Continuando con este ciclo de entrevistas de Info Cordillera, nos acercamos esta vez hasta el Cuartel de Bomberos Voluntarios de El Hoyo. Allí nos espera una mujer a la que, aunque la mayoría no la conozca por nombre, muchos la han visto en fotos recientes que se viralizaron en redes sociales: Cabo Primera María Cárdenas, la misma “María” que sus compañeros sorprendieron a la salida de la escuela con un móvil del cuartel, sirena apagada pero corazón encendido.
La conversación comenzó casi con timidez, porque —como ella misma confiesa— le costó aceptar hacer esta nota. No le gustan los flashes, ni los reconocimientos, ni los titulares que llevan su nombre. Pero esta vez, la vida la puso en un lugar donde su esfuerzo se volvió contagioso, y su historia empezó a circular sola. “Nunca pensé que iba a ser tanto”, dice antes de acomodarse la campera roja, todavía orgullosa de su cargo, pero más orgullosa del título de secundaria que recibió hace apenas unos días.
María nos brinda su testimonio con un tono dulce, sencillo, el tono de quien nació y creció entre estos cerros. María es vecina de El Hoyo, más precisamente del paraje El Pedregoso, a unos cuatro kilómetros del centro. Allí vive desde siempre, en un entorno que combina ruralidad, trabajo, familia y, desde hace ya más de una década, servicio comunitario.
Cuando le preguntamos desde cuándo es bombera voluntaria, no necesita pensarlo: “Ya diez años, un poquito más”, dice. Una década de guardias, llamados nocturnos, emergencias en pleno invierno, rescates en la ruta, búsquedas en el bosque, primeros auxilios, capacitaciones y compañerismo. Una década en una institución donde la formación nunca se detiene.
Una noticia que se volvió viral sin quererlo
La historia tomó relevancia pública cuando se conoció que María había terminado el secundario. No fue solo la foto recibiendo su título; fue la escena completa: el móvil de Bomberos Voluntarios de El Hoyo estacionado frente a la Escuela 734, sus compañeros bajando, algunos con uniforme, otros saliendo directo de sus trabajos; aplausos, emoción y sorpresa.
“Ni yo estaba enterada que iban a ir los chicos”, relata. “Ellos ya estaban esperando para ir al acto. Yo no imaginé nunca que iban a hacer eso”.
En redes sociales, la imagen se compartió cientos de veces. La frase era siempre la misma: “Cuando se quiere, se puede”. Y aunque María no busca ser ejemplo de nada, su historia encaja perfectamente con esa idea.
“Estoy súper agradecida a todos mis compañeros —dice con la voz quebrándose un poco—. Fueron ellos los que impulsaron esto, los que todos los días me decían: ‘Dale, ya falta menos’. Y es verdad, me emociona”.
Retomar los estudios: una decisión adulta, personal y necesaria
María trabaja en la administración pública y sostiene una vida laboral que, combinada con las guardias del cuartel, deja poco margen para estudiar de noche. Sin embargo, decidió volver a la escuela por una razón concreta: en Bomberos, la educación abre puertas.
“Hoy el secundario abre puertas para muchas cosas”, explica. “Para hacer cursos, capacitarse, crecer dentro de la institución”.
Sus palabras coinciden con un cambio que se viene dando en cuarteles de toda la región: la profesionalización del rol del bombero voluntario. Cada vez se exige más formación, más preparación técnica, más conocimiento. Por eso, el mensaje que María deja —sin buscarlo— es importante: nunca es tarde para empezar.
El desafío de estudiar mientras la vida no se detiene
Cuando le preguntamos cómo fue volver a sentarse en un aula, sonríe con un gesto entre pudor y orgullo.
“Sí me costó, no voy a decir que no”, admite. “Pero el esfuerzo de todos los días y mis compañeros ayudó muchísimo”.
Terminó el secundario en tres años. Lo hizo en la Escuela 734 EPJA, orientada a jóvenes y adultos. La modalidad nocturna le permitió trabajar, cumplir con sus servicios en el cuartel y, aun así, avanzar materia por materia.
