El 30 de enero de 2025, una columna de humo en la zona de Confluencia anticipó la tragedia que estaba por llegar. En pocas horas, el fuego avanzó con una fuerza descontrolada entre los ríos Blanco y Azul, alimentado por el calor extremo, los vientos irregulares y la sequedad del bosque patagónico. Así comenzó el Incendio de Confluencia, uno de los siniestros más devastadores que vivió El Bolsón en su historia reciente.
Mientras las llamas se propagaban hacia zonas de montaña, senderos turísticos y áreas rurales, la comunidad quedó envuelta en un clima de angustia y desconcierto. Brigadistas, bomberos voluntarios, personal del SPLIF y vecinos se desplegaron en distintos frentes para intentar contener un avance que parecía imparable. Las evacuaciones alcanzaron barrios enteros, campings y refugios; cientos de personas escapaban con lo indispensable entre el humo espeso y el sonido permanente del combate al fuego.
El incendio arrasó miles de hectáreas de bosque nativo, afectó a familias, productores, animales y emprendimientos turísticos. Muchas viviendas quedaron destruidas o dañadas, y zonas tradicionalmente visitadas por turistas —como los accesos a refugios de montaña— quedaron transformadas en un paisaje oscuro y frágil. La pérdida ambiental fue profunda: suelos erosionados, especies nativas afectadas y ecosistemas que demandarán décadas para recuperarse.
Sin embargo, la tragedia también reveló la fortaleza del tejido social de El Bolsón. Las cadenas de solidaridad se multiplicaron: vecinos que abrieron sus casas para recibir evacuados, organizaciones que armaron centros de acopio, comerciantes que donaron alimentos y herramientas, grupos comunitarios que sostuvieron emocionalmente a quienes lo habían perdido todo. El incendio dejó dolor, pero también expuso un territorio donde la empatía se volvió acción.
Durante los meses posteriores, comenzó una etapa igualmente compleja: la reconstrucción. Las familias trabajaron en recuperar hogares y pertenencias; los productores intentaron rearmar huertas, invernaderos y sistemas de riego; los equipos técnicos avanzaron en estudios de recuperación del suelo y mitigación de daños ambientales. Los efectos económicos también se hicieron sentir, sobre todo en los sectores agrícola y turístico, que debieron adaptarse mientras el paisaje se transformaba.
Un año después, El Bolsón sigue transitando ese camino de reparación. Los brotes verdes comienzan a asomar entre los troncos quemados, recordando la resiliencia de la montaña. Las obras de recuperación, las capacitaciones en prevención y los nuevos protocolos de emergencia muestran un aprendizaje colectivo que ya forma parte de la identidad local.
La herida del incendio continúa presente, pero también lo está la determinación de una comunidad que eligió ponerse de pie. Donde hubo cenizas, hoy crece nuevamente la esperanza.