Hay encuentros que no se olvidan. Entrevistas que, más que charlas, se vuelven regresos: a la tierra, a la infancia, a las cosas no dichas. En este nuevo capítulo de Info Cordillera, nos sentamos a conversar con Ariel Ayllapán, hoy secretario de Cultura, pero antes que nada vecino de toda la vida, como él mismo lo dice. Un hombre que parece tener la Patagonia tatuada en el pecho, y que habla desde un lugar honesto, visceral, a veces doloroso, pero siempre luminoso.
“Nacido, criado y acá estaré para siempre”, dice apenas comenzamos a grabar. Lo dice sin solemnidad, sin estrategia: lo dice porque lo siente. Y sin embargo, enseguida aclara que no se trata de una sentencia. “No sé si enterrado… uno va evolucionando. Pero siempre vuelvo. Me fui pocas veces, pero siempre volví. Tanto que no puedo dormir ni en Bariloche”. Esa frase, dicha medio en broma, medio en serio, ya deja entrever la profundidad de su vínculo con este valle.
Los primeros paisajes
Ariel nació en 1978, un 21 de abril, cuando el otoño empieza a volverse naranja. Su niñez se repartió entre la Costanera y el centro, y más tarde la zona rural. Conoce El Bolsón como quien conoce sus líneas de la mano: los pasillos húmedos del bosque, las casitas humildes cerca del río, los inviernos largos y las primaveras que se estiran, indecisas.
“Mucha humildad, mucho aprendizaje. También hubo dolores”, recuerda. Es un modo simple pero certero de decir que las infancias, incluso las felices, cargan espinas. Y que muchas veces los lugares son testigos mudos de esas espinas.
El barrio obrero aparecería después, y con él, una identidad colectiva que lo marcó para siempre. “Ahí pasé la mayor parte. Ahí pude hacer cosas lindas. Ahí la gente reconoció cosas muy buenas y encontré valores gigantes”. Habla del barrio como quien habla de una familia extendida. Un territorio donde las historias, los esfuerzos y las raíces se mezclan como si fueran parte de la misma madera.
Su madre construyó allí su “primera ruca”, como él dice. Y cuando lo dice, se le humedecen un poco los ojos. “La hizo con esfuerzo propio… aunque parecía que no, pero sí lo hizo. Vivimos mucho tiempo ahí”. Ese hogar no fue solo un techo: fue el escenario donde se forjó la identidad que hoy lleva tan profundamente.
El linaje que empuja desde adentro
El apellido Ayllapán viene por parte de su madre. Un apellido mapuche, un linaje antiguo y poderoso. “Nueve pumas”, explica. Y aunque duda del número exacto, lo que no duda es del peso simbólico de ese nombre. Lo estudia, lo piensa, lo revisa. “Me llevó a reconocerme. A entenderme. A entender cosas que nos pasan y que después nos hacen felices”.
Pero reconoce que ese proceso no siempre fue fácil. “A veces cuesta… cuesta cuando hay discriminación, cuando uno no entiende, cuando otros no entienden. Durante un tiempo dolió”. Hoy lo dice desde un lugar más firme, con una madurez que se construyó a golpes suaves y golpes duros.
Ese linaje materno es su raíz principal. “Mi mamá me crió. Ella me trajo al mundo. Y le doy ese valor grande. No niego lo otro, lo paterno, pero lo materno es mi cimiento”.
Y entonces aparece ella: su vieja. La mujer que lo formó, lo sostuvo, lo desafió y lo liberó. “Todo”, resume cuando le pregunto qué significa. Todo es la construcción, la comida, el abrazo que a veces faltó, el silencio que enseñaba, las buenas costumbres, el impulso hacia delante. “Nos inculcó que no caigamos como le tocó a ella. Que eligiéramos lo que nos gustaba.” Esa libertad fue su herencia más grande.
Cuando ella se fue, hace apenas unos años, algo cambió en él. “Se fue contenta. Creo que nos dio libertad hasta el final.” Después se fue su tío. Y esas dos partidas –tan grandes, tan fundantes– lo hicieron entender que no podía negarse a nada más. “Quiero todo. Todas las estaciones. Todos los paisajes. Todo lo que me toque.”
El Bolsón: amor, estación por estación
Ariel tiene un vínculo particular con la naturaleza de este pueblo. Con sus inviernos que aprietan, con sus otoños que duelen, con los veranos que a veces agobian. “Entendí que las estaciones había que quererlas a todas. No era fácil. Algunas me hacían llorar. Pero porque las infancias te quedan en el cuerpo.”
Se emociona cuando habla de los inviernos de antes, esos en los que a veces no había campera suficiente. Y de cómo, ya de grande, aprendió a abrazarlos en lugar de temerlos. Agradece haber logrado esa reconciliación, como si fuera una tarea pendiente.
¿Y lo que no le gusta de El Bolsón?
Lo piensa, lo mide.
“Los comentarios de discriminación. El maltrato. El no entender al otro.”
Aun así, dice que lo adora. Y se ríe cuando cuenta que sus vacaciones también son acá. “Voy a todos los lugares a aprender algo. Siempre escucho. Siempre encuentro una historia.”
Una identidad hecha de muchas capas
A Ariel lo conocen de distintas maneras: por su nombre, por su segundo nombre, por su apellido, por su madre. Y cada identidad lo acerca a un pedazo de su historia. “Algunos me conocen como el hijo de Fidelia. Otros solo como Ariel. Pero soy Ariel Ayllapán”.
Habla de su mamá con una mezcla de orgullo y ternura. Habla también de su familia grande, de su casa, de lo que significaba ser parte del pueblo en tiempos más duros. Y menciona, casi al pasar, su relación con el trabajo comunitario, con la cultura, con la política como herramienta (aunque no quiera hablar de política). Todo forma parte de un mismo rompecabezas.
Los sueños que se cuidan en silencio
Cuando le pregunto por su sueño más grande, se ríe. Se incomoda un poco. “Ahí entramos en un problema”, dice. Y empieza a explicar que hay sueños que no se dicen. Que algunas personas creen que nombrarlos puede traer mala suerte, o mover cosas que todavía no están listas.
No los revela, pero su silencio dice algo: que sus sueños no están puestos en cargos ni en logros. Están puestos en pertenecer, en seguir creciendo, en honrar a su madre, en devolverle algo al pueblo que lo sostuvo.
Quizás su mayor sueño sea ese que atraviesa toda su historia: seguir volviendo. Volver siempre. Volver a su barrio, al río, a los inviernos, a los dolores que se hicieron maestros y a los abrazos que se hicieron hogar.