Nació en El Bolsón, creció rodeado de música y un día decidió ir detrás de un mundo que apenas conocía por los discos de su padre. Atravesó dificultades, trabajos duros, noches sin dormir y escenarios impensados hasta llegar al Teatro del Liceo de Barcelona y compartir escenario con algunas de las figuras más grandes de la ópera. Hoy volvió a su tierra, como abanderado y con un sueño todavía pendiente: acercar la ópera a la Comarca.
Un niño que quería meterse dentro de los discos
Félix Merino nació en 1963 en el Hospital de El Bolsón. Creció en una época en la que el pueblo tenía otras dimensiones, otros ritmos y donde buena parte de la vida cotidiana transcurría en la calle, en la escuela y entre vecinos que se conocían todos.
Su infancia estuvo ligada a la que hoy conocemos como Escuela 270. Su familia vivía en la propia casa de la escuela y allí permaneció hasta que, con 17 o 18 años, decidió dejar El Bolsón. Enfrente estaba el hospital, donde vivía el gobernador Alberto, y a pocos metros también estaban las casas de otras familias conocidas de la zona.
Después de clases, el patio de la escuela se convertía en punto de encuentro. Había fútbol, básquet y largas tardes compartidas con amigos. Era el paisaje cotidiano de un chico de la Comarca que, sin embargo, tenía la cabeza puesta en un universo que parecía estar muy lejos de esas montañas.
Porque Félix tenía música en la cabeza.
No era una frase hecha. Él mismo cuenta que desde que tiene uso de razón no recuerda haber entendido la vida de otra manera. En su casa estaban los discos de su padre, entre ellos colecciones de música clásica, y siendo muy pequeño se sentaba a escucharlos como quien descubre una puerta secreta hacia otro mundo.
“Yo quería vivir ahí”, recuerda. Quería meterse dentro de aquellos discos, descubrir ese universo enorme que aparecía cada vez que comenzaba a sonar la música.
Mientras sus compañeros empezaban a escuchar Queen o Alan Parsons, él se encontraba fascinado por Johann Strauss, los valses, la ópera Carmen y todo aquello que para muchos de su edad era completamente ajeno.
Félix había encontrado algo que todavía no sabía cómo alcanzar, pero que ya sabía que existía.
A los 17 años decidió irse
La decisión de abandonar El Bolsón no apareció de un día para otro. Era una idea que había ido creciendo durante años. Félix estaba convencido de que aquel mundo musical que escuchaba en los discos existía en algún lugar y que, si quería encontrarlo, tenía que salir a buscarlo.
Su padre lo escuchaba y trataba de poner los pies sobre la tierra. Le explicaba que el arte era difícil, que había que tener talento, que vivir de la música no era sencillo. Y también le planteó una alternativa más segura.
La familia tenía campo. Su madre tenía raíces en Cholila y la familia Merino también estaba vinculada a la actividad rural. Félix amaba la biología y el contacto con el campo, por lo que decidió estudiar Veterinaria.
Así llegó a General Pico, en La Pampa.
La carrera le iba bien. Era una disciplina que también le gustaba. Pero había llevado consigo otra cosa que su padre le había regalado después de insistir durante mucho tiempo: una guitarra.
En El Bolsón no había encontrado alguien que pudiera enseñarle específicamente a tocarla. Entonces empezó a aprender como podía. Cualquier persona que le mostrara cómo apretar dos cuerdas era suficiente para hacerlo feliz.
En La Pampa, sin embargo, aparecieron nuevas posibilidades. La universidad le permitió acceder a bibliografía, partituras y compañeros que llegaban desde Buenos Aires. Félix comenzó a estudiar por su cuenta y también encontró profesores que pudieron ayudarlo.
Con el regreso de la democracia empezaron a multiplicarse las peñas universitarias. Un día lo invitaron a cantar.
Y después lo volvieron a llamar.
Y otra vez.
La música, aquella obsesión de la infancia, empezaba lentamente a transformarse en un camino.
La película que terminó de cambiarle la vida
Tenía alrededor de 20 años cuando ocurrió uno de los momentos decisivos de su historia.
