Hay historias que merecen ser contadas desde la vida y no desde la tragedia. Historias que nacen del amor, de los recuerdos y de los pequeños gestos que quedan grabados para siempre.
En Lago Puelo, cinco meses después del siniestro vial que conmocionó a toda la Comarca Andina y que terminó con la vida de María Laura Romano, su familia intenta seguir adelante. Lo hace entre el dolor, la memoria y la esperanza de que la justicia avance.
En el marco del ciclo de entrevistas de Info Cordillera, conversamos con Hugo Romano, su papá. El objetivo no es volver sobre el momento más oscuro, sino detenerse en lo que fue su vida: su infancia, su forma de ser, su amor por su hija y el recuerdo que dejó en quienes la conocieron.
Porque detrás de cada noticia hay una historia. Y detrás de cada historia, una persona que fue profundamente amada.
Una vida que creció en la cordillera
María Laura nació el 27 de junio de 1990 en Buenos Aires, pero prácticamente toda su vida transcurrió en la Comarca Andina.
“Nos vinimos a vivir acá cuando tenía apenas cuatro meses”, recuerda Hugo. Desde entonces, Lago Puelo fue su hogar.
Aquí hizo todo su recorrido: jardín, escuela primaria y secundaria. Aquí construyó sus amistades, sus recuerdos y su identidad.
Como muchos jóvenes de pueblos pequeños, en algún momento sintió curiosidad por conocer otros horizontes. Cuando terminó la secundaria decidió irse a Buenos Aires para estudiar.
“Como todo chico de localidades chicas, quería salir a ver lo que era el mundo”, cuenta su papá. Pero la experiencia no duró demasiado. “Vio lo que era el mundo… y no le convenció para nada”, dice Hugo con una sonrisa cargada de nostalgia.
Entonces tomó una decisión que marcaría su vida: volver a la cordillera. Porque ese era su lugar.
Volver a casa
De regreso en la comarca, María Laura comenzó a construir su camino laboral. Durante un tiempo trabajó en El Bolsón, en el Hotel Cordillera, donde desarrolló parte de su experiencia laboral.
Más tarde ingresó a la Dirección General de Servicios Públicos de Lago Puelo, en el sector de compras.
Ese trabajo también le regaló algo especial: compartir la vida cotidiana con su propio padre. “Trabajábamos juntos”, recuerda Hugo. “Los últimos tres años de su vida estuvimos en la misma institución”. Para él, esos años hoy tienen un valor inmenso.
No solo eran jornadas laborales compartidas, sino también momentos de conversación, de mate, de rutina familiar. Pequeños instantes que hoy adquieren una dimensión enorme.
Una mujer querida por todos
Quienes conocieron a María Laura coinciden en describirla de la misma manera: una persona tranquila, sencilla y profundamente buena.
“Era una persona muy sana”, cuenta su papá. “No era de salir a los boliches ni de andar en malas juntas”. Su vida giraba alrededor del trabajo, la familia y, con el paso del tiempo, su hija. Ese perfil reservado y amable hizo que fuera muy querida en el pueblo.
Por eso, cada vez que la familia convoca a movilizaciones para pedir justicia, el acompañamiento aparece.
“A veces no puede venir tanta gente porque muchos trabajan y a otros les hace mal acercarse”, explica Hugo. “Pero el cariño que le tenía la gente se nota”.
Y cuando intenta resumir quién fue su hija, las palabras salen con la fuerza de un padre orgulloso. “Era una excelente persona, una excelente hija, una excelente hermana… y una excelentísima madre”.
El nacimiento que cambió todo
En 2019, la vida de María Laura dio un giro luminoso: nació Milena, su hija.
La pequeña se convirtió rápidamente en el centro de su mundo.
Hoy, con apenas siete años, Milena también es el motor que mantiene en pie a sus abuelos en medio del dolor. “Nos da combustible”, dice Hugo con una mezcla de ternura y emoción. “Es la que constantemente nos incentiva a que nos movamos”.
La relación entre Milena y sus abuelos siempre fue muy cercana. Desde el primer día. “Estuvimos en la cesárea cuando nació”, recuerda. “Desde que abrió los ojos, estuvimos con ella”.
Además, la organización familiar hacía que estuvieran siempre juntos. “Mi hija vivía en una casa en el fondo de nuestra casa”, explica Hugo.
Por eso, para Milena el entorno sigue siendo el mismo. El mismo patio, los mismos espacios, las mismas rutinas. Solo hay una ausencia imposible de reemplazar. “La única diferencia es que no está su mamá”.
Aprender a sobrevivir
Cinco meses después de la tragedia, Hugo elige una palabra precisa para describir cómo atraviesan este tiempo. “Nosotros estamos sobreviviendo”. Mientras el mundo sigue su ritmo, para ellos el tiempo parece haberse detenido. “Decimos siempre con mi esposa que nos quedamos en ese día”, explica.
