica; es una forma de cuidar el lugar que ama profundamente.

Con 68 años mantiene el mismo entusiasmo que tenía cuando comenzó a trabajar siendo apenas una joven. Le molestan las etiquetas que muchas veces la sociedad pone sobre la edad.

"Tengo 68 años, pero sigo con el mismo entusiasmo de aquellos 19 cuando empecé a trabajar en turismo. Muchas veces te catalogan de grande o de vieja, pero yo siempre digo que no importa la edad. Importan la motivación, los proyectos, la esperanza y el amor."

Para ella, siempre hay algo por hacer. "Yo soy simplemente una trabajadora"

Después de haber ocupado distintos cargos y de haber participado en momentos importantes para el desarrollo turístico de la región, Adriana insiste en definirse de la manera más sencilla.

"Soy Adriana. Adriana del Agua. La que trabaja en turismo."

Cuenta que disfruta salir a caminar por el pueblo, encontrarse con vecinos, entrar a un supermercado, pasar por la verdulería o el zapatero y saludar a todos con la misma naturalidad de siempre.

Nunca sintió que un cargo la hiciera diferente.

"Me considero una trabajadora", resume.

Esa sencillez también aparece cuando habla de quienes llegaron desde otros lugares para elegir El Bolsón como su hogar.

Lejos de marcar diferencias entre quienes nacieron aquí y quienes llegaron después, sostiene que esa mezcla de culturas terminó enriqueciendo la identidad del pueblo.

"Vino mucha gente de afuera que nos dio su impronta. Esa mezcla hizo de El Bolsón un lugar interesante. No es cualquier lugar. Tiene algo especial, algo místico, algo que fluye."

 

La herencia de sus padres

Si hay algo que atraviesa toda la historia de Adriana es el legado recibido de sus padres.

Habla de la disciplina, la honestidad, el respeto por el otro y la importancia de tender una mano cuando alguien lo necesita. Dice que nunca aprendió a discriminar ni a mirar a las personas según el lugar que ocupan.

Para ella, todos tienen algo para enseñar.

"Nunca digo 'este no sabe'. Siempre pienso qué me puede aportar esa otra persona."

Esa forma de vivir también la trasladó a cada espacio laboral por el que pasó.

Siempre creyó en el trabajo en equipo y en la importancia de poner lo humano por delante de cualquier estructura.

"Para mí todas las personas son importantes."

 

La verdadera cima

Hacia el final de la entrevista, la emoción vuelve a hacerse presente. Adriana hace un repaso de toda su vida: los abuelos pioneros, sus padres, la infancia entre chacras, los caminos de ripio, el esfuerzo de una generación, la historia de amor con Pichi Dirasar, la crianza de José Nicolás, Juan Ignacio y Agustina, y los 37 años dedicados al turismo.

Entonces encuentra una imagen que resume toda su existencia.

"Yo construí una escalera. Una escalera y otra escalera... hasta llegar a la cima."

Hace una pausa.

Y aclara que esa cima no tiene nada que ver con el dinero ni con el éxito profesional.

"No llegué a la cima del éxito ni de la plata. Llegué a la cima de lo más hermoso que puede tener una persona: la familia."

Después vuelve a agradecer.

Agradece haber nacido en El Bolsón.

Agradece la familia que le tocó.

Agradece la que construyó.

Agradece a la gente que la acompaña.

Y agradece, sobre todo, haber podido dedicar su vida al lugar que ama.

Porque después de casi siete décadas, Adriana del Agua sigue convencida de que el verdadero patrimonio de un pueblo no está solamente en sus paisajes, sino en las personas que, con trabajo silencioso, amor y compromiso, ayudan todos los días a escribir su historia.