Continuamos con este ciclo de entrevistas de Info Cordillera y, si uno entra o sale de Lago Puelo, hay un lugar donde inevitablemente se detiene la mirada, casi como un reflejo: Lago Puelo Chocolates. Un punto obligado, una puerta de entrada al pueblo, un aroma dulce que parece abrazar a quien pasa. Allí nos recibe Walter Sepúlveda, su creador, su motor, su voz, su historia.
Antes de encender la grabadora surge la primera duda, casi inevitable:
—¿Es Chocolates Lago Puelo o Lago Puelo Chocolates?
Walter se ríe. “El nombre oficial es Lago Puelo Chocolates… pero en internet aparece de las dos formas. Un amigo, el dueño de Memorable, me decía una vez: ‘cambiále el nombre, que el chocolate se llame Lago Puelo’. Y tenía razón, uno juega con esas ideas”.
Esa espontaneidad marca la charla desde el primer minuto. El lugar está vivo, entra y sale gente, muchos saludan a Walter por su nombre. La chocolatería no es solo un negocio: es un punto de encuentro, un símbolo de identidad.
Veinte años de puertas abiertas
Cuando uno entra al local de la Ruta 16 no imagina que esta historia empezó hace dos décadas, el 19 de noviembre de 2005, con un sueño, algunos ahorros y una enorme cuota de audacia.
Desde aquel día, el local prácticamente no volvió a cerrar. Abren en horario corrido desde las nueve de la mañana hasta la medianoche en verano, y hasta las nueve y media o diez en invierno. “Es lo que nos caracteriza”, dice Walter con orgullo.
Pero lo que impacta no es solo la constancia laboral, sino la convicción de que este proyecto había llegado al pueblo para ser parte de su vida cotidiana.
Un patagónico de raíz nómade
Walter nació el 26 de abril de 1979 en Bariloche. Allí se crio, estudió, vivió lo que él llama “los años de aprender”. Más tarde se fue a Bahía Blanca a estudiar Locución, un camino que financiaba trabajando en la chocolatería Del Turista.
Ese fue un punto de inflexión. “Ahí conocí el mundo del chocolate, a los empleados, a los maestros chocolateros. Y entre ellos estaba Fernando, un chocolatero de toda la vida, el que terminó viniendo a enseñarme a mi casa”.
La vida siguió tejiendo hilos invisibles: amistades, viajes de fin de semana a Lago Puelo, encuentros que van marcando el destino sin que uno lo note de inmediato.
El flechazo con Lago Puelo
La llegada a este rincón cordillerano fue casi azarosa. Venían a visitar amigos que vivían en Lago Puelo, y la rutina se transformó casi sin querer: dos años de viajes de fin de semana, de descubrir el lugar, de enamorarse de su clima.
“El cambio de temperatura con Bariloche era impresionante. Acá estábamos en remerita pleno enero o febrero. ¡En Bariloche eso no pasaba nunca!”
Y entonces, un día simple, cotidiano, casi insignificante, fue el disparador.
“A mí me agarró antojo de algo dulce, pero artesanal, no de kiosco. Y me dicen ‘tenés que ir hasta El Bolsón’. Eran 30 kilómetros ida y vuelta solo para un chocolate. Y ahí José Luis y Rubén, que tenían Villa del Lago, me dicen: ‘¡Poné una chocolatería acá!’”.
La idea se instaló. Creció. Molestó. Hasta que ya no hubo manera de ignorarla.
El comienzo: aprender, construir, arriesgar
Walter volvió a Bariloche con la cabeza llena de planos imaginarios. Habló con Eduardo, su compañero de vida, habló con Fernando, el chocolatero que le daría las primeras clases, y se lanzó.
Un departamento alquilado. Un local pequeño al lado del YPF de Avenida Los Notros. Cerámicas colocadas a mano, pintura hecha por ellos, carpintería casera. “Tenía la plata justa —dice— así que había que aprender todo. Fui a un colegio técnico y eso me ayudó, pero poner cerámica lo aprendimos mirando y preguntando”.
El 19 de noviembre, exactamente un mes después de llegar, Lago Puelo Chocolates abrió sus puertas.
Ese día empezó una historia que cambiaría para siempre no solo la vida de Walter, sino parte de la identidad del pueblo.
Un pueblo chico, un sueño grande
El Lago Puelo de hace veinte años no se parece al de hoy. Era más pequeño, más silencioso, con unos 3.500 habitantes. Recién asfaltado, con luminarias nuevas, un pueblo que empezaba a verse distinto, más limpio, más amable.
Apostar por abrir allí una chocolatería era, como muchos le decían, “una locura”.
“Nos advertían que estábamos haciendo un edificio demasiado grande para un lugar tan chico. Que no iba a funcionar. Que íbamos a terminar alquilándolo”.
Pero Walter tiene una cualidad que brota en cada frase: “Soy terco. Bien de Tauro. Si me meto con algo, voy hasta el final”.
Compraron un local más grande sobre la Ruta 16. Vendieron propiedades en Bariloche para invertir todo en Lago Puelo. “Quemamos las naves”, define con una mezcla de miedo y orgullo.
Fue un salto al vacío, pero un salto con fe.
La vida que cambia la vida
Eduardo aún trabajaba en un banco en Bariloche. Y un día, después de la enfermedad y posterior muerte de su padre, entendió algo profundo. “¿Qué sentido tiene matarse en un banco?”, se preguntó.
Vio cómo vivían en Lago Puelo. Vio la calma, la libertad, el ritmo distinto. Y se vino.
“Ser tu propio jefe tiene cosas malas, sí. No descansás tanto. Pero la calidad de vida… esa no la cambio por nada”.
Lo dice con una serenidad que no necesita decoraciones. Es la verdad de quien encontró su lugar en el mundo.
Un negocio para el pueblo, desde el pueblo
La chocolatería nació con una intención clara: ser un espacio para la gente local.
“Queríamos que los vecinos tuvieran dónde comprar algo rico, dónde llevar un recuerdo del pueblo cuando viajan, dónde sentirse en casa”.
Y funciona. Mientras charlamos, los clientes entran, saludan, conversan con Walter. Algunas personas vienen desde El Bolsón, El Hoyo, Epuyén, Maitén. Otras simplemente pasan a tomar un café.
Esto ya no es solo un comercio. Es un punto de encuentro. Una referencia emocional.
Lo que dice la gente
Walter recuerda una anécdota que todavía lo emociona. “Estaba un notero haciendo una nota en el estanque y me pregunta qué se siente ser uno de los puntos atractivos de Lago Puelo. Yo me reía. Pero atrás una señora dice: ‘Si estuviste en Lago Puelo y no pasaste por la chocolatería, no estuviste en Lago Puelo’”. Esa frase resume veinte años de amor, trabajo y pertenencia. Chocolate, identidad y futuro
La chocolatería creció, mutó, se adaptó. Pero mantuvo siempre el espíritu inicial: ofrecer algo artesanal, auténtico, hecho con cariño, hecho a mano, hecho en Lago Puelo.
El edificio propio ya es parte del paisaje del pueblo. El olor a chocolate derritiéndose es un recuerdo grabado en generaciones de vecinos. Y Walter, con su sonrisa calma y su terquedad de buen taurino, sigue soñando.
Porque esta no es solo una historia de emprendimiento.
Es una historia de raíces, de búsqueda, de vida elegida. Una historia donde un chocolate no es solo un chocolate: es la manera en que un pueblo se cuenta a sí mismo.