La gente continúa con su vida —y es lógico que así sea—, pero para una familia que perdió a un hijo o a una hija, el calendario cambia para siempre. “Es un dolor tan grande que uno no se lo desea a nadie”.
Fechas que pesan
El paso del tiempo también trae consigo fechas que se vuelven especialmente difíciles. Desde aquel día, la familia atravesó momentos muy duros:
el primer Día de la Madre sin María Laura,
la primera Navidad,
los Reyes de Milena.
También llegó el cumpleaños de la niña, el 29 de enero. A pesar de todo, decidieron celebrarlo. “Ella ya había arreglado con su mamá cómo quería el cumpleaños”, cuenta Hugo. El tema elegido era unicornio. Así que, aunque el dolor estaba presente, hicieron una pequeña fiesta. “Lo hicimos porque la nena estaba muy entusiasmada”.
También llegaron otros momentos sensibles: el cumpleaños de Hugo en febrero y, dentro de poco, el de María Laura. “Se nos viene su cumpleaños… y es otra cosa más que se suma”.
La fe en medio de la pregunta
Hugo es pastor. La fe ha sido siempre parte fundamental de su vida. Pero incluso en la fe aparecen preguntas cuando ocurre algo así. “No sé si enojo con Dios”, reflexiona.
Aquel domingo él mismo tenía planes de viajar. “Yo tenía que ir a Esquel esa mañana y hablé con mi hija veinte minutos antes del accidente”. Es inevitable pensar en los “qué hubiera pasado si…”. “Quizás veinte segundos más y esas personas se chocaban entre ellos solos”, dice.
Pero las respuestas no siempre aparecen. Lo que sí siente es que su fe hoy es el sostén para seguir. “Dios es el único que nos está dando fortaleza”. Y también esperanza. “Sabemos que algún día nos vamos a volver a encontrar”.
Milena, la luz de cada día
La pequeña Milena también atravesó momentos muy difíciles. En el mismo siniestro sufrió fracturas en ambas muñecas y una fisura en una pierna.
“Al segundo día de haber sepultado a nuestra hija tuvimos que salir corriendo con la nena al hospital”, recuerda Hugo. Había que evaluar si necesitaba cirugía. Finalmente, no fue necesario, pero sí un largo proceso de recuperación. “Terminamos llevándola al kinesiólogo, porque con los dos brazos enyesados era imposible moverse”.
Mientras tanto, la familia tuvo que enfrentar trámites, audiencias judiciales y gestiones administrativas. “Recién ahora estamos empezando a ordenar algunas cosas”, explica. Cancelar servicios, cerrar cuentas, resolver créditos, trámites bancarios y papeles pendientes. “Teléfono, internet, tarjeta de crédito, créditos en el banco… un montón de cosas que tuvimos que hacer con todo el dolor del mundo”.
La espera de la justicia
Mientras tanto, la causa judicial continúa avanzando. El siniestro ocurrió con personas que conducían con alcohol en sangre, según lo que investiga la causa.
a familia espera que se establezca pronto la fecha del juicio. “Nos dijeron que están recopilando pericias y datos”, explica Hugo. Pero aún no hay certezas. “No sabemos si será este año”.
Para él, el sentido de la justicia no pasa por una condena más o menos larga. “Ni mil años de prisión me devuelven a mi hija”, dice con claridad. Tampoco se trata de dinero. “Ni cien millones de dólares lo solucionan”. Lo único que piden es que la justicia haga lo que corresponde. “Que se haga justicia por nuestra hija, porque le arrebataron la vida”.
El lugar donde todo cambió
En pueblos pequeños, los lugares guardan memoria. En el sitio donde ocurrió el siniestro hoy hay una estrella amarilla, símbolo de las víctimas de tránsito.
Pasar por allí sigue siendo muy difícil. “Es re difícil”, admite Hugo. Cada vez que lo hace, el recuerdo vuelve con la misma intensidad.
Hablarle todos los días
Antes de terminar la entrevista, Hugo comparte una imagen que resume el vínculo con su hija. Todos los días va al fondo de su casa. Allí están las cosas de María Laura, tal como quedaron. Riega las plantas. Ordena. Y habla con ella. “Claro que hablo con ella”.
Entonces aparece un recuerdo simple, pero profundamente significativo. “Todos los días me decía ‘hola gordito’”. Ese saludo ya no se escucha en la casa. Pero sigue vivo en la memoria.
“Yo sé que ella está bien”, dice Hugo con serenidad. Ahora, explica, el desafío es seguir adelante. “Nosotros somos los que tenemos que sobrellevar todo esto”.
Y mientras tanto, la vida continúa de la mano de Milena, la niña que corre, juega y llena de movimiento la casa. La misma casa donde, en silencio, todavía resuena la voz de María Laura. Una voz que para su papá jamás se apagará jamás.