Continuando con este ciclo de entrevistas de Info Cordillera, nos venimos para charlar con un queridísimo amigo: Dani Palermo. Cada vez que uno habla de tango en la Comarca Andina, su nombre aparece inevitablemente. Está presente como una pulsación, como un latido que no cesa, como esas melodías que vuelven una y otra vez para recordarnos que el abrazo todavía tiene sentido. Y esta vez, la excusa es lo que se viene mañana: una velada de tango. La carnada perfecta para comenzar esta charla que, desde el principio, se intuye profunda.
Dani nos recibe con la generosidad que lo caracteriza. “Para mí es un honor, sinceramente, y más si es para hablar de tango”, dice. Y ahí mismo aparece la primera distinción, una que él cuida con cariño: “Más que tanguero, soy milonguero”. Lo dice con la convicción de quien conoce de cerca los códigos de la pista. Explica que el tanguero escucha, canta, ama la poesía; pero el milonguero abraza. Abraza sin preguntar edades, historias, cuerpos o profesiones. Abraza sin prejuicios, sin jerarquías, sin filtros. “Los que bailamos manifestamos con el cuerpo desde qué lugar amamos esta pasión”, resume. Y en esa frase ya se adivina el centro de su vida.
Nació en 1963, en Punta Alta, en la base naval de Puerto Belgrano. Allí transcurrió toda su infancia y adolescencia: la escuela, el trabajo con su familia, los vecinos que todavía hoy lo buscan por redes para contarle anécdotas que él ya no recuerda. Y no recuerda porque, después de la colimba, el destino le presentó un quiebre irreversible. “Me tocó la colimba en la guerra de Malvinas. Me tocó Esquel. Tuve que buscarlo en el mapa”, cuenta con una mezcla de asombro y nostalgia. Llegó en febrero. En abril comenzó la guerra. Y él, como tantos, vivió esa etapa lejos de su casa, unido a un grupo de jóvenes que tampoco entendían demasiado lo que estaba ocurriendo.
Al terminar ese período, regresó a Punta Alta. Se fue a Pehuenco, una de las playas de su zona. Allí, en un episodio que parece arrancado de otra vida, comió sardinas, se intoxicó, se desmayó y estuvo ocho días inconsciente. Ocho días que, al despertar, habían arrasado con toda su memoria previa a los diecisiete años. “Perdí la memoria completa. Todo lo que sé de mi vida me lo contaron”, dice, y el silencio se instala unos segundos.
La infancia, las primeras amigas, las novias de aquella época, los recuerdos familiares: todo quedó en blanco. “No me acuerdo de ninguna novia”, repite, casi con pudor. “A esa edad éramos novios de puerta, de saguán. Otra época. Chapábamos y nada más.” Se ríe cuando recuerda que muchas mujeres de aquel tiempo lo han buscado para recordarle un beso olvidado. Él se disculpa, pero también se permite dudar: “Disculpame, suena a chamuyo”, bromea. Y sin quererlo, en esa ironía revela su forma de enfrentar lo irreparable: con humor, con ternura, con una humanidad enorme.
Después de ese accidente y de terminar la colimba, no volvió más a Punta Alta. Era el cuarto hijo, el único varón, con tres hermanas —hoy solo queda una— y una familia entera que trabajaba en la base naval. Pero él tomó otro rumbo. A los 19 años emprendió el camino hacia el sur. Y ahí comenzó su vida real.
Llegó a Esquel, donde jugó al básquet con una intensidad que también forma parte de su identidad. “El nivel de Punta Alta era muy bueno, nada que ver con el de Esquel. Me veían como un jugadorazo, pero no era para tanto”, dice entre risas. Jugó hasta los 27, dejó huella en cada equipo y, como todo en su historia, esa etapa también fue un capítulo más de sus muchos comienzos.