Durante una visita de sus padres a La Pampa, viajaron juntos a Buenos Aires. Su madre debía realizarse unos análisis y aprovecharon para compartir unos días. En medio de las actividades culturales de la ciudad, su padre le propuso ir al cine.
La película era Amadeus.
Félix salió de la sala transformado.
La historia de Mozart, Salzburgo, Viena y aquel universo musical que había imaginado durante años aparecía ahora delante de sus ojos. No era solamente música: era un mundo posible.
Le dijo a su padre algo que, de alguna manera, resumía toda su vida hasta ese momento: él había querido vivir en ese mundo desde siempre.
Su padre intentó explicarle que aquello pertenecía a Mozart y a una época de 200 años atrás. Pero Félix tenía otra respuesta.
No importaba.
Si ese mundo había existido, tenía que existir en algún lugar.
Y él tenía que encontrarlo.
La decisión quedó tomada.
Primero terminaría la carrera. Después iría detrás de ese sueño.
Sin dinero para el avión y una historia que nunca había contado
Pero los sueños también tienen un precio.
Cuando llegó el momento de viajar a Europa, Félix no tenía dinero suficiente para pagar el pasaje. Había llegado a Buenos Aires y buscaba la manera de conseguirlo.
Fue entonces cuando algunos amigos le hicieron una propuesta insólita: viajar como polizón en un barco.
Félix lo cuenta entre risas, pero detrás de aquella anécdota había una realidad muy concreta: no tenía el dinero para comprar el boleto y estaba dispuesto a hacer prácticamente cualquier cosa para llegar.
Durante aproximadamente una semana recorrió el puerto de Buenos Aires y visitó distintas navieras para averiguar cómo podía hacerlo. Algunos incluso le explicaban que podían esconderlo, pasarle comida durante los primeros días y después, cuando el barco estuviera en alta mar, tendría que arreglárselas para llegar a tierra.
Nunca había contado esa historia de esa manera.
Hasta que recibió una llamada inesperada.
Era una tía, hermana de su padre, que vivía en España desde hacía más de 20 años. En una época sin teléfonos celulares, WhatsApp ni las facilidades de comunicación actuales, había conseguido encontrarlo.
Sabía que quería viajar.
Sabía que no tenía el dinero.
Y tenía una solución.
Le indicó que fuera a una agencia de viajes de Buenos Aires. El pasaje ya estaba pagado.
Félix todavía no podía creerlo cuando llegó a la agencia. Mostró su documento y allí estaba: el boleto de avión, con la fecha y el destino.
El sueño, que hasta entonces parecía una locura, comenzaba a tomar forma.
Diez años de sacrificios para no abandonar el camino
Llegar a España fue apenas el comienzo.
Los primeros diez años, o incluso más, fueron extremadamente duros. Había que trabajar de lo que apareciera, conseguir dónde vivir y encontrar la manera de seguir estudiando.
Durante un tiempo trabajó en una nave industrial. Era el más joven, el que hacía los trabajos más pesados. Cargaba latas de pintura de 20 kilos, preparaba materiales, cargaba camiones y viajaba kilómetros para instalar enormes carteles publicitarios en medio de las carreteras.
Terminaba su jornada laboral y comenzaba otra.
La del estudio.
Llegaba a casa, comía algo y se ponía con los libros. Muchas noches eran las 12 o la una de la madrugada cuando el cansancio finalmente lo vencía y se quedaba dormido sobre los apuntes.
Pero al día siguiente volvía a empezar.
También ingresó al Conservatorio de Málaga. Como no tenía dinero suficiente para sostenerse, comenzó a dar clases de música. Con lo que ganaba pagaba una pensión y la comida.
Muchas veces, su alimentación durante el día se reducía prácticamente a bocadillos.
Pero había algo que no negociaba.
A las nueve de la mañana estaba en el conservatorio.
Allí había cabinas con pianos que podían utilizar los estudiantes que no tenían instrumento en sus casas. Félix llegaba temprano, esperaba sentado hasta que se liberara una cabina y aprovechaba cada minuto disponible para estudiar.
Cuatro instrumentos para perseguir otro sueño
En aquel momento quería convertirse en director de orquesta.
