Hay lugares que no se visitan: se atraviesan. Espacios que, aun estando a metros del centro, logran corrernos del calendario, sacarnos del ruido y llevarnos —sin pedir permiso— a otros tiempos, a otras versiones de nosotros mismos. En uno de esos rincones mágicos de la Comarca Andina, rodeados de esculturas, aromas a resina y pintura, y figuras que parecen observarnos con paciencia antigua, Info Cordillera llega para conversar con Alfredo Bertedor. Y no es solo una entrevista: es un reencuentro con la memoria.
Estamos en el taller y depósito de esculturas de la Aldea de Luz de Hadas y Duendes, un espacio que se siente vivo, aun en pleno proceso de restauración. “Acá estamos siempre trabajando”, dice Alfredo, casi como si pidiera disculpas por el desorden creativo. Pero no hay desorden: hay historia. Hay duendes, criaturas mitológicas, hadas, magos, unicornios. Hay fábulas materializadas. Hay identidad.
“La idea es rescatar la identidad de las hadas y los duendes que tiene El Bolsón”, explica. Y no lo dice como una metáfora turística, sino como una verdad profunda. Porque en este valle, la fantasía siempre convivió con lo real. Y ese hilo invisible es el que Alfredo decidió volver a tensar.
Este proyecto no nace de una estrategia comercial ni de una moda. Nace del legado. De una herencia emocional y artística que dejó su padre, escultor desde la infancia, y su hermana, compañera incansable de ese camino creativo. La historia comienza muchos años atrás, en Lago Puelo. Luego pasa por Mallín Ahogado, por la catarata donde hoy funciona el canopy, sigue por Wharton, donde el parque temático permaneció abierto durante trece años, y finalmente se detiene —por obligación— cuando la salud del padre obliga a guardar todo.
Guardar, sí. Pero no olvidar.
Las esculturas quedaron en el patio de la casa de Alfredo. A la vista. Resistiendo el tiempo. “La gente que venía siempre decía lo mismo: ‘esto no puede quedar acá, hay que ponerlo en valor’”, recuerda. Y esa frase, repetida una y otra vez, fue acumulando energía hasta volverse inevitable.
La vida también jugó sus cartas más duras. El incendio de Confluencia arrasó con la casa familiar de su hermana, con el galpón, con un dragón gigante, con un bosque que ya había renacido de otro fuego. Las esculturas se salvaron casi de milagro. Estaban en otro lugar. “De casualidad… o no”, dice Alfredo, y deja la frase flotando.
El padre de Alfredo no siempre fue escultor profesional. Trabajaba de colectivero hasta que conoció a su mamá. Fue ella quien le compró las primeras herramientas y lo empujó a dedicarse a lo que amaba. Y así, el artista salió al mundo. Mundo Marino, Parque de la Costa, Temaikèn, Tierra Santa, parques en México, esculturas gigantes, escenarios, criaturas imposibles. “Un personaje bárbaro”, resume su hijo, con una sonrisa que mezcla orgullo y nostalgia.
Alfredo, mientras tanto, construía su propio camino. Herrero, carpintero, mecánico. Pero siempre cerca del arte. De chico, acompañando a su padre al trabajo. De grande, especializándose en escenografía. Vendimia, Rural de Palermo, productoras emblemáticas de los ‘90 y 2000. Aprendió haciendo. Y sin darse cuenta, se estaba preparando para este momento.
Hoy, cada escultura restaurada es un acto de respeto. El proceso es lento, técnico, casi ritual. Resina, fibra de vidrio, masillas, esmaltes, lacas. Probar, fallar, volver a probar. “Ellos tenían una experiencia acumulada. Yo arranco de cero, buscando cómo lograr los mismos efectos”, cuenta. Y en ese camino, su padre y su hermana están presentes. En cada decisión. En cada duda. En cada corrección silenciosa.
Muchas figuras tienen rostros reales. Una sobrina. Una vecina. Caras familiares que, con el tiempo, se volvieron hadas, duendes o magos. “Eso genera algo muy fuerte: la gente siente que las reconoce”, dice Alfredo. Y no descarta que en el futuro aparezcan nuevos rostros, nuevas historias, nuevas sátiras.
Lo que hoy se ve es apenas el 20% de todo lo que existe. El resto espera en casa, paciente. El proyecto llevará todo el año. Y más. Porque hay una visión a largo plazo: un paseo inmersivo en el bosque, como el de Wharton; un sendero que atraviese distintas vegetaciones y llegue a la ladera del Cerro Amigo; y, más adelante, un espacio cívico tematizado, con gastronomía, anfiteatro y teatro.
El teatro, especialmente, es clave. Alfredo quiere contar historias. Quiere hablar de los incendios sin sembrar miedo. Quiere explicar que el fuego también construyó civilización, que el bosque no es enemigo, que hay que cuidarlo. Que no hay que tener miedo, pero sí respeto. Y compromiso.
La apertura fue casi improvisada. Empezaron a recibir visitas a mediados de enero. Y con ellas, llegaron las emociones. Personas que habían visitado Belenus de chicos y ahora volvían con sus propios hijos. Ciclos que se cerraban. Otros que recién comenzaban.
Cuando se le pregunta qué siente al sostener este legado, Alfredo no duda. Cuenta un sueño. Un reencuentro. Un golpe en la puerta. “Fue como que el destino me dijo: ahora hacelo”. Y lo está haciendo. Con esfuerzo, con cansancio, con alegría. “El conquistador es prisionero de su conquista”, dice. Y se ríe.
Volver a trabajar entre esculturas, resinas y pinturas lo devuelve a su infancia. A su taller familiar. A donde aprendió a trabajar. A donde fue feliz.
¿Cree en las hadas y los duendes? Alfredo no responde desde la fantasía ingenua, sino desde la experiencia. Habla de campamentos, de noches solo frente al lago Lezana, de energías, de silencios que hablan. De un colibrí que no se fue. De presencias que no asustan. “Cuando estás en sintonía, pasan cosas”, afirma.
Y quizás de eso se trate todo esto. De sintonizar. Con la naturaleza. Con la memoria. Con lo invisible. De darle forma a lo que se siente. De entender que cuidar el bosque también es contar historias. Y que, a veces, para proteger lo que amamos, primero hay que volver a creer.
En la Aldea de Luz de Hadas y Duendes, el bosque recuerda. Y gracias a Alfredo Bertedor, vuelve a hablar.