En Esquel conoció a la madre de sus hijas, Gypsy, “una gringa maravillosa”, como la describe. Se fueron a vivir a Epuyén hace casi cuatro décadas. Allí vivió el incendio de La Patriada como voluntario, aquel fuego original, sin pino, lento y devastador. Años después presenciaría otro incendio, mucho más veloz, alimentado por los pinos que cambiaron por completo la dinámica del bosque. Él vio todo ese proceso, lo atravesó. Como tantas veces, estuvo donde ardía.
Cuando llegó a El Bolsón, la localidad era apenas un pueblo de tres mil habitantes. Dani recuerda nombres, voces, fragmentos de historia viva de la Comarca. “Mi viejo venía y me decía: ¿te conocen todos acá? Sí, todos”, cuenta. Y lo dice con un orgullo sencillo, de esos que no buscan escena.
También atravesó el hantavirus. Y lo cuenta sin dramatismo, sin estridencias, pero con el peso de quien estuvo en el centro de esa tormenta. Tenía una parrilla enorme, para quinientas personas. “Fue muy duro. La valija estaba lista para irnos”, confiesa. Era joven, tenía familia, y la muerte rondaba cerca. “Un desastre”, resume. Y en esa palabra caben los rostros, los miedos, la incertidumbre de un tiempo que todavía duele.
Después vino otro volver a empezar: Puerto Madryn. Luego Mar del Plata. Sus hijas se fueron a Buenos Aires y él buscó, una vez más, un nuevo punto de partida. En Mar del Plata empezó a bailar salsa, hasta que una mujer lo invitó a una milonga. “Yo fui como somos nosotros: jean, zapatillas, perfumadito. Y bajó una dama espectacular. Tajo, escote, tacos de ocho centímetros. Me dijo: ‘¿Te viniste de zapatillas?’ Yo le dije: ‘Te bailo todo’.” Pero no sabía bailar tango.
Esa noche cambiaría su vida.
Volvió con traje —era chofer de un ministro— y entró a una milonga con 150 personas. Todas las mujeres lo miraban. Él pensó que era una cámara oculta. “No te conocen”, le dijo su compañera. “Para ellas sos un bailarín de afuera.” Una mujer lo invitó a bailar. Él se acomodó la corbata y le dijo “después”. La mujer no entendía. Él tampoco. El universo milonguero lo estaba eligiendo antes de que él supiera qué era una caminata, un cruce o un abrazo apilado.
Y entonces entendió: tenía que aprender tango.
Durante siete años tomó clases cuatro veces por semana. Milongas viernes, sábado y domingo. Bailar con diez, quince mujeres por noche. Vivir la pista, entenderla, respetarla. Sumergirse en el abrazo como un lenguaje nuevo. “El tango, cuando te entra, te entra en todas las moléculas del cuerpo”, dice. Y lo dice como quien recuerda un flechazo irreversible.
Hoy, cuando se lo presenta como “el tanguero del Bolsón” o “el tanguero de la Comarca Andina”, él vuelve a aclarar que es milonguero. No por ego, sino por honestidad. Porque para él el tango se baila abrazando a todas las damas, a todas sin excepción, sin preguntar nada más que si quieren compartir la música. El milonguero, en su mirada, no distingue cuerpos, edades ni oficios. El milonguero abraza. Y en ese abrazo, dice Dani, se revela quién es cada uno.
Su historia es la de un hombre que perdió la memoria, que atravesó la guerra sin entenderla, que sobrevivió al fuego, al miedo y al silencio. Un hombre que crió a sus hijas entre montañas y vientos patagónicos. Que vio partir a su compañera de vida. Que se reinventó una y mil veces. Y que encontró en el tango —en la ceremonia del abrazo, en la cadencia, en el cuerpo que dialoga sin palabras— un refugio, un hogar, una forma de estar vivo.
Dani Palermo es, quizás, eso: un sobreviviente del olvido, un caminante del sur, un hombre que convirtió sus heridas en música y sus silencios en abrazo.