“Hay mucha gente que hoy quiere terminar sus estudios”, reflexiona. “A veces son mamás, papás, no tienen dónde dejar los chicos. Por eso se estaba trabajando para que el EPJA no desaparezca y para ver si se podía conseguir una guardería mientras se cursa. Ojalá se dé”.
Su testimonio revela una problemática silenciosa en comunidades pequeñas: retomar la educación en la adultez requiere no solo voluntad, sino también condiciones. El apoyo institucional, familiar y comunitario se vuelve clave.
Los miedos, las notas y el humor
Entre risas, cuenta que su talón de Aquiles era matemática. “Por ahí podría ser matemáticas”, dice, “pero se pudo”. No se preocupa por las notas. “Prefería no saberlas”, bromea. Pero lo importante es que aprobó todas. Y que terminó.
El día del fin de la cursada: una escena que quedará para siempre
La escena la reconstruimos entre sus palabras y las de los compañeros que estuvieron allí. La Escuela 734, las luces amarillas del pasillo, el murmullo de familias esperando el momento de la salida. Afuera, de pronto, el móvil del cuartel.
Los bomberos esperaban con aplausos. María los vio y, según cuentan, se quedó inmóvil unos segundos. Después lloró. Y todos con ella.
Su cuartel dejó registrado ese momento con un comunicado que también se viralizó. Allí expresaron:
“Acompañamos un momento muy especial para nuestra compañera Cabo 1° María Cárdenas, quien finalizó su formación secundaria en la Escuela N° 734. Con nuestros móviles nos acercamos a recibirla y felicitarla, compartiendo junto a sus compañeros de curso este logro tan significativo…”
“…María decidió retomar sus estudios siendo adulta y, después de tres años de trabajo constante, hoy culmina una etapa que demuestra que siempre es posible seguir creciendo.”
“Antes que bomberos voluntarios, somos personas. Acompañar estos procesos es parte de lo que construye una institución más humana, comprometida y cercana a su comunidad.”
“¡Felicitaciones, María!”.
Las palabras del cuartel marcan algo que, en estos tiempos, no es menor: la importancia de acompañar las trayectorias personales dentro de las instituciones. Entender que las historias de vida construyen identidad tanto como las guardias y los llamados.
El futuro: el “¿y ahora qué?” que empieza a asomar
Cuando le preguntamos si piensa seguir estudiando, sonríe.
“No sé”, admite. “Tenía que terminar el secundario. Era algo que ya le había dicho a mi papá: ‘Yo voy a terminar el secundario’. Y lo cumplí. Después veré qué hago”.
Pero se le nota la curiosidad, la posibilidad abierta, ese “bichito” que queda una vez que uno atraviesa un objetivo que parecía difícil. Tal vez un curso, tal vez una tecnicatura, tal vez algo dentro de Bomberos. No lo descarta.
“Creo que esto recién empieza”, dice sin decirlo.
Lo que representa su historia para El Hoyo
En una comunidad pequeña, las historias de superación se vuelven faros. María no quiere ese lugar, pero su experiencia ya está inspirando a otros. Lo dicen los comentarios en redes, los mensajes que le llegaron, la gente que la cruzó en el supermercado para felicitarla.
El EPJA vuelve a tener visibilidad. Los bomberos muestran un costado humano que muchas veces queda opacado por las urgencias. Y quienes postergaron estudios quizás hoy piensen que todavía están a tiempo.
Un cierre que emociona
Cuando termina la entrevista, María vuelve a su vida habitual. A su trabajo, a su casa en El Pedregoso, a su cuartel que la abraza como familia. Lo que no sabe —o todavía no asume— es que su decisión, sencilla y personal, dejó un impacto que va mucho más allá de su escritorio o del aula nocturna.
Su historia es un recordatorio sencillo, pero profundo: siempre se puede volver a empezar.
Aunque cueste. Aunque dé miedo. Aunque pasen los años.
Y a veces, solo a veces, cuando uno finalmente lo logra, lo esperan afuera con un móvil rojo, compañeros aplaudiendo y un abrazo que hace temblar hasta las montañas.
Porque, como bien dijeron desde el cuartel: antes que bomberos, somos personas. Y cuando una persona crece, crece toda la comunidad.