Para conseguirlo debía formarse en distintos instrumentos: uno de metal, uno de madera, uno de cuerda y otro de elección.
Eligió el saxofón como instrumento de metal, la flauta travesera como madera, la guitarra como cuerda y el piano como instrumento de elección.
Todo mientras trabajaba para sobrevivir.
Todo mientras seguía buscando ese lugar en el mundo artístico que había imaginado desde niño.
Hubo momentos en los que dudó.
Pensaba en lo que le había dicho su padre. Tal vez había sido demasiado arriesgado. Tal vez tendría que haber elegido otro camino.
Pero esas dudas duraban poco.
Porque cuando intentaba imaginar una vida distinta, no encontraba respuesta.
“No puedo vivir de otra manera”, pensaba.
Y volvía a estudiar.
El inesperado camino del teclado rosado
El salto profesional llegó de una manera tan insólita como inolvidable.
Mientras vivía en Marbella, alquilaba una habitación diminuta en una casa ubicada dentro de una antigua zona del castillo. Era tan pequeña que al abrir la puerta esta chocaba directamente contra la cama. Había que entrar de costado, cerrar la puerta y prácticamente todo el espacio disponible quedaba ocupado.
Trabajaba en la nave industrial y estudiaba.
Hasta que un día la mujer mayor con la que vivía le avisó que estaban buscando un músico.
Detrás del castillo se realizaban grandes ferias, con casetas, restaurantes y espectáculos. Una noche necesitaban reemplazar de urgencia a un guitarrista.
Félix se presentó.
Pero había un problema.
Buscaban alguien para tocar flamenco.
Él era guitarrista clásico.
La solución apareció cuando explicó que también podía tocar el piano.
Solo que tampoco tenía piano.
Y faltaban apenas cuatro horas para la actuación.
Fueron entonces a una tienda de instrumentos. Le mostraron un teclado. El precio era imposible para él. Lo que costaba aquel instrumento era muchísimo más de lo que ganaba en un año.
Entonces el dueño de la tienda, al ver la situación, sacó un pequeño teclado de cuatro octavas, de color rosado, prácticamente de juguete.
Ese fue el instrumento que terminó llevando al escenario.
El teclado que no parecía servir para nada terminó acompañando una de las actuaciones que cambiarían su vida.
Veinte canciones aprendidas en media hora
El ensayo fue un choque entre dos mundos.
Los músicos flamencos no trabajaban necesariamente con el lenguaje académico de las partituras. Aprendían por transmisión oral, escuchando y mirando.
Félix, en cambio, necesitaba traducir aquello a su propio lenguaje musical.
Ellos hablaban de “tres por medio”, “cuatro por arriba” y otras referencias propias del flamenco. Él buscaba las tonalidades y los acordes.
Hasta que encontró la manera de entenderlos.
Miró las posiciones de la guitarra, las cejillas y los acordes. Tradujo aquello al piano.
Y de repente todo encajó.
En apenas media hora lograron ensayar alrededor de 20 canciones.
A las diez de la noche estaban arriba del escenario.
Y funcionó.
El pequeño teclado rosado, aquel instrumento que parecía una broma, terminó sonando en una noche de flamenco donde Félix tuvo que aprender sobre la marcha.
Fue un éxito.
A partir de entonces comenzaron a llamarlo.
Terminó trabajando en tablaos flamencos de Andalucía, actuando todas las noches desde las diez hasta las cinco de la mañana. Allí tuvo una escuela extraordinaria: por Marbella pasaban algunos de los artistas más importantes del flamenco español.
Durante años recorrió Málaga, Granada, Córdoba, Sevilla y otros lugares.
Había conseguido vivir de la música.
Pero todavía no había llegado a donde quería.
“Yo quería hacer la vida de Mozart”
Después de unos siete años, Félix sintió que estaba atrapado.
Había conocido a grandes figuras del flamenco y había aprendido muchísimo. Pero aquella no era la meta que había perseguido desde el principio.
Él quería acercarse al mundo clásico.
Quería hacer “la vida de Mozart”.
Entonces empezó a mirar hacia otros lugares de Europa.
Austria. Alemania. París.
Y especialmente Barcelona.
Leyó que en el Teatro del Liceo podían coincidir figuras como Luciano Pavarotti, José Carreras, Plácido Domingo, Montserrat Caballé y Mirella Freni.
Si los grandes estaban allí, pensó, allí tenía que ir.
En 1992, después de los Juegos Olímpicos, llegó a Barcelona.
Y volvió a empezar.
Otra vez desde abajo
Barcelona tenía un nivel musical muchísimo más alto. El mundo clásico era de primer nivel internacional y Félix entendió rápidamente que necesitaba seguir formándose.
Durante tres o cuatro años volvió a atravesar una etapa muy dura.
Para sobrevivir trabajó como extra en películas y series. Llegó a compartir producciones con actores como José Coronado, Javier Bardem y Penélope Cruz, y participó en una serie sobre la juventud de Picasso.
La experiencia fue otra escuela.
Como extra descubrió incluso que llamar demasiado la atención podía ser un problema. Si los directores lo elegían constantemente para aparecer en cámara, podía perder días de trabajo.
Un compañero le explicó que, si quería sostener el empleo, tenía que hacer exactamente lo contrario: esconderse de la cámara.
Félix aprendió.
Hasta que un día el director de aquella producción sobre el joven Picasso se cansó de sus actuaciones.
Lo llamó aparte y le preguntó qué le pasaba.
Y Félix respondió con absoluta sinceridad.
Necesitaba trabajar.
Pero no había llegado a Barcelona para hacer películas.
Había llegado para hacer Mozart.
La música volvió a abrirle una puerta
El camino finalmente apareció a través de una orquesta de baile.
En aquella Barcelona había decenas de salas de fiestas y numerosas orquestas que tocaban en vivo. Félix ingresó como pianista a una de ellas.
Fue otra etapa de aprendizaje.
Tocar todas las noches, junto a músicos de gran nivel, le permitió sostenerse económicamente y, al mismo tiempo, continuar estudiando.
Después llegaron los hoteles.
Trabajó durante años en establecimientos de gran categoría, entre ellos el Hotel Ritz y el Hotel Meliá de Barcelona. Tocaba durante la semana y, cuando tenía libres los fines de semana, armó su propio grupo de jazz.
El trabajo comenzó a multiplicarse.
Llegaron las giras.
Y no solamente tocaba él: también comenzó a organizar grupos y a dar trabajo a otros músicos. Llegó a tener ocho o diez grupos viajando por distintos lugares.
Durante años esa actividad le permitió estabilizarse.
Y entonces volvió a aparecer el sueño.
El mismo que había tenido cuando, en 1992, se paró frente al Teatro del Liceo y lo miró desde afuera.
“Yo tengo que llegar hasta aquí”
Aquel día, recién llegado a Barcelona, Félix había caminado hasta el Liceo.
Se quedó mirando el edificio.
En el cartel aparecía una ópera y el nombre de Pavarotti.
Mientras los demás podían verlo como un teatro, él veía una meta.
Se quedó allí imaginando cómo iba a hacer para entrar.
No sabía cómo.
Pero estaba seguro de que algún día iba a estar dentro.
Pasaron años.
Giras interminables.
Trabajos.
Hoteles.
Ensayos.
Estudios.
De abril a noviembre podía pasar meses recorriendo España. Volvía a Barcelona apenas algunas veces.
Hasta que un día entendió que ya tenía estabilidad suficiente.
Había llegado el momento de dejar de trabajar solamente para sobrevivir.
Era hora de intentar cumplir aquel sueño.
Del sueño a la realidad
Comenzó a estudiar canto.
Dos años después empezó a audicionar.
Llegaron las compañías de ópera y zarzuela. Aparecieron los coros. Primero en distintos espacios de Barcelona, luego en escenarios cada vez más importantes.
Su voz comenzó a abrirle nuevas puertas.
Cantó fragmentos de grandes obras, entre ellas La Pasión según San Mateo, de Bach.
Y entonces llegó aquella llamada que había esperado durante tantos años.
El Teatro del Liceo de Barcelona quería contratarlo.
Félix todavía recuerda la sensación.
“¿En serio? ¿A trabajar en el Liceo?”
Firmó el contrato.
Y un día entró.
Durante un descanso de los ensayos decidió ir solo a la sala principal. Era mediodía. El teatro estaba vacío y en penumbras.
Se paró en el centro del escenario.
Y miró.
Caminó por el escenario. Recorrió el patio de butacas. Subió a los palcos.
Estaba solo.
Pero en realidad no estaba solo.
Con él estaban todos aquellos años.
El niño de El Bolsón que escuchaba los discos de su padre. El adolescente que se fue a estudiar Veterinaria. El joven que quiso viajar como polizón porque no tenía dinero para un avión. El trabajador de la nave industrial. El estudiante que se dormía sobre los libros. El músico del teclado rosado. El pianista de hoteles. El hombre que durante años miró el Liceo desde afuera.
Todos estaban allí.
Y por fin había entrado.
De El Bolsón al mundo
Su trayectoria continuó creciendo.
Trabajó durante años con compañías de ópera y zarzuela. Durante aproximadamente 15 años formó parte de una compañía vinculada a Sergi Jiménez, sobrino de José Carreras.
Llegó a realizar unas 50 funciones anuales en el Palau de la Música de Barcelona, interpretando obras como La Flauta Mágica, Carmen, Madama Butterfly, Il Trovatore y Tosca.
También trabajó en el Liceo y en otras compañías.
Y tuvo la posibilidad de compartir escenario con algunas de las figuras más importantes de la historia de la ópera.
Uno de esos momentos fue cantar Simón Boccanegra junto a Plácido Domingo.
Para Félix, sin embargo, aquellas grandes figuras nunca dejaron de ser personas.
Cuenta que después de los ensayos podían compartir una cerveza con los compañeros, conversar y volver al día siguiente para trabajar.
La distancia entre el mito y la persona desaparecía.
Y quizá eso explique también por qué, después de semejante recorrido, Félix conserva una manera sencilla y directa de contar su historia.
Volver al lugar donde todo empezó
Hoy, las vueltas de la vida lo trajeron nuevamente a El Bolsón.
El pueblo cambió.
Él también.
Pero algunas cosas permanecen.
Su apellido Merino está profundamente ligado a la historia local y, además, Félix es nieto de uno de los fundadores del pueblo.
En el año del centenario de la colectividad española, su presencia adquiere todavía otra dimensión.
Fue reconocido como abanderado de El Bolsón y tuvo la posibilidad de cantar el himno y participar en distintos actos.
Para él, ese reconocimiento no es un detalle.
Es un mimo al alma.
Después de tantos años de recorrer escenarios europeos, después de haber trabajado junto a grandes nombres de la ópera, regresar a su tierra y recibir el reconocimiento de su propio pueblo tiene un significado especial.
Porque hay sueños que se cumplen lejos de casa.
Pero hay otros que solamente se completan cuando uno puede volver y compartirlos con quienes forman parte de la historia que lo hizo posible.
Una ópera que todavía busca su lugar en la Comarca
Félix regresó con algo más que recuerdos.
También volvió con una idea.
Quiere generar en El Bolsón un movimiento vinculado con la ópera y la cultura.
Ha hablado con personas del Teatro Colón que conocen su trayectoria en Europa y que estarían dispuestas a acompañar iniciativas para acercar artistas y propuestas a la Comarca.
Pero el desafío es enorme.
La ópera no es un género popular en la zona y Félix lo reconoce.
Incluso cuenta que muchas personas le preguntan por qué no canta una samba, una chacarera o algo más conocido. Otros directamente le sugieren que debería cantar en un casino.
Él escucha y comprende.
Pero sabe que su vida transcurrió por otro camino.
No llegó hasta el Liceo para terminar cantando aquello que nunca fue su objetivo.
Su desafío ahora es conseguir que ese mundo que conoció durante décadas pueda encontrar un lugar en El Bolsón.
Y allí aparece una de las dificultades más grandes: la falta de participación.
Félix cuenta que intentó realizar actividades y que varias de ellas no tuvieron la respuesta esperada.
Eso le genera una pregunta inevitable: ¿cómo construir algo en un lugar donde aquello que uno ofrece todavía no despierta interés en la mayoría?
Sin embargo, la pregunta no parece haber apagado el sueño.
El niño de los discos todavía está ahí
Quizás la parte más emocionante de la historia de Félix Merino no sea haber cantado junto a Plácido Domingo, haber trabajado en el Teatro del Liceo o haber recorrido durante décadas los escenarios de España.
Quizás sea algo mucho más sencillo.
Que aquel niño que escuchaba los discos de su padre todavía sigue allí.
El mismo que alguna vez pensó que si aquel universo musical existía, tenía que encontrarlo.
El mismo que se fue de El Bolsón con apenas 17 o 18 años.
El mismo que estudió Veterinaria mientras aprendía música por su cuenta.
El que trabajó cargando latas de pintura y pasó noches enteras estudiando.
El que sobrevivió comiendo bocadillos mientras esperaba una cabina de piano.
El que aceptó tocar flamenco con un pequeño teclado rosado.
El que durante años trabajó de noche y estudió de día.
El que miró el Liceo desde la calle y se prometió que algún día estaría adentro.
Y estuvo.
Por eso, cuando Félix habla de “triunfo”, no lo hace desde la fama.
Lo define de una manera mucho más íntima: proponerse una meta y alcanzarla.
Eso fue lo que hizo.
No fue sencillo.
No fue rápido.
No estuvo libre de dudas.
Hubo hambre, cansancio, trabajos que nada tenían que ver con aquello que quería hacer, puertas cerradas y momentos en los que incluso pensó que quizás su padre había tenido razón.
Pero nunca encontró una alternativa que pudiera reemplazar aquella necesidad.
Porque para Félix la música no fue simplemente una profesión.
Fue una forma de entender la vida.
Un reconocimiento que llega después de toda una vida
Ahora, con los años transcurridos y después de haber vivido una historia que parece escrita para una película, Félix vuelve a caminar por las calles de El Bolsón.
El lugar desde donde partió.
El lugar al que siempre estuvo unido.
El lugar donde comenzó todo.
Ser abanderado de su pueblo, en el año del centenario y siendo además nieto de uno de sus fundadores, representa una alegría difícil de explicar.
Porque hay reconocimientos que llegan desde instituciones.
Y hay otros que llegan desde la memoria.
Este último parece pertenecer a esa segunda categoría.
Es el reconocimiento de una comunidad a uno de sus hijos que se fue, que buscó su destino lejos, que conoció otros mundos y que finalmente regresó.
Y también es una forma de decirle que, aunque haya pasado gran parte de su vida a miles de kilómetros, nunca dejó de pertenecer a este lugar.
Félix Merino se fue de El Bolsón buscando un mundo que conocía apenas por los discos de su padre.
Lo encontró.
Lo recorrió.
Trabajó en él.
Cantó en algunos de sus escenarios más importantes.
Conoció a sus grandes protagonistas.
Y después de décadas, volvió.
Pero hay algo que quizás nunca cambió.
Aquel niño que escuchaba música clásica y soñaba con meterse dentro de los discos todavía mira hacia adelante.
Ahora el sueño es otro.
Que algún día la ópera también pueda sonar fuerte en El Bolsón.
Que los grandes escenarios no sean solamente un destino al que hay que viajar para conocerlos.
Que algunos de esos artistas puedan llegar hasta aquí.
Y que otros chicos de esta tierra puedan descubrir, como él lo hizo, que a veces un sueño parece demasiado grande solamente porque todavía no encontramos el camino para alcanzarlo.
La historia de Félix Merino demuestra que el camino puede ser largo, extraño, difícil y hasta absurdo.
Puede comenzar con un disco.
Continuar con una guitarra.
Pasar por una carrera de Veterinaria, un avión que parecía imposible, una nave industrial, una habitación diminuta, un teclado rosado y miles de horas de estudio.
Puede llevar décadas.
Pero también puede terminar en el centro de un escenario que alguna vez parecía inalcanzable.
Y quizás ahí esté la verdadera emoción de esta historia: Félix no solamente logró llegar al lugar que había imaginado.
También logró volver a casa para contarlo.